La Coctelera

Fantasías recurrentes... La erótica de los azotes.

Categoría: Relatos Cruzhada

25 Marzo 2007

Ajuste de cuentas.

Autor: Cruzhada.

Lo reconozco, no me supone esfuerzo meterme en líos y sé que te doy muchos quebraderos de cabeza, jugador de escondite. Y que te sentó fatal que te diera plantón en mitad de la calle la otra tarde, dejándote con la palabra en la boca. Sólo fui a comprar la merienda, tampoco era para tanto… sólo 5 minutos cronometradísimos, pero… te enfadaste. Y eso quedó patente desde el mismo momento en que me viste volver; cuando me empezaste a regañar seriamente por ese comportamiento, todo ello coronado por la frase que desató el desastre: “hoy estamos en público, pero cuando te coja a solas… ve preparándote”. Ufff ¡menuda frasecita!

A eso le siguió un horrible malentendido entre los dos y todo un día de castigo de silencio, lo que me tiene aún tocada, pero al final tu voz al otro lado del teléfono, nuevamente me devolvió la ilusión.


- Te portaste realmente como una niña malcriada, ¿sabes? Fue una tremenda falta de respeto dejarme allí, con la palabra en la boca, viéndote alejarte, y sin poder acercarme y darte un buen par de azotes, que era lo que te merecías.
- Lo siento…
- No me sirve, pero haces bien en sentirlo. Espero que todo este día de reflexión te haya servido para darte cuenta del comportamiento tan infantil que demostraste.
- Sí, señor… lo siento –cualquiera decía que no, con lo serio que estabas.
- Bueno, pronto podré darte lo que te mereces, tranquila. ¿Sigues queriendo verme? Tenemos que hablar muy largo y tendido sobre unas cuantas cosas, ¿recuerdas?
- Claro, por mí sigue en pie.
- Bien, pero que te quede claro: vas a pagar muy caro el desprecio que me hiciste y no vas a volver a tener ganas de portarte así conmigo nunca más, ¿te queda claro?
- Sí, señor.



Y ahí se quedó todo. Yo me fui a trabajar y confieso que estaba algo nerviosa tras esa “conversación” tan “suave”. Pero bueno, eso sería dentro de dos días, así que aún tenía tiempo de asumirlo y encontrar la forma de suavizar tu enfado. Seguro que dos días después no estarías tan serio como en ese momento, porque el tiempo haría que se te olvidara un poquito. ¡Ja! ¡Yo me lo creí! ¡Ilusa!



Llegué al trabajo y la noche fue bastante suave en principio: los ruiditos normales, los compañeros que se marchan… todo muy tranquilo. Y de pronto unos golpecitos en el cristal de la puerta… y una cazadora muy conocida por mí… seguida de un chico muy interesante llamando a las puertas de mi trabajo, literalmente. ¿Qué hacías allí y cómo no te había oído llegar?


- Buenas noches, ¿molesto? –encantador, como siempre.
- No, claro que no – una vez que te hice pasar.



Nos abrazamos, te pedí perdón por ese horrible malentendido y nos besamos. Eso fue fácil. Lo malo fue que ambos teníamos mucho que aclarar y que lo pasamos fatal durante todo ese día de silencio, así que nos fuimos simplemente a buscar una bebida caliente y volvimos a sentarnos en la recepción del edificio, pues al fin y al cabo yo estaba trabajando. Y tú sabías perfectamente cómo sorprenderme aquella noche.



Hablamos con calma de lo sucedido, logramos aclarar los puntos conflictivos… te conocí un poco más y tú a mí me descubriste y me entendiste. Y te pedí que nunca más nos castigaras a los dos con silencio, puesto que para mí aquello fue el peor castigo recibido y para ti tampoco fue nada fácil y yo lo sabía. Me volviste a abrazar… y permanecimos varios minutos simplemente así, sabiendo que por fin todo había acabado de la mejor manera posible.



Pero no todo había terminado, sin que yo lo pensara siquiera.


- Ayer te comportaste muy mal, aprovechándote de que estaba trabajando para dejarme tirado en público y hacerme un desplante que no le toleraría a nadie –comenzaste a regañarme con voz muy firme. –Debería darte vergüenza comportarte así en la calle, vamos, es que si hubieras sido una nena pequeña te juro que te habrías llevado un buen par de azotes en el culo que te dejarían fina, ¡pero fina!



Yo, avergonzada y con las mariposas dando vueltas todas a la vez, escuchaba tu regaño con la cabeza baja, sin atreverme a replicarte. Al fin y al cabo fue por retar al spanker por lo que hice ese “desplante”, así que… tocaba aguantar la bronca como pudiera. Y no era una bronca suave, no, que el tono era bastante duro y no me atrevía ni a mirarte. Y cuando me soltaste la frase que sin lugar a dudas desemboca siempre en un inminente y severo correctivo, las mariposas casi me tiran al suelo del salto que dieron. Era una de esas frases que son todo un prólogo y que hacen que quien escucha, en este caso yo, para variar, sienta esa pizca de aprensión por el castigo que sabe que no va a poder eludir y que se acerca peligrosamente. ¡Cualquiera decía nada entonces!


Me pediste que te guiara a un lugar tranquilo, donde no pudiéramos ser vistos ni demasiado escuchados si alguien se acercaba a las puertas del edificio. Y yo, como un corderito, te llevé a un saloncito que hay cerca, donde te sentaste en el sofá de piel. Te quitaste la cazadora y, despacio, sin ningún tipo de prisas, te fuiste poniendo muy cómodo. Te quitaste todo lo que te pudiera molestar, cosa que nunca antes habías hecho, para evitar que me quedasen marcas. Alargaste el momento de espera como un retorcido maestro mientras yo estaba de pie ante ti, completamente inmóvil, esperando con esa mezcla de aprensión y deleite que antecede a todo castigo, mientras pasaban los minutos y tú seguías con tu ritual, dilatando el momento de inicio del castigo. Y sé que paladeaste goloso esos minutos, todos y cada uno de ellos, sabiéndome indefensa y completamente en tus manos.¡Cómo lo gozaste! Ya te voy conociendo, ¿verdad?


- Te has ganado de sobra la zurra que te voy a dar, jovencita, lo sabes. Te portaste como una niñata y eso lo vas a pagar bien caro. ¡Bájate los pantalones y los pantys! ¡¡Y rapidito!! No te mereces que esta vez empiece sobre tu ropa. ¡Vas a sentir todos y cada uno de los azotes, te lo juro!
- Por favor, no seas muy duro… sabes que estoy muy arrepentida de la forma estúpida en que te reté ayer –supliqué, obedeciendo sin dudar tu orden.
- ¿Qué no sea muy duro? ¡Eso habértelo pensado ayer, guapita! En ese momento no pude, pero hoy no me voy de aquí sin darte lo que te mereces.
- …
- Ven aquí ahora mismo.



Me cogiste y me colocaste sobre tus rodillas con un solo movimiento, dejando mis pies apoyados en el suelo, como las manos. En esa posición, me volviste a reprender, recordándome todo, absolutamente todo lo que sucedió aquella tarde. Yo no me podía mover, me tenías bien sujeta y no osaría tratar de escaparme, sabía muy bien el riesgo que corría si lo intentaba siquiera. Y me repetiste muy severo que me ibas a dar mi merecido… y comenzaste a azotarme con fuerza desde el principio, para luego seguir subiendo el ritmo y la intensidad. Ufff ¡cómo me dolía! Y te tomaste tu tiempo, más del que me tienes habituada, mientras me regañabas y continuabas azotando muy fuerte.


- Me voy a asegurar de que esto te queda claro: NUNCA JAMÁS ME VOLVERÁS A HACER SEMEJANTE DESPLANTE EN LA CALLE. ¿Comprendido, jovencita?
- Aaaauuuuu ayyyyy sí, señor, comprendido. No volverá… auuuuu… a ocurrir… aaaayyyyy


Paraste un poco para darme un respiro, pero mantuviste el control perfectamente. Aún sobre tus rodillas, me preguntaste lo que recé porque no me preguntaras, pero lo hiciste: “¿te has portado bien estos días, señorita? ¿Has comido, has descansado y dormido como debías sin entretenerte en el foro ni con el Messenger?”
- Nnnno, señor.



Eres un tramposo, ya sabías que esa respuesta sería la que te daría porque sabías que la tarde del reto no había dormido nada y te había dicho por teléfono que aquel mismo día había logrado dormir sólo una hora y media o dos a lo sumo. Pero me hiciste la pregunta porque eso te daría más motivos para mantenerme un rato más sobre tu regazo, así que me llevé la consabida bronca de campeonato por irresponsable y desobediente y por no cuidarme, cosa que te enfada sobremanera. Y me dijiste algo terrible: “Cuando termine la noche, no te van a quedar ganas de comportarte de este modo nunca más”. Y nuevamente tu mano comenzó a azotar aún más fuerte mis nalgas, ya muy doloridas.


Cuando te quedaste satisfecho por el color de mis nalgas, rojo intenso, y por el efecto que tenía en mí el castigo, mis quejidos y gemidos, me autorizaste a levantarme dejando claro que no debía mover ni un músculo más, sólo ponerme de pie.


- ¿Has traído algún instrumento? ¿Hay aquí algo que pueda utilizar como tal?
- No, señor.



