La Coctelera

Fantasías recurrentes... La erótica de los azotes.

Categoría: Relatos Bilbo

10 Mayo 2009

Matinee

  

Autor: Bilbo

-No queríamos ir a la escuela. No nos apetecía. O, mejor dicho, había algunas cosas que nos apetecían más. Y, en aquella calurosa y húmeda mañana de mayo, la que más nos apetecía era ir al cine. Llevábamos planeándolo ya cierto tiempo. En la ciudad había un único cine que disponía de programación matinal. Era precisamente aquél al que queríamos acudir. No era factible hacerlo un sábado o un domingo. En esos días el cine en cuestión se llenaba de madres con niños para ver deplorables remedos, apestosamente dulzones, de conocidas películas de animación.

Hizo una pausa y tomó un sorbo de su capuccino.

-No. Si queríamos ver aquel tipo de películas había que ir a ese cine un día de semana. Y, para ello, era necesario faltar a clase. No había ninguno más en toda la ciudad que programara aquellos films. Se autodenominaban films "de arte y ensayo" pero nosotras sabíamos que eran lisa y llanamente películas de bajo presupuesto rayanas en el porno barato. Y, naturalmente, para nuestra imaginación de chiquillas a punto de ir a la universidad, con nuestros dieciocho años recién estrenados y flamantes credenciales que lo demostraban en el bolsillo, aquel tipo de cine, que se aventuraba en los vericuetos de la pornografía, no dejaba de encerrar un atractivo muy especial -continuó.

-No era común que nadie faltara a clase, pero tampoco, por ser el último año de clases, lo era el que el colegio averiguara, como sí ocurría en los niveles más bajos, la razón de la falta. No había riesgo, por tanto, de que en nuestras respectivas casas se recibiera ningún tipo de llamada comprometedora ni era previsible que nos viéramos en problemas por ello. En todo caso, decidimos que no convenía tentar excesivamente a la suerte y el día convenido nos levantamos todas a la hora habitual, nos encontramos en el camino del colegio a la hora habitual y acudimos a la primera de las clases como habitualmente.

Una nueva pausa le permitió respirar profundamente y dirigir su rostro hacia el sol por un instante, protegidos sus ojos bajo unas exageradamente grandes gafas oscuras, según la moda del momento, antes de proseguir.

-En el descanso entre dicha hora y la siguiente nos escabullimos del colegio sin ser vistas, cada una por su lado, y nos encontramos en la esquina acordada, a tres manzanas de allí, donde no llamaríamos la atención. A nuestro favor jugaba el hecho de que las alumnas de último año no tenían la obligación de vestir el uniforme del colegio, como sucedía en el resto de los grados. Esto, que nos daba un status diferenciado y superior respecto a las alumnas de los años inferiores, nos proporcionaba además, en aquel momento, la posibilidad de mimetizarnos sin problemas en el atestado ambiente de las calles céntricas de la ciudad, donde se ubicaba nuestro colegio.

Suspiró levemente y me miró a través de sus lentes tintados.

-Todo iba saliendo bien; o eso creíamos. Tomamos un autobús hacia la zona donde se hallaba el cine. Llegamos allí sin novedad. Nos bajamos y nos dirigimos hacia el edificio. Luego,  la que parecía mayor de nosotras recolectó el dinero necesario y fue a comprar las entradas. Volvió al rato con una radiante sonrisa y los cuatro boletos en la mano, blandiéndolos como si de un trofeo se tratara. Las demás la regañamos, indicándole que no era inteligente llamar la atención de todo el mundo de aquella manera.

-Entramos sin que la persona que controlaba la entrada nos dedicara ni un pestañeo. Nos acomodamos en nuestros asientos, vimos la película y, cuando finalizó, salimos a la calle entre risas y bromas, celebrando el éxito de nuestra aventura.

-¿Cómo estuvo la película? -pregunté.

-De la fregada, para ser honestos -contestó, riendo de buena gana-. No valió la pena tanto esfuerzo -me dijo, tomando en sus manos el vaso de café para darle otro sorbo.

-De regreso tomamos el mismo autobús que a la ida. Todo estaba previsto; la duración de la película más los dos viajes en autobús más un corto paseo desde la parada en dirección a nuestras casas, de modo que pareciera que veníamos del colegio. La casa de Karen era la más cercana al colegio y, por tanto, la primera a la que llegábamos siempre, las cuatro juntas. Estaba a mitad de camino hasta la mía y solíamos detenernos allí a tomar un vaso de agua. Ese día mejor no lo hubiéramos hecho -dijo, con aire reflexivo.

Iba a preguntar por qué pero no me dio tiempo, pues prosiguió su narración con aire distraído.

-Entramos en la casa saludando, como siempre, y nos encontramos al padre de Karen en el salón. Yo supe, desde el primer momento, que algo no iba bien. El nos preguntó: "¿De dónde vienen, niñas?"

Respondimos lo obvio: "Del colegio".

"Estuve en el colegio a buscarlas. Tenía que hacer algunos recados en el centro y pasé por ustedes con la camioneta y no las vi"

-Karen se quedó helada. Su madre, que había estado dando vueltas por el salón durante el diálogo anterior, se fue escaleras arriba hacia su habitación. Karen temblaba como una hoja.

"¿A dónde fueron?"

-El padre de nuestra amiga nos miraba amenazadoramente. Tres de nosotras contestamos que habíamos ido a un centro comercial. Ya era bastante malo haber faltado a clase para empeorarlo diciendo que habíamos ido al cine. Y precisamente a aquél cine. Mas una de nosotras, no recuerdo bien quién, no anduvo tan despierta, y contestó con un hilillo de voz que habíamos ido a ver una película, cayendo, automáticamente, en la cuenta del error que había cometido.

-Aquella confesión pareció enfurecerlo todavía más. Naturalmente, conocía de qué cine se trataba y estaba perfectamente al tanto de la naturaleza de su programación. "Así que se tomaron la mañana libre para ir a ver una de esas películas ¿eh?", gritó. "Y pensaban que iban a salirse con la suya sin que nadie lo supiera, ¿verdad?, bramó de nuevo.

-¡Cielos, me puedo imaginar la situación! ¡Qué tensión! ¿no? -dije, más por ganas de intervenir en la narración que por otra cosa.

-No. Te aseguro que no. Estoy segura de que no te la imaginas. Verás lo que sucedió después -dijo, mientras se quitaba las gafas y me miraba fijamente-. El padre de nuestra amiga, haciendo caso omiso de nuestra presencia allí, o quizás, precisamente aprovechándola, se dirigió a ella con un escueto "¡A la mesa!". Karen ahogó un sollozo y caminó hasta la mesa, tendiéndose, a continuación, sobre ella. El resto estábamos aterrorizadas. Al menos, yo lo estaba.

No pude menos que mirarla con sorpresa, sin decir nada esta vez. Ansiaba que continuara. La historia se tornaba cada vez más increíble y también, para mí, cada vez más excitante, aunque mi joven interlocutora no conociera este pequeño detalle.

-Imagino, por la celeridad con que mi amiga se colocó en posición y por el silencio que guardó, sin protestar siquiera, que aquel ceremonial se debía repetir frecuentemente. Ella esperó paciente, llorando en silencio acostada sobre la mesa, el castigo que le aguardaba. Para este momento ya todas éramos perfectamente conscientes del espectáculo que nos iba a tocar presenciar. El padre de Karen se desabrochó su cinturón, un viejo cinto de cuero marrón oscuro, ancho y pesado como cinturón de vaquero, y lo hizo deslizar hasta que lo liberó por completo.

-¡¡Bufff!! -exclamé sin perder detalle, e inclinándome involuntariamente hacia ella un poco más de lo necesario.

-Yo creo que lo hacía así, lenta y pausadamente, para que las tres que observábamos tomáramos conciencia de lo que muy posiblemente nos ocurriría al llegar a casa. Aunque no nos miraba, las tres sabíamos que interpretaba aquella danza solo para aumentar el horror que ya sentíamos. De pronto, dobló el cinturón, se volvió hacia su hija y descargó un tremendo azote sobre sus nalgas expuestas.

-¿La azotó delante de ustedes? -Ella me miró. La respuesta era obvia. Hice una mueca avergonzada, invitándola, con la mirada, a que prosiguiera hablando.

 

-Karen contuvo apenas un gritó y el resto pegamos un respingo. Aquel salvaje le iba a destrozar el trasero si seguía así. ¡Qué bruto! Pero él, indiferente, levantó el cinto y cruzó el trasero de nuestra amiga nuevamente, si cabe con más fuerza que en el anterior.

Yo miraba atónito, sin poder dar crédito a lo que escuchaba. La situación en sí ya me parecía especialmente increíble. Que me la estuvieran contando en aquella terraza, frente a dos capuccinos ya medio fríos, me resultaba simplemente irreal.

-Cada azote provocaba el mismo coro de gritos y lamentos contenidos de Karen y los gemidos de horror de nosotras. La azotaína prosiguió así un rato, sin parar. El padre de Karen golpeaba con fuerza, apuntando cuidadosamente, ya a una ya a otra de sus nalgas. Procuraba que los azotes se repartieran sobre toda la superficie de éstas visitando con más frecuencia el nacimiento de sus piernas, marcado por el pliegue de sus pantalones. Mientras lo hacía la regañaba en voz alta, como para tomar impulso en cada azote. "¿Así que pensabas salirte con la tuya e ir a ver esa basura de películas?" y golpeaba con saña. "¿Así que pensabas mentirme diciendo que habías ido a la escuela", y de nuevo el pesado cuero abrazaba el trasero de nuestra amiga de lado a lado arrancándole otro grito agudo en medio de su llanto.

Me recosté en la silla sin dejar de mirarla. Seguía sin poder creer lo que oía, pero el movimiento me ayudó a estirarme y a intentar controlar la natural reacción de mi cuerpo, que yo suponía ominosamente obvia, rogando que ella no dirigiera su mirada a ningún punto comprometido de mi anatomía.

-A ratos no sabía a donde mirar. De algún modo todas teníamos nuestras miradas fijas en el trasero de Karen recibiendo aquellos tremendos cintazos, pero, al cabo de unos diez o quince latigazos, se me hizo insoportable seguir observando aquel espectáculo sin más y busqué, sin hallarlo, algo en el salón en que ocupar mi mirada. Entonces me puse a observar a Cory. Algo en su cara era distinto de la expresión que había en la mía. Desde luego nada parecido a lo que reflejaba el gesto de la tercera de nosotras. Algo le sucedía a Cory ante la contemplación del duro castigo de Karen.

-¿Está segura? -pregunté, fingiendo sorpresa e incredulidad, aunque sabía muy bien a qué se refería y sabía que tenía toda la razón.

-Es extraño, Carlos... pero diría que Cory estaba disfrutando de aquello.

-¿Estás loca? -chillé. Y bajé la voz rápidamente, pues mi extemporánea reacción había concitado demasiada atención proveniente de las mesas vecinas-. ¿Cómo puedes decir eso? -le espeté, esta vez en voz más baja, fingiendo indignación. Me odié por ello. Ella no podía tener más razón en lo que sospechaba.

-Lo sé. Lo sé. No te enfades. Es que la observaba -continuó, con un tono de disculpa- y no podía dejar de pensar que no estaba observando aquello con horror como nosotras dos. No. Te lo aseguro. En su cara había una fascinación, un arrebolado color en sus mejillas y en su respiración una agitación que no me parecieron en absoluto normales. Hubiera jurado... -se detuvo y vaciló.

-Prosigue. ¿Qué hubieras jurado? -la animé, aunque no estaba seguro de poder escuchar lo que sospechaba que diría sin hacer una mueca delatora.

Tomé mi vaso de café intentando no mirar directamente a sus ojos. Temía que si lo hacía me descubriría, y descubriría de camino que esa sospecha, que había guardado para sí durante todo el tiempo que había pasado desde el momento del castigo, era increíblemente cierta.

-¡¡Diría que Cory desearía haber estado en el lugar de Karen!! -contestó finalmente, bajando los ojos avergonzada.

Guardé silencio un momento, para tratar de recomponerme, y cuando lo logré le dirigí una mirada que pretendía ser relajada. Ella seguía mirando la mesa y retorciendo las manos una con otra, esperando, sin duda, una airada protesta de mi parte. En lugar de eso me limité a sonreír, algo forzadamente.

-¿Qué pasó después? -pregunté para cambiar de tema. -Anda. Cuéntame el resto de la historia-. Y aún seguía sonriendo cuando ella levantó, por fin, sus ojos hacia mí.

-Después de lo que pudieron haber sido unos treinta azotes, propinados con la misma salvaje precisión que te he referido, lo que sin duda le dejó a Karen el trasero rojo y dolorido durante una buena temporada, su padre la mandó a su habitación con un regaño más. Luego se dirigió a nosotras y nos amenazó con la segura recepción de similar tratamiento al llegar a nuestras casas. Después nos ordenó retirarnos inmediatamente si no queríamos recibirlo allí mismo y de su mano. Creo que Cory vaciló un poco, pero entre las dos le tiramos rápidamente de la manga y, como si saliera de un letargo, corrió tras nosotras fuera de la casa.

Bueno, bueno, bueno... Así que así era como mi querida Cory se había descubierto a sí misma... Me puse a pensar en todo lo que había estado oyendo, hasta que la continuación del relato interrumpió el curso de mis pensamientos y le presté atención una vez más.

-De camino a casa casi no nos atrevíamos a hablar. Nos preguntábamos si el padre de Karen cumpliría su amenaza e informaría a sus familias. Nos preguntábamos también que sucedería en ese caso, aunque estábamos prácticamente seguras del desenlace. Pero, en su mayor parte, hicimos el camino en silencio y sin mirarnos.

-Y... ¿cumplió con lo que había dicho? -inquirí, sin poder reprimir la curiosidad por saber más. Ya no tenía interés en la historia en sí. Lo que deseaba saber era más detalles sobre mi querida amiga Cory, sobre su posible bautismo, sobre sus comienzos. Ella siempre me había jurado que sus padres jamás le levantaron la mano. Quería saber si era verdad.

-Naturalmente que lo cumplió. Cuando yo llegué a casa me encontré también a mi padre esperándome. Había hablado con el padre de Karen. Recibí idéntico castigo que mi amiga, solo que aplicado con una vara de mimbre que me hizo aullar de dolor. Nuestra otra amiga sufrió el mismo destino aquella noche, cuando su padre regresó a casa. A ella le dieron de nalgadas, según nos contó, sobre las rodillas de su enojadísimo progenitor.

Como guardara silencio a partir de ahí, la miré e hice un gesto de ánimo para que continuara. Lo hizo, sin demasiado entusiasmo.

-Cory, sin embargo, no fue azotada. A ella la castigaron un mes sin salir pero no recibió ni un azote -dijo, mirando hacia el suelo. Levantó sus ojos y me miró, titubeando-. Resulta extraño, después de lo que te he contado, que la única persona de la que juraría que hubiera deseado recibir aquel castigo se libró de él milagrosamente.

-No empieces otra vez -dije, mirando hacia la calle, donde miles de transeúntes se apresuraban para la hora de la comida. Miré el reloj a continuación y, fingiendo una prisa que no tenía, le dije que se me hacía tarde-. Es increíble lo que me has contado -terminé.

-Ya lo sé, Carlos, pero así pasó -me aseguró. Luego se puso de pie. La imité. Dejé sobre la mesa unas monedas, suficientes para cubrir la cuenta, al tiempo que hacía una seña imperceptible al camarero.

Me incliné para darle un beso.

-Cuídate mucho. Me alegro de haberte visto.

-Yo igual. Saluda a Cory.

Me devolvió el beso y se marchó. Y yo eché a andar hacia el estacionamiento, sonriendo divertido y trazando un malvado plan.

* * *

Leía el periódico distraídamente, sentado en el sofá, mientras Cory se afanaba en la preparación de la comida. Generalmente nos repartíamos las tareas con cierta armonía pero aquel día ella se había ofrecido, directamente, a cocinar. Iba y venía trayendo y llevando platos, jarras y fuentes con alimentos. Acomodaba utensilios, fregaba rápidamente los ya usados y los retiraba, guardándolos en cajones, yendo y viniendo de modo incansable, sin dejar de prestar atención a los dos o tres guisos que tenía en el fuego.

A ratos la observaba, por la puerta entreabierta de la cocina, atarearse frente a los fogones, removiendo aquí o probando allá lo que estaba cocinando. Cada tanto venía y acomodaba algo en la mesa, me lanzaba una mirada rápida, que yo captaba disimuladamente mientras leía, y me preguntaba algo al vuelo.

-¿Cómo estuvo tu día, cariño?

-Bien, todo bien -contesté, distraído.

-¿Algo interesante en la oficina? -volvió a preguntar en otra de sus idas y venidas.

-No -negué-. En la oficina, no.

Se detuvo justo en la puerta de la cocina y se volvió, mirándome inquisitiva. La certeza de que le iba a contar algo jugoso la mantenía allí, expectante.

-Nada interesante en la oficina. La misma aburrida rutina. Clientes que no pagan. Vagos irremediables que no trabajan... Lo mismo de siempre.

Se volvió, desilusionada por mi respuesta, dirigiéndose de nuevo hacia la lumbre.

-Sin embargo...

-¿Sí...? -contestó, deteniéndose de nuevo a observarme.

-Me encontré con tu amiga Erika en el centro.

Me miraba fijamente sin decir nada. Conocía a varias de sus amigas y no había "peligro" en que me hubiera topado con una de ellas en el centro. Pero, de algún modo, sus cinco sentidos se pusieron alerta ante la revelación.

-Iba de camino al banco. Nos cruzamos y me ofrecí a acompañarla. Luego tomamos un café juntos. Era algo tarde y no tenía ganas de volver a la oficina a pelear con empleados insubordinados.

-No me sorprende que no trabajen si ese es el ejemplo que reciben de su jefe -dijo, haciendo uso de un sarcasmo que me resultaba sospechosamente familiar. No esperaba que se fuera a enojar conmigo por haber tomado un café con una de sus mejores amigas. No, desde luego, cuando lo mejor de la conversación estaba por llegar.

-Me contó una linda historia, ¿sabes?

Bajé el periódico de modo que pudiera mirarla mientras lo decía. Una mueca de sorpresa se dibujó en su cara.

-Parece que no siempre fuiste la estudiosa y educada alumna que dijiste ser...

-¿Cómo...? No entiendo. ¿Qué es todo esto? Yo siempre fui...

-Parece, como digo -le interrumpí, alzando la voz- que no siempre fuiste una alumna obediente.

Cory callaba ahora, pero me miraba con estupefacción preguntándose, sin duda, donde iría a parar todo aquello.

-Parece que tienes una deuda pendiente con algunas de tus amigas. Parece que, en el último año de colegio, decidisteis un día cambiar las clases programadas por algunas actividades extraescolares. Solo que éstas no estaban previstas por el centro ni eran conocidas por vuestras profesoras, ¿no es verdad?

El rostro de Cory se veía ahora sorprendentemente tranquilo desde el lugar donde me hallaba sentado. Sin embargo, aún había una sombra de curiosidad en su mirada. Aún no sabía bien como acabaría todo aquello. Naturalmente recordaba el incidente, y eso explicaba su aparente tranquilidad, pero ardía en deseos de saber cualquier otra cosa que hubiera que saber, por más imprevisibles o desagradables que fueran las consecuencias.

-Parece, además, señorita que tú fuiste la única que escapó indemne de la situación. Según Erika me ha contado, para el colegio vuestra escapada pasó inadvertida. No así para el padre de una de vosotras, ¿no es cierto?

Cory continuaba mirándome con una mueca de curiosidad contenida en su, por otro lado, relajado rostro.

-El padre de una de tus amigas os descubrió cuando la acompañabais a casa y fuisteis invitadas involuntarias a su castigo, ¿eh? Y no cualquier castigo, además. No. Una buena tunda de cintazos se llevó vuestra traviesa compañera ¿no es cierto?

Cory no pudo evitar que una leva sonrisa curvara sus labios con el recuerdo de aquella escena. Debió haber sido tremendamente excitante.

-Tus otras dos amigas sufrieron similares palizas al llegar a casa, pero, por algún motivo, tú no recibiste igual tratamiento. Erika me lo ha contado todo. Como te decía, creo, cariño, que tienes una deuda histórica con tus amigas -repetí, mientras dejaba el periódico sobre el sofá y me incorporaba despacio.

No bien estuve erguido me llevé ambas manos al cinto y comencé a desabrocharlo. Cory comprendió. Dejó sobre la mesa de la cocina lo que llevaba en las manos. Se acercó al fuego de la cocina y lo apagó. Dio media vuelta y se dirigió hacia el salón nuevamente. Yo la observaba sin decir nada.

-¡¡A la mesa!! -dije cuando pasaba por delante de mí. Ella se estremeció ostensiblemente con el recuerdo de la frase que había escuchado aquel fatídico día.

Como su amiga algunos años antes, caminó hasta la mesa en silencio hasta tocar el borde con su cintura. Luego se inclinó hacia delante dejando su cuerpo descansar sobre la encerada superficie. Acomodó la cabeza, ladeándola, y extendió los brazos uno a cada lado, hasta alcanzar los bordes laterales, sujetándose a ellos firmemente.

-Cory, cariño, creo que la vida ha sido especialmente benevolente contigo todos estos años... Y toda deuda implica intereses -le expliqué, mientras me acercaba a ella-. Tus amigas recibieron el azote del cinto sobre su ropa, pero tú lo recibirás sobre tu trasero desnudo -proseguí, creyendo detectar un leve suspiro escapar de sus labios.

Cuando estuve junto a ella, ya con el cinturón doblado en mi mano, listo para castigarla, me agaché y tomando el borde de su falda con la otra mano lo deslicé hacia arriba hasta cubrir con la tela parte de su espalda. Después rebusqué por su cintura hasta encontrar el elástico de su ropa interior y la hice deslizar, lentamente, hasta que se encontró más o menos a la altura de sus rodillas. Para aumentar el deseo que sin duda sentía, procuré,  mientras lo hacía, que la prenda rozara sus piernas suavemente.

