La Coctelera

Categoría: Relatos Amadeo Pellegrini

El Ilusionista (III)

Amadeo Pellegrini

-Conclusión –

Si señores, la brillante carrera del Gran Gobin terminó de manera abrupta y definitiva esa memorable noche en Mar del Plata. Alguno de los lectores quizás haya estado en el teatro en aquella oportunidad y entonces recordará lo que sucedió, de todas maneras lo referiré para los que no conocen cómo, cuándo, ni por qué desapareció de los escenarios para siempre el tan promisorio mago.

Promediaba el estreno de mi espectáculo en la Perla del Atlántico cuando, como hacía habitualmente, solicité a los asistentes el concurso de una persona para subir al escenario como ayudante.

En el momento que un señor se disponía a levantarse de la butaca un grito de mujer lo contuvo.

-¡Yo voy a subir al escenario, señor! ¡Por favor quédese en su lugar! Y mientras esto decía una mujer joven muy bien vestida avanzaba raudamente hacia el proscenio por el pasillo central.

Esa voz me resultaba tan conocida y familiar que me heló la sangre en las venas, el corazón me dio un vuelco y los músculos de mi cuerpo se convirtieron en jalea .pues comencé a temblar como una hoja.

Con agilidad felina Noelia, trepó al escenario y en dos zancadas se situó a mi lado.

-¡No…No…Noe,,,lia! Apenas alcancé a balbucear.

-¡Si soy yo! Trinó con una fuerza que hizo trepidar las paredes ¡Señor Farsante! Celebro que me hayas reconocido porque ahora el público te va a conocer a vos ¡sinvergüenza! ¡embaucador! ¡canalla! Volviéndose hacia la platea continuó –Este individuo que se hace llamar el Gran Gobín no es más que un mentiroso que se llama Antonio Richier al que en el pueblo le decíamos Tony. Si señoras y señores este actorzuelo de pacotilla para lo único que sirve es para embaucar a pobres mujeres...

Ante mi falta de reacción pues me encontraba paralizado por completo Xana se acercó a ella para tratar de calmarla, mientras un sordo murmullo de asombro partía de la platea. Fue lo peor que pudo hacer, pues más enfurecida aun, Noelia se volvió en su dirección para espetarle en el mismo tono:

-Y vos lo mejor que podés hacer es abandonar ya mismo a este canalla que seguramente te tiene engañada como a una pobre tonta...Porque a mi también este sinvergüenza me juró amor eterno, me prometió casarse y me dejó plantada poco menos que en la puerta de la iglesia...¡Es mejor que lo sepas a tiempo! Si es que no es tarde para vos…

Las personas que ocupaban la platea que al comienzo tal vez imaginaron que todo formaba parte del show, se inquietaron, creció el murmullo hasta alcanzar el grado de clamor y algunos espectadores comenzaron a levantarse de sus asientos.

Aprovechando la confusión yo me escabullí en dirección a los camarines, pero tropecé con la mesilla y la volteé, después me enredé en unos cables y me caí,. Cuando me incorporé tenía a Noelia a mi lado sujetándome por los faldones del frac.

-¡No te escapes cobarde!... ¡No dispares como una rata!...

Venía tan pegada a mi que cuando entré en el camarín ella ingresó conmigo antes que pudiera evitarlo. Como por detrás venían Billy, Xana el tramoyista encargado del telón y varios curiosos más que habían ganado el escenario, Noelia cerró la puerta trabándola con el pasador y plantándose de espaldas a ella con los brazos en jarra mientras gritaba:

¡Y bien! ¿Qué me decís ahora? Vamos a ver qué mentira se te ocurre.

Dentro de los sentimientos encontrados que me dominaban en ese momento predominó la ira, reaccionando a tiempo aun quizás podía continuar el espectáculo y salvar mi carrera, después de todo solamente habían transcurrido unos minutos cuando volviera a escena encontraría las palabras para retener a los espectadores en sus sitios. Todo eso pasó por mi mente cuando me incorporé violentamente para apartar a Noelia de la puerta.

Previendo mi accionar, ella tomó una silla para interponerla entre los dos, tuve que tironear para arrebatársela, el movimiento hizo que perdiera el equilibrio obligándola a aferrarse a mi para no caer.

Juro que, recién ante ese gesto inesperado, al detener la mirada sobre su abombado trasero, me vino a la mente la idea de castigarlo.

Olvidado por completo del espectáculo, la tomé por los hombros y la hice girar como un trompo, todos estos movimientos se sucedieron en fracciones de segundo, de inmediato la tomé por una de las muñecas y la retorcí. Noelia se dobló sobre si misma soltando un quejido y antes que pudiera reaccionar yo había estirado la pierna izquierda doblándola sobre ella, aplasté entonces el codo en su espalda impidiéndole de ese modo incorporarse y acto seguido le asesté la primera palmada que repetí en rápida seguidilla acompañada por estrepitosos chillidos y el sonoro repicar de sus tacones en el piso de tablas.

Armábamos tal infernal alboroto que a través de la puerta apenas se escuchaban las voces pidiendo que abriéramos.

Aproveché la pausa que Noelia hizo para recogerle las faldas y azotarla directamente sobre el coqueto calzoncito que modelaba sus generosos hemisferios.

-¡Soltame desgraciado! ¡Qué me hacés daño!...Rugía.

-¡Más daño me acabás de hacer vos arruinando mi carrera! Respondí mientras luchaba tenazmente por bajarle la bombacha.

-¿Mayor que el que me hiciste vos arruinando mi vida?...

Había dejado de quejarse, ahora no insultaba, preguntaba con altanería, mientras yo no cesaba de palmear aunque con menos contundencia y más complacencia su hermoso culito.

-¿Arruinándote qué? Dije para darle a entender que no comprendía a qué se estaba refiriendo.

-¡Mi vida estúpido! ¡Estropeaste mi vida y no contento con eso encima me estropeás el culo y la ropa!... ¿O no sabés que me dejaste embarazada?...

Un mazazo en la cabeza me hubiera hecho menos efecto que esas últimas palabras. Aturdido sólo atiné a repetir:

-¿EEEE...embarazada dijiste?

-¡Embarazada, dije! ¡Embarazada, si señor! ¡Y tu hijo tiene ahora tres años!...

-¿MMMMiii quéee?

-¡Tu hijo pelotudo! ¿O te pensás que quedé embarazada del Espíritu Santo?...

-¡Noli te juro por Dios que no sabía nada!... ¡Por Dios que nadie me lo dijo!

-¿Y quién te lo iba a decir si desapareciste del mundo como si te hubiera tragado la tierra?

A esta altura la paliza había terminado, Noelia recobró la vertical y la compostura ahora manteníamos el diálogo cara a cara y a media voz .

Entonces la abracé llorando de felicidad y le murmuré en el oído toda la verdad que había caído preso; brevemente le expuse mi carrera de “punga” y la vergüenza que me daba unir mi destino de delincuente al de una chica pura y buena como ella...

-Pura sí, pero me hiciste caer... Se quejó sin demasiada convicción.

-No te pido nada Noli sólo te suplico que me dejes conocer a nuestro hijo... Dije mientras acariciaba sus cabellos y besaba su rostro con frenesí.

En eso estábamos cuando de pronto con un estruendoso crujido la puerta cedió y descubrimos que desde el quicio nos observaban asombrados media docena de personas.

-Queríamos impedir un crimen... Se excusó Billy.

-¿Qué crimen? ¿Están locos? ¿No se dan cuenta que estamos arreglando asuntos de familia? Bramó Noelia.

………………………………………………………………………………………………………...

Como comprenderán después del tumulto mi carrera terminó. Tumulto en verdad, porque la gente salió protestando, golpeando el suelo y silbando, hubo que devolverles el dinero de la entrada, tuve que hacerme cargo de pagar algunos daños, los gastos de publicidad, la multa que establecía el contrato por incumplimiento, quedé arruinado y desprestigiado.

Porque además tuvo gran repercusión en la prensa, pues como se trataba de la función de estreno, el empresario había repartido invitaciones especiales a la prensa que el día anterior me había hecho interesantes reportajes.

En la oportunidad los diarios “El Atlántico” de Mar del Plata, “La Razón” de Buenos Aires, “El Día” de La Plata y “La Nueva Provincia” de Bahía Blanca, entre los que me acuerdo, dedicaron profusas notas detallando hasta con fotos el escándalo del teatro.

Ahora atiendo una de las estaciones de servicio de mi suegro mientras Noelia, mi esposa se ocupa de los niños, porque recuperamos el tiempo perdido encargando dos más, otro varoncito y una adorable beba.

FIN

El Ilusionista (II)

Amadeo Pellegrini

-Continuación –

Una vez situado en el centro del escenario, con Xana a mi lado, aunque un par de pasos detrás, iniciaba la sesión de magia despojándome de la galera los guantes y el bastón que dejaba en sus manos mientras pronunciaba un breve parlamento en el que manifestaba mi complacencia por hallarme ante un público tan culto y distinguido que me recordaba las presentaciones llevadas a cabo en la Opera de París y en el Casino de Montecarlo. Porque para mentir hay que mentir en grande y al mismo tiempo hacerlo con convicción y seguridad.

Estoy persuadido todavía que, ninguno de esos pacíficos espectadores que habían desembolsado su dinero para verme, dudaba de mi fama ni de la veracidad de mis afirmaciones, pues en ocasiones llegaba hasta mis oídos un apagado “¡Ohhh!” de admiración.

Para ir creando el clima del espectáculo comenzaba con una serie rápida de trucos sencillos que iba complicando progresivamente.