Pero recordaste de tus incursiones a escondidas en el foro que hay un implemento que adoro y temo al tiempo. Yo, completamente quieta, como me ordenaste, y muy sorprendida, vi cómo, lentamente, con una lentitud exasperante y muy deliberada por tu parte, tu cinturón pasó de su lugar habitual a tu mano. ¡El cinto! ¡No podía ser! Pero me lo entregaste, mirándome muy serio.


- Vas a enseñarme a usarlo y vas a adoptar la posición que consideres mejor para que te castigue con este instrumento. Voy a darte mucho en que pensar esta noche por no haber sabido comportarte, ¿entendido?



No me quedaba más remedio, así que te enseñé a usarlo de forma segura para los dos: doblándolo por la mitad y protegiendo la hebilla con tu mano. Y me coloqué en posición de castigo sobre una de las sillas, apoyando las manos en el asiento, todo lo adelante que pude, hasta sujetar con los dedos el borde. Ibas en serio, no cabía duda.


- No temas. No van a ser muchos, ni tampoco demasiado fuertes… sólo 10, para que aprendas a no jugar con cosas serias, como tu salud.
Esperé a sentir el primero de los correazos, pero no llegó… antes me tenías algo más preparado.
- Antes de que comience, vas a reconocer una a una todas tus faltas y a decirme que te mereces el castigo que te está cayendo esta noche, ¿ok?



¿Sabes lo humillante que es eso? Sí, claro que lo sabes; lo sabes de sobra, que es humillante porque eso implica asumir y aceptar el castigo. Y eso para ti le añade un punto interesante a esas situaciones, ya lo sé. Te encanta doblegar mi orgullo, hasta cierto punto, más de lo que yo en principio suelo estar dispuesta a permitirte. Y seguro que esperabas que no cediera a tu intento, pero no contaste con que yo estaba muy arrepentida por todo lo sucedido a raíz del reto que te lancé en la calle, así que asumí que merecía ese castigo y te dije una por una todas mis faltas, alguna incluso desconocida por ti, como los 2 días que había pasado sin comer en condiciones (sólo el desayuno, nada para comer y apenas un poquito de cena). Eso te enfadó mucho, no esperabas esa confesión de faltas que ni sabías que había cometido.


- Bien, serán 3 más por cada día sin comer, para que no se te vuelva a ocurrir hacer una bobada semejante. Y subiremos un poco la intensidad además. Eso por lista, por pasarte de lista, más bien.



Comenzaste a medir la distancia adecuada. Y, uno a uno, los 16 azotes fueron cayendo con la suficiente fuerza para hacerme removerme en mi posición, sin abandonarla en ningún momento. Te pusiste el cinto de nuevo y te sentaste en el sofá otra vez, arrellanándote, sin permitirme moverme todavía.


- Espero que te haya quedado bien clarito lo que no voy a permitir que se repita, ¿verdad, niña traviesa?
- Sí, señor.
- Oye, en el foro siempre defiendes que OTK a ultranza, antes y después de un buen castigo. ¿Qué es OTK?
- Significa “on the knees”.
- Bien, ya sabes dónde has de colocarte, ¿verdad?



¡Retorcido! ¡Estabas disfrutando mucho desde tu posición de poder! Y naturalmente tuve que volver a colocarme en tu regazo, pero esta vez me bajaste el tanga que llevaba (con un gato acosando a unos ratoncitos inocentes, ironías de la vida) y sólo me diste unas cuantas palmadas suaves, sólo para que las notase, pero sin que me dolieran… esta vez. Y me comenzaste a acariciar las rojísimas nalgas y los muslos, con cariño, suave, como tú sabes hacerlo cuando quieres que me calme.


- Esto te pasa sólo por ser una mala chica. ¿Cómo te sientes, mi niña dulce?
- Duele mucho, pero la verdad es que me siento bastante aliviada.



Y luego sacaste el tubito de crema de manos, que al menos aliviaría en algo mi maltrecho culito. Me senté, con las dificultades obvias en el sofá, junto a ti, tras vestirme de nuevo… y ya todo fueron mimos y caricias que borraron todo el mal rato de lo sucedido el día del reto.





































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19 Marzo 2007

La zapatilla.

Autor: Cruzhada.

Ocho años de relación dan para mucho, fundamentalmente para conocer a la familia de tu pareja. Y si él es muy familiar, todavía más. Y así es Jorge, 16 años mayor que yo, maduro, encantador, responsable y muy familiar. ¿Quién nos iba a decir a nosotros que precisamente su sobrino favorito, el consentido de la familia, sería el motivo de mandar ocho años de relación al cuerno? Pues sí, eso es lo que ha pasado, y todo porque el niñito es irresponsable, vago, muy maleducado y demasiado caprichoso y consentido. Y claro, yo, como tía suya, tenía que enseñarle modales… pero Jorge no opinaba lo mismo y al final, en una bronca tremenda, terminó con nuestra relación.

Mario, así se llama el chico, llegó a casa para pasar las fiestas de Semana Santa. Tiene cinco años menos que yo, es decir, 22 añitos. Moreno, alto, guapo… lo tiene todo y todas las chicas que conoce suspiran por él, pero… a mí me tiene frita. No soporto a los niños malcriados y éste lo es, y mucho.

Cuando llegó, lo primero que hizo fue dejar su maleta en el rellano, esperando que su tío o yo la entráramos en la casita baja en la que vivimos, porque él tenía una urgencia. Bueno, hasta ahí parece normal la cosa. Si el chico tiene una urgencia…. Pero es que en cuanto llegó la hora de comer fue incapaz de poner la mesa; Jorge me ayudaba a poner los platos, los vasos, las servilletas… y el niñito estaba repantigado en el sofá, mano sobre mano, sin mover ni un dedo. Eso me puso muy nerviosa, pero por Jorge, que es muy sensible a las discusiones antes de comer, no quise decir nada. Me limité a poner la comida en la mesa y ya está. Y tuvimos una comida bastante tranquila. Claro, si no tenemos en cuenta que al terminar la comida había que fregar los platos y en casa había una norma: quien cocina no friega.

- Bueno, chicos, toca fregar los platos. ¿Te encargas tú, Mario? –al menos así tal vez movería un dedo.

- No puedo, he quedado con una chica que conocí esta mañana en el autobús para dar una vuelta.

- Tranquila, cielo, ya me encargo yo, que el chico acaba de llegar y está ocupadillo jejeje –Jorge, tan encantador como siempre, mimando al niño.

Me puse tan negra con ese comportamiento, tanto de Jorge como del niñato, que me fui a dar una vuelta y en el gimnasio me desahogué a gusto pegándole patadas al saco de arena; mi entrenador de kickboxing se quedó de piedra y ni se atrevió a dirigirme la palabra.

Cuando volví a casa, pasé por la habitación de Mario, para ver si necesitaba algo, pero lo que vi me dejó perpleja y más furiosa que antes: el cuarto estaba deshecho, la cama destrozada, toda su ropa desperdigada por ahí…. Me alejé cuanto antes, porque no quería toparme con él, puesto que le hubiera puesto firme pero ya. Eso sí, tomé nota mental de arreglar ese asunto en cuanto pudiera.

Esa misma noche, mientras esperábamos para cenar, sin que Mario hubiera llegado aún, Jorge me sermoneó acerca de la forma que había tenido de tratar a su sobrino favorito en la comida.

- Marina, no me gusta que trates a mi sobrino de esa manera. Él es un chico muy sensible y no está bien que le hagas fregar los platos el primer día que está aquí. Es un invitado, mujer. Deberías aprender a ser más cortés.

- Jorge, tu sobrino ya tiene edad para empezar a colaborar en las tareas de la casa. Le tenéis demasiado consentido y así jamás sabrá siquiera freír un huevo. No era demasiado pedir que te ayudara a poner la mesa, ¿no? Si tú puedes, él también tiene dos manitas.

- Marina, se acabó la discusión. Mario ha sido educado de otra forma. No hay más que hablar. Sólo aprende a convivir pacíficamente con él, ¿de cuerdo?

- Eso por no hablar de cómo tiene el cuarto, que parece una cochiquera y sólo hace unas horas que está aquí…

- Mira, cariño, sé que tienes algo de razón, que no está bien que sea tan desordenado, pero seguro que es porque acaba de llegar. Dale unos días de plazo y verás cómo se sitúa mejor, ¿vale?

Al final me tuve que rendir, quiero a Jorge y no quiero por nada del mundo que esté tenso, que lo pasa muy mal. Y al fin y al cabo, seguro que tendría oportunidad de arreglar las cosas con Mario. Así que seguimos esperando para cenar, hasta que le convencí, a las 23.30 h., de que ya era hora de que cenáramos nosotros, que seguro que Mario ya habría cenado fuera y se habría olvidado de llamar, con eso de que aún no estaba muy centrado por el largo viaje en autobús. Pero yo por dentro hervía de indignación. ¿Quién se creía que era el niñato ése para tratarnos así? ¡Si uno no viene a cenar, llama, por lo menos!

Aquella noche Jorge se fue a dormir pronto, pues a las cinco de la mañana se levanta para entrar a trabajar a las seis. Y curiosamente era mi día libre, así que me podía quedar más tiempo en la cama, pero le hice el desayuno y me volví a la habitación. A las seis y diez sonó el timbre… ¡Mario, que volvía de su fiestecita nocturna! Venía algo ebrio y entró alborotando, con una total carencia de respeto por todo y por todos. ¡Eso ya era demasiado! Esta vez no se lo pensaba consentir.

