La Coctelera

Categoría: Relatos Azztevil

Meigas

Autor: Azztevil.

Noche agitada y salvaje, tres y pico en el Berlín Cabaret , baile de carnaval apurando sus copas y bromeando sobre sus disfraces dos “brujas” y un “poli “a lo village people en lo que prometía ser una noche inolvidable, ellas dos preciosas mujeres con las ideas claras y sabedoras del deseo y la tensión sexual que se había creado y él demasiado atraído por la situación como para contrariarlas y ya en esos momentos más de negociación que de seducción se empezaba a subir de tono…

- Nuestra brujería es mucho más fuerte que tú, va más allá del dolor y el placer. Afirmaba Ana una atractiva y melosa meiga venida directamente de A Coruña para no se que congreso, con mirada de deseo y unas ganas locas de correr una aventura, no porque en sus años de matrimonio no se lo hubiera planteado sino por el morbo que le provocaban todas ese atrezo de cadenas, esposas, y demás artilugios que más allá de un disfraz parecía una vitrina de sex-shop.
- Tal vez, pero tendréis que demostrármelo, si con vuestros hechizos conseguís que una de vosotras aguante un castigo ejemplar sin quejarse, tal vez me convenzáis, retaba el con desparpajo mientras que miraba con deseo el escote de Bea la amiga de la infancia de Ana y con una muy bien llevada separación lo que acabo definitivamente con sus relaciones convencionales y tan solo estaba preocupada en recuperar su tiempo perdido.
- Puede que te arrepientas de lo que dices, respondió Bea mientras con sus largas uñas postizas le arañaba su espalda, si te equivocas serás nuestro, jajaja, y utilizaremos algo mas que tus esposas contra ti.

Así siguió la conversación y sin saber como se encontraban los tres en un taxi camino de casa de Bea, (una de esas casas en una urbanización de lujo a las afueras de Madrid) donde el juego que habían planteado le empezó a crear una duda razonable cuando ellas dos empezaron a hablar en un gallego cerrado difícil de entender,
¿ Y si realmente existen las brujas?, pensaba él.

En aquel confortable salón se encontraba un poco mas tranquilo, ellas entraban y salían del cercano comedor preparando todo para el aquelarre, mientras sonreían alegremente, velas por doquier, y en la mesa del centro colocaron un gran recipiente de barro, unos botes de cocina junto con un hermoso candelabro de hierro de siete brazos que a modo de centro de mesa daba un aspecto sobrecogedor, también para este peculiar juego quemaron incienso y Enia empezó a sonar en el equipo de música. Una vez encendidas todas las velas y con las luces apagadas, los disfraces ya no se veían tan divertidos y el olor a cera e incienso recreaba un ambiente medieval y misterioso, pensó él, cuando se acerco para comprobar que la situación era cada vez más sensual.

-Ahora comenzaremos, le dijo Bea abriendo una alacena del comedor donde la tenue luz iluminaba el interior, donde todo tipo de látigos, fustas, correas y cadenas, adquirían entre las sombra un aspecto más y más severo que de costumbre, pero para que no obstaculices nuestra magia te ataremos y una vez que terminemos con nuestros conjuros serás liberado, solo entonces podrás elegir a una de nosotras y cumplir con tu parte de la apuesta y comprobaras como tus azotes resultaran inútiles mientras el fuego del recipiente de barro este encendido, … tras lo cual serás nuestro…

Ellas le sujetaron suavemente por los brazos y sin saber como en esa penumbra le ataron a una argolla del techo con sus brazos en alto, al tiempo que otras ataduras en sus tobillos le impedían cualquier movimiento.

Ana se coloco a su espalda y mientras le susurraba al oído palabras que él no entendía, sus manos le abrazaban y jugaban con su torso acariciándole, arañándole en una endiablada tortura erótica, cuando Bea delante de ellos dejo caer su vestido al suelo, mostrando entre sombras su hermoso cuerpo lleno de curvas y de deseo, cubierto tan solo por un conjunto negro, sujetador de encaje unas pequeñas braguitas y unas preciosas medias que acababan en unos delicados zapatos de tacones infinitos que la daban un aspecto erótico, estilizando sus curvas hasta la locura, ella sin perder el ritmo de su danza cogió de la mesa un enorme cuchillo y acercándose a él empezó a rasgar su camisa, sus pantalones, mientras que Ana aumentaba el ritmo de sus caricias y con la lengua en su oreja le torturaba, él cerrando lo ojos intentando no volverse loco cuando en uno de los giros de Bea ya desnuda le abrazaba mordiéndole el cuello y presionando con su humedecido pubis en su erecto pene produciéndole un momento de alivio y un inevitable suspiro de placer, entre lo que parecían jadeos de ellas.
Pero el momento fue efímero ya que ahora se habían cambiado y después de que terminaran de romper su camisa y ya con el musculoso torso descubierto de él, Bea ocupo el lugar de Ana hundiendo su pechos en su espalda desnuda y frotando su cuerpo, contra el indefenso hombre atado arañándole y acariciándole con deseo mientras la otra bruja repetía la misma ceremonia arrancándole los ya jirones de su escasa ropa al tiempo que en un erótico baile dejaba su caliente cuerpo desnudo, momento en el que las dos acercándose a la mesa y antes de continuar le miraron con deseo.
Allí un musculoso hombre desnudo, atado, con una tremenda erección las miraba con deseo.
Ana cogió una botella de orujo, empezó a salpicar el cuerpo desnudo de el hombre, el torso, las piernas, la espalda, el culo, su pene, y luego acariciando su cuerpo impregnando su piel, produciendole pequeños lamentos y suspiros de dolor al contacto del alcohol con los arañazos y pequeños cortes que adornaban su cuerpo y al acabar de humedecerle vertió el resto de la botella en le recipiente de barro que tenian sobre la mesa.