La intensidad y duración de los aplausos indicaban el grado de participación de los espectadores. Si estos eran tibios y breves mala señal en cambio si eran entusiastas iba sobre seguro pues ya los tenía conmigo. La respuesta no siempre era la misma pero a la larga terminaba yo capturando la atención de todos especialmente sobre el final cuando presentaba los platos fuertes del show.

No resulta sencillo mantener focalizado el interés de los espectadores en forma sostenida porque para llevar a cabo los trucos hay que desviarles continuamente la atención sobre mi persona a fin de disponer de tiempo para escamotear velozmente los objetos y hacerlos desaparecer o aparecer como por encanto, lo cual en la práctica no es más que habilidad pura y simple.

Es difícil también crear suspenso no es posible tener a la gente en vilo mucho tiempo, por esa razón resulta indispensable descomprimir la situación forzando la risa con situaciones hilarantes, pero no piensen que resulta fácil intrigar y sorprender para de inmediato hacer reír menos aun alternar sucesivamente ambos estados de ánimo.

Para desviar la mirada de los espectadores y entre tanto realizar las maniobras necesarias contaba yo en ocasiones con la versátil túnica de mi ayudante que tenía cosido en los dobladillos un delgado alambre que mediante imperceptibles tironcitos de un cordón también invisible la abría elevándola cual un par de alas dejando a la vista la mitad inferior de su cuerpo sumariamente cubierto por una malla de baño y medias de red.

Mientras Xana agitaba las manos simulando tratar de cubrirse, (en realidad lo que hacía era acentuar el sugestivo aleteo de la tela con que regodeaba la vista del elemento masculino, el más desconfiado y por tanto el menos propenso a creer en la magia).hasta que segundos después la túnica volvía a su sitio, cuando ya estaba todo dispuesto a presentar el truco.

Para hacer reír no hay nada más adecuado que lo grotesco. En determinado momento le pedía a mi ayudante que trajese mi galera. Xana cruzaba el escenario con la galera tomada de las alas con la boca hacia abajo de manera ostensible para que el público advirtiera que no había nada adentro de ella, yo la tomaba la colocaba sobre la mesilla boca arriba y mientras entretenía a los espectadores mostrándoles el interior mantenía un diálogo preparado con Xana para enseguida extraer de la galera prendas íntimas supuestamente suyas al tiempo que le reprochaba su imperdonable descuido.

Principiaba por un gran calzón con volantes de encaje color rosa, que exhibía en toda su amplitud, acto seguido hacía otro tanto con el sostén haciendo juego, enseguida mostraba un coqueto portaligas negro, después un par de medias de seda que iba estirando poco a poco para crear la ilusión de sacar de allí algo grande y largo. Todas las prendas, en medio de carcajadas y aplausos, quedaban apiladas al costado de la galera abultando más que ésta misma,

Se trataba de uno los trucos más sencillos y vistos, consistente no en sacar sino en meter dentro de la galera las prendas que debidamente acondicionadas en mi espalda debajo de la chaqueta y a lo largo de la manga iban siendo arrastradas una a continuación de la otra.

Mientras el público esperaba ver aparecer palomas o conejos yo hacía surgir de allí ropa interior femenina algo que en aquellos tiempos hacía sonrojar a las damas y batir las mandíbulas a los hombres.

Otra de las prácticas que, no por usuales y frecuentes, dejaba de emplear también era la de hacer participar a alguien del público. Invitaba entonces a alguna persona dispuesta a subir al escenario para colaborar conmigo en una prueba de mentalismo.

Cuando tenía enfrente al candidato comenzaba preguntándole su nombre y entablando un corto diálogo para que entrara en confianza, le pedía que me confirmara que estaba dispuesto a ayudarme y a dar fe ante los demás espectadores que no había trampas en mis pruebas.

No bien obtenía su asentimiento, solemnemente lo nombraba mi ayudante y pedía a Xana que me alcanzara una capa que yo mismo le colocaba sobre los hombros y ceñía al cuello, oportunidad que aprovechaba para quitarle todo lo que llevaba en los bolsillos.

Luego le entregaba un mazo de barajas españolas para que lo examinara, observara si en el dorso había marcas y que contara en voz alta para confirmar que estaban las cuarenta cartas.

Cumplido la tarea le pedía el mazo lo desplegaba en abanico para exhibirlo así al público y comenzaba a barajarlo. Esto último lo hacía detrás de la mesilla auxiliar con las manos en alto para que todos vieran cómo mezclaba los naipes, mientras tanto le pedía a mi ayudante que trajera el jarrón chino con mucho cuidado porque era de porcelana finísima y se trataba de un regalo que el señor Mao Tse Tung me había hecho en persona en mi última visita a China.

De esta forma lograba desviar la atención del público para sustituir el mazo de naipes por otro similar, trucado.

Mientras tanto explicaba que ese jarrón pertenecía a las manufacturas imperiales de la Dinastía Ming y que serviría para la demostración que haría a continuación por eso le pedía al nuevo ayudante que lo revisara bien y comprobara que el jarrón estaba vacío, que no tenía tampoco doble fondo.

Una vez hecho esto le hacía colocar el jarrón sobre la mesilla, le pedía que tomara el mazo de naipes lo cortara y luego lo distribuyera boca abajo sobre la mesa. Entre tanto yo me mantenía bien alejado de él para que el público advirtiera que mis manos no intervenían en absoluto.

Una vez que estaba todo dispuesto le pedía al participante que me vendara los ojos asegurándose que yo no pudiera ver, después le ordenaba que tomara una carta cualquiera y sin mirarla la volviera hacia el público avisándome cuando lo hubiera hecho. Entonces le decía en voz bien alta:

¡Muy bien Néstor! (si ese era el nombre que me había dado al comenzar la prueba) Ahora puede mirar usted el caballo de oros que ha sacado del mazo y mostrado al público. Pasado el aplauso yo me quitaba la venda mientras Xana reunía los naipes que como los lectores habrán imaginado estaba compuesto por cuarenta cartas iguales todas y eran el mismo caballo de oros.

Agradecía efusivamente a Néstor, en tanto Xana le ayudaba a quitarse la capa y lo despedía, pero cuando estaba pronto a bajar a la platea le pedía que revisara todos sus bolsillos para asegurarse que no le faltara nada. La confusión y sorpresa del candidato al descubrir que tenía los bolsillos vacíos divertía enormemente a la concurrencia.

Rojo de azoramiento reconocía que le faltaban la billetera, el pañuelo, unos papeles y la lapicera. Yo le pedía entonces que se fijara si por casualidad aquellos objetos no estaban dentro del jarrón que él había colocado sobre la mesa.

El sostenido aplauso que estallaba cuando Néstor iba sacando del interior de la vasija los objetos que le faltaban coronaba el número, al cesar yo pedía un nuevo aplauso para mi espontáneo colaborador.

Lo que no imaginé nunca fue lo que me tocó vivir en un teatro de Mar del Plata cuando pedí un ayudante a la platea, porque provocó el dramático final de mi carrera artística..

(concluirá)

El Ilusionista (I)

Amadeo Pellegrini

A mi dilecta amiga Mara Remio con admiración.

Me llamo Antonio María Richier, aunque el público me conoce más como “El Gran Gobín” que es el nombre artístico con el que me gané la vida como prestidigitador, mago, ilusionista y mentalista., según figuraba en los anuncios publicitarios.

El casamiento de mi hermana Tessy me empujó a cambiar de trabajo, porque antes me dedicaba a una ocupación menos pesada, más emocionante y en ocasiones bastante lucrativa, la de carterista, -no fabricante de carteras como pueden pensar algunos-, sino como ladrón de carteras o vulgar “Punga”-

Mi hermana y mi cuñado creen que por ellos me redimí; la verdad es que estaba un poco cansado de hacer la “punga” solo, con Tessy las cosas eran distintas, pero la muy tonta se enamoró y se casó.

Unos dicen que se casó muy bien con un picapleitos importante y qué sé yo. Lo cierto es que son felices, Tessy es desde entonces la dama que merecía ser, aunque se ha puesto algo copetuda y claro, le resultaba bastante incómodo tener un hermano ladrón. ¿Cómo me iba a presentar a sus nuevas relaciones?

Ella me inventó la ocupación, porque cuando le preguntaban: ¿Y tu hermano qué hace?, ella respondía como no dándole importancia:

-¡Oh! Tony es un artista... Y lo dejaba ahí, entre tanto yo pensaba: “Un artista sí, para meterle la mano en el bolsillo a los demás...” Pero no lo decía en voz alta, ¡faltaría más! De manera que cuando una de esas señoras de generosas carnes me miraba arrobada para preguntarme:

-¿Pinta cuadros? Yo entrecerraba los ojos, ponía cara melancólica adornada con una sonrisa pelotuda y respondía: mmmsíi, a veces, cuando me asalta la inspiración entonces tomo la paleta, los pinceles y le “robo” los colores a la naturaleza...

Las viejas suspiraban murmurando: ¡Ay qué genial! ¡Qué romántico! Seguro que también es poeta...

-De a ratos. Les contestaba yo, mirando al cielorraso mientras suspiraba, pero por dentro me reía pensando que lo único que podía pintar eran tapias ya que ni siquiera paredes y las únicas poesías que conocía de memoria, eran tan zafadas que no podía recitarlas en público.

Bien, fue así como tuve que hacerme artista no quería que mi hermana quedara mal parada, entonces empecé a hacer lo que sabía hacer, lo que el abuelo nos había enseñado, estudié un poco, me arrimé a algunos del oficio y un buen día me largué convencido que tenían razón mis mentores cuando decían: “La gente vive de ilusiones por eso le gusta que la engañen”

Era cierto nomás. Yo mismo quedé sorprendido al ver la cantidad de personas que dejaban su dinero en las taquillas para vernos y no sólo eso además aplaudían cuando terminaban los números y mis presentaciones.