Tal y como entró por la puerta y antes de que se fuera a su cuarto a dormir, le enganché de la oreja y le llevé al salón. ¡Me iba a escuchar ese chiquillo!

- Aaaayyy Tía, que me duele.

- ¡Cállate! Ven conmigo y escúchame con atención porque no pienso repetirlo. Es la última vez que vienes a las tantas, sin haber avisado de que no vendrás a cenar y demostrando tan poco respeto por las normas de esta casa, ¿queda claro? –todo esto sin soltarle de la oreja, claro.

- Tía, esto duele. ¿Me vas a soltar ya o quieres que se lo diga a Jorge? Seguro que no le gusta enterarse de cómo me tratas.

En camisón de satén, tapada con una bata larga de satén a juego, toda despeinada y cabreadísima, me senté en el sofá, sin soltarle la oreja a ese mequetrefe, y le hice arrodillarse delante de mí. ¡Encima me amenazaba!

- A ver, niñato. Primero, a mí no me amenazas. Segundo, desde que has llegado has estado comportándote como un auténtico estúpido y maleducado, cosa que en mi casa no tolero. Y tercero… vas a probar algo que te ganaste desde hace muchos años y que nadie te dio a tiempo.

Llevaba mis zapatillas de andar por casa, unas chinelas de esas rojas con un pompón la mar de mono en el empeine, así que mientras le decía lo que llevaba tantas horas callándome, me descalcé el pie izquierdo con un leve empujón del pie hacia adelante, de forma que la zapatilla salió sola. La cogí y, armada con ella, le seguí sermoneando.

- Tienes la habitación hecha una cochiquera, lo que me parece vergonzoso para un chico de tu edad. Sólo tengo 5 años más que tú, pero te estás comportando como un crío… y así te voy a tratar. ¿Y sabes cómo se corrige a los críos? Poniéndoles el culo rojo a base de zapatilla.

- No te atreverás. Se lo diré a Jorge. No puedes hacer eso.

- No te confundas, chato. Estoy en mi casa y puedo hacer lo que quiera. Y te lo has ganado con creces. Y ahora, si no quieres que sea aún peor, te sugiero que te levantes, te bajes los pantalones esos de marca pija que me llevas, te coloques sobre mis rodillas y aceptes el castigo como el hombre que dices que eres. ¿O prefieres que el castigo sea a base de cinto? Te advierto que puedo ir al armario de Jorge y coger uno de los muchos que tiene allí. Y eso va a dolerte mucho más que esto. Tú mismo.

Esta vez fue obediente. Se quitó los pantalones y se colocó en mi regazo, como le había dicho. Y comencé a zurrarle de lo lindo con la chinela. Los azotes resonaban en toda la casa, fuertes, rítmicos, bien dirigidos… poniendo su trasero al rojo vivo. Y, en cuento me harté, a eso de los 50 azotes más o menos, simplemente procedí a bajarle los calzoncillos, también de marca pija (¿pero qué les pasa a los chicos ahora con esas estúpidas marquitas?), para proseguir con el castigo.

- No, por favor. No me quites la ropa –suplicaba el chiquillo, bastante dolorido ya.

- Llegas tarde. Además, los chicos maleducados e irrespetuosos se merecen ser castigados directamente en las nalgas desnudas, así que ¡a callar!

En rápidas series de diez, fui dejando su trasero bien colorado, mientras el chico gemía y se quejaba, pero sin atreverse a moverse de mi regazo. Le estaba dando fuerte, lo reconozco, pero es que me tenía frita ya: tan caradura y tan malcriado como era.

- ¿Estás aprendiendo algo, niñato maleducado?

- Sí, Marina, sí. Pero por favor, no sigas, ya he aprendido. Por favor, seré muy educado, no volveré a llegar tarde sin avisar, de veras, no me pegues más.

- Bien, creo que realmente estás entendiendo el asunto. Pero para asegurarme de que lo estás captando, tan listo como eres, vamos a hacer una cosa: los siguientes 100 los vas a contar en voz alta y en cuento termine de dártelos vas a darme las gracias por corregirte las faltas, ¿entendido?

Y así lo hice, aunque el pobre chico rompió a llorar abiertamente a los 25 zapatillazos. Como no soy de piedra pero le venía bien llorar un rato, bajé la intensidad un poco y seguí hasta completar los 100 azotes prometidos. Y terminados, me dio las gracias, como le había dicho. Estaba aprendiendo a ser obediente, no cabía duda.

- Espero que esto te sirva de lección y que de aquí en adelante tu comportamiento en estos días sea ejemplar: ayudando en la casa, recogiendo tu cuarto y comportándote como el chico de 22 años que eres. ¿De acuerdo?

- Sí, Marina… Siento mucho haberme comportado tan mal, de veras –me dijo secándose la lágrimas y frotándose las rojísimas nalgas.

- Está bien, ve a arreglar tu cuarto y espérame allí, que aún tenemos un asunto del que hablar tú y yo.

Me miró sin comprender, con los ojos enrojecidos por haber llorado, pero ni osó siquiera preguntarme. Fue obediente a cumplir con su tarea y a los veinte minutos, cuando pensé que ya le había dado tiempo para reflexionar sobre lo ocurrido, entré en la habitación, que estaba impecable. Esta vez ya me había dado tiempo a vestirme: vestido por encima de la rodilla de vuelo, el pelo semirrecogido y mis zapatos de tacón bajo. ¡Estaba guapa, la verdad!

En cuanto me vio llegar, pues tenía la puerta abierta, se secó las lágrimas (si al final no iba a resultar mal chico y todo) y miró al suelo, todo compungido. Le hice acercarse a mí y mirarme a los ojos. Y vi que tiene unos ojazos preciosos el niño, en fin. Y le comencé a decir que lo que había sucedido era por su bien, porque no podía ir por ahí comportándose como un niño cuando ya era un hombre, que tenía que comenzar a ser responsable y adulto porque ya tenía edad para ello. Y que si en su casa le hubieran marcado los límites, esto no habría tenido que hacerlo yo. El pobre guardó silencio, pero se le iban humedeciendo los ojos conforme yo le hablaba, en tono conciliador y tranquilo.

- Bueno, Mario. Hemos zanjado la cuestión de tus malos modales y de tu poco respeto, pero… ¿no crees que hay un tema muy grave pendiente que no hemos tratado y deberíamos resolver? –seguí con el tono suave… ¡qué diablos! El chico me empezaba a gustar… y mucho.

- Nnnno, no me suena nada, Marina –me decía avergonzado.

- Así que no te suena nada, ¿eh? Bueno, pues te refrescaré la memoria –me coloqué delante de la cama y levantando la pierna derecha me quité el zapatito de tacón bajo; lo blandí ante sus ojos mientras le hablaba con tono serio ahora- Mario, Mario, Mario… eso de amenazar a tu tía no está nada bien, ¿lo sabes?

- Marina, perdóname, no pensaba cuando te dije eso. No me zurres más, por favor. Te prometo ser un buen chico, de verdad –estaba asustado, se le notaba arrepentido, pero no podía dejarlo así.

- Mario, lo siento, pero es algo muy grave y no puedo dejarlo así. No estaría siendo justa contigo. Anda, sé buen chico y quítate los vaqueros de nuevo. Te pones a cuatro patas sobre la cama, ¿vale?

- Marina, por favor, no. Ya me duele mucho, por favor. No me des más. Por favor, Marina –me suplicaba el chiquillo.

- Obedece o será peor. Cuanto antes te sitúes, antes podremos arreglar esto y nunca más se volverá a hablar de ello, ¿de acuerdo?

-

Cumplió con lo que le había dicho y me limité a bajarle la ropa interior. Vi lo rojas que tenía las nalgas y pensé que el zapato sería demasiado para este pobre niño, así que decidí simplemente darle 4 palmadas bastante fuertes en cada nalga y dejarle allí, esperando, mientras, sin decirle nada, iba a cambiar mi calzado por unas zapatillas de ésas de suela amarilla, que seguro serían más soportables que el zapatito en cuestión.

Cuando regresé, me volví a descalzar, cómodamente levantando el pie derecho, y decidí cambiar la posición del castigo. Le dije que se levantara y colocando mi pie derecho sobre la cama, le hice colocarse sobre mi rodilla, de esa manera le tenía perfectamente al alcance de mi zapatilla. Y le comencé a castigar con la zapatilla, que hacía un sonido sordo al golpear su trasero. En series de seis azotes, no demasiado intensos dado el severo castigo que había recibido ya, le dejé claro que no toleraría amenazas nunca más. Lloraba como un niño, se me enternecía el alma al escucharle suplicarme, pero había decidido educarle y él no entendía otra forma. Con cuatro series de seis di por finalizada esa parte del castigo, pero no todo.

- Ve a la cama de nuevo, boca abajo, los brazos bajo tu barbilla y mirando hacia delante. Así te quedarás hasta que yo regrese y te diga que puedes moverte, ¿entendido?

Y una vez en esa posición le coloqué la zapatilla con la que había sido tan duramente castigado sobre sus maltrecho culito y le advertí que no permitiera que se cayera, o recibiría 30 azotes más y no tan suaves.