Debo decir que mientras apagaba el fuego de la cocina, mientras dejaba las cosas sobre la mesa, preparándose para su castigo, mientras se dirigía hacia la mesa pasando por delante de mí, no vi miedo en sus ojos; no vi el terror habitual en quién espera recibir un severo castigo; no pude detectar ni sombra del pánico que suponía sentiría, ni noté el familiar temblor en los labios, preludio de los incontenibles sollozos que precedían habitualmente a todos los castigos. No sentí, en resumen, que temiera de ninguna manera lo que se le venía encima.

En su lugar creí notar deseo, un deseo electrizante, insoportable de ser castigada, de sentir los azotes que sus compañeras habían sufrido años antes; de ser castigada precisamente por aquello y no por otra cosa, así, sobre la mesa, como había visto a su amiga de la adolescencia, y de librarse de una vez y para siempre de aquella culpa escondida en su interior desde el día de la visita al malhadado cine de arte y ensayo.

Obviamente se trataba de una experiencia catártica para ella, de una liberación deseada, aunque no buscada, y, naturalmente, hice los honores, azotando su trasero con especial violencia, dejándolo profusamente marcado y cruzado, en toda su superficie, por delgadas bandas rojizas, consiguiendo borrar el recuerdo de la juvenil aventura impune con unos cuantos días de incómodos viajes en el autobús que tomaba a su trabajo cada mañana.

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7 Noviembre 2008

Aeropuerto


Autor: Bilbo

No me gustan los aeropuertos. Los visito frecuentemente y es cada vez con mayor frecuencia que me deja el paso por ellos una sensación de desagrado, de incomodidad y del mal humor. Sin embargo, generalizar no suele conducir a conclusiones justas y provoca que se pasen por alto detalles importantes y hasta a veces cruciales.

Así sucedió hace algunos días, cuando tuve que volar, una vez más, a una hora temprana por razón de negocios. Me levanté malhumorada, me duché malhumorada y malhumorada me embutí en mi conjunto de chaqueta y falda, el serio y elegante, el de las grandes ocasiones. El evento al que asistiría lo merecía. Me adorné, por tanto, con toda clase de complementos; varias pulseras, anillos, mi sortija de compromiso, que nunca llegó a cumplir su función, un colgante abstracto y una diadema que apenas se dejaba ver, entre mis rizos de color cobrizo (el último grito en reflejo capilar, según creo).

Desayuné a toda prisa, café negro y una galleta diet, como todos los días.

* * *

–¿Has terminado ya? –preguntó y al tiempo hizo una seña al camarero.

Dejé la taza en el plato y me levanté.

* * *

Antes de salir de casa me aseguré de haber introducido en mi cartera de piel mi monedero, mis tarjetas, mi teléfono móvil 3G, (correo electrónico, internet, juegos, mp3, todo en una sola pieza,... ¡una joya!) y mi palmtop, mi tercer brazo; sin ella no era nada. Llevaba también mi ordenador portáil, ultraligero, (no me gusta cargar inútilmente), con todas las presentaciones necesarias. Es una delicia el PowerPoint. ¡Qué lindo invento para vender!

* * *

Tomé mi cartera de piel, me la colgué al hombro y tomé después, con la otra mano, mi inseparable ordenador portátil. Me arreglé un poco la chaqueta, que se había medio arrugado mientras estaba sentada, y me dirigí a la puerta, siguiéndolo.

* * *

Un taxi me esperaba. Salí del portal a la carrera y me subí a él. Cerré la puerta con estrépito y pedí perdón divertida, antes de indicar al taxista que nuestro destino era el aeropuerto.

* * *

Una vez fuera, aguardé. Sin embargo, no se puso a caminar como esperaba. En cambio, hizo un gesto imperioso y un taxi negro se detuvo frente a nosotros no sin cierta brusquedad.

* * *

Al cabo de un buen rato, que yo pasé en silencio meditando sobre las actividades del día, noté, de pronto, que enfilábamos la rampa que conducía al hall de salidas. Cuando el coche se detuvo le tendí al taxista un billete de cincuenta euros y le indiqué que deseaba un recibo por el trayecto. Creí escuchar un gruñido de su parte, pero estaba demasiado ensimismada como para prestarle atención. Recogí la vuelta y el ticket y lo hice desaparecer en un bolsillo, arrugándolo junto a los billetes. Salí del taxi y al momento penetré en el bullicioso espacio de la terminal.

* * *

Durante el viaje lo observaba. Era alto y muy guapo. Su bronceado rostro, habitualmente serio me cautivaba. No podía dejar de pensar en él y en los acontecimientos que iban a suceder. No podía evitar sentirme nerviosa ni tampoco podía acallar la emoción de encontrarnos a solas en breve.

Finalmente, su voz me sacó del trance.

–Sal del coche, ¿quieres? –me dijo.

Sonreí mientras balbuceaba una disculpa y en seguida estuve fuera. El pagó y me siguió. Juntos sobre la acera, lo miré de nuevo. El taxi había partido ya cuando el me indicó con un ademán el camino de la puerta.

Entré y me siguió. El vestíbulo era majestuoso, elegante, de altos techos, iluminado desde todos los rincones posibles, decorado con lujo y también con exquisito gusto.

* * *

No tuve que facturar. Había obtenido mi tarjeta de embarque por internet. Eso eliminaba el latoso trámite en los mostradores; las estúpidas esperas mientras la empleada localiza en su programa la opción escondida que finalmente no existe, mientras el turista no recuerda donde demonio guardó su pasaporte, seguramente olvidado en casa o mientras la bulliciosa familia, incluidas llorosas abuelas que despiden, se arremolina alrededor de un mostrador invadiendo el espacio vital, físico y también sonoro, del viajero vecino.

* * *

Dudé y lo miré de nuevo.

Él, con su seguridad habitual, hizo un breve saludo hacia la recepción, atestada de un variopinto mosaico de gente, y se dirigió a los ascensores.

* * *

Así pues, enfilé la puerta de entrada a la zona de embarque. Solamente el fastidioso, además de bastante inútil por mal ejecutado, control de seguridad se interponía entre mí y mi vuelo. Un individuo de dudosa catadura pero vistiendo un impecable uniforme de una empresa de seguridad me pidió, con formas deplorables, mi tarjeta de embarque y mi identificación. Tardó una eternidad en contrastarlas. Por un momento llegué a dudar de que supiera leer, pero finalmente me franqueó el acceso al serpenteante pasillo, delimitado por cintas de color a ambos lados.

Supuse que las disponían así para organizar las filas de viajeros, que debían hacerse interminable a determinadas horas o en determinados días. A aquella hora temprana de un miércoles cualquiera de otoño, sin embargo, caminar en sucesivas idas y venidas hasta alcanzar la zona del arco magnético me parecía una intolerable pérdida de tiempo y no hizo sino contribuir a aumentar mi enojo.

* * *

Esperamos unos segundos frente a las puertas de éstos hasta que uno de ellos llegó a la planta baja. Se me antojaba caprichoso su comportamiento, no sabiendo nunca bien si bajaban o subían y gobernando a su antojo la espera de la gente.

Entramos y una doncella rubia nos siguió. La miré sin que se diera cuenta. No parecía ser muy despierta. Reí, para mis adentros, la ocurrencia. ¡¡No la conocía!! Y aún así me atrevía a valorar su competencia para aquel puesto.

* * *

Justo antes de los arcos un nuevo control.

–Identificación, por favor. –La voz cortante del guardia terminó de enfadarme.

(¡¡Podías tener un poco de educación, imbécil!!)

Con brusquedad, le planté mi DNI bajo sus ojos. El lo tomó y yo retiré la mano con violencia y desagrado. El me miró.

(¿Qué miras, bobo? ¿Te parezco guapa?)

–Su tarjeta de embarque...

* * *

El ascensor subía y subía. No parecía tener fin. Se detuvo en un piso, pero nadie subió. Paró luego en otro, pero los que esperaban querían bajar. Paró, al fin, en el piso al que iba la doncella, pero, cuando la puerta estaba a punto de cerrase de nuevo, ésta regresó a su interior y recogió una bolsa que había olvidado.

(¡¡Idiota!!)

Por último, el ascensor llegó a nuestro piso.

* * *

Me sentí traviesa.

–Ya me la han pedido antes.

–Es el procedimiento. Su tarjeta de embarque, por favor–, repitió, subiendo algo la voz.

Hice el mismo movimiento brusco que con el DNI y prácticamente se la lancé a su mano tendida.

–¡¡Qué estupidez!! –dije, al mismo tiempo.

El levantó la vista. Los dos viajeros que había detrás de mi me miraron también.

–Señorita, es el procedimiento, compórtese, por favor –, indicó, mientras me devolvía los documentos y dejaba el paso libre.

–Oh, sí, sí, claro, disculpas, perdón... –voceé groseramente, sin mirarlo. –¡Disculpe usted caballero–,me volví y le dije, por último, acompañando la frase con una mueca burlona y provocativa.

* * *

Nos dirigíamos a la habitación por el larguísimo pasillo enmoquetado cuando, al doblar un recodo, un carro de limpieza nos cortó el paso. Del otro lado apareció al cabo de medio minuto otra doncella con un aspecto tan poco despierto el de su compañera del ascensor y, mascullando una disculpa apenas inteligible, comenzó a empujar el carro todo lo deprisa que podía.

Tuvimos que caminar detrás de ella hasta llegar a la habitación. Cuando ya nos acercábamos comencé a quejarme, a hacer comentarios sobre la poca diligencia de los empleados, sobre lo inusual de la hora, sobre la molestia que nos causaba y sobre cuanto de negativo se me vino a la cabeza en aquel momento.

* * *

Me disponía a tomar uno de los recipientes de plástico que se amontonaban sobre una mesa y depositar en él todos mis objetos personales cuando una voz a mi lado me sorprendió.

–Deberías aprender a controlar tus modales.

Me volví. Tenía un comentario sarcástico casi en la punta de la lengua pero no llegué a pronunciarlo. Su amplia sonrisa me retuvo. Lo miré fascinada. No era lo único. En su mano agitaba unos documentos con el logo de su empresa. La misma que yo iba a visitar. No puede ser. ¡El delegado del cliente en el mismo avión que yo? ¡Y me había visto montar el espectáculo ante un pobre guardia de seguridad que posiblemente no llegaba ni con mucho a ser mileurista! Sonreí azarada.

* * *

Él, que había permanecido en silencio, caminando pacientemente, con su andar elegante, detrás del carrito, sacó de su bolsillo una llave, abrió la puerta de la habitación y me invitó a pasar.

–Te voy a enseñar modales, señorita descarada–, susurró en mi oído.

* * *

Se volvió hacia el arco que quedaba de su lado haciendo caso omiso de mí. Yo me quedé mirándolo.

–Llaves, monedas, móvil, reloj... ¿móvil, señorita?

No contesté. Sólo tenía ojos para él. Con un movimiento rápido hizo deslizar su cinturón y en pocos instantes éste se encontraba pendiendo de su mano. Aquel sencillo gesto, mil veces repetido en todos los aeropuertos del mundo, me hipnotizó. Ver a aquel hombre elegantemente vestido, de camisa celeste, impecable y corbata de rayas, anudada con maestría, perfectamente simétrica, con su cinto en la mano me produjo toda clase de fantasías y pensamientos sensuales.

* * *

Me volví hacia él y lo miré. Miré sus ojos, negros, cautivadores. Miré su pelo, algo gris, que debía llevar siempre engominado. Miré sus labios, finos y delicados e imaginé el dulce beso que podrían deparar...

Seguía mirándolo embobada cuando me di cuenta de que se llevaba la mano derecha a la hebilla de su cinturón y lo desabrochaba con un movimiento preciso y rápido. ¿Dónde había visto yo aquello antes? A continuación lo hizo deslizar, tirando de él con una sola mano. Lo liberó por completo y el cuero se cimbreó en el aire.

Su visión me produjo un escalofrío. Imaginaba la horrible sensación de los latigazos propinados con aquel instrumento, casi podía sentir el dolor que me iba a producir, la desagradable sensación de escozor en mi trasero desnudo. Me estremecí. Lo deseaba con todas mis fuerzas...

* * *

Lo miraba sin poder apartar los ojos de él. Mientras tanto la vida a mi alrededor seguía...

–Señorita, ponga sus pertenencias en la bandeja. Llaves, monedas, móvil, reloj...

(¡Cállate ya, zoquete!)

* * *

–Bájate la falda –, me ordenó. Su voz sonaba dulce y en sus ojos brillaba el halo de su sonrisa pero la orden era clara y patente y en ella había una carga insoslayable de autoridad plena.

Obedecí.

* * *

Después de colocar todas mis chucherías en una bandeja y de colocarla en la cinta junto con mi cartera y mi portátil me dispuse a bajo el dispositivo electrónico. Sin embargo, mi pesadilla no terminaba. Tuve que volver atrás y sacar el ordenador de su funda. Debía pasar por la cinta solo.

* * *

La prenda resbaló y quedó alrededor de mis tobillos. Saqué ambos pies de ella y me situé al lado, mirándolo con una mezcla de descaro y provocación. Era consciente de que miraba mis zapatos, mis medias negras y mis piernas. “No estoy mal del todo”, pensé.

Sin embargo, me miró con desparobación.

–No se deja la ropa tirada en el suelo. Dóblala y colócala sobre la cama.

Obedecí de nuevo, turbada por su comentario.

* * *

Miré al empleado con cara desafiante pero no dijo nada. Finalmente pasé bajo el arco y el maldito chisme tuvo la ocurrencia de emitir un pitidito delator.

–Colóquese aquí, por favor.

Una empleada gorda y desagradable, embutida en un uniforme mugriento cuyas costuras parecían estar a punto de reventar me indicaba una marca en el suelo.

Iba a inspeccionarme con su pistola de rayos o lo que fuera aquél chisme.

–Levante los brazos.

Lo hice y la miré al tiempo con odio. Ni se dio cuenta la muy estúpida.

–Adelante. Puede seguir.

(¿Les realizarán una prueba de estupidez a éstos tarados...?)

* * *

–Colócate sobre la silla. Con las manos en el asiento.

De nuevo sentí la imperiosa necesidad de obedecerle.

Allí colocada le ofrecía una vista estupenda de mis piernas y de mi trasero. Supuse que estaba gozando de ella y eso me enorgulleció.

De pronto noté la caricia de su mano. Una suavidad irresistible que me recorría y que penetraba hasta lo más profundo de mí, a pesar de que solo tocaba mis bragas.

Gemí débilmente, de puro placer.

(¡¡Sigue!! ¡No te pares! ¡¡¡Sigue acariciándome así!!!)

* * *

El resto del tiempo que pasó hasta que llegué a mi destino fue simplemente horrible. En primer lugar, atrasaron el vuelo.

–Es debido a causas técnicas, señorita. En unos minutos la compañía hará un nuevo anuncio.

(Causas técnicas... causas técnicas. ¡Qué manera tan imbécil de engañarnos!)

Me puse a pasear nerviosamente por la sala de embarque, esperando el nuevo anuncio.

* * *

–Tu comportamiento es incalificable –, me dijo. –Alguien debería enseñarte a respetar a los demás.

Mientras hablaba paseaba por detrás de mí. Yo estaba atenazada por los nervios. Apenas podía contener la emoción y deseaba que comenzara de una vez.

–Seguramente quieres que todo comience ya ¿verdad?

(¿Cómo lo adivinó? ¿tanto se nota? ¡Pues claro que quiero que empieces! ¿No ves que me matas de deseo?)

–Pues no será así. No daré gusto a tu impaciencia. Vas a aprender a esperar. Vas a recibir las cosas a su debido momento y no cuando a ti se te antoje. Y sobre todo, vas a escucharme lo que tengo que decirte.

(Tú verás. Pero solo conseguirás que aumente mi excitación y el deseo de ser tuya. ¡Tu sabrás lo que haces!)

–Eres nuestra mejor proveedora de servicios de comunicación. Estamos orgullosos y contentos de tu trabajo. Lo sabes. Pero eso no te da derecho a tratar a la gente a tu antojo. Especialmente a aquellos que están para servirte. Has de respetar su trabajo, como nosotros en la firma respetamos y valoramos el tuyo. En lugar de eso, los desprecias y te conduces como una niñata malcriada y prepotente.

(¿Y no será que tengo razón y son todos una panda de inútiles?)

* * *

Una voz metálica anunció la nueva hora del vuelo. ¡Cuarenta minutos de retraso! ¡Demonio¡ ¿Qué más podía pasar?

* * *

–Recibirás cuarenta latigazos para que aprendas a ser respetuosa y educada

(¿¡¿¡Cuarenta?!!?)

* * *

Me dejé caer en una silla. Odiaba los aeropuertos.

* * *

Escuché un chasquido y al punto mi trasero estalló de dolor. No sabía donde me había golpeado exactamente. Sentí el cinto cruzarme de lado a lado pero al momento pareció que el golpe lo había recibido todo mi cuerpo, mi espalda, mis piernas. Me sentí como atravesada por un rayo.

* * *

Me levanté tratando de localizar una cafetería. Me moría de ganas por un café.

–Lo siento, señorita. La máquina aún no está caliente del todo.

(¡Oh, no!)

Me fui de allí. Era obvio que le resultaba completamente indiferente si yo necesitaba café o no.

* * *

Otro chasquido y un nuevo fogonazo de dolor que me atravesaba. ¡Cielos! Dolía. Dolía horriblemente. Sentía que mi parte posterior tomaba calor paulatinamente y sentía, a la vez, que algo entre mis piernas comenzaba a palpitar fuera de control.

Deseaba aquellos latigazos como el aire para respirar.

Me golpeó de nuevo y gemí. El gemido me salió de lo más profundo de mi ser.

* * *

Retorné a mi sitio. A mi lado se sentaba una chica con dos niños pequeños. Naturalmente, nadie les había enseñado a comportarse. Deseé tener una almohada para ponérmela sobre la cabeza. ¡Que horror!.

* * *

–Se diría que nadie te ha enseñado educación.

–Auuuu...

El abrazo del cinto alrededor de mi trasero me hizo gritar. Escocía de manera casi inaguantable. También inaguantable era la oleada de excitación que me producía. E irresistible la sensación de humedad, que iba en considerable aumento entre mis piernas.

–Pero yo te enseñaré a comportarte.

Un chasquido salvaje se mezcló con mi grito.

(¡Pégame! ¡Pégame de nuevo!)

* * *

Al embarcar, la azafata descubrió que mi asiento estaba duplicado en otra tarjeta y, tras esperar el embarque completo del vuelo, me ubicó en la anteúltima fila. No era mi día. Las desgracias no parecían terminar nunca.

* * *

–¡Ponte derecha! Tu castigo no ha terminado.

(¡Ni yo quiero que lo haga!)

Obedecí, mas no bien hube recuperado mi posición sentí de nuevo el pellizco horrible del cuero y el estallido de dolor que me inundaba.

* * *

Por supuesto, el vuelo fue bastante movido y parte del refresco de mi compañero de asiento voló en un determinado momento hacia una de mis medias. (¿Qué haces, imbécil?) Además, al llegar al destino la inevitable congestión de tránsito aéreo hizo demorar el aterrizaje diez minutos más. No había manga para descender del avión, sino que debimos tomar uno de esos odiosos autobuses de Iberia; la salida estaba tomada por miles de quinceañeras que recibían a algún cantante de moda; la cola de taxis eran tan larga como había sido el maldito viaje y, para colmo, un zapato me apretaba.

* * *

–Vas a arrepentirte de ser tan insolente y prepotente.

Un tremendo cintazo cruzó mi trasero y me arrancó un suspiro.

–Vas a aprender a ser tolerante.

Un nuevo cintazo me hizo gritar de dolor. A continuación llegó otro, y otro... No me daba tiempo a sentir por completo el dolor de cada golpe cuando el siguiente ya estaba haciendo estallar mi trasero de nuevo. Una y otra vez me parecía escuchar el ruido del cuero cortando el aire de la habitación y a continuación el chasquido que acompañaba al grito, al gemido y a la insoportable sensación de escozor que me producía.

El parecía indiferente, azotándome si cabe con más ímpetu. Había dejado de hablar, pausando el regaño y parecía imprimir si cabe más fuerza a cada cintazo.

* * *

Como pude llegué a mi taxi, finalmente, y me dejé caer en el asiento trasero. Le farfullé la dirección al taxista, que me la hizo repetir tres veces, y me sumergí en una suerte de semiletargo mientras contemplaba la ciudad por la ventanilla. Los edificios pasaban ante mis ojos como imágenes vagas. El taxi ascendía a los viaductos y descendía a los pasos subterráneos casi sin solución de continuidad, serpenteando entre el resto de vehículos, acercándose finalmente a su destino. Temía el momento de llegar, de registrarme y subir hasta las oficinas del cliente y de empezar la reunión a la que iba. Al mismo tiempo lo deseaba. Sabía que podía hacer un buenísimo trabajo y que mi presentación era impecable. Los dejaría a todos boquiabiertos.

* * *

Sentí un nuevo golpe, más fuerte que los anteriores. Era difícil distinguir, pues cada uno de ellos dolía de una manera increíble pero aquel, no sé por qué, me hizo gritar incontroladamente.

El silencio se adueñó de la habitación. ¿Había terminado ya? Me dejé caer sobre el respaldo de la silla, los brazos colgando a ambos lados del asiento, y la tensión que atenazaba todo mi cuerpo, que me había hecho contraer el trasero con cada golpe, se desvaneció de golpe. Tuve ganas de llorar.

Pensaba en su siguiente paso. Lo temía pero lo deseaba. Me preguntaba qué haría.

* * *

Una recepcionista consultó el nombre que le di, marcó un par de teclas en su terminal y me indicó el camino.

–Por aquí, por favor. El Sr. López no tardará.

Y una vez que entré en la sala de reuniones desapareció cerrando la puerta tras de sí.