Bea la siguió, tenia un bote de cocina en la mano y arrojándole azúcar impregnando su ya humedecida cuerpo, y al igual que su compañera vertió el resto en el recipiente, procediendo del mismo modo con los granos de café.

El se debatía en deseo y en su ya dolorido pene, las marcadas venas parecían a punto de estallar.

Ellas aproximándose con unas velas, le derraron la cera caliente, al tiempo que lamían su ahora delicioso y rebozado cuerpo y cuando parecía que la tortura no cesaría nunca, rápidamente se acercaron a la mesa y prendiendo la queimada se apresuraron a decir sus conjuros:

Mouchos, coruxas, sapos e bruxas.
Demos, trasnos e dianhos, espritos das nevoadas veigas.

….

Bea empezó a remover la queimada, el fuego del alcohol, las llamas, el calor, el olor, sus cuerpos excitados, entonces Ana se acerco a él y con una miranda ole deseo le soltó, desorientado no sabia muy bien que hacer cuando la llama azul del recipiente de barro le devolvió a la realidad y reclinando a Ana sobre la mesa cogió una fusta del aparador y acariciando su bonito culo observo como la humedad en su sexo era evidente así que antes de comenzar el castigo la acaricio con sus dedos deleitándose por un momento con los gemidos que se le escapaban y mirando a Bea retadoramente le propino un fuerte azote en el expuesto culo de Ana que apretando sus puños, no pudo evitar que se le escapara un leve suspiro.

-Espera un segundo. Le interrumpió Bea, quien acariciando las piernas de su compañera le puso un diminuto tanga de cuero que resaltaba mas el culo lo hacia todavía mas atractivo y como no mas azotable.

El después de acariciar con la fusta uno de los cachetes de Ana y haciendo en el aire ese inquietante y atractivo ruido golpeo con fuerza en la nalga derecha dejando una tralla roja y un picor característico con lo que ella no pudo evitar dar un respingo y acelero el ritmo de su respiración, él acariciándola de nuevo con la fusta, le dio otro fuerte azote en el otro cachete. Ana como si un calambre la recorriera todo su cuerpo se agarro fuertemente a la mesa y tensando todos sus músculos volvió a suspirar.

En ese momento Bea puso en marcha la bala vibradora que había dentro del tanga con el diminuto mando que lo controlaba a distancia, él desconociendo por completo su secreto continuo fustigándola con más ritmo.

Cada vez golpeaba mas rápido y fuerte observando como las respiraciones de Ana eran casi jadeos y como sus músculos se tensaban y destensaban al ritmo de sus azotes.

La luz de la queimada se iba atenuando pero los fustazos golpeaban el ya colorido y marcado culo de Ana que agarrada fuertemente al borde de la mesa jadeaba, abria y cerraba su ano intentando disipar el calor que la consumía y en un esfuerzo final apretó todo su ser entorno al cuero del tanga que la apretaba el vibrador haciendo que el orgasmo se transmitiera desde el clítoris por su vulva y a través del calor de su piel para llegar a explosionar en su cerebro con un fuerte grito de placer y el desplome de todo su exausto cuerpo sobre la mesa coincidio con la extinción de la azulada llama.

La tarde.

Autor: Azztevil.

La tarde de verano se mostraba calurosa pero ella no se quedaría junto a él, no hoy no, llevaba algún tiempo pensando en dar una patada a la monotonía a esa desidia que silenciosamente la marchitaba y aunque durante todo la mañana se encontraba muy animada era ahora cuando la empezaba a temblar el animo, incluso se le paso por la cabeza no acudir a la cita, pero necesitaba saber, poder comprender, experimentar por una vez todo lo que tantas veces vino a su mente.

Recogió su bolsa de deporte y comprobando en la nevera que estaba la dirección de la “Academia” que le mandó, se despidió de su desidia dirigiéndose a esa clase de “yoga” que le convenía inventar.