Le tuve así 10 minutos que se le hicieron eternos mientras yo leía un artículo muy interesante de la revista Quo. Y la zapatilla no se movió ni un milímetro, aunque de sus mejillas rodaba alguna lágrima que otra a la colcha de la cama. ¡Me daba una penita! ¡Si no hubiera sido tan niñato…!

Y entonces se desató el desastre: Jorge entró por la puerta del cuarto, viendo a su sobrino con el culo completamente rojo fosforito, a mí sentada en una silla leyendo tan ricamente, y mi zapatilla sobre el trasero de su sobrino favorito. Y ató cabos. Es muy listo, así que… es lógico que supiera qué era lo que había sucedido. Naturalmente no le gustó, me llamó desde el salón, furibundo: tuvimos una bronca monumental, en el salón, mientras Mario seguía castigado en su cuarto sin moverse, y al final me dijo que no podía seguir con alguien como yo, que la relación se acababa ahí y ahora. Y recogió sus cosas y se fue.

Cuando fui a mi habitación, llorando por haber perdido a Jorge, pasé por delante del cuarto de Mario y le vi aún allí, inmóvil, con mi zapatilla encima. Le dije que podía levantarse y marcharse, que su tío y yo habíamos terminado y que lamentaba mucho lo sucedido. Me abrazó, me miró a los ojos y me dijo que él no lamentaba nada, que se lo había merecido y se alegraba de que yo le hubiera castigado de esa forma; me dijo que me había querido en secreto desde que Jorge me llevó a casa de sus padres a comer y que, si yo le quería, me prometía ser buen chico siempre, excepto alguna pequeña falta que yo debería corregir con mi zapatilla. Y nos besamos, larga y dulcemente.

Y así estamos ahora: Mario castigado en mi cuarto, pensando en sus faltas, y yo preparando mi zapatilla para castigar ese culo tan apetecible. Ah, y ya no usa vaqueros de marca.

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16 Marzo 2007

Las tres de la tarde

Autor: Cruzhada.

Llegué de trabajar y encontré la casa silenciosa, con las persianas subidas y una vela de miel ardiendo lentamente, junto a un cono de incienso. Me ha observado muchas veces y es normal que ya conozca el “ritual” que empleo a diario, pero NUNCA antes había hecho algo así. Era una señal muy clara: su deseo era mostrarme su preocupación y su interés por mí; quería que por fin me sintiera bien en casa.

Estaba distinto, quizá porque los dos días anteriores los pasamos en una continua gresca y eso deja señales, resaca. Ambos estábamos un tanto afectados por lo sucedido, así que mi amor por él se renovó con mil lazos más fuertes al ver la vela. Y sólo tuve ganas de meterme en la cama junto a él y poder dejar atrás la mala racha vivida, cerrar las heridas y simplemente dejarnos llevar.

Mirando la vela, pude ver que llevaba al menos una hora encendida. Me desnudé por completo y, silenciosa como un gato, me deslicé bajo las sábanas. Acercándome a él, me acurruqué tras su espalda y la besé, sabiéndole dormido. De pronto, se giró hacia mí y sentí su brazo envolverme. Entré en calor al instante y me acomodé sobre su pecho, escuchando cómo su corazón se aceleraba al besar mi pelo y estrecharme más en su abrazo protector. Algunas lágrimas suaves rodaron de sus mejillas y de las mías, en silencio, y en ese momento ambos estábamos unidos en un mudo agradecimiento por estar allí, juntos, sintiéndonos al fin a salvo de la dura guerra que nos hizo tanto daño.

Pero ahora ya todo había pasado y el hombre al que amo estaba silencioso, abrazándome, recuperándose de haber sentido que me perdía; ahora, en su pecho, podía sentir por fin el calor; y el amor se fortalecía, todo había dejado de temblar y derrumbarse.

Y así, tranquilos, permanecimos largo rato, sin necesidad de decir nada.

Las caricias suaves, tiernas, fueron el lenguaje para ambos. Mudos, nuestros cuerpos y almas se entrelazaron, unidos por besos que hablaban de lo que nos une, ese amor tan inmenso que nos llena a los dos. Fue algo muy fresco, espontáneo, nada medido ni premeditado. Una unión en todo nuestro ser, llevada a cabo por caricias y besos que nunca antes habíamos compartido. No sé cuántas horas estuvimos así hasta que finalmente volvimos a quedar abrazados, tranquilos, como cuando yo llegué.

Acarició mi pelo y mi espalda mientras yo hacía lo mismo con su pecho y su cadera. No nos sentíamos cansados, no teníamos sueño. Todo el tiempo estaba en nuestras manos, el reloj no existía. Sólo importaba una cosa: estábamos juntos por fin y todo lo demás era secundario.

Seguíamos en silencio, hasta que le di las gracias por lo de la vela y el incienso. Nuevamente besos y caricias fueron nuestro idioma largo rato, hasta que me agradeció haber vuelto y que estuviera allí, en su pecho. Nos quedamos dormidos así, abrazados; yo me volví y se colocó en mi espalda, besándola suavemente y rodeando mi cintura con su brazo. Y, al oído, muy bajito, me habló en tono dulce.

- Amor, estos días han sido un calvario para los dos y me alegro de que hayan terminado por fin y estemos juntos, más unidos que antes… pero no creas que estoy ciego o que no me doy cuenta de las cosas.

Su mano se desprendió de mi cintura y, con un dedo, recorrió mi espalda por completo; en la bajada, su dedo se hizo más lento y bajó hasta mis nalgas, que acarició cuidadosamente. Ese gesto y sus palabras me sugirieron que no quedaría todo ahí.

- No comprendo, cielo. ¿Qué quieres decir?- musité, sin moverme, esperando su respuesta.

- Quiero decir que hay una muy larga lista de razones por las que serás convenientemente castigada, jovencita –susurró, dulce, en mi oído de nuevo.

Me giré para mirarle, no podía hablar en serio. ¡No había hecho nada! Al ver mis ojos, me dio un beso suave en los labios.

- Shhhhh… estos días no has hecho tus ejercicios, no has estudiado, no has comido en condiciones, me has provocado muy descaradamente; te has comportado como una niña muy caprichosa, discutiendo y buscando pelea constante. ¿Quieres que siga? –lo dijo bajito, dulcemente.

- No creo que lo digas en serio… - con voz melosa.

El castigo sería de los fuertes… si hubiera sido así. Pero él no iba a dejar que le protestara, de modo que me tomó de la barbilla suavemente, para que mirara a sus bellísimos ojos verdes y me habló con tono cariñoso, pero esta vez firme.

- Mírame, sabes que no miento, ¿verdad? Además, aún no he terminado, la lista es muy larga, como tú bien sabes: te comportaste fatal, fuiste cabezota e irrazonable, arisca; te negaste a recibir el castigo que merecías y encima repites tu falta los siguientes dos días. Me has tratado con chulería… y ahora pretendes fingirte inocente y acusada injustamente. Eso puede considerarse mentir y sería muy grave, ¿verdad que lo sabes?

Me quedé callada, tratando de evitar que leyera en mis ojos. Intenté bajar mi mirada, pero fue imposible, ya que su dedo bajo mi barbilla lo impedía.

- No vas a bajar la cabeza, lo siento. Vas a tener que reconocer que todo lo que he dicho es cierto, porque ambos lo sabemos, pero mirándome a los ojos. Has ido demasiado lejos estos días, ahora no me sirve que bajes la mirada cuando te regaño. ¿Tengo razón? –de nuevo su tono era dulce.

- - no podía evitar sus ojos fijos en los míos, pero nada me obligaba a responder.

- Voy a contar hasta 3 y vas a dejar esa actitud si no quieres que sume 50 azotes más con la vara a tu, ya de por sí, severo castigo. De hecho, jovencita, vas a decirme una a una las faltas que te acabo de decir, me vas a reconocer que mereces que te castigue por todas y cada una de ellas y, por último, vas a reconocer que has ido demasiado lejos realmente. Y todo eso mirándome a los ojos. 1… 2… Cariño, por favor, no sigas con esa actitud o tendré que ponerme serio de verdad. Ni tú quieres ni yo lo deseo, pero, si no comienzas a comportarte como sabes que debes, me tendré que levantar y enseñarte a guardar tu rebeldía. – su tono dulce no varió.

- - le supliqué con los ojos que no siquiera con eso, que me dejase bajar la cabeza, que no me obligara a repetir la lista. Y luego se lo pedí, susurrándole, con mis ojos en los suyos.

- Voy a levantarme, vas a tumbarte en la cama y a morder la almohada, porque te van a dar ganas de gritar cuando la varilla te deje tres bonitas marcas en los muslos. Te he pedido que hicieras lo que debías y no has querido. Vamos a añadir la rebeldía a la lista, aunque dudo que en unos minutos te queden ganas de ser rebelde de nuevo –su tono no perdía la dulzura.

- Por favor, no. No es rebeldía, es que me siento muy avergonzada. Por favor, perdóname.

- Sé que estás avergonzada, cariño, pero estás empeorando así las cosas. Si no cumplo con lo que te he dicho que sucederá, sentaré un muy mal precedente. Y ninguno queremos eso, ¿verdad? –estaba decidido a marcar mi piel, lo veía en sus ojos pese al tono tierno y cariñoso.

- Te pido por favor que no lo hagas. Sé que estos días me he portado fatal y que he hecho un montón de méritos para una reprimenda severísima, lo siento muchísimo, de veras. Me siento muy mal por todo eso, créeme.