* * *

Me tomó del brazo y me hizo levantar. Me incorporé sin saber muy bien lo que hacía.

–Tu castigo ha terminado. Ahora te vas a poner de pie en ese rincón y vas a reflexionar sobre tus faltas, sobre tu prepotencia y sobre el desprecio con que tratas a los que no están a tu altura. Vas a recordar la zurra que has recibido y vas a hacer propósito de no ser así nunca más.

* * *

La reunión resultó casi perfecta pero, a ratos, se me hizo casi interminable. La lluvia de preguntas, de dudas, de cuestionamientos que recibí, aunque resueltos con solvencia y claridad, terminaron por agotarme.

Además, observarlo a él, su dominio de la situación, su modo de manejar la dinámica de la reunión, de llevarla siempre por el camino que quería, su modo de mirarme, de un modo que me turbaba y que me encendía a la vez, no hizo más que aumentar el estado de excitación nerviosa en que me encontraba.

¡Era el mismo hombre del aeropuerto!

No había tenido ocasión de conocerlo en persona. Tampoco sabía que no se encontraba en la ciudad, ni mucho menos que volaba en el mismo avión que yo para acudir a la reunión de presentación.

* * *

Allí, sola en el rincón, los minutos pasaban como si fueran años. Sentía el cansancio de mantener la posición. Sufrí, de hecho, algún nuevo azote por aquella causa. Pensaba en lo que había sucedido y sobre todo pensaba en el hombre que me acababa de azotar con su cinturón de cuero. El mismo que le había visto quitarse con presteza en el aeropuerto.

Imaginaba sus manos, cuidadas, elegantes, su traje, de corte impecable, italiano, y el aire de autoridad y distinción que le proporcionaba. Imaginaba esas manos sobre mi cuerpo, ese traje tirado, abandonado de cualquier modo sobre el mobiliario de la habitación...

Me imaginaba poseída por aquel individuo que había conseguido excitarme de una manera tan salvajemente profunda con los cintazos que me había propinado...

* * *

No había tenido ocasión de conocerlo en persona. Tampoco sabía que no se encontraba en la ciudad, ni mucho menos que volaba en el mismo avión que yo para acudir a la reunión de presentación.

* * *

Allí, sola en el rincón, los minutos pasaban como si fueran años. Sentía el cansancio de mantener la posición. Sufrí, de hecho, algún nuevo azote por aquella causa. Pensaba en lo que había sucedido y sobre todo pensaba en el hombre que me acababa de azotar con su cinturón de cuero. El mismo que le había visto quitarse con presteza en el aeropuerto.

* * *

–¿Tendré el gusto de poder invitarla a comer?

Ya salía de la sala cuando oí su pregunta. Me volví tratando de disimular los nervios. ¡Quería que comiéramos juntos! ¡No lo podía creer!

–Por supuesto, claro que sí–, balbuceé como pude.

–Perfecto.

Su sonrisa radiante, cálida y amplia me deslumbró. No podía creer que Luis Javier López, para quien llevaba meses trabajando pero que me había recibido en persona por primera vez aquella mañana, fuera a invitarme a comer.

* * *

–Vamos, ven aquí. Ya puedes retirarte del rincón.

Aquellas palabras, dichas a mi espalda, me sacaron del trance en que estaba. Me volví y lo vi sonreírme. Sentí unas ganas irrefrenables de lanzarme a sus brazos pero me contuve. Entonces el los abrió y yo, lentamente pero con una mirada decidida fui a buscar refugio en ellos. Apoyé la cabeza en su pecho y rodeando su cuerpo lo acaricié por todas partes, aspirando su aroma.

* * *

Recuerdo haber disfrutado como nunca de la compañía de un hombre, de la comida, del café que la siguió, de una agradable copa en la penumbra semivacía de un local de moda en una hora demasiado temprana, de un nuevo café... Y sobre todo, de su conversación, de sus ojos, de sus gestos, de su voz...; recuerdo haber disfrutado como nunca con aquel hombre.

* * *

Me tomó delicadamente una de las manos y conduciéndome hacia la cama me dijo con apenas un susuro:

–Ven, pequeña. Ven, cariño.

Recuerdo aquella noche como algo inolvidable. Nunca antes nadie me había hecho, y tampoco nunca después nadie me hizo, tan completa y plenamente feliz, me produjo tan absoluta y total satisfacción y me condujo a tan altas cotas de placer como aquel hombre...

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19 Septiembre 2008

Fumando

Autor: Bilbo

Carla fumaba. No demasiado. Ni poco. Fumaba. Fumaba una cantidad normal, si tal definición puede hacerse de la frecuencia del vicio. Fumaba, en fin, la cantidad justa para que Javier se pusiera enfermo cada vez que la pillaba.

No era la única cosa de Carla que lo enfermaba. Ella tenía, por supuesto, terminantemente prohibido fumar en su presencia y la prohibición se había expresado, en repetidas ocasiones, en términos que no dejaban lugar a dudas. O al menos en términos que no hubieran dejado lugar a dudas a ninguna persona normal. Pero Carla se entretenía en buscar las vueltas a las frases de Javier, buscándole a su autor las cosquillas simultáneamente; y todo ello para su habitual desgracia, o para la de su trasero, si hemos de ser exactos.

Pero, por encima de todo, lo que volvía loco a Javier, lo enfadaba y a veces le hacía perder los estribos; lo que había provocado más de una vez que se sacara el cinturón sin decir una palabra y le calentara la parte posterior a Carla sin piedad; lo que había causado, en algunas ocasiones, dificultades para que Carla se sentara, dificultades que se habían prolongado durante más de una semana, era su insoportable manía de preguntar una y otra vez cosas que ya sabía; en particular, si podía fumar un cigarro.

Javier le había advertido repetidamente que no lo hiciera. En ocasiones le había castigado severamente solo por esta ofensa y en otras había simplemente fruncido el ceño exasperado. Y Carla, a su vez, había desarrollado una habilidad especial para formular la pregunta prohibida en lugares o situaciones en los que sabía que Javier no podía expresar libremente su enojo ni mucho menos castigarla inmediatamente.

Javier y Carla, como para estas alturas habréis comprendido ya, compartían una curiosa “afición” por llamarla de algún modo, y era su gusto por las azotainas eróticas. Sin embargo, no les interesaba a ninguno de los dos el establecer roles, ni el disfrazarse. Eran, por el contrario, “forofos de realidad” y todos los castigos que Carla acumulaba, todas las faltas, cuyas consecuencias una parte de su anatomía sufría casi en exclusiva, eran absolutamente reales.

Así que aquella noche todos los hados se unieron para dar lugar a las más obvia e inevitable de las consecuencias. Carla tenía unas ganas irresistibles de fumar y se sentía, además, traviesa y provocadora. Javier no poseía su mayor dosis de paciencia y había tenido un día nefasto. Y, por último, hacía ya varios días que, sin duda inmerecidamente, pues excusas había dado de sobra, el trasero de Carla permanecía incólume.

Salieron a cenar, pues era jueves y, quién más quién menos, ambos esperaban un viernes si no tranquilo sí rápido, por lo que no importaba demasiado acudir a sus trabajos con una considerable cantidad de sueño acumulado ni dando evidentes muestras de ello en forma de ojeras pronunciadas y frecuentes bostezos.

Ella escogió el lugar. Le gustaba especialmente. No tenía nada de particular, pero sí ofrecía la ventaja de una gran área de fumadores, bien situada y cómoda; no como en otros restaurantes de superior categoría, en los que el fumador era tratado como apestado y hacinado en la esquina menos glamourosa del local. Naturalmente, al hacer su reserva pidió que la mesa estuviera en el lugar que imaginamos. Una vez colgado el teléfono sonrío traviesa antes de seguir trabajando.

A Javier no le hizo gracia la elección. Le gustaba el sitio y también la comida pero cuando ella se lo comunicó cayó en la cuenta del pequeño detalle ya comentado y no le hizo ni pizca de gracia. No le apetecía discutir. No aquel día. No después de dos o tres tensas conversaciones con clientes insatisfechos e impacientes, además de maleducados. Súbitamente se sintió impaciente él también y cuando llegó a la puerta del restaurante estaba de pésimo humor.

No comentó nada, a pesar de todo, cuando el mâitre los condujo a su mesa anunciando en voz alta, –Mesa para dos, fumadores, que disfruten de su cena, buenas noches.

–¡Buenas serán por todos los diablos, imbécil!–, pensó Javier para sus adentros, sorprendiéndose, de camino, por la agresividad contenida de su reflexión. El escenario estaba dispuesto y la batalla servida. Nada más hacía falta que uno de los contendientes hiciera un movimiento, rompiera las hostilidades, encendiera, con una leve chispita, la fogata preparada.

Lo hizo Carla. Distraídamente, como negándole al hecho la importancia que tenía, rebuscó en su bolso y sacó una cajetilla de Malboro. La puso encima de la mesa, volvió a colgar el bolso del respaldo de su silla y antes de que tuviera tiempo de tomar de nuevo la cajetilla en sus manos, rugió la voz de Javier.

–¿Qué crees que estás haciendo?

Ella lo miró con sorpresa fingida, y a continuación hizo un ademán despectivo.

–¿Qué? ¡Ah! ¿Esto?–, y meneó en el aire la cajetilla. –Me voy a fumar un cigarro.

–¡¡Ni lo sueñes!!– tronó Javier. Y a continuación bajó el volumen de su voz, pues su anterior exclamación había concitado ya alguna mirada desaprobadora de las mesas de alrededor. –¿Cuántas veces te he dicho que no fumes cuando estés conmigo? ¿Cuántas veces más tengo que repetirlo? ¿Es que ya no te acuerdas de lo que pasó la última vez? Tú lo que necesitas es una buena tunda de nuevo porque está visto que no aprendes ni a la de tres–. Y prosiguió regañando a Carla en voz esta vez algo más baja.

–¡Ah, vamos! No te pongas así, cariño. Si sólo es un cigarrito...–, dijo Carla. Y dio una calada con gran afectación.

A Javier aquella copia barata del conocido cuplé no le hizo la más mínima gracia. Sin embargo, conservó la calma.

–Sabes de sobra que no es sólo un cigarrito. Sabes que me has desobedecido y lo has hecho adrede. Pero ahora no quiero discutir. Vamos a seguir cenando.

Ella lo miró. Tanta calma le resultaba sospechosa y un leve temor ensombreció por un momento lo que hasta entonces había sido una agradable velada.

–¿Qué tal fue tu día en la oficina?

Javier había cambiado de tema y con ello barrido de un plumazo los miedos de Carla. Continuaron conversando de esto y de aquello durante el resto de la cena y al llegar a los postres Carla, haciendo gala de una extrema insensatez arrimó de nuevo un rescoldo a la dinamita.

Estaban sirviendo el postre. Javier había pedido mousse de chocolate, su favorito y casi el único que tomaba. Carla había pedido directamente su café y lo movía distraídamente. De repente Javier notó que lo miraba y sonreía. Hizo un gesto de duda, encogiéndose de hombros y entonces ella, con un leve movimiento, llamó la atención hacia su dedo índice y puso cara de inocente.

–¿Qué quieres?

Javier se mostraba impaciente. Le molestaban los acertijos. Aquél, sin embargo, era fácil de desentrañar.

–Solo uno–, dijo Carla, con una vocecilla estúpidamente infantil. Sabía que a Javier le molestaban sobre manera aquellas demostraciones infantiloides y ella las prodigaba para hacerlo rabiar.

Aquel día especialmente, con un cigarro fuera de lugar apuntado ya en el debe, Carla pensaba que no podía poner las cosas mucho peor, así que, sintiéndose especialmente traviesa, empezó a hacer justo todo aquello que sabía que a Javier le ponía de los nervios.

–¡¡No te puedo creer!!–, dijo Javier con exasperación. –¿Me estás pidiendo permiso para fumar?

“Bingo. ¡¡Que lince!! ¡¡¡Que dotes deductivas!!!”, pensó Carla. Pero guardó, aquella vez, para sí sus pensamientos.

Iba a decir algo cuando Javier habló de nuevo.

–No puedo creer que seas tan desobediente. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? No sólo desobedeces y fumas cuando se te antoja. Ahora incluso te permites el lujo de preguntarme, de pedirme permiso para hacer algo que sabes que te he prohibido expresamente.

Javier la observó, tomando aire, y prosiguió. Ella lo miraba con una mezcla de fascinación y burlesca inocencia.

–Creo haberte explicado que pedir permiso para hacer algo que sabes que tienes prohibido es algo tan deplorable como hacer, sin preguntar, aquello mismo. ¿A qué viene pedir permiso para fumarte un cigarro? ¿Acaso me crees idiota?

Carla sonreía. Al oír la última de las preguntas contuvo, a duras penas la risa y con una mueca de esfuerzo pintada en su cara negó con la cabeza. Javier estaba a punto de la desesperación.

Tomó la cuchara y la hundió en la dulce masa de la mousse. Mientras lo hacía se le ocurrió una idea y una amplia sonrisa cambió completamente su gesto adusto.

A Carla le tomó por sorpresa la súbita reacción y el cambio en su semblante. Lejos de tranquilizarla, la inquietaba. Javier raramente pasaba tan rápido del furor a la alegría a menos que hubiera tenido alguna idea. Alguna idea, Carla sospechaba, de consecuencias insospechadas pero de seguro nefastas para ella.

–Ya lo has conseguido. Te voy a permitir fumar.

Carla no podía creer lo que estaba oyendo. Hizo todo tipo de gestos de celebración, desde alzar los brazos a hacer girar uno de sus antebrazos juntos a su cabeza, del modo que había visto hacer a algunos aficionados al béisbol en los canales del satélite. Imitó, cerrando los ojos y abriendo exageradamente la boca, expresiones que delataban sublime satisfacción e hizo el tonto de tres o cuatro maneras más antes de recomponerse y preguntar a Javier.

–¿Es cierto lo que oigo? –para añadir a continuación,– espera que lo apunto que esto es verdaderamente histórico. ¡¡El señor me permite fumar!!

La inflexión descarada que imprimió a la palabra “permite” estuvo a punto de hacer estallar a Javier. Sin embargo, éste mantuvo la calma y con una sonrisa enigmática, guardó silencio.

Carla alargó la mano entonces a la cajetilla que estaba sobre la mesa, pero Javier fue más rápido. He dicho que te iba a permitir fumar pero no te he dicho ni cuando ni como.

–Jooo, pero...

–¡¡Silencio!! Ya es suficiente. Vámonos antes de que me arrepienta de lo que he dicho.

Salieron del restaurante y caminaron en silencio. Javier propuso entonces ir a tomar una copa y Carla aceptó encantada. A la mínima oportunidad se escabulliría hacia el baño y pediría un cigarro. Algún alma caritativa se apiadaría de ella; una pobre chica con ansia de humo de tabaco.

Sin embargo, su plan fracasó. En el primer lugar en el que estuvieron no había nada parecido a una cola en el baño y no pudo pedir nada a nadie. En el segundo, dos de las chicas que estaban delante de ella no fumaban y la tercera acababa de arrugar una cajetilla vacía antes sus mismas narices. Carla maldijo su suerte.

Cuando salieron de este segundo bar Javier dijo que se había hecho tarde y que era ya hora de irse. Ella estuvo de acuerdo; aunque más por la secreta esperanza de poder fumar en casa que por cansancio o ganas de acostarse.

Al llegar a casa Carla dejó el bolso precipitadamente sobre una silla del salón y comenzó a quitarse los zapatos. Había hecho volar uno cuando sintió la mano de Javier que la agarraba por el brazo y la obligaba a volverse hacia él.

–¿Qué crees que estás haciendo?

–Me estoy quitando los zapatos, ¿es que no lo ves?

–Vuelve a ponerte ese zapato.

Ella lo miró con sorpresa.

–Vuelve...

–... a ponerte...

–¡¡¡ese zapato!!!

El tono amenazante de su voz le impulsó a obedecer y se calzó de nuevo el puntiagudo zapato. Tuvo que ayudarse de la mano libre pues Javier no la soltaba. Más bien, sintió que le apretaba el brazo con más fuerza. Cuando acabó de hacerlo la obligó a volverse hacia él de nuevo.

–No es justo. Dijiste que podía fumar. No está bien que me permitas cosas y luego...

–Cállate de una vez, por favor.

El tono de Javier había cambiado. Resultaba casi jovial. Carla comenzó a temblar. Su intuición le decía que algo horrible estaba a punto de pasar.

–Te he dicho que podrías fumar y podrás hacerlo. Podrás hacerlo ahora mismo. En breves instantes. Pero antes, necesitamos un poco de preparación...

–¿Preparación? ¿qué preparación?

–En seguida lo verás. Trae una silla del comedor.

–¿Pero para que quieres...?

–Carla...–, Javier la miraba ahora fijamente. Ella inclinó la cabeza y se dirigió al comedor como la había mandado. regresó al poco con una silla en la mano.

–Colócala ahí–. Javier señaló al centro de la habitación.

Mientras Carla colocaba la silla donde le habían dicho Javier sacó el paquete de cigarrillos de su bolsillo. Extrajo dos y tiró el paquete sobre la mesa. Carla, al oírlo, se volvió y, cuando vio los cigarros en la mano de Javier, alargó la mano para quitárselos. El fue más rápido y los mantuvo fuera de su alcance.

–Todavía no, cariño.

Carla recibió este nuevo revés a sus irrefrenables ganas de fumar con una mueca de desprecio.

–Dame tu mechero.

Ella buscó su bolso, lo abrió, sacó el mechero y se lo dio. Javier se acercó a la silla y lo colocó sobre el asiento, a un lado. Al otro colocó los dos cigarros. Hecho esto volvió a colocarse frente a Carla. Ella intentó de nuevo alcanzar los cigarrillos pero la mano de Javier sobre su brazo se lo impidió.

–¡Ay! ¡¡Suéltame!! ¡¡Me haces daño!!

–Estáte quieta. ¡¡Resultas patética!! Primero me desobedeces y luego te quejas porque te “hago daño”. Pues, señorita, esto no ha hecho mas que empezar. ¡Vete al armario del fondo!

Carla hizo un gesto de desesperación, casi a punto de echarse a llorar.

–¿Al armario? ¿para qué? No, si no hace... ¡Joo! ¿Por qué al armariooo??

Javier no dijo nada. Se limitó a levantar el brazo y señalar el lugar al que quería que Carla se dirigiera. Ella lo hizo finalmente, mascullando entre dientes protestas ininteligibles. A aquella hora de la noche y con el enfado ostensible de su novio, la orden solo podía significar una cosa.

Carla abrió la puerta del armario, alargó su brazo y sacó uno de los “pequeños tesoros” de Javier, como a él le gustaba llamarlos. Carla volvió al salón llevando en la mano una vara de rattan de unos ochenta centímetros de longitud, extremadamente flexible pero muy resistente.

Javier guardaba en el armario del fondo algunos de los instrumentos que empleaba para castigar a Carla cuando las desobediencias y faltas de educación de ésta así lo requerían. En no demasiadas ocasiones había merecido la chica ser azotada con la vara. Sin duda, las ofensas de aquel día habían sido muy graves. Una lágrima estaba a punto de escapar de uno de los ojos de Carla. Si algo lo impedía era la vista de los dos cigarros, acompañados del encendedor, abandonados sobre el asiento de la silla que ella había traído. Aunque la certeza del severo castigo que se avecinaba la aterrorizaba, su curiosidad insatisfecha no le permitía abandonarse al miedo y al llanto.

Javier alargó la mano.

–Dámela.

Ella obedeció.

–Muy bien. Colócate frente a la silla.

Carla lo hizo.

–Ahora inclínate hacia delante y apoya las dos manos en el asiento.

Carla obedeció una vez más. Al acercar la nariz a los dos cigarros aspiró su aroma y estuvo a punto de coger uno de ellos. A duras penas se contuvo. Intuía que no era momento de mostrarse rebelde o traviesa. Sabía que iba a recibir un buen número de varazos. Estaba segura de que los recibiría sobre su trasero desnudo y, aunque hacía tiempo que no había sido castigada así, sabía que el dolor le resultaría casi insoportable. Quería rogar a Javier que la perdonara, pero la curiosidad de saber el destino de los cigarrillos impedía que lo hiciera. Hubiera sido, en cualquier caso, completamente inútil. Una vez que “el armario del fondo” se abría para dejar salir uno de los implementos de castigo, éste no volvía a recuperar su lugar hasta que había sido generosa y severamente usado sobre la parte posterior de Carla.

Javier hizo silbar la vara el aire agitándola con rapidez.

–Así que querías fumar ¿no? “Un solo cigarro, Javier. Solamente uno”

Javier puso un tono estúpido que era un remedo de las infantiles vocecillas de Carla.

–Te dije que te iba a dejar fumar y voy a hacerlo. Me has desobedecido. Te has portado mal a sabiendas. Has logrado enojarme como nunca. Pero te prometí que te dejaría fumar y lo haré. De todas formas, tus desobediencias no quedarán sin castigo.

Hizo una pausa pero ella no levantó la cabeza. No le gustaban aquellos preliminares interminables. Desde que Javier le anunciaba los castigos hasta que estos comenzaban se tomaba un tiempo desesperantemente largo. Para Carla, escuchar a Javier describiendo lo que le pasaría en unos instantes o regañándola con calma por sus faltas representaba una tortura casi comparable a los dolorosos latigazos de su correa o al tremendo escozor que los golpes de la vara le producían.

–Te has quejado muchas veces de que siempre soy yo el que decide tus castigos. De que siempre soy yo el que escoge el instrumento, el que decide el número, el que fija la postura... Hoy vas a tener la oportunidad de participar. Sí. Hoy vas a decidir tú la duración de tu castigo.

Carla se estremeció. No imaginaba como era posible que decidiera ella cuanto duraría su castigo. Si así fuera duraría un único golpe. Allí debía haber gato encerrado. Pronto lo descubrió.

Javier se colocó tras ella y alargando ambas manos asió el borde de su falda y comenzó a levantarla. Carla lanzó una leve exclamación de sorpresa.