Al principio trabajé en un circo, entreteniendo a la gente mientras armaban los aparatos para los espectáculos de fondo, hasta que me uní a un conjunto de variedades que ofrecían un espectáculo revisteril con sketchs de danzas y humor.

Mientras las chicas se cambiaban de ropa en los camarines. -Ropa es un decir porque llevaban muy poca,.en realidad cambiaban de taparrabos y de plumas-, en los entreactos entretenía al público desplegando mis trucos de magia e ilusionismo.

Con el circo y la compañía de variedades hice varias giras por ciudades y pueblos del interior y aprendí mucho no solamente nuevos trucos sino también a manejar las emociones del público, a crear suspenso, a mantenerlos en vilo, a hacerlos reír, a sorprenderlos.

El nuevo oficio me empezó a gustar cada vez más, resultaba fatigoso y bastante aburrido cambiar continuamente de sitios desmontando y montando todo de nuevo para repetir los mismos libretos, pero el aplauso del público bien valía la pena.

Hay que estar allí arriba delante de las candilejas y frente al auditorio para degustar la adrenalina que se segrega y cuando brota el aplauso experimentar la satisfacción que éste produce.

Es decir sin proponérmelo le tomé gusto al escenario especialmente al descubrir que era mejor que andar escapándole a la policía para no caer entre rejas.

Pero esa vida trashumante no me terminaba de satisfacer pues la mayor parte de la recaudación iba a parar al bolsillo de los promotores y representantes, de manera que cuando tuve reunidos unos ahorros y adquirida la suficiente experiencia decidí independizarme y montar mi propio espectáculo.

Cambié de nombre, me rebauticé “El Gran Gobín”, modifiqué mi look, para adoptar un parecido a Mandrake, bigotito fino, cabello retinto peinado con raya a la gomina y para acentuar la nueva personalidad me agregué un monóculo de oro, que había incautado en mis tiempos de ladrón, que me servía además para algunos trucos, invertí casi todo el dinero en utilería y en renovar el guardarropas que incluía zapatos de charol, sombreros de copa, fracs, levitas negras y blancas, chalecos de fantasía, corbatas de lazo, cuellos de celuloide, guantes, galera, bastón y una larga capa de seda negra con forro rojo.

Al principio actué solo, en reuniones sociales, cumpleaños, aniversarios, banquetes, presentándome en instituciones como colegios, hospitales de niños, campamentos de vacaciones, casinos, es decir en lugares donde hacía falta fantasía y entretenimiento. De esa manera fui depurando mi estilo, preparando y añadiendo más trucos.

Hasta que decidí ganar escenarios mayores, momento en el que resultó indispensable contar con dos ayudantes competentes, lo que no resultó fácil de hallar. Por fin luego de varios intentos fallidos di con una pareja de saltimbanquis, marido y mujer, de mi talla él y de muy buena figura ella, aunque no era muy bonita que digamos, pero con maquillaje y tintura en los cabellos logramos darle sino un aspecto atractivo al menos un aire exótico, por otra parte los hombres le miraban más las pantorrillas que la cara y estas estaban muy bien torneadas.

Con Billy y Xana, tales eran sus nombres artísticos, formamos un buen trío profesional. Billy casi no se mostraba sólo cuando debía remplazarme, permanecía detrás de bambalinas como utilero y ayudante oculto, en tanto Xana actuaba de ayudante y presentadora.

Vestida sumariamente con una malla escueta, debajo de una larga túnica azul con la que se cubría y descubría a intervalos como al descuido, peinado levantado, zapatos dorados de altos tacones con los que aparecía más alta y estilizada ya que era medio paticorta y culibaja Xana iniciaba las funciones anunciándome.

Habíamos preparado una rutina en la que me presentaba como un destacado mago que había recorrido las principales capitales del mundo, abrevando conocimientos de magia en la milenaria China, aprendiendo artes corporales con fakires en la India y el dominio de la mente con los Lamas del Tibet .

Llegado a este punto de mi supuesta biografía, yo que al lugar más lejos que había llegado escapándole a la policía era al Uruguay, aparecía en el escenario, mientras Xana a viva voz proclamaba el arribo del Gran Gobeeen Mago entre los Magos (Pronunciaba Gobín a la francesa alargando la i con un sonido nasal que la transformaba en e)

Con esa impostura arrancábamos el primer aplauso del público al que ex profeso habíamos hecho esperar un poco demorando con música el comienzo de la función por “razones técnicas” en realidad para impacientarlos y crear con ello un poco más de suspenso.

(continuará)

Un perfecto caballero... Epílogo.

Ella continuaba eufórica y exultante, subrepticiamente dirigiéndose a mi con seriedad como si de golpe hubiera recobrado la cordura, dijo:

-Bobby querido, debes dar tu conformidad a Reginald cuanto antes así fijamos pronto la fecha de la boda, quiero retenerlo conmigo para siempre. Y sin más me estampó un par de sonoros besos en las mejillas.

-EPILOGO-

Como comprenderán los lectores nada me quedaba por hacer. En realidad nada, lo que se dice nada no; cabía aun la posibilidad de recurrir a la drástica solución del crimen.

Estoy escribiendo estas memorias desde la prisión de Dartmoor donde estoy purgando una condena de veinte años de reclusión, culpable de tentativas reiteradas de asesinato con circunstancias agravantes en las personas de mi medio hermana y de Reginald Mount-Garble.

Pueden creerme que más que la condena en sí me subleva la circunstancia que mis bienes personales de cuya administración fui privado por orden judicial fueron confiados al gobierno de mi cuñado por carecer yo de otros familiares más cercanos.

De mi cuñado sí, porque al final esos dos se salieron con la suya, ahora bien, si por casualidad imaginan que he cambiado de opinión debo decirles que de ninguna manera, sigo sosteniendo que el perfecto caballero no existe, aunque si que existen personas con suerte, como ellos y otros como yo con muy mala suerte.

-FIN-.

APUNTES PARA EL EPILOGO

“Que las ramas no impidan ver el bosque” (refrán popular)

A los lectores:

Queridos amigos el cuento “Un Perfecto Caballero” tiene un solo protagonista: el señor Robert (Bob)Wilson, medio hermano de Millicent, ésta y los demás personajes son secundarios, la verdadera trama es que ese señor que “administraba” los bienes de la muchacha, con su boda no sólo se vería privado de disfrutar la renta de tales bienes sino que debería rendir cuentas de lo que hizo con ella. Como el mismo se reconoce jugador, libertino y borrachín necesitaba impedir esa boda a toda costa.

El relato en primera persona tiene como lo dice el protagonista carácter de “memorias” vale decir está recordando todo lo que hizo para impedir la boda (contratar un detective, etc.) En las reflexiones que hace advierte que le quedan dos caminos: hacer que la muchacha desista de casarse o cometer un crimen, también se reconoce incapaz de retarlo a duelo.

Lo lógico es que los lectores se pregunten ¿Por qué escribe esas memorias y desde dónde las escribe? ¿Por qué destila tanto odio?

En la última parte cuando Millicent fascinada con su novio spanker decide casarse cuánto antes ¿Qué otro camino le queda a Wilson para impedir la boda? El crimen, naturalmente.

Y aquí es donde se me presentó la encrucijada porque sabía de antemano que las memorias las escribía en la cárcel; entonces tenía que convertirlo en asesino por medio de veneno, armas de fuego o accidente provocado, o bien dejarlo en la etapa de tentativa de asesinato y con eso mandarlo a la cárcel, preferí lo último para que el relato tuviera un final feliz para la pareja.

Amadeo Pellegrini

Un perfecto caballero (III)

Autor: Amadeo Pellegrini

Nadie podrá imaginar cuán feliz y satisfecho me encontraba con ese lapidario informe en mis manos. Podía finalmente respirar hondo y saborear por anticipado las mieles del éxito.

Doble triunfo si se mira bien, demoler por una parte la inmerecida fama de perfecto caballero de ese individuo y por la otra doblegar los antojos de la caprichosa Millie descubriéndole a sus locos sueños el feo rostro de la realidad.

A esto debo agregar para ser justo, que los graves vicios de ese odioso individuo representan también para mi una suerte de reparación moral, porque como es de conocimiento público a mi me agradó siempre disfrutar de los placeres que la vida ofrece a la juventud y al dinero cuando marchan a la par.

Con lo expresado, quiero decir que en los ámbitos que frecuento poseo reputación de manirroto, únicamente por concurrir de manera habitual a casinos, hipódromos y salas de juego, por eso nada más me consideran un jugador empedernido; quienes me ven en la constante compañía de mujeres de costumbres liberales me juzgan un libertino consumado, están también los que me han hecho fama de bebedor consuetudinario porque comparten conmigo noches de juerga y champán

Puede que algo de razón tengan los que me endilgan esas aficiones, aunque ciertamente exageran bastante. No las niego, las exhibo tanto a la luz del sol en las pistas de carreras de Ascot como a la luz artificial de los casinos y cabarets del Soho

Ahora bien, pregunto ¿Qué importancia tienen mis pecadillos a la vista del todo el mundo, en relación con los vicios infames que cultiva en secreto ese abyecto personaje que pretende convertirse en mi cuñado?

Ocurre que vivimos en una sociedad que sólo valora las apariencias, califica de caballeros a los hipócritas como él y de disolutos a las personas francas como yo que no se avergüenzan de mostrarse tal como son.