Su dedo soltó mi barbilla, sus ojos destellaron y sonrió de un modo adorable. Me besó muy intensamente en los labios y me pidió que me acurrucara en su pecho. Después me abrazó, protector, y me dijo con mucha dulzura:

- Veo que no tendré que azotar tus muslos, gatita. Está bien, estate tranquila. Pero te has portado realmente mal y debes recibir el castigo que mereces. Te has librado muchas veces y ya ves que sólo ha servido para que haya más problemas.

Me abracé fuerte a él, no quise decir nada. Su abrazo correspondió al mío. Su tono, muy cariñoso, no servía para disimular que era en verdad una regañina muy seria la que me estaba dando.

- Los dos sabemos que te has pasado mucho, jovencita. La lista es muy larga, son muchas faltas acumuladas. Por lo tanto, esta vez el castigo será igualmente largo.

- ¿Semana especial? –pregunté, temerosa de recibir una respuesta afirmativa.

- Me temo que no, señorita. Una lista tan larga… no se castiga en una semana.

-

- Voy a tomarme todo el tiempo, las horas necesarias para este castigo. Te has ganado una zurra bien dada y eso es lo que vas a recibir. En realidad, te has ganado varias en sólo dos días. Y tal vez, si te hubiera castigado como merecías desde el principio, todo esto no habría sucedido. Creo que he sido muy descuidado permitiendo que tus trastadas quedaran impunes. Necesitas que te marque los límites a veces, pero no lo he hecho… hasta ahora.

- … ¿Mmmmmm?

- Sí, a partir de ahora voy a ser más cuidadoso, cariño. Cuando te lo ganes, dejaré lo que esté haciendo y te enseñaré qué sucede cuando te portas mal.

- -no sabía qué decir: estaba decidido.

- Y, en cuanto a tu castigo, será esta tarde, jovencita, desde las 15 h. Vendrás, te colocarás sobre mis rodillas y me dirás que te has portado mal y que aceptas que te castigue por ello. Y, tranquila, te garantizo que, cuando termine de darte la azotaina que tanto mereces, tus nalgas estarán tan coloradas y ardiendo tanto, que esta noche, mientras estudias y haces tus tests en el trabajo, aún sentirás todos y cada uno de los azotes recibidos. Vas a ser castigada como mereces, te lo prometo, y te va a costar sentarte en varios días. Y mañana, cuando llegues, tendrás la segunda parte de tu severo castigo. Me voy a asegurar de que te quedes calmada y calentita.

- Pero, cariño…

- Shhhhh tranquila, no digas nada. Debiste pensarlo antes, puesto que ahora ya sólo puedes aceptarlo. Va a dolerte mucho, créeme, porque voy a zurrarte fuerte, pero eso no cambia mi amor por ti, mi vida. Sabes que sólo voy a hacer lo que debo y que te amo profundamente, ¿verdad?

- Yo también te amo, cariño. Tengo miedo. ¿No podrías perdonarme, por favor? Sabes que estoy muy arrepentida…

- No voy a perdonarte, lo siento. Y no deberías tratar de librarte, señorita. No estás siendo justa. Sabes que he de…. Tienes dos opciones: traerme el strap, tenderte sobre mis rodillas y recibir 10 azotes por tu intento de librarte de un castigo que te has ganado a pulso tú solita…

- Es justo, me he portado mal y me lo he ganado –me resigné, dócil.

- Así me gusta, sin trucos ni rebeldía. Muy bien, cariño, estoy orgulloso de ti, de veras. ¿Quieres escuchar la segunda opción? –todo dulzura, encanto… pero decidido.

- Claro, te escucho.

- También puedes quedarte aquí, así, tal y como estamos ahora, disfrutando de estar juntos, pero sólo si cumples con lo que te pedí antes.

Me incorporé, le besé, le miré fijamente a los ojos y comencé despacio a decirle una por una todas mis faltas, lo arrepentida que estaba y el castigo que él consideraba justo y merecido por toda la lista. Me besó, nos abrazamos y nos quedamos dormidos, juntos, en total calma por fin, hasta que su reloj sonara, a las 15 horas.

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10 Marzo 2007

Seis de marzo.

Autor: Cruzhada.

- Te ha cambiado la cara por completo. Sí, ya lo sé... no te lo esperabas y te he cogido completamente por sorpresa. Pero bueno, es normal, porque de eso se trataba precisamente. Y no se te ocurra decir nada, tan sólo baja la mirada y escúchame con atención, puesto que no voy a repetírtelo. Eso es, la mirada baja. Y no quiero que digas ni pío. Ahora yo hablo y tú escuchas y te limitarás a responder únicamente si yo te pregunto algo, ¿entendido?

Asiente con la cabeza. De pie, ante ella, completamente sorprendido, toma la decisión de escuchar, pero la sospecha de lo que se avecina le hace sentir un cierto temor. De reojo, mientras ella habla, mira la pantalla otra vez y se pregunta cómo diablos se las ha ingeniado ella para obtener esas imágenes comprometedoras. Desde luego, el montaje es perfecto: la música que a él le encanta, los coches y motos que le vuelven loco... una maravilla, de no ser porque hacia el final del vídeo han salido esos dichosos cuadros de información con fechas y horas, sobre el fondo de SUS IMÁGENES y el logotipo de un lugar demasiado conocido para él. Cuando las ha visto ha sentido ganas de salir corriendo, pero la curiosidad le ha podido más y ya era tarde cuando quiso apagar el vídeo; de la nada surgieron las frases más demoledoras que había leído nunca: NI TE MUEVAS. DATE POR CAZADO. Y algo dentro de él ha comenzado a removerse inquieto. ¿Mariposas? Sin duda, son mariposas.

Aunque ella le habla con tono suave, hay cierta firmeza en su voz y él siente que sus mejillas se colorean por segundos, mientras le regaña severamente.
-Debería darte vergüenza. Yo creía que eras maduro y responsable, que sabías comportarte. Pero me equivoqué de largo. ¡Ya lo creo que me equivoqué contigo! ¿Cuántas veces te he dicho que no hagas el loco cuando conduces? Pero tú no haces caso, ¿verdad? No escuchas nada de lo que te digo. No se te ocurre que un día me hartaré de tus tonterías y te lo haré pagar caro, ¿eh? Pues eso va a cambiar, no te preocupes. Ya no te van a quedar ganas de repetir esa conducta de irresponsable y niñato, al menos durante un largo tiempo.

"Eso suena a amenaza... pero no, está jugando, simplemente. Nunca se atrevería a hacer lo que dice, ¿verdad? ¿Y cómo se las ha ingeniado para cazarme de esas maneras? Siempre que ella anda cerca me comporto como sé que debo y no hago locuras con la moto, pero... seguro que ha tenido ayuda. ¡Eso es! No, espera un momento... la explicación es más simple y tú eres bobo: son fragmentos del vídeo de seguridad, te han cazado todas las cámaras, todos los días que ella no podía verte... ¡Eres idiota! ¿Pensaste que no se enteraría? Pues te ha pillado bien, todas las veces que has ido haciendo el loco con la moto, los patinazos con el coche en el parking aprovechando que está encerado... Ufff menuda bronca me está echando. ¡Hasta me está sacando los colores!" Mientras él piensa en todo lo que sucede y se reprocha a sí mismo no haber previsto que ella tenía acceso a esas imágenes, la chica le continúa recordando todas y cada una de las estupideces que él ha cometido. Si la mirase a los ojos, vería el increíble brillo que desprende su mirada y sus chispas pícaras, pero él no se atreve a levantar la mirada por más que ahora mismo desearía poder hacerlo.

-¿Me estás escuchando? ¿O estás perdido en tus pensamientos?
-Te escucho perfectamente... sólo déjame explicarte...-dice él con un hilo de voz.
Con un dedo sobre sus labios, rozándolos dulcemente, ella le indica la conveniencia de permanecer en silencio. Él, resignado, se da cuenta de que no tiene excusa: le ha cazado.

-Déjame verte las manos, por favor.
Rápidamente, el chico las coloca detrás, a su espalda, lejos de su alcance, tratando de evitar lo que sabe que es inevitable. ¡Lo que faltaba! Pero ella sonríe para sus adentros y endurece su voz, ordenándole esta vez que le muestre las manos.
-Vale ya de tonterías, me estás enfadando en serio. ¡Quiero ver tus manos ahora mismo! Ya tienes bastantes problemas en este momento, ¿no crees? ¿O prefieres empeorarlo comportándote como un crío travieso?

Sus mejillas se ponen ahora del color de la grana. Está contra las cuerdas. Esta vez sí... otras veces ha logrado darle la vuelta a la situación y hacer que ella se olvide de lo sucedido, haciéndola reir o simplemente mostrándose tierno con ella. Pero ella esta vez controla y lo tiene a su merced, esta vez no se va a escapar. Acorralado, la mira suplicante, mientras le muestra sus manos, que ella examina rápidamente. ¡Aún podía ser peor!
-Tú no entiendes cuando yo te digo que no hagas el tonto conduciendo, ¿verdad? No escuchas. Y tampoco sabes que debes dejarte las uñas... ¿a que no?
El pobre chico ya no sabe dónde meterse. Su mirada busca el rincón más perdido e inaccesible del suelo para descansar, pero ella coloca un dedo suavemente bajo su barbilla, obligándole a mirarla a los ojos. Cuando sus miradas se cruzan, él percibe los destellos pícaros. ¿Qué significan esos brillos?