–Te voy a permitir que fumes no uno sino dos cigarros–, dijo Javier mientras recogía la falda, enrollándola.

–Precisamente los dos que tienes delante de tus narices–, dijo al tiempo que introducía el rollo de tela bajo la cintura de la prenda.

Dejaba así al descubierto el trasero de Carla, enfundado todavía en unas braguitas semitransparentes de color lila. La vista de las piernas de la chica emergiendo de la delicada prenda se le antojaba excitante en grado sumo, pero no pensaba ahorrarle ni la más leve pizca de dolor. Las bragas debían descender hasta las rodillas.

–Cuando yo te lo ordene–, continuó, deslizando un dedo de cada mano bajo el elástico de la pieza de lencería de Carla–, te pondrás un cigarro en la boca, lo encenderás y fumarás de él a gusto.

Tiró de la prenda y la deslizó despacio hacia abajo. Mientas contemplaba el orondo trasero de la muchacha aparecer a su vista sin protección alguna prosiguió.

–Cuando acabes con el primero, te colocarás el segundo en tu boca, lo encenderás y seguirás fumando y disfrutando del aroma de ese humo que adoras.

Carla oyó unos pasos que se alejaban y que regresaban después. No supo que sucedía, pues empezaba a ser consciente de su desnudez y tal pensamiento la absorbía por completo.

–Necesitarás esto–, indicó Javier. Y depositó un cenicero de cristal sobre el respaldo de la silla. –No queremos que el salón se manche de ceniza ¿verdad?

Carla estaba nerviosa. Tenía el culo al aire, estaba inclinada con las manos sobre el respaldo de una silla en inequívoca postura de castigo; sabía que el colocarse de aquel modo la obligaba a contraer ambas nalgas y que eso haría doblemente dolorosa la azotaina; sin embargo, no entendía el papel que jugaban los cigarros en todo aquello. Secretamente empezó a desear no saberlo; empezó a anhelar que el castigo diera comienzo de una vez, por muy severo que fuera, pues era el único modo de que terminara, antes o después.

–Posiblemente te estás preguntando el porqué de toda la preparación ¿verdad? Te preguntas que sentido tiene que haya puesto dos cigarros sobre esa silla en la que te apoyas ¿no? Te conozco bien, y eres tan curiosa que ahora mismo te preocupa más saber para que los he puesto ahí que el dolor que te pueda provocar la más que merecida azotaina que vas a recibir.

Javier soltó una risa. “Maldita sea”, pensó Carla, “desgraciado, hijo de puta... ¿por qué tienes que conocerme tan bien?”

–De tus dos vicios..., Carlita querida, la curiosidad y el tabaco, daremos hoy satisfacción en primer lugar al primero... y la zurra de varazos que vas a recibir mientras satisfaces el segundo..., me dará satisfacción a mi por el enojo que me has provocado durante la cena ¿entiendes?

Carla no entendía nada, pero guardó silencio.

–Comencemos por tu curiosidad. Deseas saber por que te he dado los dos cigarros, ¿verdad? Muy bien. Desde el momento en que yo te diga que empieces a fumar te azotaré con la vara al ritmo que juzgue oportuno. Como te dije, cuando acabes el primero de los cigarros comenzarás con el segundo. Mientras no finalices éste tu castigo continuará. Mientras al cigarro le quede algo de tabaco por consumir, sufrirás varazo tras varazo. Si se apaga lo encenderás de nuevo, si es que tus espasmos y lamentaciones te lo permiten, porque tampoco detendré el castigo en esta circunstancia.

Carla acogía cada frase, cada nueva descripción de la malvada idea que Javier había tenido con grititos y exclamaciones de desagrado y de temor.

–Querías fumar un cigarro y tienes dos. Tú misma decidirás cuánto ha de durar tu castigo. Si deseas saborear tranquilamente los cigarros, te costará sentarte por lo menos tres o cuatro días, si los fumas rápido, recibirás menos golpes pero no saborearás tu vicio del mismo modo. ¡Tú decides, como te dije!

“¡¡Mierda de novio sádico que tengo!!”, pensó Carla.

–Ahora, daremos satisfacción al segundo de tus vicios. Empieza a fumar.

Carla levantó las manos del respaldo de la silla y pretendió darse la vuelta. Al mismo tiempo una protesta afloró a sus labios. La vara silbó en el aire y con un tremendo chasquido impactó en ambas nalgas cruzándolas de lado a lado y dejando una marca color carmín.

–¡¡Ayyyy!!

–¡Empieza a fumar!

Otro silbido y al vara golpeó nuevamente el trasero de la muchacha dejando una franja paralela ligeramente por debajo de la anterior. Carla gritó una vez más pero se dio presteza en tomar el primer cigarro y colocarlo entre sus labios. Iba a alcanzar el mechero cuando un tercer varazo cayó de lleno sobre su nalga izquierda. El escozor le arrancó un suspiro prolongado y agudo mientras trataba de acertar con la pestaña que prendía el mechero.

Javier observó que la llama se encendía y levantó la vara. Echó hacia atrás el brazo y golpeó con fuerza, esta vez sobre el lado derecho. La marca roja apareció instantáneamente. El profundo resoplido que involuntariamente exhaló Carla le impidió encender el cigarro. Había que aspirar para hacerlo, no soplar. Aún no había conseguido comenzar a fumar y ya le habían dado cuatro varazos. Aquel castigo iba a ser sin duda muy largo. Maldijo de nuevo a su novio pero tuvo que reconocer que había alcanzado una cota altísima en lo malévolo de su plan.

Antes de que su trasero resultara agredido por quinta vez Carla consiguió encender el primero de los cigarros y dar una calada. Después del quinto golpe un prolongado grito de dolor la distrajo de su tarea. Cuando se recobró un poco continuó fumando a toda prisa.

Los golpes le producían exclamaciones y gemidos ahogados que trataba de acompasar con cortas e intensas chupadas al cigarro. La ceniza de éste ya empezaba a colgar y el séptimo de los azotes hizo que se desprendiera un pedacito y que cayera justo en el cenicero, estratégicamente colocado por Javier.

“¡Grandísimo hijo de puta! ¡Hasta en eso ha pensado!”. Mas sus pensamientos resultaron interrumpidos por un nuevo varazo, que cayó en la parte superior de sus piernas.

–¡¡Ayyyy!! ¡¡Uuuuhhh!!

Sonidos ininteligibles y entrecortados salían de los labios de Carla. Entre unos y otros se afanaba en aspirar a bocanadas rápidas para consumir el cigarro lo más rápidamente posible.

Javier observaba la ceniza del cigarro y los esfuerzos de Carla. Levantó la vara de nuevo y la dirigió al centro de su trasero, cruzándolo una vez más con una línea horizontal de tono bermellón. La ceniza cayó en un montoncito dentro del cenicero. Ya eran tres los montones similares que allí había.

Al cabo de varios repetidos chasquidos de la vara, después de algunos gemidos y gritos agudos, Carla se las había arreglado para dejar el primer cigarro casi listo. Javier se detuvo y le indicó: “Apágalo”. Cuando Carla quiso hacerlo, llevando una de sus manos a la boca, Javier azotó furiosamente su trasero de lado a lado. La vara rebotó acompasada con el quejido de Carla. Javier la impulsó de nuevo, sin darle descanso. El ominoso chasquido precedió a otro gemido agudo y estertóreo. Todavía fue golpeado otras dos veces más el trasero de Carla, una en cada una de sus hermosas nalgas, antes de que acertara a sostener entre dos dedos el resto del cigarro que colgaba de su boca. Le costó igualmente dos varazos adicionales acertar a ubicar la colilla dentro del cenicero, los cuales marcaron de nuevo en granate y morado su piel blanca. Y un más hasta que recuperó su posición con ambas manos sobre la silla, llorando desconsoladamente.

Javier hizo una pequeña pausa con la vara en la mano.

–¿Te das cuenta de lo que pasa cuando desobedeces? ¿Te enteras?

Y la azotó de nuevo. Los sollozos se intensificaron.

–Tenías ganas de fumar, ¿verdad? ¡¡Pues fuma, cría desobediente!!

–¡¡¡Fuma!!! –gritó. –¡¡Dije dos cigarros!!

Y la obsequió con otros tantos golpes, prácticamente seguidos, que arrancaron dos gritos casi salvajes y un llanto incontrolado y espasmódico. Presa de aquellos gemidos y suspiros, sin poder contener las lágrimas y con el trasero a punto de explotarle de dolor, Carla tuvo aún fuerzas para intentar encender el segundo de los cigarros.

Javier esperó, observando sus movimientos. Cuando levantaba el cigarro del asiento de la silla la azotó, con lo que este cayó de nuevo sobre él. Cuando una vez preso entre sus dedos, trató de ponerlo en la boca, la golpeó con saña, arrancando un grito y el propio cigarro de los labios, el cual fue a parar dentro del cenicero. Cuando una vez colocado, con gran esfuerzo, el cigarro entre los labios, alargó la otra mano en busca del mechero, descargó dos azotes en la parte baja y redondeada de sus nalgas, coloreando un poco más esa parte, que había descuidado un poco anteriormente.

Clara falló, por efecto del castigo, tres veces en su intención de encender este segundo cigarro. Mientras eso sucedía, los silbidos de la vara, los chasquidos al chocar con la suave piel del trasero de la chica, el llanto, sus gemidos y sollozos..., todo contribuía a excitar a Javier. Se dio cuenta de que se estaba dejando llevar por todos los sonidos que su castigo producía y que se recreaba en la contemplación de aquellos gloriosas y esféricas nalgas de su novia, cruzadas por marcas de colores que iban del rojo vivo al violeta más violento.

Detuvo un poco el ritmo de los azotes. Carla tosía, lloraba, resoplaba y apenas podía realizar alguna que otra inspiración útil, que contribuyera a acelerar la combustión del cigarro. Javier, entonces, comenzó a acomodar los varazos al ritmo de su respiración y sus gemidos. Hacía silbar la vara en el aire y la dirigía contra el trasero de Carla en el momento en que esta trataba de introducir algo de aire en sus pulmones. Sin dar tiempo a que se recuperara, hacía silbar la vara de nuevo, moviéndola verticalmente e impactaba de nuevo en aquel hermoso culo que se ofrecía a su vista. Y así una y otra vez, el silbido seguía al chasquido que a su vez había seguido al silbido anterior, intercalándose con toda clase de quejidos y lamentos de boca de la chica.

El cigarro, a pesar de todo, se consumía lentamente indiferente a lo que a su alrededor sucedía, como si hubiera sido abandonado en el borde del cenicero. La reacción química seguía su curso implacable. Igualmente, la reacción de la piel de Carla tornaba su trasero paulatinamente hacia una sucesión de marcas profundas paralelas que a Javier le recordaron unas persianas venecianas.

Contemplaba extasiado su obra sin dejar de blandir una y otra vez la vara en el aire y sin dejar de golpear, sin solución de continuidad, aquel maltrecho trasero.

Uno de los golpes hizo caer un pedazo más de ceniza sobre la ya acumulada en el cenicero Carla sintió que un leve rayo de esperanza iluminaba su hasta entonces negro panorama. Le dolía terriblemente el culo, le ardía, le escocía y los nuevos golpes, que caían bajo marcas ya repetidas, multiplicaban el efecto y le provocaban gritos absolutamente salvajes. El repetido y sucesivo azote le traía súbitas e inevitables explosiones de dolor que afectaban prácticamente a todo su cuerpo. Se retorcía, flexionaba las piernas y contraía los músculos de ambas nalgas, aunque sabía que aquello no hacía sino provocarle mayor sensación de dolor y escozor bajo la granizada de varazos que le estaba cayendo.

Javier, que sabía, por supuesto, del efecto que estaba produciendo, aumentaba poco a poco la intensidad de los golpes, llevando atrás la vara con rapidez y dejándola caer, tras describir un amplio arco con el brazo en el aire.

–Fuma –decía, sin parar de disciplinarla. –Fuma ahora. ¿No era eso lo que querías? ¡Fuma! –y Carla sollozaba y gritaba deseando que la mínima cantidad de cigarro que restaba por consumirse y caer al cenicero lo hiciera pronto.

Hacía rato que había sucumbido al dolor, que se había entregado al castigo, que lloraba con gran intensidad pero casi por inercia. Hacía rato, además, que estaba notando una humedad creciente entre sus piernas, que estaba empezando a desear que el castigo acabara para poder apoderarse del sexo de Javier y cabalgar sobre él, imaginando, entre golpe y golpe, la inmensa erección que sin duda el tenía, llenando por completo su interior y satisfaciéndola sin medida.

Sus gritos eran ya solo en parte provocados por el dolor. La otra mitad de la causa había de buscarla en la excitación incontrolable que sentía y en el deseo salvaje de que su novio la penetrara hasta taladrarla.

En medio de todo este torbellino de sensaciones y deseos que la había tomado por completo y la tenía absolutamente fuera de sí, el pedacito de ceniza que aún faltaba por caer lo hizo. Viéndolo, Javier detuvo su castigo por fin.

Carla no fue consciente en un principio. Permanecía apoyada con ambos codos en el asiento de la silla, gimiendo y sollozando sin control. Javier se acercó, tomó el cenicero y se fue a la cocina a vaciarlo. Cuando volvió, Carla seguía en su posición, ofreciéndole la visión de su trasero hecho trizas, cruzado de mil modos por las marcas de la vara, tremenda y salvajemente hermoso en su opinión. Allí permaneció, apoyado en el marco de la puerta, contemplándolo.

Unos instantes después se dirigió, lentamente, hacia ella y, situándose detrás, comenzó a acariciarle sus nalgas doloridas. El mero roce le arrancaba nuevos suspiros, pero éstos eran apagados por gemidos de otro tipo, de puro placer y excitación sexual.

Javier le otorgó entonces a Carla lo esta llevaba ya un rato deseando con fruicción, penetrándola desde atrás, con acometidas sucesivamente más frecuentes y profundas. Ella cerró los puños, y sin levantar los codos del asiento, golpeaba éste, al compás de los movimientos de la cadera del hombre. Gritaba y gemía, pero esta vez eran gritos de lascivia, de absoluto desenfreno sexual, de placer sin límite mezclado con los ecos del dolor de su trasero.

Y así, después de apenas un minuto o dos de recibir el sexo de Javier en su interior, estalló en un orgasmo increíble, prolongado e intenso, acompañado de un grito, una especie de gurguteo ininterrumpido, al tiempo que movía de un lado a otro su cabeza y agitaba, sudorosa, su cabellera rubia.

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4 Julio 2008

Ariadna

Autor: Bilbo

A veces tengo la sensación de ser un número más. La empresa en la que aún trabajo suele acometer “interesantes retos profesionales” en el extranjero, en el “campo internacional”, como ellos lo llaman, en su estudiada jerga de máster MBA. El ser forzosamente enviado a enfrentar uno de estos teóricamente excitantes y apasionantes retos suele venir acompañado de un murmullo de desaprobación por parte del interesado. Y solo se trata de un murmullo, y no de gritos desaforados, porque suele haber alguien cerca cuando a uno le dan la noticia, alguien que no debe escuchar las protestas, que no debe apreciar tu forzada sonrisa de desprecio, alguien que no debe sospechar que, si pensaras en voz alta, los calificativos serían sonrojantes incluso para el marinero más barriobajero.

Sin embargo, hubo una vez en que el destino jugó conmigo y me hizo cometer una cierta injusticia al pensar mal y quejarme, para mis adentros, por el nuevo destino. Hubo una vez que el hecho de salir de mi cuidad y del círculo de mis amigos, el hecho de abandonar mi sitio en la oficina y mi lugar de privilegio en las intrigas y rumorología empresarial, el riesgo de quedar apartado de los canales establecidos de información y no ser partícipe, en el mismo momento en que se producía, del último chisme de nuestra, por otra parte, aburrida vida de ingeniero consultor, fue recompensado con creces en el lugar de destino.

Naturalmente, como era casi imposible imaginar el excitante, el envidiable futuro que me aguardaba, estuve especialmente huraño desde días antes de partir; me comporté de manera hosca, y a veces hasta maleducada, con compañeros que nada tenían que ver con aquel desplazamiento; y armé mi maleta de mala gana, olvidando, a propósito, por ejemplo, todas mis corbatas, prenda que había decidido negarme a utilizar, holgándome en la pequeña transgresión que suponía de las normas de etiqueta de la empresa. A miles de kilómetros de casa hay ciertas faltas que parecen realmente insignificantes. Ésta lo era.

Mi destino era Perú. A algún iluminado prócer de dicho país le había venido bien anunciar a bombo y platillo algunos meses antes el inicio de las obras de una central eléctrica que solventaría los endémicos problemas energéticos que aquejaban a una agreste y difícilmente accesible zona del país. La nueva central precisaría de un buen acceso rodado; este acceso debía ser proyectado y construido... y ahí fue donde los destinos de Ariadna y de este pobre ingeniero a punto de tomar un avión en Barajas comenzaron a cruzarse.

El país no me recibió bien. Arribando a un lugar poblado antaño por adoradores del sol, esperaba que el astro rey se mostrara en todo su esplendor. En lugar de esto, solo pude, al descender del avión, apreciar un débil halo crepuscular, entre nubes, halo que desapareció para dar lugar a una luz gris y, casi sin solución de continuidad, a la noche cerrada sobre el Pacífico.

De mala gana por haber tenido que desplazarme al extranjero, molesto por tener los músculos entumecidos después de nueve horas de vuelo y de mal humor por la larga cola que había tenido que soportar frente a la ventanilla de Inmigraciones, salí, finalmente, arrastrando sobre sus dos ruedas mi vieja maleta, ni mucho menos una Samsonite.

Mi empresa disponía, en aquella época, de una pequeña oficinita, en una calle estrecha y oscura de un barrio de Lima. Desde allí se organizaban los viajes y las estancias de los ingenieros que nos desplazábamos, se atendía a los clientes más directamente y se llevaban a cabo algunas actividades, casi siempre comerciales; las cuestiones de tipo técnico eran cosa de las sedes españolas.

Desde esta oficina se había gestionado que uno de nuestros chóferes habituales me recogiera. Yo no lo conocía, mas él estaba plantado frente al vestíbulo de llegadas con un cartel con mi nombre, así que fue sencillo localizarlo. Durante el viaje hasta el autódromo el tipo, quizá advirtiendo mi deplorable estado de ánimo y mi creciente mal humor, trató de no molestar, haciendo, si acaso, un par de comentarios rápidos sobre el estado del tráfico y sobre la climatología de los últimos días. Lo agradecí, pues no habiéndome acostumbrado aún, como es obvio, al nuevo horario y exhausto tras el largo viaje, me dediqué a dormitar en el asiento trasero.

En el autódromo una avioneta me esperaba para trasladarme a la zona en la que se ubicaría la futura central. Tras el viaje, que finalizó en una infame explanada entre montañas, algo que solo una mente enferma calificaría de pista de aterrizaje, un Land Rover tuvo el honor de vapulear mis doloridos huesos media hora más. Finalmente, al cabo de catorce horas, habiendo empleado cinco o seis medios de transporte diferentes desde que salí de mi casa, y cuando eran las cuatro de la mañana en Perú, pude descansar la cabeza en la almohada.

Al día siguiente estaba en pie a las ocho. No sentía sueño y quería ponerme a trabajar enseguida. Quería conocer a los miembros del equipo, casi todos naturales del país, además de un ingeniero chileno, y del equipo de topógrafos, que era colombiano. Llamé al número que me habían dado antes de salir de España y me contestó mi nueva secretaria. Me informó que el día estaría dedicado a hacer reconocimientos médicos y vacunación a todos los miembros del equipo, pues habríamos de trabajar en campo abierto durante cierto tiempo y todos debían recibir las vacunas correspondientes.

Aquello no me gustó nada, porque las inyecciones me ponen nervioso, pero no tenía sentido protestar, así que me dirigí al lugar que me había indicado. No tardé en encontrarlo. Además de ser un edificio grande y de mayor porte que los que le rodeaban, tenía una cruz roja colgada de la fachada, sobre la acera. Entré en el mismo y me presenté.

El reconocimiento no planteó problema alguno pero las vacunas fueron otro cantar completamente diferente. Para empezar, estábamos todos en fila, en el mismo cuarto, y una enfermera iba haciéndonos una seña para que nos acercáramos. No me gustó que estuviera el resto del equipo delante. No me apetecía que me vieran cara de miedo ni hacer el ridículo delante de ellos. Me disgustaba aquella falta de intimidad que todo el mundo parecía dar por normal.

Pero todo resultó mucho peor cuando me tocó el turno y la enfermera se dio cuenta, al instante, de mis temores. Comenzó a burlarse, con una actitud para mí inaudita e inconcebible en un profesional de la medicina. Aún riendo, me indicó que me acercara, que solo era un pinchacito. Después de darme la primera de las dos, viéndome palidecer, me dijo entre risas que solo quedaba otra más. Después miró a los presentes y en voz alta solicitó voluntarios por si acaso me desmayaba. Esta última ocurrencia fue recibida por un coro de carcajadas a la par que mi persona era blanco de un sinfín de miradas lastimeras y sonrisas burlonas.

Aunque la chica, de nuevo con cierto descaro, me indicó que podía quedarme sentado hasta que se me pasara el sobresalto, no quise permanecer allí por más tiempo. Me disculpé como pude, comenté de pasada a mi equipo de trabajo que nos veríamos en la oficina y salí. Con las prisas olvidé mi chaqueta en una de las sillas del pequeño dispensario. Caí en la cuenta una vez en la calle, pero no quise añadir a la vergüenza pasada con la vacunación la de admitir que, con los nervios, me había vuelto desmemoriado. Más tarde volvería al lugar a recuperarla.