Creo que estarán de acuerdo conmigo que esto constituye una sinrazón, una grosera inequidad, por lo que desenmascarar a los hipócritas como me dispongo a hacer yo con ese caballerito de opereta no es otra cosa que cumplir con un verdadero acto de justicia.

* * *

Encontré a Millie en el invernadero ocupada con sus flores. Se sorprendió al verme allí a una hora tan temprana, quizás la desconcertó ver la seriedad pintada en mi rostro o advertir que llevaba una carpeta en la mano, porque se quedó boquiabierta mirándome de arriba abajo.

Antes que reaccionara la informé que tenía algo muy importante que comunicarle así que no bien se desocupara la esperaba en la biblioteca.

La biblioteca de nuestro padre sólo la utilizamos como salón para fumar y tomar café después de las comidas, algunas tardes para leer periódicos y revistas y en ciertas ocasiones para reunirnos a conversar.

Millicent, roída por la curiosidad no se hizo esperar, demoró apenas el tiempo necesario para quitarse los guantes de jardinería y despojarse del delantal. Cuando llegó llevaba todavía cubierta la cabeza con el pañuelo con que sujeta sus cabellos.

Fui directamente al grano.

-Millie, -le dije- como sabes Reginald Mount-Garble, te ha pedido en matrimonio y si bien pasa por ser una persona honorable y de suficientes medios de vida, como responsable de tu felicidad y tu seguridad, me he permitido encomendar una pequeña investigación acerca de sus costumbres antes de responder a su demanda. Como ya casi eres mayor de edad me parece justo que seas tú misma quien juzgue las calidades morales de esa persona.

Luego de ese breve exordio puse en sus manos la carpeta añadiendo: - Aquí tienes el resultado de esa encuesta.

-No era necesario investigarlo, conozco muy bien a Reginald sé la clase de persona que es. Respondió tomando no obstante la carpeta. En ese momento tuve ganas de gritarle: -¡Pequeña idiota no tienes la menor idea de quién ese individuo! No lo hice porque es peligroso llevarle la contraria, me limité a decir aparentando la mayor indiferencia:

-Es posible que creas conocerlo, no lo dudo, sin embargo estoy seguro que este informe te revelará algunos aspectos ignorados de su vida con lo que verás que tal vez no lo conoces tan bien como piensas…

Mis palabras surtieron el efecto buscado. Después de soltar un ¡Ufaaa! Exclamó: -Bueno voy a leerlo ahora mismo.

Estuve a punto de restregarme las manos de satisfacción, la muy tonta acababa de recibir un documento tan explosivo como una carga de dinamita para volar un tren completo como si nada, con él en la mano tomó asiento y lo abrió cual si se tratara de una novela rosa.

* * *

Sentado en el extremo opuesto detrás de un ejemplar del “Times” la observaba a hurtadillas simulando hallarme concentrado en la lectura.

Al comienzo Millicent paseó la mirada de manera displicente sobre los folios, hasta llegar al apéndice que contenía las fotografías. Allí su rostro cambió, pude advertir como la sangre se agolpaba en sus mejillas en tanto su respiración adquiría otro ritmo.

Es inútil decir que en el recinto reinaba el más completo silencio, atisbaba yo, de tanto en tanto y de la manera mas discreta posible, a mi medio hermana quien sumida en la lectura no levantaba la cabeza más que para pasar de una página a otra.

De pronto un ¡Ohhh! profundo, seguido de un ¡Ahhh! no menos intenso interrumpieron su mutismo. Fingí continuar absorto en la lectura del “Times” como si nada hubiese oído.

Mi regocijo interior no tenía límites, esas exclamaciones no podían significar otra cosa que sorpresa y desconcierto. Seguramente no tardaría en oírla proferir invectivas contra ese odioso sujeto y que en algún instante arrojara lejos de si el legajo para incorporarse bramando su furia, su despecho y su desengaño…

Tenía en esos instantes por bien invertidas las veinticinco guineas de oro que se había llevado aquel impresentable sabueso. Millicent podía tal vez concederse un pequeño espacio a la duda imaginando que el informe había sido fraguado para hundir sus proyectos matrimoniales, pero allí estaban también las pruebas y en especial las fotografías, que más que elocuentes, resultaban categóricas e irrefutables.

Los latidos de mi corazón se aceleraban a medida que la adrenalina fluía en mi interior a la espera de la explosión de desencantado furor que no tardaría en producirse…

* * *

Millicent, tardaba en reaccionar había terminado la lectura; pero mantenía la carpeta abierta en su regazo y la mirada perdida en el cielorraso, como si se hallara en estado de trance.

Comencé a revolverme inquieto en el sillón. El estallido que esperaba no ocurría, pensé que se trataría de una detonación de efectos retardados que cuando se produjera superaría en violencia todos los límites imaginables.

Transcurrido un tiempo prudencial con voz suave pregunté:

-¿Te sientes bien Millie?

-¿Eeeehhh? Respondió, como volviendo en sí y recién advirtiera mi presencia .. Luego, con voz vacilante completó -Si…si me encuentro bien.

Para mi se hallaba en estado de extrema confusión de manera que me compadecí de su desconcierto, suponía que estaba tratando de digerir algo demasiado fuerte para sus pocos años.

De pronto se incorporó, apretando fuertemente la carpeta contra su pecho, -no lo creerán ustedes- su rostro se ensanchó en una sonrisa de arrobamiento y de su garganta salió como una especie de gorjeo de satisfacción.

-¡Qué maravilla! Clamó con entusiasmo ¡Qué hombre maravilloso! .¡Qué poder!... ¡Me fascina!... ¡Es único!... ¡El me dará todo lo que deseo y necesito y yo le daré todo lo que a él le gusta!... ¡Cuando me tenga por esposa no necesitará más los servicios de Lady Arabella!...

Mientras prorrumpía en estas sandeces e incoherencias, Millie bailaba en torno a la habitación como una poseída, pensé por un instante si no habría perdido por completo la razón y también en el camino que debía tomar: si ponerla en manos de un exorcista o internarla en una casa de salud mental…

Ella continuaba eufórica y exultante, subrepticiamente dirigiéndose a mi con seriedad como si de golpe hubiera recobrado la cordura, dijo:

-Bobby querido, debes dar tu conformidad a Reginald cuanto antes así fijamos pronto la fecha de la boda, quiero retenerlo conmigo para siempre. Y sin más me estampó un par de sonoros besos en las mejillas.

(concluirá)

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Un perfecto caballero (II)

Autor: Amadeo Pellegrini.

(2ª parte)

Bien cómodo en pijama, robe de chambre y pantuflas, con el informe del investigador, la botella de Remy-Martin y una copa sobre la mesa del estudio; luego de encender la lámpara me concentré en la lectura.

Debo reconocer que el detective se esmeró en preparar la información, -aunque por veinticinco guineas podía yo pretender bastante más-, ordenó todo a la perfección hasta lo encabezó con un índice.

La primera parte contiene una síntesis de la encuesta donde relata en forma detallada los hechos principales a los que asistió, conforme a los apuntes que fue tomando en el lugar, después agregó los diversos testimonios, algunas notas, copias de mensajes y como apéndice una serie de fotografías.

Transcribo textualmente el informe preliminar para que quienes lean estas memorias formen su propio juicio acerca de la naturaleza humana. No sé cuál será la opinión que en definitiva les merezca, puedo decir en cambio que su lectura me resultó tan asombrosa que hasta finalizarla mi cigarro se consumió solo en el cenicero olvidándome también del coñac.

* * *

“Como todos los sábados después del mediodía el señor Reginald Mount-Garble, -que para tales ocasiones se hace llamar “señor Brown”- se marchó del domicilio en su Bentley que dejó en una cochera de Charing Cross de donde partió en otro vehículo cuyo chofer lo condujo a una villa rodeada de frondosos árboles en el sector residencial emplazado a medio camino entre Eton y Windsor.

La tal villa que lleva el sugestivo nombre de “El Sosiego” pertenece a una dama mayor que fue por muchos años la querida oficial del Primer Lord del Almirantazgo y más tarde de Sir William Dundee y a la muerte de éste de un diplomático Griego, para entonces ya era propietaria del lugar.

La dama en cuestión es conocida allí como Lady Arabella de Saint Alban, -aunque su verdadera identidad es Edith Murray, hija natural de una trotona irlandesa-. Retirada de la vida pública, desde hace años ejerce allí el infame oficio de proveedora de jóvenes a un selecto grupo de clientes adinerados entre los que se cuenta el señor Mount-Garble.

La casa ofrece especialidades variadas, pero su principal atractivo es la flagelación para ello dispone de una dotación permanente de media docena de muchachas que permanecen por temporada contratadas en carácter de “personal de servicio” y son renovadas periódicamente.

A fin de interiorizarse de todos los pormenores, aun los más insignificantes, el suscripto trabó relación con el jardinero, quien previa gratificación lo introdujo como ayudante para algunas tareas. De esa forma tuvo acceso al personal de servicio permanente de la mansión y más tarde pudo, con la complicidad de los mismos, llevar también al fotógrafo.

Como puede observarse en la vista tomada del exterior con la lente de aproximación, el edificio principal consta de tres plantas, subsuelo y ático. La segunda es la planta noble a la que se ingresa directamente desde el jardín por la escalinata de la entrada principal, allí es donde tienen lugar las fiestas y principales eventos, la planta baja es la de servicio en ella están la cocina, la despensa, las dependencias y el comedor del personal; el depósito y la caldera de la calefacción se encuentran en el subsuelo en el que hay también una pequeña bodega guarnecida por rejas, en la tercera planta está el departamento de la dueña de casa donde se encuentran las habitaciones para huéspedes y clientes especiales, el ático fue remodelado a fin de dotarlo de cuartos confortables para las pupilas.