-Ve a la habitación y espérame allí. Ahora iré a ocuparme de ti.

Obediente, cabizbajo, cumple la orden. No sabe muy bien qué le espera, pero sus mariposas le sugieren que vale la pena correr el riesgo. Así que, mientras la espera, revive lo sucedido desde que llegó a casa de ella. ¡Sorprendente! ¡Estaba radiante y muy bonita, con su falda, sus botas de tacón y la melena suelta! No puede evitar sonreír, evocando su encuentro de aquel día, mientras espera, sentado en la cama, a que ella entre.
-Bien. Esto no puede continuar. Eres rebelde, desobediente, irresponsable y te comportas como un niño travieso. ¿Quieres portarte como un niño malo? ¡Perfecto! ¡Recibirás un castigo de niño malo! Bájate el pantalón y ponte boca abajo sobre mis rodillas- le dice, sentándose en la cama.
-Pero...
-No hay peros que valgan. Ya sabes lo que has de hacer. ¿O prefieres que utilice tu propio cinto?
-No... nnnnno, por favor. Ya obedezco, de veras, ya obedezco.

Una vez lo tiene donde quería, ella sonríe y se relaja. Comienza a acariciar sus nalgas sobre la ropa interior... ya llegará el momento de bajarla, pero por el momento no. Y le da una palmada, justo lo bastante intensa para que él la sienta pero sin llegar a hacerle daño. Mientras lentamente va dejando caer su mano con algo más de intensidad cada vez, le recuerda los días y las horas que figuran en el cuadro del vídeo. Y le reprende por ser tan cabeza loca y tan desobediente y por creer que ella no se enteraría.
La intensidad y la rapidez con que le azota van creciendo hasta que él comienza a sentir cierto calor y un intenso picor en el trasero. Lo peor es que ella continúa regañándole y afeándole su conducta, haciéndole sentir avergonzado por la situación, por la reprimenda que se ha ganado a pulso y porque no puede evitar que los azotes sigan cayendo sobre sus nalgas. y la sensación de vergüenza se incrementa exponencialmente cuando la escucha, una vez finalizada la regañina, decirle que se merece esto y más por comportarse como un mal chico y que a los chicos malos se les castiga severamente con una buena azotaina a culo desnudo. Se sobresalta al escucharla, pero más aún cuando comprueba que ella une la palabra a la acción y le baja la ropa interior, dejando al descubierto sus redondas y ya enrojecidas nalgas.
Trata de evitar quedar completamente expuesto, pero ella, diestramente, intercepta su mano cuando iba a cubrirse y la coloca a su espalda, sujetándola en esa posición con firmeza, y redobla la intensidad de las palmadas, provocando sus suaves quejidos.

La azotaina continúa, con menor intensidad pero a un ritmo mayor, y cada nueva palmada va seguida de una involuntaria queja de él, ahora ya bastante audible. Sus nalgas están ya bastante enrojecidas y desprenden un cierto calor. Ella la mira, las contempla atentamente, las siente... y mientras, permanece atenta a cada reacción del cuerpo del chico. Y, como una experta, en cuanto él relaja su cuerpo, sometiéndose por completo al castigo, la chica ralentiza el ritmo y baja la intensidad de los azotes, mientras percibe claramente el alto grado de excitación de él, concretado en una potente erección justo en el regazo de ella.
Poco a poco alterna los azotes con caricias que a él le provocan un deseo muy intenso, acelerando su respiración, hasta que finalmente cesa el castigo.
-Bien. Ya puedes levantarte. Ven conmigo.
Él, sobándose las rojas nalgas, la sigue hasta el cuarto de baño, donde ella le hace mirar con detalle el reflejo de su castigado trasero en el espejo. Es un momento muy importante y especial, y ella lo sabe porque ya lo ha experimentado en muchas ocasiones, de modo que continúa ejerciendo su control de la situación.
-Observa bien, jovencito, y grábatelo en la memoria, puesto que esto se va a repetir multiplicado cada vez que hagas alguna de tus estúpidas trastadas. ¿Te ha quedado claro?

Los ojos de él brillan muy intensamente mientras mira y remira su reflejo. Sus mariposas aletean ya salvajemente y se nota excitadísimo. La chica, atenta a cada una de sus reacciones, sonríe para sus adentros, encantada de ver cómo se comporta él: sin duda es spanko. Está claro que ha disfrutado muchísimo, no hay más que ver sus ojos y percibir la agitación en su respiración. Pero aún no ha terminado todo: falta el último toque.
Dos fuertes palmadas en cada nalga, que él ve llegar con todo detalle en el reflejo del espejo, le hacen aullar. Ella, firmemente, le dice que espera que eso le enseñe a no morderse de nuevo las uñas. Y le envía de nuevo a la habitación, ordenándole que se tumbe boca abajo en la cama, con los brazos bajo la barbilla y mirando al frente, y que reflexione sobre su mal comportamiento y las consecuencias del mismo.

Dos minutos después, ella, taconeando para que él la oiga entrar, le pregunta si ya aprendió bien su lección. Él, sin moverse, le dice que sí, que ha aprendido, que no volverá a comportarse mal de nuevo y que le promete que de ahora en adelante no tendrá queja de su comportamiento. Ella observa, complacida, que él ni osa moverse para mirarla, sino que permanece tal y como se le había ordenado. Está completamente en sus manos.
La chica entonces le acaricia suavemente las nalgas, aún calientes y muy rojas, mientras le dice que va a confiar en él porque sabe lo arrepentido que está. Y unos instantes después, él descubre una nueva sensación que le encanta: las manos de ella, con extrema dulzura y delicadeza, le acarician el dolorido trasero, extendiendo una crema que lo hidrata y suaviza los efectos del duro castigo recibido, proporcionándole un enorme alivio. Durante largos minutos permanecen así, simplemente sintiendo, mientras ella le acaricia y él se pregunta, completamente quieto, cuál será el siguiente paso que ella dará.

Unos instantes más tarde, él es autorizado a moverse, mientras ella se levanta de la cama. Como hay una duda que le quema los labios, el chico se coloca delante de ella, la mira a los ojos y simplemente le hace la pregunta.
-¿Por qué...?
Ella le besa los labios y le dice, sonriente:
-Ha sido tu iniciación, la que me has pedido muchas veces. Hoy no he querido negártela por más tiempo... es 6 de marzo. ¡Feliz cumpleaños, mi travieso spankee!


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4 Marzo 2007

Dormir o no dormir.


Autor: Cruzhada.