Así lo hice, casi a mediodía, cuando estuve seguro de que todos mis hombres se encontraban en la oficina. Entré en el edificio y me dirigí a la sala donde había tenido lugar la vacunación. La misma enfermera se encontraba dentro, sentada a su mesa. La observe por un instante antes de solicitar permiso para entrar. Era una mujer hermosa, joven, de pelo castaño y tentadores ojos negros. Llevaba puesta una bata blanca que contrastaba con la tez morena de su rostro. Vestía, bajo la bata, una camiseta azul. Era una lástima que no tuviera que levantarse por alguna razón justo en aquel momento, pensé. Deseaba contemplar su figura al completo. Durante el desagradable episodio de la mañana me sentía tan ridículo que no había acertado a darme cuenta de su belleza.

Tosí, ligeramente, para llamar su atención y levantó la vista. Parecía sorprendida de verme, diría que incluso incómoda. Saludé con un “¡Buenos días!” que pretendía sonar franco y amable.

–Olvidé mi chaqueta, –proseguí. Y señalé la prenda que acaba de localizar en un perchero junto a la puerta.

–Ah, sí, –sonrió. –Los nervios, –y volvió la vista al papel en el que segundos antes escribía. Había recuperado su aplomo..., o eso parecía.

No estaba dispuesto a sufrir por segunda vez una humillación ante aquella chica así que decidí pasar a la acción.

–¿Sabes una cosa?

Mi voz sonaba suficientemente autoritaria y cortante. Levantó la vista y me miró con inquietud.

–Has convertido mi trabajo en estas montañas perdidas en doblemente difícil desde esta mañana.

–No creo... –Su voz sonaba dubitativa.

–Tu bromita de hoy me ha dejado en ridículo delante de la mayoría de los hombres de mi equipo. Para esta hora es posible que el equipo completo esté riéndose de su ingeniero jefe.

–No creo que una simple..., –retomó su frase.

–Déjame terminar.

Me miró con temor ante la cortante interrupción que acababa de sufrir.

–En las próximas semanas, la vida de esos hombres va a depender de mí. En un ambiente selvático, con peligros acechando y con una obra de gran dificultad por ejecutar, en un plazo, por otra parte, más que apretado, la disciplina, el espíritu de equipo y la confianza ciega en el mando son decisivos.

Hice una pausa para mirarla. Bajo los ojos turbada. Ya no se atrevía a hablar. Estaba cerca de mi objetivo.

–Ridiculizándome como lo has hecho has eliminado de golpe toda sombra de autoridad que tuviera sobre ellos. Tendré que ganarme su confianza de nuevo por un simple pinchazo y un comentario inconveniente a destiempo. No dispongo de tiempo para hacerlo y eso significa que partiremos el lunes en una situación que estará lejos de ser la deseable.

La preocupación se pintaba en su rostro y suponía que se debía, también, a desconocer el punto al que yo quería llegar.

–Yo no sabía... Siento de verdad haber... comprometido...su... expedición. De veras que lo siento.

Sonaba verdaderamente arrepentida. Justo lo que andaba buscando. Momento, pues, de cambiar de táctica. Dibujé en mi rostro la sonrisa que había estado reprimiendo todo el tiempo y lancé mi proposición.

–Debería darle vergüenza... Pero no se preocupe –, la tranquilicé. –Podré lidiar con ello –. Hice una pausa, –aunque tal vez quisiera, para compensar, dejar que la invite a cenar esta noche.

Esperé. Tan factible era obtener una mirada ceñuda como un suspiro de alivio. Afortunadamente, esta última opción fue la elegida. Sonrió a su vez y, aunque todavía vacilante, aceptó.

–De acuerdo, ingeniero. Pero me dejará escoger a mi el lugar.

–No hay problema, –respondí jovial. –La recogeré aquí a las ocho. Hasta luego.

Y me fui antes de que cambiara de idea. No las tenía todas conmigo, sin embargo. La suficiencia que había demostrado al exigir la responsabilidad de la elección de lugar no resultaba tranquilizadora.

A las ocho menos cinco ya estaba ante la puerta. No tuve que esperar mucho. Bajó puntualmente. Estaba hermosa. Embutida en unos vaqueros cortos, ajustados y algo gastados, sin la bata blanca, con el pelo suelto y con una camiseta roja escotada, tuve que hacer un esfuerzo para no parecer desconcertado y quedármela mirando de modo estúpido.

–Buenas tardes, ingeniero. ¿Preparado para degustar la cocina local?

Asentí. Su voz no delataba ni tan siquiera la sombra de preocupación o inquietud. Quizá debiera hacerle ver de modo más patente que su comportamiento de la mañana había resultado altamente inadecuado y que me había molestado sobre manera. Parecía haber recuperado su aplomo de enfermera, jeringa en ristre, a pesar de que su atuendo no correspondía esta vez, y por suerte, a su actitud.

La cena resultó muy agradable. La “cocina local”, tal como ella la había descrito, se rebeló más que apetitosa y los caldos disponibles, si bien no espectaculares, resistían sin problemas la cata. Después de un rato de conversación general, algo aburrida, durante la cual cada uno presentó, por así decirlo, sus credenciales de acceso al lugar (estudios, historial profesional, avatares que lo habían llevado a aquel pueblo perdido...), comencé a establecer contacto visual, a sostenerle la mirada, a sonreír abiertamente y a observar, sin disimulo, algunas partes de su cuerpo o de su atuendo, que, siempre sin comprometer las buenas formas, (lóbulo de su oreja, pendientes, pulseras, rizos de su pelo), trasmitieran el mensaje inequívoco de que la observaba, de que la escrutaba y de que me gustaba lo que iba descubriendo.

Poco antes del postre retomé el espinoso asunto que había mencionado al realizar la invitación: las dificultades añadidas a la tarea que su comportamiento me había acarreado. Cargué lo más que pude las tintas, con objeto de hacerle sentir culpable, y sobre todo, dejé el tema abierto, intencionadamente, como si esperara una respuesta a modo de compensación o de satisfacción por la falta, aunque el mismo hecho de estar cenando juntos ya podía serlo.

Dicha respuesta no se produjo, obviamente. Sin embargo, camino de vuelta a mi hotel ella me preguntó, de modo burlón:

–Así que le será difícil manejar a esos hombretones ahora que yo he puesto en evidencia que se asusta usted de las agujas ¿no es eso?

–Precisamente. Eso es lo que tus traviesas bromas han logrado, –contesté, tuteándola.

–La he jodido, ¿verdad? –dijo, y dejó escapar una leve risita, como si la situación le pareciera en extremo jocosa.

–Efectivamente. Debería...

Pero voluntariamente reprimí poner en palabras mis pensamientos y caminamos en silencio el resto del camino.

Cuando por fin alcanzamos la puerta del establecimiento nos detuvimos. Creo que ninguno de los dos sabía muy bien qué hacer. Alargué la mano para tomar la suya, fingiendo intención de despedirme.

–Ha sido una noche muy agradable–, y añadí, susurrando casi, junto a su oído, –no sé si la habitación tiene minibar...

A pesar de lo estúpido del comentario, cuya ocurrencia maldije apenas abandonó mis labios, ella sugirió que lo comprobáramos.

–¿Por qué no vamos a verlo?

Sin soltar su mano me dirigí hacia el pequeño porche que protegía la entrada al edificio y, al llegar, me detuve para hacerla pasar delante de mi. No solo fue el gesto fruto de la cortesía. Deseaba observar el contoneo de su trasero dentro de aquellos minúsculos short.

Del mismo modo le invité a que me precediera al entrar en la habitación. Para mi sorpresa, en lugar de detenerse, se dirigió, en medio de la penumbra que allí reinaba, hacia la cama. Una extraña pero sugerente mezcla de luz de luna y reflejos de neon la iluminaba a medias. La estampa era por demás incitante y evité, por ello, encender la lámpara del cuarto.

No se detuvo junto a la cama, como yo esperaba, sino que, para mi perplejidad, se subió a ella y se colocó de rodillas, mirando a la pared.

–La nena ha sido mala...–, dijo.

Y miró atrás con la viva imagen de la provocación pintada en su rostro.

–Te ha puesto en ridículo delante de tus hombres...–. Por lo que se veía, había decidido tutearme también.

Apoyado en el quicio de la puerta, aún abierta, sin decidirme a entrar; paralizado por la escena que presenciaba, pero no de terror, sino de deseo, observaba sin atreverme a abrir la boca.

–¿No me vas a castigar?

Y diciendo esto, se inclinó hacia delante, sin dejar de mirarme, apoyando ambas manos en la almohada y meneando el trasero y sus minishort de lado a lado.

Envuelta en la penumbra azulada de la habitación, contoneándose voluptuosamente, su trasero me pareció fruta madura y, recuperando por fin la capacidad de movimiento, entré en la habitación cerrando la puerta despacio tras de mí. No podía apartar la vista de la tela de la minúscula prenda ni el pensamiento de las redondeces incitantes que cubría.

Ya junto a la cama apoyé una mano sobre su hombro. Ella seguía bamboleando su posterior y mirándome son descaro.

–¿Me darás mi merecido por ponerte en dificultades? –dijo, y suspiró levemente.

No esperé mas. Alcé la mano y descargué un azote sobre el trasero de Ariadna. El eco de la palmada rompió el silencio nocturno y llenó la habitación. De su boca salió un gemido.

Alcé la mano de nuevo, apretando su hombro con más fuerza y golpeé de nuevo, al lado contrario del primer azote, arrancando un nuevo gemido de dolor.

Proseguí así un poco más, azotando alternativamente ambas nalgas. El silencio se veía periódicamente alterado por las sonoras palmadas y por sus quejidos, que yo aguardaba tras cada azote. Aquella sinfonía de golpes y ayes despertaba mis instintos y me conducía, poco a poco, a estados de excitación creciente.

Al cabo de lo que pudieron haber sido unos quince o veinte azotes, levantó una de sus manos y la colocó en mi antebrazo, apretando fuertemente y apoyando también sobre él la cabeza.

–¿Me vas a azotar... –, dijo, entrecortado su parlamento por los suspiros que le producían mis azotes.

–-...severamente por mi travesura? –Y gemía de nuevo de una manera irresistible.

–¿Vas a...

Nuevos azotes caían sin piedad sobre su trasero.

–...azotarme...

Imaginaba, enajenado por su coro de gemidos, suspiros y profundas inspiraciones, el color que debía estar alcanzado la piel en aquellos momentos.

–... muy fuerte?

Tras remarcar esta última interrogación con un azote algo más intenso que los anteriores rodeé su cintura con la mano libre y traté de desabrochar el estrecho cinturón que vestía. Pensaba que se resistiría, pero no fue así. Con su voz desaforada por el deseo, incapaz de vocalizar correctamente y presa de lo que interpreté como la antesala de un clímax incipiente orgasmo, volvió a interrogarme. Mientras lo hacía me miraba y en sus ojos se mezclaban por igual la súplica y el deseo.

–¿No es bastante sobre mis pantalones?

–¿Deseas... ahhh, ..., azotarme sobre mi cola desnuda?

La mención de la palabra “cola”, tan propia de los países sudamericanos y tan alejada en aquel contexto del significado que los españoles le dábamos me incitó a desabrocharle la prenda cuanto antes

–¡¡Me harás mucho daño!! –exclamó. –¡¡¡Me va a doler mucho!!!

Y no podría asegurar que no fuera aquello precisamente lo que estaba buscando.

Tiré, con la torpeza propia de la urgencia del momento, de los pantaloncitos y conseguí bajarlos lo suficiente como para poder golpearla de nuevo, esta vez sobre las bragas. Aumenté, ahora, el ritmo de los azotes, de modo que cayeran sin parar sobre el tejido blanco que aún la cubría. Sentía como su frente se perlaba de diminutas gotitas de sudor que brillaban bajo los reflejos de neon. Aunque no podía ver la mía, sentía que estaba igualmente húmeda por la agitación y la excitación que sentía.

Las sucesivas palmadas, con su rítmico eco, resonaban en la cálida noche. Cada vez las descargaba con más furia, con más intensidad; cada vez con mayor y más absoluto deleite dejaba caer la mano sobre el trasero de Ariadna. En un cierto momento retiró la otra mano de la almohada y abrazó con ambas mi brazo, apoyando más fuertemente sobre él la cabeza, exactamente del mismo modo que hubiera hecho un reo medieval atado a un poste de tortura.

Mi respiración se agitaba y aceleraba por momentos y aún lo hizo más cuando Ariadna comenzó a mover sus caderas hacia delante con cada azote. Cada vez que la golpeaba, a la par que le arrancaba un gemido profundo y lascivo, movía sus caderas y su trasero sin desplazar las rodillas. Se me ocurrió que se imaginaba frotando su sexo contra un imaginario potro, igualmente medieval, igualmente de tortura...

No tardé en darme cuenta de que iba a correrse. Me incliné ligeramente, colocando la cabeza junto a la suya, el pecho sobre su espalda, jadeando yo también, por la creciente excitación que me embargaba. Comencé a azotarla más rápido, levantando la mano apenas unos centímetros, y golpeando de modo fugraz pero intenso, para volver a repetir el movimiento, cubriendo con los sucesivos golpes todo su hermoso trasero.

Sentí como abría la boca y noté la humedad de sus labios en el brazo. Ariadna gemía con tal pasión que me arrastraba a mi también. No acababa de ser consciente de lo que sucedía. Sólo sabía que deseaba azotarla con fuerza y oír sus gemidos. Sólo sabía que cada uno de sus suspiros me atravesaba como un rayo contribuyendo a encender mi deseo. No sé bien cómo pero me encontré mordisqueando su oreja y sintiendo su cabello, sudoroso, contra mi rostro.

Los gemidos se transformaron en puros gritos, leves al principio y desgarrados más tarde; en una sucesión de “ahh” y “uhh” que la llevaba sin remedio al orgasmo. Espacié algo más los últimos azotes. Los hice más intensos, más severos, más agresivos y, consecuentemente, más dolorosos.

Como si hubiera estado esperando aquel brusco aumento en la severidad de la azotaina, su cuerpo se convulsionó por completo, escapando a mi control, y profiriendo un grito absolutamente salvaje, estalló de placer, de total desenfreno.

Caímos sobre la cama, boca abajo, yo sobre ella. Sus gritos se tornaron un gemido grave y prolongado, delatando los últimos espasmos del éxtasis que acababa de sentir. Yo estaba casi sin resuello, con el pantalón a punto de reventar y con mi propias necesidades a las que prestar atención, cosa que Ariadna hizo deliciosamente apenas recobró algo de su perdida compostura.

Tras el arrebato pasamos un rato tendidos sobre la cama, yo boca arriba y ella, arrebujada, con la cabeza apoyada en mi hombro. Luego se levantó, acomodó sus ropas y se despidió de mi con un beso en la frente.

–Duerma bien, ingeniero. Mañana le espera un largo día... –, y, mientras se volvía, añadió, –... y una igualmente larga noche

Y desapareció tras la puerta, seguida por el eco de su risa.

Me quedé allí, sobre la cama, sin moverme, durante un rato, disfrutando de la dulce molicie que sigue a las desbocadas sensaciones que había experimentado. Intentaba encontrar un doble sentido a su enigmática frase final. Obviamente, lo tenía; lo tuvo, durante toda mi estancia, todas y cada una de las veces que el ritmo del trabajo requirió que volviera al pueblecito e incluso alguna más, por mero capricho.

Y hoy en día, ya regresado a la vieja Europa, una irresistible y rebelde morenita, de piel color café, llena mis noches de fantasías precolombinas, mientras me pide que la castigue severamente por algo que ha hecho.

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21 Mayo 2008

¿Discutir por pagar?

Autor: Bilbo

Hay mucha gente para la cual la comida china en particular y la oriental en general tiene un cierto no sé qué exótico, y, por tanto, excitante, que los coloca en un estado propicio a hacer alguna locura de más y, sobre todo, proclive al atrevimiento sexual. Tal cosa sucedió a una pareja que conozco en una ocasión en la que él, contento por haber descubierto un nuevo restaurante, creo recordar que vietnamita, le dirigió a ella una mañana una invitación por correo electrónico para aquel mismo día a la hora de comer.

Durante la comida propiamente dicha todo se desarrolló según se podía esperar..., conversación agradable, alguna que otra gracia, anécdotas de la vida laboral de cada uno, sonrisas y, sobre todo, contacto visual continuo y profundo, pues las dos personas de las que hablo guardan en sus ojos algunas de sus mejores armas.

Se miraban, sonreían, jugueteaban entornando las pestañas... y en cada guiño, en cada mirada de soslayo, cada vez que uno de ellos sorprendía al otro distraído y podía observarlo a su antojo, se establecía entre los dos una tensión, por así decirlo relajada y agradable, un halo de provocación, de tentación permanente, quiero y no quiero, que centraba el diálogo más en el lenguaje corporal que en el de las palabras.

Así transcurrió la comida. Fue a la hora de pagar cuando se suscitó la situación que os refiero.

(¿Donde habré metido la cartera? Ah, sí, en mi bolso... ¿A ver? aquí está. Si me levanto ahora no me podrá detener.)

—¿Qué haces?

—Voy a pagar.

—No. Me toca a mí. Yo te dije que te invitaba.

—No. Tú ya has pagado otras veces. Esta me toca a mí.

—Oye... No. Te digo que... ¡Ven...!

(Bravo. Lo conseguí. Ahora no se puede levantar el también, porque la mesa está llena de cosas... mi bolso, mi abrigo, sus gafas... Ja, ja. ¡Te gané, pequeño! Pago yo, porque me da la gana.)

(¡Será desgraciada! Nunca me obedece. Qué pena que en este sitio haya que levantarse para pagar... No, no es una pena. En realidad es una suerte. ¡Que cuerpazo tienes amiguita! Soy un enfermo. Me la estoy imaginando... si ahora fuera por detrás y... ¡Buf, suficiente! Además, ¡me ha desobedecido! Bueno. Ya está el mal hecho. Voy a recoger todas las cosas... Pero se va enterar. ¡Ésta se entera hoy! Por supuesto que sí. Ya se me ocurrirá algo...)

—Te dije que pagaba yo.

—Sí, pero yo fui más rápida.

—No me gusta que me desobedezcas.

—Bah, ¿desobedecer? ¿Solo porque esta vez no he dejado que me invitaras?... ¡Vamos, debes estar de broma!

(La odio cuando sonríe así, con ese aire de triunfo... pero resulta encantadora ¡que diablos! Está preciosa. Me la comería. Bien pensado... ahora mismo iría y la sacaría del restaurante a azotes, por haberme desobedecido... Sí, eso sería fantástico. Levantarme; caminar despacio hasta allí, observándola con gesto adusto; llegar a su altura y, sin mediar palabra, agarrarla de un brazo y darle un azote... y luego otro, y después otro... ¡Demonio, eso sería el colmo!)

—¿De broma? Ni muchísimo menos. Vamos. Toma, aquí tienes. Tu bolso y tu abrigo.

(Jo, ¡que serio! Confío en que no se haya enfadado. ¡Que bien le queda la chaqueta! Me encanta como se la ha puesto, tranquilamente, mientras el chino este me cobraba. ¿Qué le correrá por la cabeza ahora? Seguro que está pensando cualquier maldad. ¿Y si esas maldades me incluyeran a mi? ¿y si me incluyeran besándolo? ¿y si me incluyeran con muy poca ropa...?)

(...y otro más. Sería deliciosamente excitante observarla dar saltitos hacia delante. Y otro más, y otro...; salvajemente excitante escuchar sus gritos de sorpresa o de indignación. Otro más aún, a ambos lados... cubriendo toda la superficie de su trasero, que dolieran mucho...; ver la vergüenza pintada en su cara cuando nos miraran de todas las mesas... Ah, ya estamos fuera. Ahora puedo hablar con toda libertad. Nadie nos oye.)

—¿Cuánto has pagado?

—Ja, ja. ¿Qué más da? La comida estaba muy buena ¿verdad? Me encanta el sitio al que...

—¡Que cuanto has pagado!

(¿Y esa voz? Que tono autoritario. ¿Qué se ha creído?)

—Pues..., veintitrés euros. Ja, ja. La ruina. Ja, ja, ja.

(Ups, no le ha hecho gracia. ¡Cómo me mira! Me está traspasando con la mirada. Me da miedo. No quiero mirarle a él. No puede ser que esté tan atemorizada... ¿Dónde hemos dejado el coche?)

—Veintitrés..., veintitrés euros. Veintitrés ¿verdad?

(Cría desobediente. Yo te enseñaré...)

—Sí..., veintitrés.

(Veintitrés. ¡Qué magnífica cifra! ¡¡Y qué magnífica excusa!!...)

—Veintitrés..., veintitrés..., veintitrés entonces. ¿Sabes lo que significa eso? Lo sabes ¿verdad? Sabes lo que has hecho, ¡no?

(¿Qué tontería es esta? ¿Lo que significa? Pues no, claro que no lo sé... ¿Qué le pasa?)

—Ja, ja, ja. ¿Lo que significa? Je, je, pues... no, sinceramente no. Ja, ja, ja.

(No lo sabes ¿eh? Pues es mejor que lo vayas pensando porque en cuanto lleguemos a casa vas a comprenderlo de golpe. Veremos si te ríes entonces tanto. Apenas lleguemos a casa pondré en práctica el castigo. Y como sigas de guasa te aseguro que va a ser muy doloroso.)

—Significa que me has desobedecido. Porque creo recordar perfectamente que mi correo decía “si estás libre te invito...”. Sin embargo, tú has decidido desobedecerme y reírte después muy divertida. Te hace gracia lo que has hecho ¿verdad? Te crees muy lista por haber sido tan rápida en levantarte y pagar ¿verdad?

(Jo, pero ¿que le pasa? ¡Solo ha sido una comida! Me da miedo cuando habla así. Apenas levanta la voz, pero cada palabra restalla como un latigazo...)

—¿Verdad?... Mírame.

(¡No te puedo mirar y lo sabes! ¿Por qué me tratas así? Me siento como una cría pequeña a la que estuvieran regañando. Pero ¡¡¡si ni siquiera me grita!!! Me estoy volviendo loca.)