Todos los interiores se hallan decorados con gran lujo, los ambientes cuentan con una enorme cantidad de cortinados y espejos que más que decorados sirven para disimular escondrijos, pasadizos y observatorios discretos, para espiar sin ser visto todo lo que sucede aun en los ámbitos más íntimos como los cuartos de baño. Para expresarlo gráficamente la mansión, por la abundancia de agujeros que tiene se asemeja a un gigantesco queso de gruyère.

Las mencionadas características de la casa permitieron a quien esto escribe ver y escuchar al investigado en la visita a la que asistió, permaneciendo oculto adentro de un armario en la habitación contigua cuyo fondo es en realidad una ventana de grueso cristal que del otro lado de la pared forma un gran espejo de imponente marco dorado.

Desde ese lugar le resultó posible ver y a través de falsas rejillas de calefacción escuchar todo lo que sucedía en el saloncito íntimo de la dueña de casa.

Allí aconteció que el señor Mount-Garble, después de ser anunciado como “Señor Brown” ingresó en el coqueto saloncito donde lo aguardaba Lady Arabella a quien ceremoniosamente besó la mano.

Una vez concluidos los saludos y frases de circunstancias, la dueña de casa dijo al visitante: -Reginald, lo he mandado llamar porque la conducta de sus sobrinas ha empeorado desde su última visita, no solamente se han mostrado disipadas descuidando las lecciones, sino que emplean modales francamente impropios, por no decir deplorables… He tratado de corregirlas mediante consejos y reprimendas; de acuerdo a las faltas les he impuesto algunas penitencias menores como privarlas de salidas, de postre, enviarlas a sus habitaciones… En fin he empleado con ellas todos los recursos a mi alcance menos los castigos corporales, pero todo ha sido inútil, por último les advertí que si persistían en comportarse mal me vería obligada a ponerlo en conocimiento a usted para que tomase las medidas que considere más convenientes…

El señor “Brown” -de espaldas a quien esto escribe e iba tomando notas taquigráficas de las palabras de la señora-, se limitaba a asentir con la cabeza, sin abrir la boca.

En tono más bajo y confidencial la mujer sibilinamente continuó: -¿Sabe usted, querido Reginald cómo han reaccionado cuando les hice esa advertencia?... ¡Sorpréndase! Marjorie, la mayor, la cabecilla, se encogió de hombros y dejó escapar un despectivo “pssst”; Ileana, en cambio lo tomó a risa, en tanto Pamela no sólo se limitó a repetir el gesto desdeñoso de su hermana mayor sino que burlonamente agregó: “¡Ohh! ¡Qué miedo! Cuando venga el tío, nos sermoneará y nos dará unas palmadas en las posaderas, como hace siempre. ¿Ustedes le tienen miedo a las nalgadas, chicas?” Exclamó soltando una carcajada a la que hicieron coro las otras dos… ¡Imagínese mi indignación! ¡Estuve a punto de abofetearlas! Sin embargo me contuve porque sé que tal medida hubiera resultado contraproducente. Me limité a prohibirles salir del cuarto hasta tanto llegara usted… Créame que lamento hacerlo venir de Londres para darle noticias tan desagradables, amigo mío…

-Por favor, querida Arabella, no sabe cuánto agradezco su preocupación y sus desvelos por esas criaturas, tanto como deploro los malos momentos que padece a causa de ellas… Respondió su interlocutor, que enseguida añadió: Ciertamente me veo en la obligación de tomar medidas más severas en lo sucesivo…

Créame Reginald que es necesario mostrarse inflexible; esas personitas han dejado de ser niñas a las que se puede corregir con palmadas, cuando éstas resultan ineficaces hay que aplicar medidas más drásticas; si me permite una sugerencia, en su lugar yo emplearía una buena vara… Precisamente dispongo de una vara de bambú a la que en ocasiones me veo obligada a recurrir para poner orden entre el personal de servicio, que como usted sabe son gente a la que hay que tratar en forma permanente con cierto rigor porque de lo contrario la casa se convierte en un desquicio, que comienza con los pequeños hurtos, las intrigas, el chismorreo y termina más tarde con que ellos son quienes toman las riendas y disponen lo que debe o no, hacerse aquí…

Enseguida y a solicitud del señor “Brown” la dueña de casa hizo sonar la campanilla a cuyo llamado acudió una de las mucamas a la que ordenó hacer bajar a las niñas.

Minutos más tarde se presentaron allí, tres agraciadas jóvenes pulcramente vestidas y peinadas, la mayor de unos diecisiete o dieciocho años y la menor de no más de trece o catorce, que saludaron a los mayores con una corta reverencia inclinando la cabeza, luego una detrás de otras besaron la mano del “tío” y a una indicación de éste tomaron asiento con estudiado recato.

Luego de un denso silencio, el visitante comenzó a amonestar a las jóvenes que bajaron la cabeza al escuchar los reproches que les hacía el hombre cuyas palabras refrendaba con indisimulada complacencia la señora Arabella.

La escena duró bastante tiempo en cuyo transcurso las muchachas se removían inquietas en sus sitios previendo lo que no tardaría en suceder, de manera que llegado el momento en que el señor “Brown” les anunció el propósito de castigarlas, de sus labios escapó al unísono un largo quejido que llenó de gozo a la dama cuyo rostro se iluminó con una expresiva sonrisa.

El “tío” convocó primero a la mayor, que haciendo melindres se tendió, como le indicara, boca abajo en sus rodillas. En tanto la señora Arabella también de pie acudió al lado de ambos para colaborar sofaldando a la joven y retirándole el calzón, con lo que vino a quedar con las ambarinas nalgas a la vista de los presentes y desde luego también a la mirada de quien esto escribe que puede dar fe de la rotundez y exhuberancia de ese bello trasero, -digresión que considera necesaria para mejor conocimiento del señor comitente-

La azotaina prolongada por espacio de varios minutos con ligeros intervalos, cumplió el cometido habida cuenta la rojez que adquirió la superficie de esos magníficos hemisferios y también debidamente sentida por la destinataria a juzgar por los constantes quejidos y contorsiones que provocaban tantos sonoros azotes propinados con decisión a mano abierta.

Una vez liberada la joven Marjorie quedó de pie con la cara vuelta hacia la pared y las congestionadas nalgas expuestas a la vista de los circunstantes.

Los mayores tomaron un breve respiro, lapso que puso más inquietas aun a las dos restantes.

Al cabo llegó el turno de la segunda, -ruega el escribiente que le sea permitido expresarlo de la siguiente manera: las tres son hermosas criaturas pero la mediana las aventaja en belleza y garbo, cuando quedó reducida a la miserable posición de víctima colgada como una res del regazo de su “tutor y tío” fue posible advertir que sus encantos posteriores superan a los otros en blancura, tersura y conformación-. No obstante lo manifestado sufrió idéntico tratamiento que el trasero de su hermana mayor, con vigorosas palmadas que estallaban en el opresivo silencio del salón como estampidos de pistola, de manera tal que quedó tan o más enrojecido y maltrecho que la anterior, ni que decir que culminada la azotaina pasó a ocupar un sitio al lado de la señorita Marjorie.

Esta vez el tiempo de descanso fue más dilatado en razón que el “señor Brown” se veía muy agitado, con sus sentidos quizás más alborotados que fatigados sus músculos, porque -cabe decirlo- el espectáculo así ofrecido resultó a los ojos de cualquier mortal muy excitante en términos carnales.

La menor llegado el momento brindó una escena de llanto, retorciendo las manos deshaciéndose en pedidos de perdón alcanzó a colocarse de rodillas frente a su inflexible “tío” sin dejar por ello de resistirse a ser colocada en la misma posición que sus hermanas, por lo que la señora Arabella hubo de prestar ayuda para reducirla y luego sujetarla con fuerza por los brazos a fin que pudiera ser desembarazada de las prendas interiores.

El culito, -permitida sea esta expresión un tanto vulgar. pero cabe porque al fin de cuentas por la edad de la joven así como el tamaño y volumen del mismo merece ser mencionado de esa manera, puesto que no es más que traserito de una niña-, resultó sin dudas el más perjudicado de todos, aunque el “señor Brown” espació más las palmadas y en repetidas ocasiones buscó aliviar el ardor de la piel con delicadas caricias circulares…

La única ventaja de la joven Pamela sobre sus hermanas fue que se libró de permanecer expuesta con las nalgas al aire como ellas.

Concluida la última azotaina, a las tres se les ordenó remontar sus calzones y retirarse a su cuarto. Mandato que obedecieron con presteza y la misma rapidez con que remontaron sus prendas íntimas y se aliñaron los vestidos marcháronse cabizbajas y abrumadas.

No bien las tres jóvenes abandonaron el salón, la dueña de casa se dispuso agasajar a su huésped con un reconfortante té cuyo servicio encomendó a la doncella que acudió al sonido de la campanilla.

En tanto, hasta que llegó la bandeja con la infusión, las masas y bocadillos salados, la conversación entre ambos transcurrió por carriles obvios relacionados siempre con la disciplina más conveniente a imponer a las jóvenes díscolas así como las ventajas de emplear más a menudo la caña de bambú o las flexibles varas de abedul.

La nota inesperada la puso la dueña de casa a la vista de la mucama con la bandeja del servicio de té sobre la mesita.

-¡Inepta! ¡Atolondrada! -Increpó de viva voz a la joven- ¡Cómo nos presentas el té en la vajilla común cuando tengo ordenado que tratándose de invitados como el señor Brown, debe utilizarse siempre la porcelana doble corona de Bavaria! ¿Dónde tienes la cabeza? ¡Torpe!...