Me dejó dormir. Sabía que estaba rendida y que comencé a tener un amago de chungo, así que sencillamente me dejó hacer lo que necesitaba, que era descansar. Y lo hice, durante muchas horas. Me sentó estupendamente y cuando él llegó yo estaba aún cansada y con sueño, pero vino a la cama, me abrazó, me besó y me cubrió de mimos y caricias. Se le notaba preocupado por mí, una vez más.
- Descansa, mi vida, no te preocupes por nada. Estaré aquí cuando despiertes. Tranquila.
Así lo hice, aunque me sentía mal por haber vuelto a “provocar” esa situación con mi manía de no obedecer la norma de dormir a diario. Pero me había asegurado que no tenía de qué preocuparme, sólo tenía que descansar. Tal vez consideraba que ya había recibido mi merecido por lo mal que me encontraba cuando acepté salir antes del trabajo. Así que me acurruqué bajo las mantas de nuevo y me volví a quedar profundamente dormida.
Cuando ya habían pasado suficientes horas, es decir, a las cinco y media de la tarde, entró en el cuarto de nuevo y me despertó con un intenso beso en los labios que me pareció el más dulce de los despertares. Si cada día me despertase así… creo que me plantearía ser obediente con la dichosa norma.
En fin, parecía que estaba de un humor excelente, así que me relajé y simplemente aproveché para estar un rato con él, que nos hacía falta a ambos. Y lo disfrutamos los dos, de las caricias, los besos, los susurros deliciosos al oído…. Fue el paraíso… hasta que el reloj marcó las seis de la tarde y él se puso en pie.
- ¿Cómo te encuentras, preciosa?
- Muy bien, cielo. Me ha sentado genial haber dormido tanto.
- Me alegro, pero… LEVÁNTATE AHORA MISMO.
- ¿Cariño? ¿Sucede algo?- Su tono duro y tajante me sorprendió.
- ¿Cuántas veces más tendremos que pasar por esto?
- No te entiendo.
- No te lo crees ni tú. Dime, ¿cuántas veces ha pasado esto mismo? ¿Cuántas veces más tendré que consentir que tengas un chungo por hacer el tonto a sabiendas de que no estás haciendo lo que debes?
Lo comprendí: estaba enfadadísimo por lo sucedido. Pensé que no sucedería nada, pero me estaba dejando claro que estaba muy equivocada. Hice lo único que podía hacer en ese momento: callarme, bajar la mirada al suelo y prepararme para la bronca que me iba a caer.
- Bien, adoptas la actitud que debes, jovencita irresponsable. Te evitas muchos, pero que muchos problemas, créeme.
- …
- Esto ya ha sucedido demasiadas veces, señorita desobediente. Sabes que has de dormir porque tu cuerpo lo necesita y que es una norma muy importante, pero insistes en saltártela cuando te viene en gana y buscas cualquier excusa para incumplirla. ¡Pues se acabó ese comportamiento, jovencita! No lo toleraré ni un minuto más.
- …
- ¡AL RINCÓN, DE RODILLAS Y SIN MOVERTE!
Obedecí, asustada porque no me había dado una almohada para proteger mis rodillas, como siempre solía hacer cuando me ordenaba arrodillarme. Pero estuve allí muy poco tiempo, por suerte para mis rodillas.
- ¡VEN AQUÍ!
Me acerqué y me bajó el pantalón del pijama y las braguitas de un solo movimiento. Se sentó en la cama, me dijo que me pusiera sobre su regazo y comenzó a palmearme el trasero con una fuerza que no le conocía. Era difícil no moverse y no quejarse, pues dolía mucho, pero su tono firme me hizo mantenerme en silencio.
- Desde este momento, aquí sólo se escuchará una cosa: la azotaina que voy a darte en cuanto acabe de calentarte un poquito. Te la has ganado de veras. Te he dado miles de oportunidades de cambiar de comportamiento y obedecer esa norma que es simplemente por tu bien, para evitar que te den chungos, que nos preocupan a ambos, pero tú eres una niñata testaruda y sólo conozco una forma de enseñarte a comportarte de una maldita vez. Prepárate, porque esto va a doler… ¡y mucho!
Siguió azotando con su mano con mucho rigor, hasta que consideró que el “calentamiento” podía darse por concluido. Entonces me hizo levantarme, prohibiendo muy seriamente que moviera un solo músculo o dijera una sola palabra. Si era tan valiente y testaruda para incumplir esa norma una y otra vez, también habría de serlo para aguantar el dolor de mis nalgas que no era más que la consecuencia lógica de mi mal comportamiento. Y levantándose él también, comenzó a preparar todo para mi castigo. Puso dos almohadas en la mesa del salón y acercó una silla a nuestra habitación. Se sentó en la silla y me ordenó de nuevo ocupar el sitio que me correspondía.
- No te van a quedar ganas de volver a hacer esto, niña irresponsable. Ya lo verás.
Y sentí la zapatilla castigando mi trasero con mucho más rigor de lo que había sentido nunca. No podía evitar emitir pequeños quejiditos. ¡Cómo escocía la dichosa zapatilla! Y me la hizo probar a base de bien, no menos de 100 veces.
- Ve al rincón. Las manos sobre la cabeza, de puntillas para que pueda ver el culito que voy a dejar destrozado a base de azotes.
-…
Un par de minutos después, tras dejar que el repaso a base de zapatilla hiciera su efecto, me dio la crema con efecto calor. ¡Por si no me ardía ya el culito lo bastante! Rabiaba de picazón y escocía mucho, pero no me podía mover o me arriesgaba a… no quería ni imaginarlo.
- Posición de castigo en la silla, ya sabes cuál es. Y rapidito o recomenzaré desde el calentamiento, nena desobediente.
Obedecí rápidamente y en pocos instantes sentí el contacto del paddle en mis nalgas, ya tan coloradas y doloridas. Fueron no menos de 40, muy fuertes, como no me los había dado nunca. Estaba verdaderamente enfadado… o pretendía asustarme de veras. Quise pedirle que parase o que, al menos, bajase la intensidad, pero no quise empeorarlo más, así que respiré aliviada cuando los azotes cesaron. Eso sí, había recibido una buena zurra y no me quedaban ganas de volver a sentir algo como aquello, así que decidí obedecer la norma. Pensaba decírselo cuando escuché un leve tintineo detrás de mí y… temblé, de miedo y de excitación. Ese sonido inconfundible sólo podía ser… el temible cinturón saliendo de las presillas. Le escuché doblarlo en dos, sujetar la parte de la hebilla para proteger mi piel y esperé aterrada el primero de una larga serie de correazos que seguro me iban a caer. Pero no llegaban y me volví para mirar de reojo; eso fue un grandísimo error por mi parte, el que él esperaba, claro, porque le dio la oportunidad de “premiarme” con un par de palmadas realmente fuertes y un comentario que me heló la sangre.
- JA, tienes ganas de saber lo que te espera, ¿eh, jovencita curiosa? Pues te lo voy a decir, para que te quedes tranquila. Bueno, mejor te lo muestro y así no te queda duda, ¿vale?
El silbido característico me anunció lo que venía unos segundos antes de escuchar el chasquido que produjo la vara al golpear con fuerza mis maltratadas nalgas. Y ése fue el principio de la lluvia de varazos intensos que me propinó “por curiosa”. Gemí y traté de apartarme para esquivar un poco el duro castigo de la vara, pero en vano. Fue peor.
- Cuenta en voz alta, señorita, y dame las gracias tras cada uno de ellos, ¿estamos?
La vara silbó unas 40 veces, tantas como las que estalló contra mi piel que ya ardía de dolor, mientras yo reprimía los gritos y agradecía el correctivo como se me había ordenado.
Se quedó más tranquilo después de esto. Soltó la vara y se acercó a mí, comprobó el estado de mi indudablemente rojo culito, marcado por profundas señales que la vara se encargó de imprimir en mi piel y me anunció, con unas caricias en mi ya muy castigado trasero: “Tu castigo será completado con el cinto, jovencita. No es necesario que los cuentes, ya lo he hecho yo por ti mientras venía de camino esta mañana, pensando en cómo deseo que quede tu culito de niña malcriada, desobediente e irresponsable, así que te anuncio que van a ser 150. Pero no serán aquí, sino sobre la mesa, que ya está preparada. Así que sal y ponte en posición de castigo.”
Lo hice, sabiendo que esa tarde terminaría con las nalgas extremadamente doloridas y que tal vez me durase días el efecto de ese castigo. Me coloqué sobre las almohadas en la mesa y me preparé para los dolorosísimos correazos que me venían. ¡Nada menos que 150! Y no podía pedirle que me perdonase ya y asegurarle que había aprendido la lección, puesto que cuando iba a abrir la boca, se me adelantó.
- Es importante que sepas que tus muslos son también territorio de caza, niña desobediente, y que no dudaré en aplicarles un severo correctivo si osas siquiera intentar librarte de cumplir con la totalidad de tu castigo, así que nada de promesas vanas ni de pedir clemencia. ¡Haberlo pensado antes! Desobedeciste reiteradamente y no fuiste castigada como merecías, pero hoy no te libra nadie de salir de aquí llorando de dolor, puesto que no pararé hasta que no haya azotado tu culito como se merece. Serán 150, ni uno más ni uno menos.
………………………………………………………………………………………
Han pasado tres días desde entonces y puedo asegurar que cumplió sus amenazas, porque aún tengo las marcas del severísimo castigo: las de la vara y las sombras anchas y coloradas que me dejó el cinto. Y sí, también tenía razón en lo de salir de allí llorando, pues todavía me caen lágrimas como puños cuando recuerdo lo mal que se sentía esa zurra. Eso sí, desde entonces no he vuelto a incumplir la norma, que me sé de memoria, ya que como remate del castigo estoy obligada a escribirla no menos de 5000 veces en los días que siguen, hasta que las marcas desaparezcan y pueda sentarme de nuevo.

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19 Febrero 2007

La tercera vez que suena el teléfono.

Autor: Cruzhada.

Es la tercera vez que suena el teléfono… y que no lo cojo. Por la hora que es, las 22.30 h., ya ha debido llegar a casa y verlo todo patas arriba. Es mejor que no le coja el teléfono, así le doy tiempo a… Ufff, acaba de llegarme un mensaje suyo: “Coge el teléfono, gatita. No lo empeores”. Sí, ha llegado a casa y ha visto TODO.

Suena el teléfono otra vez, la cuarta. Decido descolgar la llamada y capear el temporal como pueda. “Hola, cielo”. Al otro lado de la línea escucho su voz, dulce y cariñosa, respondiendo a mi saludo con un “Hola, gatita”. Aparente normalidad y calma que se truncan al instante, cuando escucho su cambio de tono: ahora es más serio aunque se mantiene al mismo volumen.

-Jovencita, creo que “impetuosa” no es la palabra adecuada para describirte.

- … - Cuando me llama “jovencita”… las cosas no están demasiado bien para mí. Por eso no respondo, me limito a adoptar la actitud de respeto que tendría si él estuviera aquí ahora mismo.

- Señorita, no servirá de nada que trates de disculparte. Te he llamado 3 veces y no me has cogido el teléfono, pero sin embargo no has dudado en cogerme el maletín sin consultarme, valiéndote de una simple nota para que yo me enterase al volver a casa. ¿Qué te has creído, jovencita? Las cosas no se hacen así, lo sabes muy bien. Me has sorprendido mucho y me siento verdaderamente decepcionado.

Nuevo silencio por mi parte. ¿Qué puedo decir? Tiene razón: he hecho algo horrible y he rehusado contestar al teléfono esperando que se aplacaran los ánimos. Es una auténtica cobardía, lo reconozco, pero no sé qué otra cosa puedo hacer. Me siento muy mal al escuchar su reprimenda, pero sé que aún puede ser peor, como no trato en comprobar, así que mi cabeza se va agachando más y más con cada frase suya.