—Muy bien. Perfecto. No me mires... Significa que me has desobedecido y que lo has hecho conscientemente. No pienso tolerarlo. En cuanto lleguemos a casa te voy a dar veintitrés azotes como castigo, niña desobediente. Uno por cada euro de esos que te ha costado tu bromita.

(¿Veintitrés azotes? ¡Qué gracioso! Nunca había oído nada igual... Ja, ja, sí que le debe haber sentado mal que pagara. Ja, ja... ¡Un momento! No estará hablando en serio... Esa mirada..., esos ojos... no parece tener ganas de broma en absoluto. Pero ¿veintitrés azotes? ¡Que ni sueñe con rozarme siquiera! ¡Qué se habrá pensado!)

(Esa sonrisa... es encantadora sí... pero yo no bromeo, señorita. Apenas lleguemos a casa te voy a dar tus veintitrés azotes... ¡Mírame! ¡Mírame, cobarde!... Perfecto, tienes miedo. ¡¡Perfecto...!!)

—Vamos. Sube al coche. Vamos a casa.

—¿A casa? Pero íbamos a tomar café.

(¿A tomar café? Ni lo sueñes... Va a ser mejor para ti que te convenzas de que me has desobedecido y de que vas a ser castigada... Uff, no puedo esperar para castigarte... Y no puedo esperar para ver tu reacción.... No puedo, no puedo...; tu trasero bamboleándose bajo los golpes; tus gritos de dolor... y después de placer... de placer mezclado con dolor... ¡Vámonos a casa ahora mismo!)

—A casa. Se me han quitado las ganas de café. ¡A casa!

(Hum, nunca he probado esto. Confío no equivocarme. En realidad, unos azotes le vendrán estupendamente, creo...)

(Pues a casa tendrá que ser, Señor Don Cascarrabias. ¡Hay que ver, que genio! ¡Con las ganas que tenía de tomarme un café...!)

Durante el trayecto apenas cruzaron palabra. Él no estaba realmente enfadado, pero no quería dejar entrever nada que no fuera un profundo enojo por su desobediencia. Ella confiaba no haberlo enfadado tanto como parecía, pero no estaba segura, y la duda le producía serios temores de ponerlo todo mucho pero si abría la boca más de lo conveniente. Cada uno de los dos por una razón distinta, ambos cooperaron a que reinara un tenso silencio durante el escaso cuarto de hora que tardaron en llegar.

(Me da miedo tanto silencio. Pero si digo algo y se enfada más...)

—No creo que sea para...

(¿No te das cuenta de que se supone que estoy enfadado? No me enciendas más, por favor, cariño... no lo pongas peor, anda... o reventaré antes de llegar... Ufff, no veo el momento.)

—Ah, cállate ya. Ya las has liado bastante.

(Sí que está enfadado. Jo, no lo puedo ni mirar. Tengo miedo ¡Qué estupidez! ¿Miedo de que mi novio me pegue? ¡Estoy nerviosa! ¡¡Nerviosa!! ¡¡¡Yo!!! ¿No se le ocurrirá hacer eso con que ha amenazado...? Seguro que no. ¡¡Espero que no...!!)

—¿Es que quieres que nos matemos? ¿O has decidido que veintitrés no son suficientes para ti y quisieras añadir los sesenta de la señal que te acabas de saltar?

(Rayos, eso sería la absoluta locura... Sesenta azotes en ese trasero; sesenta palmadas seguidas, una detrás de otra;, sesenta excitantes irresistibles cachetadas en tus hermosos globitos.. ¡¡Sesenta quizá son demasiados!! Bueno, veremos como reacciona... Espero que estemos revolcándonos mucho antes de alcanzar siquiera la mitad...)

—¡Ah! ¿Sesenta...?

(¿Había un sesenta?)

(Se lo ha tragado. ¡Ni siquiera sé si eran sesenta...!)

—No, bueno, es que...

(Ni lo he visto. Lo que faltaba.)

—Conduce - con - cuidado

(Por favor, ¡como remarca las palabras! Me aterroriza cuando habla con esa suavidad, con esa frialdad quirúrgica casi... Si no lo amara locamente diría que el sentimiento que más a menudo me provoca es miedo... Apenas me atrevo a mirarlo.)

(Estas nerviosa, tensa. No quieres mirarme y eso es bueno. Estás empezando a sentir el temor de la incertidumbre de lo que viene... Ni te lo imaginas, y por eso lo temes... ¡Perfecto!)

Este corto diálogo fue la única comunicación que se estableció entre ellos.

(Ya estamos en casa. Menos mal. Pensé que no llegábamos nunca. En cuanto estemos dentro la agarro del brazo y le doy un azote bien fuerte. ¡Saca la llave de una vez, hombre!)

(Ya estamos en casa. Menos mal. Pensé que no llegábamos nunca. En cuanto estemos dentro le daré un beso. Seguro que me perdona.)

—¡Ay! Pero ¿qué haces? ay, ayyyy. Suéltame, bruto.

(¡Ven aquí! ¡No te muevas! ¡Toma! ¡Toma otro más! Hmm)

—¡Ay! ¡¡¡Salvaje, brutoooo!!!

(Pero ¿qué está haciendo? me está dando az... ayyy, jo, ¡me duele!)

—¿Ves lo que pasa? ¿Ves las consecuencias de desobedecerme? ¿Ves?

(Te lo pienso poner completamente rojo. ¡Que pedazo de trasero tienes, mi amor! Dentro de poco va a parecer un tomate maduro.)

—¡Ay! Pero, déjame, suéltame. No me puedo cre... ¡¡¡Ayyy!!!

(Con que no te lo puedes creer ¿eh? ¡¡Toma!!)

(Me está azotando como si f... ¡ayy, ayyy! ¡Que salvaje! En cuanto me suelte le araño ¡Le voy a denunciar!)

(No se te ocurra darte la vuelta. ¡¡Toma!! ¡¡Toma otro más!! Voy a reventar de placer... Y ahora.. ¡la falda!)

—Como no pares te voy a.... No, ni se te ocurra subirme la falda. ¡¡¡Nooo!!!

(Por supuesto que sí. A las niñas malas se les azota sobre las bragas. Ayy, ufff. ¡Adoro esas piernas! ¡Qué hermosura! ¡¡¡Toma y toma!!! ¿Te duele?)

—De broma, ¿verdad? Creías que estaba de broma, ¿eh? ¡Revoltosa!

(¡Qué vergüenza! ¡Me va a pegar en las bragas! Ufff, ayyy, iiiih, ahh... ¡No puede ser!)

(Si sigues dando tirones te harás daño. Estate quieta. ¡Toma! Así, sobre las bragas causan más impresión ¿eh? ¡Toma! ¡Toma! ¡Que pedazo de culo tienes, cariño!)

—Te dije que te castigaría y te lo tomaste a broma ¿no? Pues ya ves que no bromeo. Ya ves que iba en serio.

(¡Y tan en serio! No sé cuanto más voy a poder aguantar. Me vuelve loco azotarte. Me desarmas con esos grititos)

—Ay, no, bruto, ayyy, no, no me pegues más.... snifff, sniff. Uuuuhhh. No, ya basta, por favor. ¡¡¡Bastaaa!!!

(¿Qué es lo que me está pasando? No deseo que pare... ¡Cielos, me duele a rabiar pero... no deseo que pare!)

(Diría que eso último fue un jadeo. La verdad es que tienes un cuerpo glorioso, mi amor. Me encanta como te retuerces. ¡Toma! Aún unos pocos más.)

—No, no basta. Dije veintitrés y te llevarás veintitrés.

(¿Veintitrés? Bueno, ¿y cuantos va? ¡¡¡No puede ser!!! Si hasta me siento mojada. Me estoy excitando horriblemente. No, cielo, no pares. No. Veintitrés solo no)

—Uhh, ayyy, uy, mmmm.

(¡Toma ¡Cielos, qué culo...! ¡Como se bambolea! Ay, ay, no voy a aguantar mucho más... Uff.)

(¡¡¡Cabrón!!! Me estás destrozando el trasero y me estás volviendo loca. Serás hijo de... Ayyyyy, uuuuuffff)

—No se te ocurra volver a desobedecerme o ya sabes lo que te pasará ¿me oyes?

(¡Toma! Ayyy, uff, uff.)

—¡¡No!! ¡¡¡No, nunca más!!! ¡Te lo prometo! ¡Nunca más te desobedeceré! ¡¡¡¡Ayyy!!!!

(¡Ven aquí, salvaje! ¡Ven, bruto! ¡¡Ven!! ¡¡Ni se te ocurra irte ahora!!)

No hablaron más.

Mirándolo, jadeante, con una mezcla de excitación y furor, aún enfadada por haber sido sometida a ese castigo que ni soñaba, pero tremendamente encendida por el efecto de los azotes, del dolor y de la sensación de autoridad y control que le había trasmitido la presión de su mano en el antebrazo durante la azotaina, buscó su boca y la devoró literalmente.

Lo besó con furia, bebiéndose su beso a tragos, mordiéndole le lengua. Mientras lo hacía se restregaba contra él, procuraba atrapar una de sus piernas entre las suyas y restregaba su entrepierna contra ella y acariciaba su espalda con ambas manos con una intensidad tal que corría peligro de arrancarle la camisa.

El, aún sorprendido por esta súbita reacción, que colmaba sus esperanzas más allá de cualquier utópico pronóstico, trató de conducirla poco a poco hacia la habitación. No se sustraía su cuerpo a las urgencias del momento y, mientras pugnaba por desprender algún botón de su blusa y por liberar al menos uno de sus pechos de la apretada copa del sujetador para poder pellizcarlo a gusto, el bulto de su más que patente erección se abrió camino entre sus cinturas apretadas.

Ella se sentía fuera de control y actuaba descontroladamente, con un único objetivo y un solo deseo, superior a sus fuerzas: satisfacer el anhelante, apremiante torrente de deseo que le había provocado el sentir su trasero azotado de aquel modo, con la falda arrugada en su cintura y la leve tela de sus bragas interponiéndose, por toda protección, entre su piel y los golpes.

Dejando un reguero de ropa torpemente desabrochada, alcanzaron finalmente la cama y, arrastrándolo sobre ella, terminó de liberar aquel miembro prominente que amenazaba con desgarrar las costuras de su ropa interior. Sin darle tiempo, siquiera, a hacer ni un movimiento se colocó a horcajadas sobre él y comenzó a cabalgarlo con fruición, a mover descontrolada y repetidamente su cintura, sintiendo como entraba en ella una y otra vez.

Él, con los ojos semicerrados, navegaba en un mar de pasiones y deseo, absolutamente enajenado por el exitoso desenlace de su decisión; una decisión, la de azotarla en castigo por su desobediencia, que, por atrevida, nunca se había sentido totalmente capaz de tomar; una decisión, al fin y al cabo, que se sentía finalmente feliz de haber adoptado.

Sintiendo su cuerpo moverse al ritmo de las sucesivas acometidas y la cada vez más inaguantable sensación de placer y de abandono, puso ambas manos detrás de ella, pellizcando su trasero y estrujándolo, volviendo a azotarlo por momentos.

(¡Sí! ¡Pégame! ¡¡¡Pégame, más, máaas!!! ¡¡¡Bestia, azótame, brutoo!!! ay, ayy, ufff, ay, hmm, hmm, mm...)

No resistieron un segundo más. No pudieron. Sus cuerpos actuaron por ellos y decidieron, simultáneamente, liberar la tensión acumulada, la excitación contenida, la pasión desbocada por los acontecimientos. Y lo hicieron explotando en un largo orgasmo, simultáneo, intemporal, etéreo, irreal, pero físico, casi dolorosamente físico y profundo.

* * *

El cobertor, con su furioso estampado de colores chillones, apenas alcanzaba a medio cubrir aquellos dos cuerpos entrelazados, jadeantes, sudorosos..., abandonados por completo a los ecos del supremo placer que se acababan mutuamente de regalar.

—¿Sabes? —dijo ella al fin.

Él le contestó en apenas un susurro, sin abrir los ojos.

—¿Qué?

—Creo que no me gusta la comida china—. Y una espontánea carcajada invadió la habitación.

El se volvió, entonces, de pronto, sujetándola con el brazo sobre el que ella yacía, tratando de voltearla, y pugnaba por obligarla a ofrecerle de nuevo su trasero.

—Te voy a...

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22 Abril 2008

La autopista

Autor: Bilbo

Una vez que estuvieron en la casi desierta autopista apoyó la cabeza en su hombro.

—¿Qué me harías?

El tono de su voz, suave y sugerente, y su mirada, que apenas podía apreciar pero que imaginaba cálida, como invitándolo, lo incitó.

—Cuando te viera en la ventana me acercaría despacio, después de quitarme la corbata, deslizaría un brazo por tu espalda, buscando la cintura, y me situaría detrás de ti, para observar la gran ciudad desde nuestra atalaya...— Hizo una pausa y prosiguió—. Luego, lentamente, mientras jugueteara en tu cuello, en tu oreja, en tu hombro, levantaría la mano sin que te dieras cuenta y te daría un azote, murmurando al tiempo en tu oído un reproche por alguna travesura.

—¡Oh! ¡Qué malo! Yo me enfadaría y me rebelaría—, dijo, dejando que el eco de su risa llenara el vehículo.

—Sí. Por supuesto. Te enfadarías, te rebelarías y te volverías hacia mí con una protesta en los labios. Yo no sabría, entonces, si repetir el azote o callar tu queja con un beso.

—Uhh, eso suena bien—, dijo, mientras acomodaba su cabeza sobre mi hombro hasta encontrar una postura cómoda, erizando, de camino, el bello en algunas partes de mi cuello.

—Probablemente optara por esta segunda posibilidad—, dije— y besaría tus labios apasionadamente. Sin duda te ibas a sentir muy sorprendida...

—Puede, ja, ja—. Y su risa llenó por un momento el automóvil.

—Pero te sorprenderías más cuando sintieras un nuevo azote en medio del beso. ¿Me equivoco?

—Oh.

Y un sonido ininteligible, de manifiesto desagrado, salió de los hermosos labios que el soñaba en aquellos momentos con besar.

—Sí—, prosiguió. —Ahora estarías indignada de verdad. Así que sería el momento de agarrarte por la muñeca y tirar, suavemente, de ti hacia la cama. Es fundamental que el tirón no fuera brusco, no fuera violento. Casi una caricia..., que te obligara a seguirme.

—Oh—, dijo de nuevo. —eso sería muy malvado por tu parte.

Acompañaba cada frase con risas y en su voz había un deje de buen humor, un leve tinte de travesura y de provocación. Se diría que su imaginación, desbordando los límites de su cerebro, escapaba del cuerpo en aquellas risas ahogadas. Sin duda lo estaba pasando bien.

—No. No estoy de acuerdo. No lo sería. Tirando de ti suavemente, te estaría dando la posibilidad de pelear, de resistirte, de negarte a seguirme. Y de este modo, cuando recibieras la azotaina que te estabas mereciendo, ésta, mi amor, estaría absoluta y totalmente justificada ¿no crees?

—Nooo. No y no. De ninguna manera ¿Justificada? ¿Pero de que estás hablando? ¿Una azotaina? De ningún modo. Me escaparía. Sí. Eso haría.

—Ah, no, cariño. No te escaparías. Yo no lo permitiría. “Intentarías” escaparte Pero no lo conseguirías. Y en unos segundos, junto a la cama, me detendría para mirarte. Para observar en tus ojos el enojo por estar sometida, sujeta y bajo el absoluto control de otra persona.

—Jamás, jamás me dejaría controlar—, interrumpió con fingida indignación.

—Ah, pero, preciosa... eso no depende de ti.

Por un momento perdió de vista la carretera. Se entregó a la visión, a la fantasía que estaban creando entre los dos. Volvió a centrarse en la conducción, rió brevemente y prosiguió.

—Enfrentado a esos impresionantes ojazos que tienes, mirando en ese pozo sin fondo que encierra el negro de tus ojos... por un momento quizá pensara en ceder y perdonarte.

Ella levantó ligeramente la cabeza y lo miró.

—¿Ves? Eso sería un niño bueno.

Volvió a descansar la cabeza en su hombro riendo ruidosamente.

—Solo dije quizá. Cuando notaras la duda en la mano que te sujeta, seguramente pensarías que había llegado el momento de escapar ¡Ay de ti! Nada más lejos de la realidad. Apenas lo intentaras te atraería hacia mí y conseguiría que cayeras sobre mis rodillas boca abajo.

Ella se estremeció y él se dio cuenta de que estaba consiguiendo encender una leve llama dentro de su ser: la llama del deseo, de la pasión, de la curiosidad por lo desconocido; la llama del irresistible deseo de sentir su mano golpeando la piel de su trasero, la punzada de dolor y le terrible inaguantable excitación que aquello le produciría.

—Naturalmente llevarías falda... —dejó la frase inacabada, como preguntando. Ella llevaba en aquel momento una falda corta plisada. Allí, sentada en el asiento del copiloto, la prenda dejaba ver sus rodillas y el comienzo de sus muslos.

—... así que comenzaría a golpear tu trasero, al principio suavemente, sin levantarla.

—Ufff...—, suspiró, acompañado de un nuevo estremecimiento.

—Y, más tarde, al cabo de unos cuantos azotes, iría incrementando poco a poco la intensidad de éstos. De este modo empezarías a sentir el escozor en tu lindo culito, el calor que invadiera la parte baja de tu cuerpo; de este modo empezarías a arrepentirte de haberte mostrado rebelde, de haber intentado desobedecerme... y, lo mejor de todo, ¿no crees que empezarías a sentirte excitada?

Ella no contestó al momento. Suspiró una vez más y emitió una serie de ruidos que eran mezcla de gemidos de placer y de temor. Imaginaba la escena y sentía que, involuntariamente, su cuerpo respondía con incipientes muestras de excitación.

—Sí—, dijo, con apenas un hilo de voz—. Por supuesto que sí.

—Claro. Estarías comenzando a excitarte. Y ese sería justo el momento de detener la azotaina y deslizar la mano suavemente por tu trasero, un par de veces..., hasta encontrar el borde de tu falda.

Ella lo interrumpió sorprendida.

—¡¡Eh!! ¡¡No pensarás en serio azotarme sobre las bragas!! ¡¡Ni se te ocurra!!

Pero eso era precisamente lo que el tenía planeado.

—¡Ah, nenita! Por supuesto que sí. Ese sería el momento justo de levantar tu falda. También lo sería de sujetarte con un brazo en la espalda, pues sin duda ibas a tratar de pelear.

—¡¡¡Pues claro que trataría de pelear!!! No te dejaría que me azotaras sobre las bragas.

El rió ante aquella súbita explosión de indignación.

—No solo sobre las bragas, pequeña. Una vez dominada, con la falda levantada y tus bragas a la vista recibirías unos cuantos azotes, no demasiado fuertes. Y eso será justo antes de que las bajara hasta las rodillas. Y en...

Lo interrumpió de nuevo.

—¡¡Eso sí que no!!

Ella iba a proseguir con sus protestas pero el no estaba dispuesto a tolerarlas por más tiempo.

—¡¡¡Cállate de una vez!!! Eso sería exactamente lo que pasaría. Eso y no otra cosa y si insistes en interrumpirme a cada rato pararé el coche y sucederá aquí mismo, ¿me has oído?

—Lo siento—, contestó de manera casi imperceptible.

El notó su turbación y manejando el volante con una mano la acarició con la otra al tiempo que le preguntaba:

—Pero, ¿dime si no te parece excitante la escena?

Lo hizo con una voz suave, amable y cariñosa. No deseaba que se sintiera regañada. No tan pronto al menos. Y deseaba conservar el ambiente que estaba creando; mantenerlo a tope hasta el momento de conseguir realizarlo.

Ella contestó afirmativamente.

—Me gustaría mucho que sucediera. ¡Ya lo sabes, tonto!— y volvió a acomodar la cabeza en su hombro, refregándola como si fuera un gatito.

—Supongo que tendrías el trasero bastante colorado para estas fechas. Supongo que te estaría doliendo mucho. Supongo también que estarías toda mojada. Pero creo adivinar que aún no lo suficiente. Así que tu piel desnuda recibiría de nuevo unos cuantos azotes, lentamente, con intensidad, alternativamente a un lado y a otro, hasta que me demostraras tu arrepentimiento, hasta que yo sintiera que estabas lo bastante excitada para merecer y desear que me detuviera.

Hizo una pausa como si de hecho hubiera estado azotándola hasta aquel mismo instante, como si apenas estuviera apagándose el sugerente eco de la última palmada. Su respiración, levemente agitada, lo delataba. Él también estaba disfrutando enormemente de la fantasía que hilaban entre los dos a lo largo de la oscura autopista.

De pronto, ella no aguantó más. Se puso de rodillas en el asiento y le rodeó el cuello con ambos brazos. Él se sobresaltó inicialmente, pero pudo evitar que aquello afectara al rumbo del coche. Después, el cosquilleo de su voz en la oreja lo embriagó.

—¿Qué me harías entonces? ¿Permitirías que me levantara? ¿Me dejarías abrazarte? ¿Desearías follarme salvajemente? ¡¡Dímelo, dímelo!! ¿Te gustaría entonces que follaramos como locos? ¿Me arrancarías el resto de la ropa y dejarías que yo hiciera lo mismo?

El no respondió. Tanteó con la mano libre hasta encontrar una de sus piernas y la deslizó suavemente hacia arriba, hasta tropezar con el borde de su falda. Ladeó la cabeza y, aún a riesgo de sufrir un accidente, buscó sus labios.

El beso duró apenas un instante, pues tuvo que volver a colocar ambas manos en el volante y prestar atención a la vía. Pero aunque breve, el beso había servido para terminar de encender la pasión en ambos. No veían el momento de llegar a su destino.

No dijeron nada más durante los apenas cinco minutos que duró el resto del viaje...

* * *

—Cuando llegamos al hotel, al entrar en la habitación, se volvió, me miró con un sonrisa burlona y se dirigió a la ventana.