Aturdida la joven retrocedió, con tan mala fortuna que golpeó la mesita con su cuerpo, volcando íntegramente el contenido de la bandeja sobre la costosa alfombra de Boukhara.

Aquella fue la gota que rebasó la copa y desató un verdadero infierno para la infeliz servidora.

Tan real fue lo que ocurrió a continuación que podría decirse que se trató de un número fuera de programa pues, abreviando, la desdichada Nelly, -tal el nombre de la atolondrada sirvienta- purgó la falta con sus posaderas que recibieron más de dos docenas de recios varazos aplicados con la delgada caña de bambú que la señora extrajo de una gaveta.

La joven que no deseaba ser puesta de patitas en la calle como le prometiera en el primer momento la indignada patrona, se avino de inmediato a recibir como castigo una cincuentena de azotes en las nalgas desnudas.

Con una docilidad y sumisión sorprendentes, ella misma marchó al centro del salón; donde se recogió faldas y enagua, echó abajo los calzones para ofrecer, de rodillas, su macizo trasero de sonrosadas carnes.

Vara en mano la señora Arabella se colocó a la izquierda de Nelly que mantenía la frente apoyada en el piso y apretadas mandíbulas y glúteos. La patrona midió la distancia con el bambú, luego lo enarboló para abatirlo con toda fuerza sobre las temblorosas carnes de su víctima.

Al siniestro silbido de la caña lo sucedió una ruda contracción de todo el cuerpo al impactar de lleno el azote en la protuberante epidermis. Tan impetuoso resultó el espasmo provocado por el primer golpe que la cofia de la muchacha se desprendió de su cabeza para ir a parar a unos pasos de distancia.

Los azotes con los continuos estremecimientos que provocaban alborotaron los cabellos de la muchacha en tanto ambas mejillas, anteriores y posteriores enrojecían vivamente.

Al promediar el vapuleo, la dama cedió la vara al huésped invitándolo a que prosiguiera la faena, práctica que le serviría, -díjole-, para cuando deba emplearla con sus “sobrinas”.

El “señor Brown” no se hizo rogar, empuñó con evidente satisfacción el bambú haciéndolo vibrar en el aire antes de proseguir la azotaina.

La descripción de la misma resulta a todas luces inconducente puesto que continuó en líneas generales el mismo trazado de marcas comenzado por la anterior con la salvedad que ninguno de los dos hizo brotar la sangre aunque dejaron la piel salpicada de cardenales y hematomas, que seguramente tardaron varios días en desaparecer.

Lo único digno de mención es que una vez concluida la paliza, el señor Brown entregó a la muchacha un billete cuya denominación no pudo observar el testigo pues lo colocó en mano de Nelly cuidadosamente doblado.

A esta altura de los acontecimientos el suscripto se vio obligado a retirarse por el peligro de ser descubierto al abandonar la mansión, no obstante supo al día siguiente que más tarde las “sobrinas” del señor “Brown” recibieron también una nutrida sesión de varazos.

A la segunda visita del señor “Brown” el suscripto no pudo asistir para permitir la entrada del fotógrafo quien fue instalado en el armario de doble fondo, por esa razón algunas de las fotografías salieron fuera de foco y otras algo borrosas ya que le resultaba imposible trabajar con destelladores allí adentro y la iluminación del saloncito resultaba insuficiente para tomar imágenes de buena calidad, no obstante las agregadas en esta carpeta son las mejores.

* * *

Con el último párrafo transcripto concluye el informe preliminar que se completa con los testimonios del personal de servicio, de informantes privados así como algunas notas sustraídas y las fotografías.

El fisgón que contraté para esa tarea no pudo permanecer más tiempo en la casa, tuvo que abandonarla de prisa porque, como me explicó verbalmente, todos los atardeceres sueltan en el jardín perros feroces entrenados para atacar a curiosos y merodeadores y queda un vigilante nocturno a cargo de la seguridad pues las principales orgías se llevan a cabo durante la noche, cuando se activan también las alarmas internas para que el personal de servicio no merodee por los salones privados.

De todas maneras había allí material suficiente para hacerle caer la venda de los ojos a la incauta de mi hermana y obligarla a renunciar a su proyectos de boda.

Por lo tanto cerré la carpeta, me restregué las manos, encendí un nuevo cigarro y me dediqué a pensar en qué momento y cómo abordaría a Millicent mientras saboreaba una generosa dosis del inimitable “Remy Martin”.

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(continuará)

Un perfecto caballero

Autor: Amadeo Pellegrini

Dedicado a mi dilecto amigo Alan Martinet

Siempre pensé que un individuo perfecto, lo que se dice perfecto, no existe. No, no sólo no existe, sino que en si mismo es una aberración. El hombre perfecto, como el hombre invisible, es un producto de ficción, un engendro, un invento; -en fin- ¡Un asco!

El asunto en realidad no es de mi incumbencia ni me importaría; si existiera ese hombre perfecto, allá él, que se lo lleve el demonio, mi problema no es el hombre, es mi hermana Millicent.

Bueno, para comenzar por el principio, debo decir que Millie, -digo Millicent- es mi medio hermana porque nuestro padre cometió la solemne estupidez de volverse a casar unos años después de enviudar, lo que demostraría por el absurdo que el hombre perfecto no existe pero sí el perfecto estúpido.

Millicent tiene ahora 21 años, es una belleza que resultaría adorable si no fuera caprichosa, testaruda, malhumorada y respondona, creo que nadie con una pizca de sentido común la tomaría por esposa, pero como además de sus defectos ella es rica, porque la segunda estupidez de mi padre fue incluirla en el testamento adjudicándole la mitad exacta de su fortuna, lo único cuerdo que hizo fue designarme albacea y su tutor hasta que alcanzara la mayoría de edad o contrajera matrimonio, con mi consentimiento -desde luego- De suerte que hasta el presente he podido gobernar su vida.

Aunque gobernar, lo que se dice gobernar tampoco es exacto, porque ella es ingobernable, así que me limité a internarla en los mejores colegios que conseguí hasta que cumplió los dieciocho años y ya no quisieron admitirla en ninguna parte.

El problema que se me presenta es que se ha propuesto casarse y como para eso es necesario tener pareja, se puso pues de novia con ese individuo al que no me atrevo a llamar imbécil porque según ella y aquellos que lo conocen se trata de un perfecto caballero.

Ese es mi problema.

No se le conocen vicios ni defectos, no bebe, no fuma, no juega, pero además es todo un dandy, lo visten los mejores sastres de Saville Row, es miembro de los clubes más selectos de Londres, sus antecedentes familiares también son impecables, de las ramas de su árbol genealógico cuelgan como manzanas almirantes, generales, obispos, dignatarios, magistrados y profesores, para peor es tan rico como mi hermana y lo peor de todo: ella está perdidamente enamorada de él.

¿Cuál es el problema entonces? Pensarán ustedes a quienes a lo mejor no les interesa la clase de cuñado que les toque en suerte, pero a mi que tengo que rendir cuentas y entregarle después de la boda todos los bienes de mi medio hermana para que los administre no me hace ninguna gracia, no señores. El patrimonio familiar se desmembrará por su culpa y eso me quita el sueño.

La solución sería oponerme a la boda. Parece fácil, si no fuera por el empecinamiento de Millie y porque su pretendiente no tiene ningún punto débil conocido, oponerse resulta entonces imposible.

Dije bien, conocido porque yo, que no creo en los hombres perfectos, estoy seguro que ese sujeto tiene gruesos defectos que disimula y esconde muy bien, de manera que para desbaratar esa unión dispongo de dos vías posibles: una el asesinato, otra descubrir sus taras, defectos y vicios para desenmascararlo delante de esa atolondrada.

Descarto el asesinato porque yo también me considero un gentleman y tal extremo es inapropiado para alguien de mi clase, lo pertinente sería retarlo a duelo, pero olvidé señalar que el individuo en cuestión practica box, es excelente tirador y además un formidable esgrimista, que sin duda llevaría las de ganar en cualquier terreno a costa de mi integridad física, desde luego. Me queda desenmascararlo. Tarea nada sencilla por cierto habida cuenta que el maldito sólo frecuenta los altos círculos aristocráticos y financieros de la City donde no cualquiera accede

Recursos no me faltan así que apelando a mi natural astucia contraté los servicios de un sabueso particular que por veinticinco guineas de oro se comprometió a seguirlo noche y día hasta dar con sus secretos y una vez descubiertos prepararme un informe completo y pormenorizado.

* * *

Conforme a la solución hallada, me dediqué a esperar los resultados que no dudaba resultarían satisfactorios, porque como lo he repetido hasta la saciedad el ser humano perfecto no existe. Convendrán conmigo que es naturalmente imposible que exista.

Entre tanto comencé a preparar el discurso de ocasión que recitaría a Millicent en el momento de poner en sus manos el informe confidencial sobre el farsante de su pretendiente. –Comprenderán que me resisto aun aquí mientras escribo estas memorias a llamarlo su novio, menos aun su prometido- Aunque haya tenido la osadía de pedirme oficialmente la mano de Millie.

Claro que, como carecía de argumentos valederos para negarme de plano, arteramente le pedí que me concediera unos meses de tiempo para asegurarme de los sentimientos de mi querida hermana. Mi proposición resultaba sensata así que él, como “caballero”, no pudo objetar nada, tuvo que aceptar nomás el aplazamiento de mi respuesta.