La mezcla de inquietud y excitación que la habían producido todos los preparativos, los correos intercambiados sobre mil y una fantasías inconfesables rondaban en su cabeza y se veía a sí misma sometida, castigada, dominada, por fin algo distinto y que tan solo ella comprendería y que no compartiría con nadie de su entorno, pero al llegar a la puerta del edificio, se dijo “ya es tarde para volver atrás”.

Una antigua casa con escalones de madera que crujía a su paso, un olor intenso a cera y por fin ante ella la puerta entreabierta con el cartel de una academia baile y un horario tan solo de mañanas.

Empujo la puerta, silenciosamente entro y se encamino a los vestuarios como indicaban sus correos, la respiración acelerada producida por subir las escaleras tal vez demasiado deprisa, la excitación de la situación y el calor, estaba totalmente empapada, miro las duchas de reojo
pero siguió con lo acordado, se puso una mascara veneciana, y mirándose al espejo se recogió el pelo, dejo caer su vestido quedándose tan solo con unas medias negras y unos zapatos de tacón, se miro detenidamente y se sintió como una hembra en celo desesperada, bella, hermosa, inquietante, misteriosa pero sobre todo excitada, vio sus pezones ahora duros y la humedad en su sexo la producía un ligero hormigueo que recorriendo su estomago se reflejaba en el rojo de sus entrecubiertas mejillas.

Suspiro, busco en su bolsa una llave y abrió la taquilla número trece. Sus manos sudaban, allí encontró todo tipo de instrumentos de castigo, azotes, látigos, paddles, fustas, reglas, esposas, cuerdas y no pudo por menos que tocar alguno de los fálicos objetos que completaban tan morbosa colección, tenia que elegir, uf! que problema, de pronto el sonido de la música al otro lado de la puerta, le recordó que la hora acordada había pasado ya en cinco minutos así que se apresuro en coger un paddle y entro en la sala de baile.

Una gran sala llena de espejos la devolvía hermosa en su disfraz y al mismo tiempo le daba la impresión de que no era ella la que estaba allí sino que alguien había copiado una de sus fantasías y la representaba para ella.

El calor, la excitación, ella en una sala de ballet vacía, tan solo tres elementos ajenos sobre los que había sendos sobres, un taburete alto, un potro y una mesa, ella sabia que en esos sobres, estaba escrito su castigo, debería ahora elegir uno, se encamino hacia la mesa tomo el sobre verde y leyendo su contenido se inclino sobre la mesa dejando su culo expuesto y abriendo ligeramente las piernas.

La música ceso y ahora solo pensaba en el castigo que iba a recibir, la azotarían con el instrumento que había cogido de la taquilla tantas veces como escalones había subido, ni ella sabia cuantos, solo le parecían muchos, aunque en ese momento lo único que pensaba era en que estaba allí desnuda, con su culo expuesto, su sexo húmedo medio abierto y que en breve la azotarían, eso junto con el calor de esa tarde hacia que pese a que lo prometió no podía permanecer del todo quieta en esa situación.

El tiempo trascurría lentamente en ese nuevo potro de tortura que era para ella la espera, saber que alguien la castigaría, y lo que era peor la miraría así desnuda, con su sexo palpitante y sentía vergüenza por no poder controlar su excitación y pensaba si seria capaz de aguantar y cuantos azotes recibiría exactamente, poco a poco el calor dentro de ella era ya casi un ardor insoportable ya no sabia si era sudor o su propia excitación, notaba como pequeñas gotas corrían por sus muslos y cuando estaba a punto de quitar las manos de la mesa oyó como una puerta se cerraba tras de si.

Una bella amazona con traje de montar, botas de cuero y una larga fusta aparecieron detrás de ella,

- Bueno perrita, ¿sorprendida, no?

Le espeto mientras observaba como ardía su cuerpo.

- Parece que tienes un fuego, serás guarrona, mira que tendré que azotarte mas fuerte, no te da vergüenza a una mujer casada como tu, no ves como estas chorreando.

Y sin dejarla responder, un fustazo mordió el expuesto culo, contrayéndose de dolor, mientras la regañaba, -no quiero oírte, ni una queja, deja ya de babear como un animal, y acariciando con su fusta el sexo observaba como sin poder evitarlo ella suspiraba.

-A¡ A¡ Que no!!, y otro fuerte azote la cruzo la nalga derecha.-¿Estas en celo o tu marido es maricón?, te he dicho que ahora no puedes correrte o tendré que marcarte como una zorra que eres.
Y otro sonó en la izquierda, quemándola y al tiempo excitándola mas.

Dio una vuelta alrededor suya, para que la viera, con sus pantalones ajustadísimos donde se distinguía perfectamente su sexo depilado y ese culo perfecto.

-Va a ser una tarde muy larga pero perrita te aseguro que aprenderás a no ser tan puta, ahora mismo voy a empezar con tu merecido castigo.

El sexo la ardía, la espalda su culo, no podía mas de calor cuando al abrir los ojos reconoció su habitación, su mundo, la siesta, su rutina, tan solo dejo su ventana abierta en esa calurosa tarde de verano.

Una ventana abierta, pensó.