—Nunca olvidaré la estupenda noche de desenfreno sexual que compartimos. No la he vuelto a ver desde entonces. Creo que se llamaba Ana. Ni siquiera sé si era su verdadero nombre...

Mi amigo dio un largo sorbo a su cerveza y paseó la mirada perdida por la pared de enfrente.

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21 Marzo 2008

La investidura.

Autor: Bilbo.

El ascensor disminuyó su velocidad. Se oyó el familiar sonido metálico y se detuvo en el piso al que iban. Momentos antes él la había tomado por el antebrazo, solo unos centímetros por encima del codo. Cuando se abrió la puerta la condujo fuera.

Forzada por su mano, que semejaba una garra de acero, salió y se detuvo. Él la soltó.

–Ya sabes dónde es.

Ella caminó delante de él por el largo corredor. Lo hacía erguida, con un andar elegante, sin tambalearse, pese a los zapatos de tacón exageradamente alto que llevaba. Sus largas piernas quedaban realzadas, además, gracias a aquel calzado.

Se detuvo frente a la puerta de la habitación. Seguía manteniéndose erguida, con la mirada al frente, fija, dura, observando la puerta cerrada.

El sacó del bolsillo una tarjeta magnética y la abrió. Ella no se movió, sin embargo.

–Entra –, le dijo.

Obedeció. Entró en la habitación con pasos firmes y se detuvo una vez franqueado el umbral, esperando sus órdenes allí, de pie.

–En el centro de la habitación, por favor.

Caminó de nuevo, sin volverse, la barbilla alta, la mirada fija en la ventana, pero no el infinito, ausente, mas no perdida. Se detuvo en el lugar señalado por él, los brazos junto al cuerpo, la palma abierta y los dedos juntos. Subida en aquellos tacones parecía mucho más alta de lo que en realidad era.

El se acercó, por detrás, hablando con voz calmada.

–Ya sabes para que hemos venido aquí.

Ella lo sabía, mas no emitió sonido alguno. No contestaba nunca a menos que él se lo requiriera expresamente.

Vestía una chaqueta negra ligera, de paño, muy elegante y entallada, lo que realzaba su figura. El, colocándose detrás de ella, tomó la prenda por el cuello con ambas manos y, tirando suavemente hacia atrás la hizo deslizar.

–Abre los brazos un poco–, le ordenó.

Obedeció y su cuerpo quedó libre de la chaqueta.

–Hoy–, dijo él– vas a ser investida–. Al tiempo, se situaba frente a ella y comenzaba a desabrochar los botones de su blusa.

Ella, al notar en la piel del cuello el roce de su mano bajó la cabeza y pretendió mirarlo. El eco de una sonora bofetada llenó la habitación.

–¿No sabes que no debes mirarme?

Ella volvió a mirar al frente. La mejilla le ardía. El orgullo, sin embargo, había sido herido con mucha mayor profundidad. Allí lo que ardía era la humillación sufrida.

–Hoy–, susurró, apenas a centímetros de su cara,– has venido aquí a ser investida. ¿Acaso has olvidado de repente toda tu instrucción? ¿Acaso debemos volver a comenzar todo el proceso y has de volver a ser instruida como mi esclava?

Había empleado dos veces la palabra instrucción.

–¡¡¡Contéstame!!!– dijo, elevando el tono de su voz pero sin separar sus labios de la dolorida mejilla.

–No, señor. No lo he olvidado. Le ruego me disculpe, señor.

–Confío en que así sea–. Una nueva bofetada resonó, coloreando automáticamente la otra mejilla, hasta el momento inmaculada.

El furor se adueñó de su cara. Sabía que lo tenía prohibido pero no podía evitarlo. El se dio cuenta.

Cuando comenzó su proceso, que hoy culminaba, habían tenido una charla preparatoria, donde él sentó las bases de lo que sería su instrucción. Existía, en su opinión, en la formación de una sumisa, un componente básico que el denominaba “el eje”. El eje se componía de varios conceptos, y se conceptualizaba en la expresión de éstos en una cadena de palabras clave que ella había aprendido de memoria a fuerza de oírla repetida. Lenguaje, postura, posición, actitudes, acción.

Por encima de todas ellas, había otra máxima imprescindible, que se centraba en una única palabra: humillación. Una esclava, (raramente se refería a ella como “sumisa”, prefería denominarla “esclava”), debía mantener siempre la máxima humildad. Su amo, en consideración y deferencia, se lo recordaba cada vez que resultaba necesario.

A lo largo de dicho proceso ella había sido castigada en muy raras ocasiones. Cuando esto sucedía lo normal era que su “deseado” (así se refería a él, pues aún no era su amo), la castigara azotándola con una fusta. Solamente en una ocasión había recibido su piel el beso de las colas del látigo.

Sin embargo, cuando él la amonestaba, la corregía o regañaba de algún modo o por alguna falta, descuido o actitud no del todo conforme a sus enseñanzas, siempre precedía su parlamento con una sonora bofetada, las más de las veces inesperada. Una vez terminado su discurso la abofeteaba de nuevo. Golpeaba su mejilla con fuerza pero sin ira. La humillación que estos golpes le producían era suficiente acicate para tratar de mejorar su comportamiento, para merecer la investidura del collar que su “deseado” le colocaría.

–Quizá no recuerdas los pilares básicos del “eje” –, dijo, tras unos momentos de silencio.– Actitud. La ira no entra dentro de las actitudes permitidas, lo sabes bien. Pero aún no consigues eliminarla por completo ¿no es así?

La miró. Ella mantenía su mirada al frente pero su respiración agitada y sus ojos, casi inyectados en sangre, delataban la furia que la recorría por dentro.

–Una esclava no ha de ser perfecta para ser investida. No bien hayas recibido tu collar serás castigada por esta falta.

Significaba que sería azotada con la fusta sobre la piel desnuda.

Continuó desembarazando su cuerpo de la delicada prenda blanca que lo cubría y la depositó sobre la cama. Un hermoso busto, sugerente mas para nada excesivo, excitante sin resultar voluptuoso, se reveló a sus ojos, oculto a medias por un delicado sostén negro de encaje.

Él sabía que combinar ropa interior negra con prendas blancas era signo de notorio mal gusto. Sin embargo, la había obligado a vestir solamente prendas de aquel color. Ella se veía forzada a combinar sus blusas blancas, crema o color hueso, que adoraba, con trajes de chaqueta y falda que colaboraran a ocultar la ominosa transparencia.

Satisfacía así los deseos de su futuro amo, que encontraba un considerable placer en especificar hasta el último detalle de su vestimenta y no menor excitación al comprobar que sus deseos se cumplían.

La rodeó y desabrochó el sostén, liberando su pecho, que flotó a su antojo. Los pezones, absolutamente delicioso, y erguidos, duros como pequeñas gemas, mostraban cuan excitada estaba también la chica. Deslizó el elástico hacia delante y dejó que cayera al suelo, a sus pies. Ella no desvió, esta vez, la mirada. Aún le dolía la cara.

Prosiguió con la falda. Desabrochó la cremallera y la hizo deslizarse hasta el suelo. Sin pausa, introdujo un dedo bajo la cintura de sus bragas, igualmente negras, y las deslizó también, rodilla abajo hasta que se reunieron con la falda.

Ella vestía ahora únicamente sus zapatos de tacón negros, unas medias negras lisas y un liguero que las mantenía en su sitio y se abrazaba a su cintura de avispa. Sin duda la vista era admirable pero él no se detuvo en su contemplación. En lugar de eso abrió el maletín que llevaba y extrajo varios objetos, depositándolos sobre la cama.

Tomo uno de ellos, que semejaba un sujetador al que le hubieran hecho desaparecer las copas. Era de cuero, con las estrechas tiras formando dos triángulos perfectos. En lugar de elásticos disponía de tres pequeñas hebillas metálicas. Acomodó los triángulos sobre su pecho, comprimiéndolo ligeramente. Asomó a su cara una leve mueca de dolor mientras el abrochaba, apretando sin piedad, las hebillas del sujetador en su espalda. Cuando terminó ella hubiera jurado que, bajo cada uno de sus hermosos pechos, un cuchillo de cuero le cortaba la piel.

Tomó dos pinzas de metal dorado y las aplicó a sus pezones. Lo hizo con suavidad pero la mueca pintó de nuevo de dolor la cara de la joven.

Indiferente a ello se volvió hacia la cama y tomó una capa negra. La desplegó e hizo que cubriera sus hombros. Ella notó el frío de los ganchos que adornaban el borde superior del cuello de la capa. La sensación contrastaba con el abrigo que la prenda daba a su cuerpo. En su desnudez empezaba a sentir el fresco ambiente de la habitación, debido al aire acondicionado.

Tornó él su atención una vez más a los objetos que aún quedaban sobre el cobertor y tomó entonces el preciado collar en sus manos. Lo observó y lo hizo dar vueltas admirando el trabajo. Estaba hecho de dos gruesas tiras de cuero, unidas por remaches plateados. Entre cada dos remaches tenía una plaquita metálica, también plateada, de la que colgaba una argolla. El cuero del collar tenía unos tres dedos de ancho. En sus extremos disponía de dos tiras más estrechas, agujereada una y con una hebilla la otra, además de una fina lengüeta, que cubría el hueco.

–Arrodíllate.

Le obedeció. Dio dos pasos al frente y manteniendo su espalda recta, alto el mentón y fija la mirada, se arrodilló como le había ordenado. Una vez hecho esto colocó las manos a la espalda juntando los brazos y sujetándolos cerca del codo. Así la había instruido él, en los primeros días, dentro del apartado denominado “postura”.

De haber estado él sentado en la cama, ella se habría después inclinado hasta tocar el suelo con su frente. La “posición” de una sumisa siempre debía ser inferior a la de su amo, como también le había enseñado.

La capa resbaló en el movimiento y cubría apenas sus tobillos, dejando al descubierto el resto de su ser. Situado a su espalda, él se permitió, por primera vez, gozar de la contemplación de su magnífico cuerpo por un momento.

Después, con el collar en sus manos, se situó frente a ella y le dio una nueva orden.

–Alza la cabeza.

Ella lo hizo, lo más que pudo, manteniendo la postura. El cuero del sujetador se le clavaba por todas partes, pero ella seguía erguida, ofreciéndose a su futuro amo.

El abrió el collar y se lo mostró.

–¿Qué deseas?

Contestó, sin mirarlo–, ser tuya.

–¿Cómo lo harás?

–Sométeme, señor.

–¿Estás preparada?

–Lo estoy, señor.

Tras un instante de silencio él acercó el collar a su cuello y lo colocó, cerrándolo a continuación y ajustando las correas.

–Este collar que recibes te convierte en mi esclava. A partir de este momento te dirigirás a mi como “amo”. Observarás la conducta que te he enseñado en estas semanas y me obedecerás ciegamente en todo. Yo debo bastarte y el honor de ser mi esclava servir de suficiente felicidad para ti.

Mientras hablaba ella olvidó el dolor que las correas de cuero le producían, olvidó la sensación de escozor que su mejilla aún le traía, olvidó el lugar, el tiempo y las circunstancias en las que se encontraba y disfrutó del instante inicial de suma entrega, de sumisión total, de abandonarse a sí misma y saber que su voluntad y sus actos quedaban desde aquel momento a merced y a discreción del hombre que le había colocado aquel collar.

Él recogió la capa con una mano y la colocó de nuevo sobre sus hombros, sujetando los ganchos de las argollas del collar. Una vez hecho esto hizo que el negro terciopelo la cubriera por completo. Se colocó de nuevo delante sin que ella pareciera haberse dado cuenta.

–En pie–. El súbito mandato la sacó de su trance.

–Sí, mi amo–. El código de “lenguaje” exigía que, a partir del momento de su investidura contestara de este modo a cualquier orden suya. Obedeció, levantándose y colocando los brazos al costado.

–Como sabes–, dijo–, no encuentro en castigarte placer ninguno, sino la obligación que te debo, como mi esclava, de conducirte a alcanzar el máximo grado de entrega y sumisión. La ira no entra dentro de las “actitudes” aceptables en una esclava y, por tanto, por haberte mostrado furiosa haces unos minutos, serás castigada.

Un silencio tenso invadía la habitación–. Colócate frente a la pared.

–Sí, mi amo.

El tomó la fusta que había sobre la cama, una delicada miniatura, plegable, finamente trabajada en cuero trenzado, y que cabía perfectamente dentro de su maletín. Se situó tras ella.

–Prepárate para tu castigo–. Ella contestó afirmativamente de nuevo, y puso ambas manos en la pared, inclinándose hacia delante para hacerlo.

El, entonces, se acercó, tomó el borde de la capa y la recogió hasta que colgaba a un lado de su cuerpo. Observó las piernas de la joven, largas y esbeltas, su trasero, que pronto azotaría para corregirla, y el liguero ajustado alrededor de la cintura. Se recreó también en la curva de su espalda, desnuda igualmente, excepto por las tiras de cuero del sujetador y coronada por el collar con el que acababa de convertirla en su esclava.

–¿Por qué vas a ser castigada?

Ella, ahogando un sollozo, contestó–, mi amo, voy a ser castigada por mostrar mi furia. Voy a ser castigada por mi bien. Estoy arrepentida por mi falta y ruego me disculpes y me perdones después de castigarme. Jamás volveré a cometerla. Deseo sentir la severidad de tu castigo y la dulce caricia de tu perdón–. Y, terminada la fórmula aprendida del arrepentimiento, una lágrima recorrió la mejilla, aún colorada por el abofeteo recibido.

Ella lloraba de tristeza, por haber desobedecido a su amo, lloraba de dolor por no haber estado a la altura, lloraba por obligarlo a castigarla y por no ser, aún, suficientemente sumisa, por no haber alcanzado el estadio de total entrega que anhelaba. No temía al castigo, ni deseaba evitarlo, ni la excitaba especialmente recibirlo. Quería entregarse a él y deseaba, sobre todo, su perdón.

Entonces, él, levantando en el aire la fusta dijo:

Muy bien. Hagamos como deseas–. Y comenzó a azotarla.

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4 Enero 2008

La biblioteca

Autor: Bilbospk.

Mr. Wihtington era severo, de gesto adusto, serio en el trato, distante y frío. Jamás conocieron sus labios el placer de sonreír. Su esposa era algunos años más joven. Bonita aunque algo frívola, gustaba de vestirse cada día para almorzar.

El matrimonio tenía tres hijos, dos chicos y una chica, educados entre la severidad paterna y el abandono materno. Los cinco se sentaban en aquel momento a la mesa del amplio comedor de la mansión.

Mr. Whitington se dedicaba al comercio con las colonias. Importaba té y otros productos, que vendía luego, a buenos precios, en la metrópoli. Su suegro, a pesar de ser un noble de alta cuna, había tenido la suficiente perspicacia como para establecer los necesarios contactos en la época de esplendor colonial, contactos que Mr. Whitington explotaba ahora, en beneficio de la empresa familiar.

Ocupaba sus mañanas leyendo el Chronicle, cablegrafiaba a la India regularmente y, en general, gobernaba con mano de hierro todos sus negocios. Con similar control férreo regía su hogar y tanto su mujer como sus hijos habían sufrido, en algunas ocasiones, las consecuencias de su estricta manera de gestionar cuanto le rodeaba.

Mr. Whitington insistía sobremanera en la puntualidad como virtud superior, de la que todas las demás emanaban. Según él, un espíritu disciplinado hasta conseguir someterse a la dictadura del reloj estaba preparado para acometer con éxito cualquier empresa. Por ello, cuando el gran carillón dio las dos sin que nada sucediera, empezaron a producirse miradas nerviosas entre la madre y sus tres hijos. Cuando hubieron pasado tres minutos de las dos sin que la puerta del comedor se hubiera abierto las miradas comenzaron a acompañarse de carraspeos y cuando, poco después, se oyó un fabuloso estruendo en el vestíbulo y Mary, el ama de llaves, entró, arrebolada, en el comedor, sin apenas resuello, toda la familia estaba convencida de que una catástrofe estaba a punto de suceder.

Mary se detuvo junto a la mesa. Aún jadeando y tosiendo por la frenética carrera, trataba de dar explicaciones al señor. La voz se entrecortaba y al mismo ritmo crecía la impaciencia de Mr. Whitington. Visiblemente contrariado, no pudo sino espetar un “Cálmese, Mary, por Dios”, que mas bien parecía un ladrido. Mary dio un respingo. Parecía que el grito le había devuelto de golpe la respiración.

–Una catástrofe, señor, ay, ¡que desgracia!, ¡esta chica...!, ¡si ya se lo decía yo...!, ¡ay, Dios mío!

De nuevo ladró la voz grave de Mr. Withington.

–Mary, haga el favor de explicarse coherentemente si no quiere que le haga directamente responsable de eso tan horrible que ha pasado–. Solía ser muy propio del señor buscar culpables antes incluso de conocer el crimen.

Mary, calmada, a la fuerza, por el tono de voz de su señor, explicó, aunque a duras penas, los sucesos.

–Es Clara, señor. Le tengo dicho que debe ser mas tranquila y pausada, pero estas chicas jóvenes ya se sabe...

–Mary...–, advirtió Mr. Whitington y la mujer abandonó la especulación para pasar, de nuevo, a describir los hechos.

–Señor, Clara subía con la sopera para servir la comida y ha tropezado en las escaleras del vestíbulo y ha derramado toda la sopa...–, dijo compungida.

–La sopera se ha roto–, prosiguió.

Mr. Whitington, sin mover prácticamente un solo músculo ni mostrar emoción alguna, preguntó.

–¿Puedo saber por que ha tropezado Clara? Sin duda venía corriendo ¿no es eso?

–Sí señor. Clara venía corriendo... porque se había retrasado. Ya pasaban tres minutos de las dos y...

–Es suficiente, Mary. Es obvio que hoy no comeremos sopa. Tratemos de no morirnos de hambre entonces. Ordene que se sirva el segundo plato inmediatamente. Puede retirarse.

La ironía, a veces rozando el sarcasmo más grueso, era un rasgo que adornaba el incisivo verbo de Mr. Whitington.

–Señor... yo...–, balbuceó Mary, en respuesta. Pero Mr. Whitington no tenía paciencia aquel día, (ni ningún otro, si de eso se trata), y la interrumpió.

–Puede... retirarse,... Mary–, repitió, recalcando cada palabra.

Mary, oyéndolo, recogió ligeramente sus faldas y huyó, más que marcharse, del comedor, diciendo entre dientes: “Sí, señor. Ahora mismo, señor”

La comida transcurrió en el más absoluto de los silencios y, quién más, quién menos, todos se sentían contentos y aliviados de no encontrarse en el lugar de la pobre Clara. Cada uno de ellos sabía perfectamente lo que aguardaba a aquella desdichada chiquilla.

Al terminar de comer, Mary entró de nuevo en el comedor. Mientras una de las doncellas retiraba los platos, preguntó al señor:

–¿Tomará usted café en su despacho?

–No, Mary, está bien, gracias. Le llamaré cuando la necesite.

La señora, preguntada igualmente, ordenó que lo subieran a su habitación. Los chicos, que, por supuesto, no tomaban café, se disculparon y se dispusieron a irse. Mary esperaba junto a la puerta a que salieran, para abandonar igualmente el comedor. Antes de que lo hiciera, Mr. Whitington se dirigió a ella.

–Mary–, le dijo–. Informe a Clara que su presencia es requerida en la biblioteca inmediatamente.

–En seguida, señor.

Y partió, rauda, a cumplir el mandato recibido. El hombre salió del comedor por otra de las puertas que la estancia poseía y se dirigió a la biblioteca.

Al poco rato, se oyeron unos golpecitos en la puerta, que se abrió ligeramente. Mr. Whitington pudo oír la tímida voz de Clara.

–Señor...

Clara no podía verlo porque estaba sentado en el alto sillón de orejas que había al fondo de la sala, de espaldas a la puerta. Pero lo oyó contestar.

–Pasa, Clara, pasa.

Los tacones de la doncella resonaron sobre el entarimado.

–Mary me dijo...– comenzó a decir, pero fue interrumpida por el señor. En realidad, Mr. Whitington estaba acostumbrado a interrumpir a su antojo a todos aquellos con los que hablaba. El personal de servicio no era obviamente, una excepción. Clara se detuvo en seco.

–Quédate donde estás, Clara. Hace tiempo que estás a mi servicio y mi descontento respecto a ti ha ido en constante aumento. Accedí a que formaras parte del servicio de mi casa por recomendación de tu tía, que fue una excelente ama de llaves. Sabía de tu falta de experiencia...

Hizo una breve pausa.

–Y me preocupaba, no pienses que no. Aprenderá rápido, me decían...

Se detuvo de nuevo, como sopesando su próxima frase.

–Pero desgraciadamente no ha sido así. Has ido de mal en peor. Has cometido falta tras falta... ¡hasta hoy! Lo de hoy es intolerable.

La chica sintió el impulso de contestar algo pero se contuvo. En realidad, lo hizo justo a tiempo, porque el enojo de Mr. Whitington era ya muy grande.

–Lo de hoy... como te digo... es más de lo que estoy dispuesto a aguantar. He estado pensado en despedirte.

–Señor, pero yo...

Clara no puedo contenerse más.

–­¡¡Silencio!!– gritó el señor –si vuelves a hablar sin que te pregunte tu castigo será mucho peor–. Hizo de nuevo una pausa y, aunque Clara había oído claramente la palabra castigo, estaba casi petrificada por el súbito ataque de ira y no dijo nada.

­–No te voy a despedir. Eso sería demasiado fácil. No. Te voy a castigar. Te voy a castigar por cada una de las faltas que has cometido hoy–. Hizo una nueva pausa y continuó regañando a la joven. Ella miraba en la dirección de la voz completamente aterrorizada y sin mover ni un músculo.

–Todo lo que ha sucedido hoy...–, dijo Mr. Whitington, –ha venido provocado por tu falta de puntualidad. Si hubieras tenido las cosas listas en su momento, no hubiera sido necesario que te apresuraras por las escaleras.