Como decía, abordar a mi hermanastra no es tarea fácil debido a su índole levantisca y contestataria, más propia de una fulana de los suburbios que de la dama que traté que hicieran de ella. Así pues, llevarle la contraria imposible, desenmascararlo como un farsante, peor. Lo mejor resultaría mostrarme como el hermano mayor preocupado, no por el destino de los bienes, sino por su propia felicidad conyugal impidiendo que resultara ultrajada por alguien indigno de ella; recién entonces pondría en sus manos el informe y aguardaría que Millicent sacara sus propias conclusiones y obrara en consecuencia.

* * *

El sabueso reapareció al fin, semanas más tarde, con una ancha sonrisa en su desagradable rostro, se quitó el sombrero al entrar, me saludó con una inclinación de cabeza pues en la otra mano traía un gastado portafolios.

Como no hacía más que deshacerse en zalamerías, -pensando ciertamente en las veinticinco guineas-, le pedí que fuera al grano.

-Verá, Señor Wilson -comenzó- sus pálpitos resultaron acertados, el personaje en cuestión, tiene sus -¡ejem!- debilidades, por así decirlo. Pero antes debo aclararle que no resultó fácil descubrirlo y bastante costoso llegar a la verdad pues tuve que sobornar a mucha gente… Sobornable claro, como criadas, cocineras, porteros, mayordomos, en fin gente de servicio que como usted bien sabe tienen ojos y oídos en todas partes y conocen más de sus amos y patrones que ellos mismos… Sí, por favor no se impaciente, lo resumiré en pocas palabras: el señor en cuestión acude regularmente a una casa de los alrededores de Londres a satisfacer sus extrañas aficiones disolutas…

Sí., Señor Wilson, disolutas, lujuriosas o pervertidas, como usted prefiera llamarlas…

Mientras ponía énfasis en esas palabras abrió su ajado portafolios y extrajo de él un voluminoso legajo que me tendió, mientras decía: -Aquí encontrará usted todo Señor Wilson, como lo pidió con pruebas, testimonios, documentos y fotografías. De paso le diré que estas últimas me salieron bastante caras pues hube de contratar a un fotógrafo profesional que me cobró veinte Libras por el trabajo y se negó a darme recibo… ¡Veinte Libras! Una estafa, Señor…

Tomé el fajo de papeles cuidadosamente encarpetados, lo deposité sobre la mesa luego de darle un ligero vistazo al contenido incluidas las fotografías de neto corte pornográficas, para librarme cuanto antes de la presencia de ese gusano fisgón le entregué las veinticinco guineas convenidas a las que añadí un billete de cinco Libras como gratificación adicional.

Guardé en mi estudio bajo llave el frondoso legajo a cuya lectura me abocaría inmediatamente después de la cena, luego mandé un recado al Club comunicando que me hallaba impedido de asistir por una situación no prevista a fin que se ocuparan de conseguirme un reemplazante para la mesa de póquer de los jueves,.

(continuará)

El Don (I)

Autor: Amadeo Pellegrini

In memorian G.H.E.

Todas las personas traen, desde la cuna, al menos algún don particular, es decir alguna cualidad, aptitud, talento o disposición especial. De ese modo existen personas muy dotadas para las artes, o las matemáticas, o el trabajo manual, etc. Los dones a su vez son innumerables, los hay elementales o complejos, unos son más comunes o frecuentes que otros, pero todos ellos resultan dones al fin. Cuando en una persona su don principal alcanza un desarrollo gigantesco, acostumbra a decirse de él que se trata de un “superdotado”, como lo fueron Beethoven, Bach, Mozart y tantos otros genios de la música, por otra parte a los que no alcanzan un grado aceptable de desenvolvimiento de sus aptitudes se los llama “infradotados”.

Normalmente los dones se ponen de manifiesto a muy temprana edad y, si se tiene la suerte de crecer en un medio propicio, comienzan a desarrollarse de manera rápida, dando lugar a casos de precocidad. Me ocupo de esto, porque el mío es algo bastante fuera de lo común, pues vine a este mundo con el don de la percepción extrasensorial. Para quienes no están familiarizados con el tema debo decir que consiste en llegar a conocer o descubrir algo por una vía distinta a la de los sentidos. La persona que lo posee adquiere conocimientos sin la intervención directa del tacto, la vista, el olfato, el oído o el gusto.

Vulgarmente se suele hablar de “sexto sentido” o “premonición” otros con más precisión agrupan y designan los casos bajo el nombre de “fenómenos paranormales”. Muchos estudiosos han destinado enormes esfuerzos a desentrañar y explicar estos fenómenos, produciendo innumerables obras científicas que los desmenuzan y teorizan acerca de ellos.

No deseo abrumar a nadie con la exposición de tales teorías, simplemente me propongo contar mi historia. Mi percepción extrasensorial se manifestó tempranamente. No tenía más de seis años cuando “vi” morir a mi abuelo paterno que residía a más de 200 kilómetros de nuestro hogar. Sucedió así: estaba durmiendo y soñé que mi abuelo Juan caía al suelo y no se movía. Me desperté en el acto sabiendo que estaba muerto, entonces me puse a gritar: ¡El abuelo está muerto! ¡El abuelo está muerto!

Al instante acudieron mis padres para tranquilizarme.

-Es una pesadilla, querido -decía mi madre tratando de calmarme.

-Si, estabas soñando… Aseguraba mi padre.

-¡Está muerto! ¡Lo vi! ¡Lo vi! – continuaba insistiendo yo.

Media hora más tarde sonó el teléfono en el vestíbulo. Papá fue a atender la llamada y al cabo volvió para confirmarnos que su padre acababa de morir de un infarto.

Otra oportunidad en la que sucedió un caso parecido, fue viajando en tren, tendría entonces unos ocho años cuando de pronto “vi” como un automóvil atropellaba a nuestro perro, lancé entonces un grito que sobresaltó a los pasajeros del vagón.

-¡Lo mataron al Cachilo!... ¡Fue un auto verde!... ¡Lo pisó un auto verde!...

Ese hecho también se confirmó, aunque no el detalle del color del auto, puesto que quienes se acercaron al perro no consiguieron ponerse de acuerdo sobre el tipo de vehículo que lo había atropellado. Se trataba de una calle muy transitada a esa hora y los presentes prestaron sin duda más atención al animal herido que no tardó en morir que al automóvil, que continuó la marcha. Después de este episodio me pusieron en manos de un psicólogo para que me liberara de posibles sentimientos de culpa por ambas muertes. Esa sabia decisión de mis padres resultó muy acertada, pues el terapeuta me hizo comprender muchas cosas y me estimuló para que desarrollara esa facultad. Gracias al tratamiento aprendí a valorar mis percepciones y más adelante a cultivarlas. Podría llenar páginas enteras relatando casos en los que utilicé mi don. Uno de los primeros usos que di a esa facultad fue para encontrar objetos perdidos, para “descubrir” el juego de mis adversarios, para “adivinar” el número que iba a extraer, cuando jugábamos a los naipes o a la lotería familiar.

Los que no tienen mayores conocimientos se detienen sólo en los aspectos anecdóticos de la cuestión, porque ignoran los esfuerzos de concentración mental que exige activar los mecanismos del cerebro para descifrar las percepciones con el auxilio de los demás sentidos, en especial el del tacto, tanto como el agotamiento que sobreviene después. Porque resulta difícil concebir que el esfuerzo mental requerido vaya acompañado por un enorme dispendio de energía física, como ocurre por ejemplo, para captar un mensaje subliminalmente transmitido por una persona distante o capturar e interpretar las ondas emitidas por los objetos bajo determinadas condiciones. Es un hecho comprobado también que en algunas oportunidades las percepciones extrasensoriales afloran naturalmente en el sujeto sin esfuerzo alguno, sin necesidad tampoco que ponga nada de su parte para activarlas o emplearlas. Esto suele suceder cuando la energía transmisora resulta muy potente y “golpea” al receptor.

Por último, a aquellos que envidian el don de la percepción extrasensorial, he de decirles que quien lo posee, padece paralelamente la condena de la soledad. En efecto, a la mayoría de ellos, por obvias razones, les resulta muy difícil mantener relaciones afectivas intensas y permanentes. Aunque, no necesariamente la soledad los convierte en seres desdichados muchos, como Leonardo Da Vinci, la vuelcan a la creatividad. He mencionado relaciones afectivas permanentes y estables, no relaciones sexuales. No quiero ofender la inteligencia de los lectores con mayores precisiones sobre esto.

En mi caso particular reparto mi vida entre las actividades profesionales que me proveen de relaciones tanto como del sustento material indispensable, con las culturales que rellenan mis vacíos existenciales. Tal combinación me ha permitido sobrellevar las carencias afectivas. Porque debo decirlo, también añoro las delicias de un verdadero hogar. En ese sentido comparto como verdad indiscutible el precepto bíblico que no es bueno que el hombre esté solo. En una época traté de formar pareja estable, lo logré o creí lograrlo, pero por corto tiempo, todas las tentativas resultaron efímeras, de manera que me resigné al sino de la soltería.

Mis apetencias culturales marchan al vaivén de mis recursos económicos. Cuando engrosa la cuenta bancaria los deseos se transforman en viajes cuyo destino y duración guardan relación directa con el monto de los caudales disponibles. A medida que estos merman, mis aspiraciones se limitan a visitar museos, concurrir a conciertos, conferencias o estrenos teatrales y cinematográficos. Finalmente cuando el dispendio aproxima las reservas a niveles cercanos al cero, entonces mis gustos terminan reducidos a largos paseos por la ciudad e interminables visitas a las librerías de viejo, donde invariablemente doy con alguna obra que me conduce al sillón de mis ocios.