- ¿No dices nada? ¿No intentas defenderte siquiera? ¿Esta vez no me vas a soltar tu retahíla de justificaciones? Nuevamente me sorprendes, lo admito. Pero al menos confírmame que estás escuchándome, me parece que me lo merezco, ¿no crees?

- Sí, señor, estoy aquí, no me he movido ni un milímetro.

- Bien. Celebro que estés ahí escuchándome, muchachita… y casi me alegro de que no estés aquí, al alcance de mis manos, al menos hoy, porque si te tengo delante… ¡no sé lo que te hago!

Su tono ha ido endureciéndose más y más. Mi mirada se pierde en el suelo que tengo ante mí. Afortunadamente ya todos se han ido, porque me sentiría extraña si pudieran verme: de pie, con cara triste, las manos a la espalda, mirando al suelo y sintiéndome un tanto aliviada porque sé que está tan enfadado que sólo me salvan los kilómetros que nos separan esta noche, mientras yo trabajo.

- Llego a casa y me encuentro… ¡SABES MUY BIEN LO QUE ME ENCUENTRO! He estado tentado de decirte que estoy tan disgustado contigo que prefiero calmarme y esperar a que hablemos mañana, pero no te va a ser tan fácil. Además de hacer lo que has hecho, que ya hablaremos de eso, no lo dudes, bien alto y bien clarito, te niegas a cogerme el teléfono en tres ocasiones nada menos. ¿Qué esperabas? ¿Acaso creías que si no me cogías el teléfono las cosas se quedarían como si nada hubiera sucedido? ¿Tan tonto me crees?

- No, señor. Simplemente quería dar tiempo para te calmases un poco.

- ¿¿¿Calmarme????? ¿Crees que si te niegas a dar la cara ante mí después de… hacer algo tan… me voy a calmar?

De nuevo me mantengo callada. Ya está bastante furioso, no quiero estropearlo aún más. Pero mi silencio no le contenta, precisamente.

- ¡Y sigues sin dar la cara! ¿Pretendes empeorar tu situación? Te advierto que no creo que sea posible empeorarla mucho más, señorita, así que yo de ti hablaría.

- No pretendo eso, señor. Lamento mucho…

- CLARO QUE LO LAMENTAS, PERO AÚN NO LO HAS EMPEZADO A SENTIR, CRÉEME.

Estoy tan cabreado que tal vez sería mejor hablar en otro momento. Voy a colgar el teléfono, a ponerme cómodo y te volveré a llamar en unos minutos, cuando me haya calmado un poco.

¡Te conviene cogerme el teléfono!

- Sí, señor.

Su tono ya no puede ser más duro, mientras que a mí apenas me sale un hilillo de voz. En momentos como éste no sé si es mejor que me muestre así (me sale de forma natural, ha sido una pasada muy gorda y me siento fatal por ello) o si está esperando que me muestre rebelde, caprichosa y le hable como si nada. Sólo me resta esperar a que me vuelva a llamar, espero que más tranquilo, aunque no me hago ilusiones al respecto.

De nuevo el teléfono. Lo descuelgo sin tardanza. Parece más calmado, al menos ahora el tono es más suave, menos duro.

- Bien, veo que vas entrando en razón poco a poco, señorita. Me alegro. Te ahorras muchos problemas. ¿Tienes algo que decirme, o persistirás en tu comportamiento de nena cobarde, tras cometer la tropelía, claro?

- No tengo mucho que decir, salvo que estoy muy arrepentida, señor.

- ¿Arrepentida, preciosa? ¿De qué? Si sólo has dejado todo patas arriba, los cajones abiertos, el salón hecho un desastre. Y has cogido sin permiso y sin siquiera consultar mi maletín. ¿¿De eso te arrepientes??

- Sí, señor. Mucho. Muchísimo.

- Estate tranquila, ahora estás trabajando y no es el momento de hablar de esto. Mañana cuando yo llegue del trabajo ya tendremos tiempo para charlar sobre ello.

- Sí, señor.

- Ahora me voy a acostar. Mañana te llamaré. Buenas noches, jovencita.

- Buenas noches, …cielo.

- Que pases buena noche. Y espera mi llamada. Creo que ambos tenemos mucho que pensar esta noche, ¿no te parece?

- Sí, señor.

………………………………………………………………………………………

Tenía ganas ya de terminar el turno, así he podido dormir un poco, pero en el bus he recibido un mensaje suyo: “Espero que cuando llegues arregles el caos que provocaste tú solita y que después de dejarlo todo en su lugar te vayas a dormir sin hacer el tonto”. De modo que he llegado y he cumplido con ambas órdenes, pues ya estoy en un buen lío y no quiero meterme en otro peor, si es que se puede, que lo dudo.

Sí, me he ido a dormir… hasta hace un rato, que me ha llamado. Una llamada breve pero directa: “He estado pensando mucho. Vístete como sabes, comprueba que todo quedó en su sitio y vete al rincón: las manos a la espalda, bien recta. Espérame allí, jovencita.” Y directamente ha colgado. No sé cuánto puede tardar en llegar, pero más me vale que lo encuentre todo en su sitio y a mí cumpliendo la orden o se enfadará. Acabo de comprobar que todo está ordenado, la cama hecha y yo con la minifalda, la camisa blanca, los zapatitos y las medias que le gustan. Sólo me falta peinarme y colocarme en el rincón.

………………………………………………………………………………………

- Jovencita, ven aquí. Vamos a tener cierta conversación que tenemos pendiente.

- Sí, señor.

- Vaya, veo que te has esmerado. Bien.

- Gracias, señor.

- Mantén la mirada en el suelo. Y muestra el respeto que debes.

- Sí, señor.

- ¡Silencio! Sabes que lo de ayer fue… no sé cómo describirlo, pero sé que me estás entendiendo.

- …

- En otras ocasiones has recibido zurras, bastante severas además, pero te garantizo que ninguna como la que te has ganado con esto que hiciste ayer.

-

Mi mirada cada vez busca un lugar más recóndito en el suelo para perderse; está hablando completamente tranquilo, pero muy serio, sabe muy bien lo que transmite y está muy seguro de lo que dice. Está decidido y no hay nada que yo pueda hacer.

- No espero que me digas nada en tu defensa porque no hay NADA QUE JUSTIFIQUE semejante comportamiento.

- …

- Tu castigo será ejemplar, pero de verdad. Estarás un mes sin privilegios de cualquier tipo: ningún entretenimiento (DVD, ordenador, libros, música), nada de dulces ni postres, sólo podrás ir a los cursos que ya tienes previstos, nada de visitas. Al finalizar ese período de castigo, me entregarás 30 folios por ambas caras de copias: “la falta cometida es… y el castigo recibido por ello es…”. Y tu propia opinión al respecto, ya sabes, si es justo, o excesivo, o si es un castigo que se queda corto. En un folio aparte.

- …

- En ese mes te encargarás de mantener el salón y el dormitorio como la patena a diario. ¡Y pobre de ti si no cumples con ello!

- …

- Mientras dure tu castigo, en casa irás siempre sin braguitas ni tanga de ningún tipo, con una minifalda; salvo para dormir, que usarás un pijama. Y cuando estés despierta y yo esté en casa, permanecerás en el rincón en pie y con las manos a la espalda hasta que yo te autorice a moverte de allí.

- …

- ¿Me estás entendiendo, jovencita?

- Sí, señor.

- Tranquila, todo esto quedará registrado en un documento firmado por ambos y en otro que quedará en el ordenador.

- …

- Y en cuanto a tu otro castigo… no será esta semana, porque tienes el sábado un seminario y quedamos en que tu culito iría en perfectas condiciones. Pero la semana siguiente, te garantizo que te voy a dar la mayor zurra que te han dado nunca, que es la que te mereces, y no te vas a poder sentar en días, señorita, aunque para eso tenga que estar 6 horas seguidas calentándote las nalgas desnudas. Y más vale que ni se te ocurra protestar ni quejarte demasiado, jovencita, porque entonces la azotaina se repetirá durante tres días seguidos y te aseguro que tu culito quedará dolorido y colorado durante una semana entera. ¿Ha quedado claro?

- Sí, señor. Muy claro.

- Eso con respecto a lo que hiciste ayer. Y anotaremos una falta de nivel IV por no cogerme el teléfono en 3 ocasiones para tratar de librarte del castigo, aunque deberían ser 3 faltas de ésas, lo que supondría una IV especial. Pero creo que es mejor dejarlo así, que ya tendrás suficiente escarmiento.

- Gracias, señor.

- ¿Algo que decir?

- No, señor. Bueno, sí. Gracias por ser tan comprensivo, señor. Lamento mucho lo que hice. Prometo que jamás se repetirá.

- Lo sé, jovencita, lo sé. Me voy a encargar de ello. Y ahora ven aquí, cariño.

Me da un beso largo y dulce, muy intenso. Me mira a los ojos y yo sé por lo que leo en ellos que su amor por mí está intacto y tiene ganas de que nos vayamos a la habitación y nos olvidemos de travesuras y disciplina durante un rato. Secundo la moción.

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Fantasías recurrentes... La erótica de los azotes.

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Pues si... soy un poco maniática para esto de los blogs y no me gusta que se mezclen mucho los temas, así que además de seguir con el "Confessions on a spank floor" voy a dejaros aquí mis pequeños relatos sobre azotes. También me encantaría recibir alguna colaboración de los lectores, a ver quien se anima. Selene.

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