–Además, has sido descuidada–, prosiguió. –No pusiste la necesaria atención y tropezaste, rompiendo una pieza de mi valiosa vajilla. Eres una persona muy descuidada y tu falta de atención y diligencia será castigada también.

La chica lo escuchaba sin saber que significaba toda aquella retahíla. Sobre todo, no comprendía muy bien las repetidas alusiones a los castigos que debía recibir. Sin embargo, no abrió la boca:

–Finalmente–, habló nuevamente el señor, –sabes muy bien que no se debe correr. Todo el personal a mi servicio debe mostrar unas maneras y modales adecuados, dentro de los cuales no se encuentra el correr por la casa como si fueras uno de mis caballos. Recibirás similar trato al que reciben ellos cuando no me obedecen, para que aprendas que correr por los pasillos está absolutamente fuera de lugar en este casa.

El silencio que se hizo tras las palabras de Mr. Whitington no presagiaba nada bueno. Clara estaba impaciente por conocer el desenlace de aquella situación, aunque sabía que no le resultaría agradable. Deseaba, sin embargo, conocer cuanto antes el castigo que la esperaba, pues tenía los nervios de punta y la tensión de la espera la estaba matando.

–Sitúate frente a la columna que tienes a tu izquierda. La que tiene el espejo.

Aunque el hombre se encontraba aún sentado en el alto butacón, y, por tanto, de espaldas a la escena que se desarrollaba, el sonido de unos pasos tímidos le informó de que su orden había sido cumplida.

–-Abre el cajón que hay al lado del espejo.

La columna frente a la que estaba la doncella era de sección cuadrada y sobresalía ligeramente de la pared. Sobresalía justo el espacio necesario para alojar las altas estanterías llenas de libros. Todas las columnas de la biblioteca eran iguales, pero solo de ésta colgaba un alto espejo, que casi llegaba hasta el techo. La estanterías disponían, en su parte inferior, de un espacio cerrado por puertas, que alcanzaba a la altura de la cintura, venía a continuación un cajón y continuaba, hacia arriba, una sucesión interminable de estantes, que alojaban la estupenda colección, de casi tres mil quinientos volúmenes, que Mr. Whitington poseía.

Mientras alargaba la mano, temblando, hacia el cajón, muerta de nervios y de temor por lo que allí encontrara, se tropezó, casi por casualidad, con su imagen en el espejo. Su cara de susto, blanca como una hoja de papel, la sobresaltó. Sin embargo, no fue comparable con la impresión que recibió al volver a mirar hacia el cajón, ahora abierto, y descubrir lo que contenía. El cajón estaba vacío excepto por un único objeto. Tenía éste un puño de una sustancia nacarada, de color marrón claro, terminado en un anillo de metal dorado en el que se encastraba una horrible vara de rattan, de color amarillento. Clara se estremeció.

–Sácala y déjala sobre la mesa.

La voz de Mr. Whtington, más parecida a un rugido que a otra cosa, evitó que hablara. Retrocedió de nuevo, temblando ahora sí, visiblemente, mientras imaginaba el destino de aquella vara, y la depositó sobre una pequeña mesita que había casi en el centro de la estancia. La vara sonó al ser apoyada contra la madera del mueble y Clara se estremeció de nuevo. Aunque no del todo, empezaba a comprender la naturaleza se su castigo.

–Vuelve a situarte frente al espejo–, le ordenó Mr. Whtington.

Mientras la doncella, con el corazón latiendo a toda velocidad, la cara blanca como la nieve en invierno y su cuerpo cimbreándose y estremeciéndose como las hojas de los árboles del jardín, se colocaba donde la habían indicado, Mr. Whtington se levantó.

Caminó lentamente, procurando que el sonido de sus pasos resonara y que la joven fuera consciente de que el momento de recibir su merecido se acercaba.

–Tu comportamiento es intolerable, jovencita. Lo he soportado sin tomar las debidas acciones hasta hoy–, decía mientras caminaba. –Ya veo que he sido excesivamente magnánimo contigo. Veremos si utilizando otros métodos conseguimos inculcar un poco de disciplina en esa linda e irresponsable cabecita.

Pasó junto a la mesa y tomó la vara en sus manos, haciéndola girar entre los dedos mientras la observaba. “Hermoso instrumento”–, pensó. Y su imaginación voló, anticipando el momento de golpear con ella, con toda severidad, las desnudas nalgas de la chica.

–Vas a ser castigada por tu falta de atención. Serás golpeada como los animales de mis caballerizas. Bestias irracionales que no atienden otro lenguaje que el del castigo y la severidad. ¡Bájate la falda!

La doncella, completamente aterrorizada por la ceremoniosa regañina que estaba recibiendo, con los nervios a flor de piel por temor al castigo que se avecinaba, e incrédula por haber oído que se le requería desnudar su parte posterior, no pudo evitar exclamar: “Pero, señor, yo.....”

Pero fue interrumpida de nuevo por la voz atronadora del señor.

–Silencio. ¡¡Silencio!! ¡¡¡Silencio, silencio, silencio!!! ¿Es que no has aprendido aún que no debes hablar más que cuando se te pregunte?– El señor sonaba ahora amenazadoramente enojado y casi fuera de sí. Clara maldecía el impulso que la había llevado a proferir la exclamación que había desatado esta nueva oleada de regaños y temía el recrudecimiento que ello pudiera producir en la severidad del castigo que recibiría.

–No sólo no pareces darte cuanta de la muy complicada situación en la que ya te encuentras sino que te permites el lujo de responder y cuestionar mis órdenes. ¡Serás golpeada con el cinto por esta nueva muestra de indisciplina! ¡Es obvio que voy a tener que mostrarme especialmente duro contigo si quiero obtener algo positivo de ti! ¡¡He dicho que te bajes la falda!!

La doncella, consciente, por primera vez, del problema en el que se hallaba metida, comenzó a desabrochar la prenda y, lentamente, con un suave movimiento de caderas, la hizo deslizar por sus muslos, enfundados en negras medias, hasta que cayó al suelo. Simultáneamente, una lágrima había rodado por su mejilla y se encontraba a punto de caer sobre la delicada curva de sus hombros.

El señor, observaba a la doncella sin perder detalle. Estaba situado detrás de ella y, por tanto, la joven no podía ver la mirada llena de lascivia, que bailaba en sus ojos. Vestía Clara una blusa blanca, parte del uniforme, la cual, liberada de la falda, flotaba alrededor de su trasero, ocultándolo. Justo debajo del borde de la tela se podía contemplar el comienzo de unos muslos exquisitamente torneados.

La mirada de Mr. Whtington devoraba la anatomía de su sirvienta, fijándose, algo más abajo, en unas pantorrillas fuertes pero esbeltas y en unos finos tobillos, que desaparecían dentro de unos zapatos de grueso tacón, negros, como la mayor parte del uniforme que utilizaba el servicio.

–Chiquilla irresponsable...– murmuró.

Llevó la mano derecha a la hebilla de su cinturón y, mediante un lento y estudiado movimiento, liberó el mismo. Clara oyó el sonido que producía, como había oído el resto de los sonidos, con dolorosa nitidez, aumentada, si cabe, por la reverberación que causaban los altos techos de la biblioteca. Escuchó, del mismo modo, el deslizar del cuero alrededor de la cintura de Mr. Whitington, hasta que éste quedó colgando de su mano.

–Bájate las bragas.

Clara estaba muy asustada, pero hizo un esfuerzo sobrehumano por no contestar, por no emitir ni el más leve sonido, y llevó ambas manos hacia su espalda. Lloraba, en silencio, sin poder evitar que su imaginación, desbocada por la tensión y el temor, le proporcionaba, aún sin haber empezado todavía el castigo, vívidas recreaciones de la sensación de insoportable dolor que estaba a punto de sufrir.

Introduciendo las dos manos por debajo de la blusa, alcanzó el elástico de su ropa interior y lo deslizó hacia abajo. Lo hizo cuidadosa y lentamente y Mr. Whitington, atento a sorprender aunque sólo fuera un leve atisbo del trasero de la chica, no pudo satisfacer en gran medida su pervertido instinto. Lo cierto era que, desde el mismo día en que Clara entrara a su servicio, había imaginado la irresistible sensualidad que aquella parte de su cuerpo debía atesorar, y, ahora, encontrándose tan cerca del instante en que se le mostrara en toda su redondez, estaba impaciente por descubrirla.

Sin embargo, no era hombre que consintiera en negarse la satisfacción de un deseo, en especial de uno tan apremiante como aquel.

–Coloca las manos sobre la cabeza.

El llanto se hizo más patente, aunque continuaba siendo silencioso, excepto por algún suspiro que escapaba, incontrolado, de los labios de Clara. La chica se daba cuenta de que, al subir los brazos la blusa subía también, y dejaba completamente al descubierto sus nalgas, a merced de la lasciva mirada del señor.

Mr.Whitington anunció el castigo.

–Te azotaré tres veces con el cinto por tu insolencia, al contestarme. A continuación te golpearé tres veces con la vara por cada una de tus tres faltas. en total nueve veces. ¡Prepárate!

Dobló el cinturón, juntando la punta y la hebilla, y agarrando ambas con la mano cerrada, de modo se formaron dos bucles, con el más largo de los cuales se proponía castigar el femenino trasero que se le ofrecía. Un sollozo llenó la estancia. Clara lloraba ahora desconsoladamente.

Levantó la mano que sostenía la correa por encima del hombro y, tomando impulso, golpeó con ella ambas nalgas. El cinto resonó, con un chasquido sordo que resultó excitante a los oídos del señor y en cierta medida liberador para la doncella. Hacía rato que deseaba el comienzo de la tortura.

–Así aprenderás a hablar sólo cuando se te pregunta–. Las palabras de Mr. Withington llegaron a oídos de la chica al mismo tiempo en que la súbita punzada de dolor estallaba por todo su trasero; recorría, con un estremecimiento, toda su columna vertebral y producía un grito ahogado en sus labios.

Inspiró fuertemente, desagradablemente sorprendida por un dolor bastante más intenso de lo que había esperado, pero no se movió de donde estaba.

–Eres una chiquilla irresponsable y desobediente–. El cinto volvió a elevarse y el señor hizo que impactara de nuevo, en toda su longitud, sobre las nalgas de la joven, cruzándolas de lado a lado, algo más abajo que el azote anterior. El trasero se coloreó inmediatamente y el enrojecimiento se tornó aún más intenso en pocos segundos. Mr. Whitington, atento a cada uno de estos detalles, sentía su excitación ir en aumento.

Clara, mientras tanto, dejo escapar un nuevo grito e inspiró de nuevo, varias veces, bajo la violencia del azote.

Por tercera vez levantó el cinto el señor y por tercera vez golpeó éste la parte posterior de Clara, chasqueando violentamente antes de quedar de nuevo en el aire, pendiendo de la mano de Mr. Whitington. Clara profirió esta vez un largo ¡ay! y suspiró descontroladamente unas cuantas veces. El señor sabía que no resistiría mucho más, sabía que pronto el llanto, que hasta entonces había estado provocado por el miedo, pasaría a ser producido por el dolor casi insoportable que sin duda sentía. Sabía que se convertiría en un prolongado sollozo estentóreo y la imagen lo volvía loco de excitación y de perverso deseo.

Dejó el cinto sobre la mesa descuidadamente y la hebilla resonó contar la madera. Clara sintió una punzada de temor, leve, ciertamente, mezclada con la intensa sensación de escozor y las ardientes oleadas que su trasero le enviaba, pero cierta, ante su desconocimiento de lo que el nuevo implemento le causaría. Estaba segura de que el señor tomaría, ahora, la vara que ella había sacado, para su desagradable sorpresa, del cajón junto al espejo.

–Estoy seguro de que has aprendido que no se debe hablar alocadamente y mucho menos cuando nada se te ha preguntado.

Clara había aprendido perfectamente aquella parte, sí, mas no prestaba excesiva atención a las palabras de Mr. Whitington. Mas bien no podía desviar prácticamente ninguno de sus cinco sentidos de su ardiente trasero. Le parecía, además, que el dolor se volvía más intenso conforme pasaba el tiempo.

–Continuaremos con la vara. Tres azotes por cada una de tus faltas, como ya te anuncié. Nueve en total, chiquilla descuidada. Tu comportamiento es exasperante pero..., hoy ..., hoy, hijita, empezarás a mejorarlo. No te quepa la menor duda.

Clara temblaba y lloraba silenciosamente. El trasero le dolía horriblemente y aún debía recibir nueve varazos, que imaginaba dolerían como el diablo. Escuchó el ruido que Mr. Whitington hizo al levantar la vara de la mesa y ahogó un gemido.

–Prepárate–, dijo, mientras hacía silbar la vara en el aire. Su expresión estaba llena de una perversa satisfacción, de una sucia y perversa satisfacción por el modo en que la doncella mostraba el temor al castigo.

–La puntualidad...

Trató de parecer severo pero la morbosa excitación que sentía se lo hacía cada vez más difícil. Volteó en el aire la vara, que describió un amplio arco antes de caer sobre el trasero desnudo de Clara. En el último instante giró violentamente la muñeca para aumentar la fuerza del impacto.

Su gemido de satisfacción se confundió con el grito agudo de la joven, que tembló y se balanceó ligeramente hacia delante, antes de recuperar el equilibrio.

–...es fundamental si quieres...

De nuevo voló la vara y de nuevo agredió con saña las nalgas ya doloridas de Clara. Sobre la piel, aún uniformemente enrojecida tras el castigo con el cinturón, se dibujaban ahora dos claras franjas, de un intenso color bermellón. Mr. Whitington las contempló extasiado.

–...continuar estando a mi servicio.

Por tercera vez se oyó el silbido de la vara. Por tercera vez la muñeca de Mr. Whitington se quebró en el momento preciso. Por tercera vez las paredes de la biblioteca devolvieron el eco del chasquido del instrumento sobre la desnuda piel, del grito agudo, desgarrado de la chica y de los gemidos y suspiros que lo siguieron.

Mr. Whitington, disfrutando internamente cada sonido, cada movimiento, cada reacción que los golpes provocaban, interrumpió el castigo. Observaba el trasero, sin duda dolorido de la doncella, coloreado de manera irregular ahora, y se recreó en la visión que se le ofrecía.

–Veo que comienzas a aprender tu lección.

El llanto de la chica era ahora continuado, y su pecho subía y bajaba al ritmo de sus sollozos. No era ajeno el señor a este movimiento, que observaba sin perder detalle en el reflejo que el espejo le devolvía. Había calculado que obligar a la doncella a situarse frente a éste aumentaría la sensación de humillación que el castigo le produciría, facilitándole a él, al tiempo, la contemplación de toda su anatomía.

–Continuemos...–, dijo, haciendo silbar, de nuevo, unas dos o tres veces la vara en el aire.

Luego, sin previo aviso, giró su antebrazo y azotó con fuerza las nalgas de la chica. El golpe, cruzado en diagonal, la tomó por sorpresa y se oyó un largo quejido salir de sus labios. El hondo “ay” se transformó, al cabo, en llanto, haciendo, sin duda, las delicias de Mr. Whitington, cuyo sadismo no parecía aplacarse aquella tarde.

–Has de permanecer atenta a tus quehaceres en todo momento... ¿me has oído bien?

La respuesta demoró unos segundos, pero la chica estaba demasiado asustada como para no contestar la pregunta que se le dirigía y, venciendo el llanto, dijo, entre gemidos lastimeros:

–S.., s..., ss... si.

Mr. Whitington, que aguardaba con el brazo en alto a escuchar la voz de Clara, la golpeó otra vez, cruzando ahora su trasero en la diagonal opuesta a la anterior, de modo que la vara, flexible y delgada como era, pareció abrazar a Clara, marcando groseramente la parte superior de su muslo y el lateral de éste, antes de retroceder en el aire, obligada por la muñeca implacable del señor.

Un nuevo y prolongado grito se oyó en la inmensa biblioteca, y resonó por un tiempo. Sin duda, cualquiera que pasara por el corredor, en el exterior, podría escuchar, aunque apagado, el femenino lamento.

Aunque nadie se hubiera atrevido aquella tarde, a enojar más aún al señor, dos o tres sirvientes se las arreglaron para atarearse en labores que requerían su paso por aquel lugar de la casa, deteniéndose, un poco, para sorprender alguno de aquellos quejidos. A lo que parece, no era Mr. Whtington el único que en la mansión disfrutaba provocando u observando el dolor ajeno.

–No toleraré más despistes como el de hoy ¿está claro?

No espero esta vez a obtener la respuesta. Azotó de nuevo las nalgas de la doncella, furiosamente, haciendo aparecer una nueva franja de intenso color rosado.

Si el nuevo grito de dolor pudiera haber sido más profundo e intenso que los anteriores, aquel lo fue, para delicia del perverso hombre. Mezclado con el mismo Clara dejó escapar un “Sí”, apenas perceptible de puro desgarrado.

Como anteriormente, cumplido el castigo por la segunda de las faltas cometidas por la doncella, Mr. Whtington hizo una pausa. Escuchaba atento el llanto, que casi se confundía con un gemido ininterrumpido. Observó de nuevo, con absoluto deleite, el coloreado trasero y se recreó, igualmente, en las subidas y bajadas del pecho de la joven bajo la blusa.

Se le antojó generoso y muy posiblemente terso y turgente. No tenía duda de que la doncella volvería a caer, con el tiempo, en nuevas faltas. Fantaseó con castigar la próxima haciéndola colocarse sobre sus rodillas, lo que le permitiría sentir aquellos pechos, que juzgaba deliciosos, apretarse y danzar sobre sus muslos.

Borró de golpe aquel pensamiento para centrarse en finalizar el castigo anunciado.

–Clara, esta casa es respetable, y exijo que en la misma se mantenga la más estricta urbanidad y formas intachables. Correr desaforadamente por los pasillos de mi casa no entra, en absoluto, dentro de esta consideración.

–En absoluto–, remarcó.

–En mis fincas los únicos seres que tienen libertad para correr a su gusto son mis caballos. Y cuando desobedecen, los mayorales tienen orden de corregirlos duramente... como a ti ahora.

Acompañó las palabras con la acción y azotó nuevamente a Clara. Esta se estremeció, sorprendida, y el gemido de su llanto se convirtió por unos instantes en un grito agudo, que volvió a tornarse sucesión de gemidos, suspiros y sollozos.

Aunque el golpe no había sido tan fuerte como los anteriores, la joven tenía su parte posterior mucho más dolorida que su orgullo, con haber sido éste humillado claramente, e incluso el más leve de los azotes le producía un dolor casi insoportable.

–En lo sucesivo, caminarás por todas las estancias de mi casa con la debida compostura ¿está claro?

Aguardó un poco, pero viendo que la respuesta tomaría su tiempo, levantó la vara y golpeó una vez más. Lo hizo, esta vez, más abajo, prácticamente sobre el comienzo de los muslos de Clara. Al sentir el golpe sobre aquella parte de su anatomía, aún no visitada por la vara, la doncella gritó con fuerza y el lamento se prolongó durante varios segundos. Estuvo a punto de perder el equilibrio y solo manoteando con desesperación en el aire, antes de volver a colocar ambas manos sobre la cabeza, consiguió evitarlo.

Finalmente contestó de modo afirmativo a la pregunta anterior, que aún flotaba en el aire.

Tan solo quedaba un golpe para terminar el castigo y Mr. Whtington había alcanzado un nivel de excitación, dentro de sí se había acumulado tal tensión contenida, tal lasciva y morbosa sensación, que deseó liberarlas de una vez en aquel postrero azote.

Se apartó de la doncella uno o dos pasos. Midió en el aire la distancia y se preparó para descargar el último golpe.

–Esto te enseñará a comportarte mejor en lo sucesivo.

Y, mientras lo decía, echó hacia atrás la vara, desanduvo los dos pasos, se impulsó con fuerza y azotó salvajemente las nalgas de la doncella por última vez. La vara rebotó con violencia y quedó cimbreándose en el aire. Mr Whitington tenía la respiración agitada y la mirada perdida, enfermo de deseo.

La doncella, al sentir el último de los varazos, gritó descontroladamente, se inclinó hacia delante, casi cayendo al suelo, dio un paso o dos... y lloró con una mezcla de desconsuelo y alivio, al saber el castigo terminado. El trasero le escocía horriblemente, pero la sensación de saber que no había de sufrir más azotes le compensaba de aquello.

El señor trataba de recuperar el resuello mientras la miraba. Le parecía tremendamente hermosa y apetecible, mas no estaba a su alcance.

–Vístete. Confío en no volver a oír de ti en una larga temporada.

Clara recogió del suelo, con dificultad, su ropa interior y la hizo deslizarse de vuelta a su lugar, no sin que ello provocara aún algún gemido adicional, al rozar la tela los lugares más maltratados de la piel de su parte posterior.

–Ya sabes lo que te sucederá si vuelves a comportarte descuidadamente.

Clara lo sabía demasiado bien. Subió su falda y la abrochó, metiendo la blusa por dentro de ella a continuación.

–Fuera de mi vista–, tronó la voz, ahora no tan severa e inquebrantable de Mr. Whitington.

La joven no esperó a que se lo indicaran dos veces.

–Con su permiso, señor.

Se apresuró hacia la puerta, sin correr. La abrió, procurando no hacerlo con demasiado ímpetu, y salió de la biblioteca, desapareciendo a los ojos del señor.

Mr. Whitington retomó su lugar en el alto sillón. En su interior quedaba un regusto amargo, una incómoda sensación de deseo no cumplido, de pasión, de perversa excitación no satisfecha. Se levantó, disgustado, y se dirigió a sus habitaciones.

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Fantasías recurrentes... La erótica de los azotes.

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Pues si... soy un poco maniática para esto de los blogs y no me gusta que se mezclen mucho los temas, así que además de seguir con el "Confessions on a spank floor" voy a dejaros aquí mis pequeños relatos sobre azotes. También me encantaría recibir alguna colaboración de los lectores, a ver quien se anima. Selene.

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