En la época que comienza el relato de esta parte de mi vida, concluía un viaje de un mes repartido entre San Petersburgo y París, lo que equivale a decir que mi espíritu estaba pletórico con las visitas al Palacio de Invierno y al Louvre, pero el estado de mis arcas daba lástima. Retornar a la actividad cotidiana en Buenos Aires luego de ese tour me reconfortaba, pues conviene alejarse un tiempo de los sitios familiares para recuperarlos luego y descubrir cosas nuevas.

Me sentía feliz de caminar despreocupadamente por la Avenida de Mayo con sus edificios emblemáticos, el Barolo, el Tortoni, La Prensa … Recorrido que incluía paradas en las mesas de dos o tres librerías de viejo para terminar con un café en una mesa del London, donde Cortázar ambientó el comienzo de su novela “Los Premios”.

Desplegué el diario, a la espera del café que bebería con toda la calma, hasta decidir luego el rumbo a tomar… Eludí el imán de Florida, atestada a esa hora por un enjambre de gente y bajé hasta Bolívar para seguir por allí, donde sólo me entretuve apenas en la Librería de Ávila, antes de internarme por Defensa en el corazón de San Telmo.

San Telmo, cuyo epicentro está en la plaza Dorrego, es el equivalente del Marché aux Pouces de París, de Portobelo Road de Londres, de la Feria de la calle Tristán Narvaja de Montevideo, del Rastro de Madrid o del Mercadillo detrás de la iglesia de la Resurrección de San Petersburgo, no se parece a ninguno pero comparte el encanto mágico de todos ellos.

Normalmente visito San Telmo los fines de semana, en las horas que se habilitan los tenderetes en la plaza, donde se puede regatear y con suerte hacer algún hallazgo o conseguir alguna ganga. Pero ese día laborable llegué, sin proponérmelo, hasta la esquina de Humberto Primo. Creía que la casualidad me había llevado allí, pero ni bien ascendí a la vereda y alcé la vista, los latidos de mi corazón se aceleraron al comprender que no había sido el azar sino una fuerza poderosa la que me había guiado hasta ese objeto que desde la vidriera reclamaba mi atención. Era una pequeña fusta, corta, íntegramente confeccionada en cuero; la empuñadura tenía el grosor aproximado de mi dedo pulgar, su extremo opuesto remataba en dos finas lengüetas de unas cinco pulgadas de largo.

Se las conoce como “Fustas de Dama” porque forman parte del conjunto de equitación de las amazonas. Suelen constituir además verdaderas joyas de artesanía, con puños de oro, plata o alpaca finamente cincelados, las hay también con empuñaduras de marfil o ébano tallado.

La que mantenía en vilo mis sentidos, era muy sencilla, a la par de las otras que he mencionado hubiera resultado insignificante. Sin embargo para mí superaba a todas las demás juntas porque desde el momento que la vi supe que me estaba destinada.

Entré al anticuario decidido a llevármela despreocupándome del precio que pretendieran por ella.

-Es una fusta excelente. –Dijo el vendedor al darme el precio, yo asentí con la cabeza-. Parece un juguete sin embargo es sólida y flexible. Examínela.

Rehusé con un gesto porque tenía la garganta seca, no obstante conseguí responder:

-No es necesario, la llevo. Pagué y salí con mi tesoro bien envuelto en papel grueso como le había pedido al vendedor. Mis manos no la habían tocado en ningún momento, ya tendría tiempo en casa de conocer todo lo que la fusta tenía para decirme y por qué me había llevado hasta ella.

La ansiedad me poseía. Padecía un desasosiego inexplicable y poco frecuente en mi, que -no sin esfuerzo- he logrado controlar bastante bien las emociones. Sin embargo en esa oportunidad el contenido del paquete que llevaba conmigo me urgía a volver cuanto antes.

En otras circunstancias, para regresar a casa, hubiera optado por el ómnibus o el subterráneo, en la ocasión la prisa me impulsó a ocupar el primer taxi libre que se cruzó en mi camino.

No bien dejé el paquete sobre el escritorio, tomé los acostumbrados recaudos, que pueden parecer nimiedades, sin embargo son los que convienen para alcanzar el punto óptimo de concentración mental.

Ante todo relajamiento corporal, para lo cual, lo más apropiado es tomar una ducha tibia, después vestir ropas livianas y holgadas. Luego del baño me ocupé de cerrar las ventanas, bajar las persianas y correr las cortinas para amortiguar los ruidos exteriores y filtrar el paso de la luz, encendí también el equipo de audio que inundó la habitación con el suave arrullo de los clásicos. Cumplidos todos esos pasos rituales previos, me arrellané en el sillón y procedí a desatar el envoltorio… Cerré los ojos, extendí las manos y palpé la fusta… Un cúmulo de sensaciones se agolpó en mi cerebro…

Debo explicar qué es lo que ordinariamente sucede cuando entramos en contacto con un transmisor, se trate de una persona o de un objeto inanimado. En cualquiera de los dos casos la mente se abre como la pantalla de un televisor y las imágenes se suceden sin orden ni concierto. Ocasionalmente, se adhieren a las imágenes voces, sonidos, olores o sabores porque, si bien la percepción en sí misma tiene lugar fuera de los sentidos o por sobre ellos, estos contribuyen a racionalizarlas después, porque se recibe una especie de puzzle, algo así como un rompecabezas de figuras que luego hay que ordenar y recomponer valiéndose de los sentidos.

La primera y más contundente de las representaciones que percibí al instante de entrar en contacto con la pulida superficie de cuero fue el rostro de una mujer bellísima que expresaba un profundo sufrimiento, a ésta le siguieron una multitud de flashes mentales, que me sumieron en profundo estado de estupor. No pecaré de reiterativo, diré solamente que, por primera vez en mucho tiempo, me costó sobreponerme al pasmo que el experimento me causó. Tampoco aburriré con el relato acerca del método con que fui recomponiendo las sensaciones hasta completar el cuadro emitido por la fusta. Para conocimiento de los lectores a continuación transcribiré los primeros apuntes que fui tomando:

Imagen recurrente: Mujer joven, no más de veintinueve o treinta años de edad, cabellos negros, tez blanca, ojos celestes, posiblemente miope, usa anteojos, rostro ovalado, boca regular. Señas particulares visibles ninguna. Expresión de sufrimiento moral, no físico.

Lugar: Habitación de paredes color crema, dos retratos enmarcados, dormitorio, cama y mesas de noche estilo provenzal, cobertor azul claro. Ventana y postigos abiertos, cortinas al tono. Sugiere espera. Sensación: desconsuelo. Imágenes difusas: Mismo lugar, cuerpo femenino desnudo tendido en la cama decúbito ventral, sábanas en desorden, rostro invisible oculto en la almohada ropa de vestir sobre una silla. Ventana cerrada, cortinas corridas. Una silueta masculina fuera del campo visual. Sensación: abandono, amenaza, entrega… Imágenes disgregadas: Colillas de cigarrillos en el cenicero de cristal sobre la mesa de noche. Un libro abierto y encima un par de anteojos. Ropa interior femenina en el suelo junto al calzado. Sin presencia humana. Sensación: angustia, perturbación.

La copia precedente es apenas un resumen incompleto, sólo para mostrar la manera como se presentan las percepciones extrasensoriales. Desde luego, las sensaciones anotadas corresponden a las experimentadas a medida que las distintas imágenes desfilan por el cerebro, también cabe señalar que la memoria las guarda y pueden evocarse después a voluntad, pero no así las sensaciones y emociones que son irrepetibles, porque se experimentan por única vez.

Las vibraciones que emanaban de la fusta, a medida que recorría lentamente su superficie con la yema de mis dedos, me iban revelando el gran sufrimiento padecido por esa enigmática mujer. Un sufrimiento de naturaleza moral por la pérdida de un bien muy valioso, vinculado a un extinguido dolor corporal, porque las vibraciones delataban también que su cuerpo había recibido azotes con ese mismo instrumento.

Su figura tendida de bruces en la cama deshecha, desnuda así como la presentida silueta masculina en la habitación no dejaban margen posible de error. El esfuerzo por desentrañar aquellas incógnitas me dejó exhausto. Caí en un estado de agotamiento tal que perdí la conciencia por espacio de varias horas.

Junto con el conocimiento, recobré la lucidez; tuve entonces la certeza que no había sido la casualidad la que había puesto en mis manos aquella fusta, sino que ella había atraído mis pasos hasta el anticuario de San Telmo donde se hallaba expuesta. De inmediato vinieron a mi mente algunas ideas relativas a las funciones del dolor. Una de las principales es que constituye una señal de advertencia sobre la presencia, inmediata o potencial, del mal. De acuerdo a ella, el dolor se transforma en un medio de comunicación.

Comunicación que puede ser de carácter sensible, sea visual, auditiva o táctil, pero también de naturaleza suprasensible, es decir intuitiva. Cuando el dolor adquiere una intensidad mayor se transforma de simple comunicador en activo demandante de auxilio.

Estaba claro. ¡Un pedido de socorro me llegaba por conducto de la fusta!

Desde algún ignoto lugar, una mujer, de extraordinaria belleza, reclamaba mi ayuda.
Por cierto, ella no sabía de mi existencia, como tampoco había grabado su pedido de manera consciente. Pero la fusta que tenía en mis manos equivalía al mensaje en la botella que el náufrago en un último y desesperado gesto arroja al mar con la ilusión que alguien la encuentre y acuda a rescatarlo. Podía renunciar a esa empresa, porque en una ciudad como Buenos Aires, que unida al conurbano, forma un conglomerado humano de once millones de personas, dar con una mujer de la que sólo se conoce el rostro, resulta una tarea para anormales. El sentido común me decía que dejara las cosas como estaban. Después de todo. ¿Quién podría reprocharme que colgara la fusta como adorno en una de las paredes y me olvidara de todo lo demás?