Autor: Cruzhada.
Lo reconozco, no me supone esfuerzo meterme en líos y sé que te doy muchos quebraderos de cabeza, jugador de escondite. Y que te sentó fatal que te diera plantón en mitad de la calle la otra tarde, dejándote con la palabra en la boca. Sólo fui a comprar la merienda, tampoco era para tanto… sólo 5 minutos cronometradísimos, pero… te enfadaste. Y eso quedó patente desde el mismo momento en que me viste volver; cuando me empezaste a regañar seriamente por ese comportamiento, todo ello coronado por la frase que desató el desastre: “hoy estamos en público, pero cuando te coja a solas… ve preparándote”. Ufff ¡menuda frasecita!
A eso le siguió un horrible malentendido entre los dos y todo un día de castigo de silencio, lo que me tiene aún tocada, pero al final tu voz al otro lado del teléfono, nuevamente me devolvió la ilusión.
- Te portaste realmente como una niña malcriada, ¿sabes? Fue una tremenda falta de respeto dejarme allí, con la palabra en la boca, viéndote alejarte, y sin poder acercarme y darte un buen par de azotes, que era lo que te merecías.
- Lo siento…
- No me sirve, pero haces bien en sentirlo. Espero que todo este día de reflexión te haya servido para darte cuenta del comportamiento tan infantil que demostraste.
- Sí, señor… lo siento –cualquiera decía que no, con lo serio que estabas.
- Bueno, pronto podré darte lo que te mereces, tranquila. ¿Sigues queriendo verme? Tenemos que hablar muy largo y tendido sobre unas cuantas cosas, ¿recuerdas?
- Claro, por mí sigue en pie.
- Bien, pero que te quede claro: vas a pagar muy caro el desprecio que me hiciste y no vas a volver a tener ganas de portarte así conmigo nunca más, ¿te queda claro?
- Sí, señor.
Y ahí se quedó todo. Yo me fui a trabajar y confieso que estaba algo nerviosa tras esa “conversación” tan “suave”. Pero bueno, eso sería dentro de dos días, así que aún tenía tiempo de asumirlo y encontrar la forma de suavizar tu enfado. Seguro que dos días después no estarías tan serio como en ese momento, porque el tiempo haría que se te olvidara un poquito. ¡Ja! ¡Yo me lo creí! ¡Ilusa!
Llegué al trabajo y la noche fue bastante suave en principio: los ruiditos normales, los compañeros que se marchan… todo muy tranquilo. Y de pronto unos golpecitos en el cristal de la puerta… y una cazadora muy conocida por mí… seguida de un chico muy interesante llamando a las puertas de mi trabajo, literalmente. ¿Qué hacías allí y cómo no te había oído llegar?
- Buenas noches, ¿molesto? –encantador, como siempre.
- No, claro que no – una vez que te hice pasar.
Nos abrazamos, te pedí perdón por ese horrible malentendido y nos besamos. Eso fue fácil. Lo malo fue que ambos teníamos mucho que aclarar y que lo pasamos fatal durante todo ese día de silencio, así que nos fuimos simplemente a buscar una bebida caliente y volvimos a sentarnos en la recepción del edificio, pues al fin y al cabo yo estaba trabajando. Y tú sabías perfectamente cómo sorprenderme aquella noche.
Hablamos con calma de lo sucedido, logramos aclarar los puntos conflictivos… te conocí un poco más y tú a mí me descubriste y me entendiste. Y te pedí que nunca más nos castigaras a los dos con silencio, puesto que para mí aquello fue el peor castigo recibido y para ti tampoco fue nada fácil y yo lo sabía. Me volviste a abrazar… y permanecimos varios minutos simplemente así, sabiendo que por fin todo había acabado de la mejor manera posible.
Pero no todo había terminado, sin que yo lo pensara siquiera.
- Ayer te comportaste muy mal, aprovechándote de que estaba trabajando para dejarme tirado en público y hacerme un desplante que no le toleraría a nadie –comenzaste a regañarme con voz muy firme. –Debería darte vergüenza comportarte así en la calle, vamos, es que si hubieras sido una nena pequeña te juro que te habrías llevado un buen par de azotes en el culo que te dejarían fina, ¡pero fina!
Yo, avergonzada y con las mariposas dando vueltas todas a la vez, escuchaba tu regaño con la cabeza baja, sin atreverme a replicarte. Al fin y al cabo fue por retar al spanker por lo que hice ese “desplante”, así que… tocaba aguantar la bronca como pudiera. Y no era una bronca suave, no, que el tono era bastante duro y no me atrevía ni a mirarte. Y cuando me soltaste la frase que sin lugar a dudas desemboca siempre en un inminente y severo correctivo, las mariposas casi me tiran al suelo del salto que dieron. Era una de esas frases que son todo un prólogo y que hacen que quien escucha, en este caso yo, para variar, sienta esa pizca de aprensión por el castigo que sabe que no va a poder eludir y que se acerca peligrosamente. ¡Cualquiera decía nada entonces!
Me pediste que te guiara a un lugar tranquilo, donde no pudiéramos ser vistos ni demasiado escuchados si alguien se acercaba a las puertas del edificio. Y yo, como un corderito, te llevé a un saloncito que hay cerca, donde te sentaste en el sofá de piel. Te quitaste la cazadora y, despacio, sin ningún tipo de prisas, te fuiste poniendo muy cómodo. Te quitaste todo lo que te pudiera molestar, cosa que nunca antes habías hecho, para evitar que me quedasen marcas. Alargaste el momento de espera como un retorcido maestro mientras yo estaba de pie ante ti, completamente inmóvil, esperando con esa mezcla de aprensión y deleite que antecede a todo castigo, mientras pasaban los minutos y tú seguías con tu ritual, dilatando el momento de inicio del castigo. Y sé que paladeaste goloso esos minutos, todos y cada uno de ellos, sabiéndome indefensa y completamente en tus manos.¡Cómo lo gozaste! Ya te voy conociendo, ¿verdad?
- Te has ganado de sobra la zurra que te voy a dar, jovencita, lo sabes. Te portaste como una niñata y eso lo vas a pagar bien caro. ¡Bájate los pantalones y los pantys! ¡¡Y rapidito!! No te mereces que esta vez empiece sobre tu ropa. ¡Vas a sentir todos y cada uno de los azotes, te lo juro!
- Por favor, no seas muy duro… sabes que estoy muy arrepentida de la forma estúpida en que te reté ayer –supliqué, obedeciendo sin dudar tu orden.
- ¿Qué no sea muy duro? ¡Eso habértelo pensado ayer, guapita! En ese momento no pude, pero hoy no me voy de aquí sin darte lo que te mereces.
- …
- Ven aquí ahora mismo.
Me cogiste y me colocaste sobre tus rodillas con un solo movimiento, dejando mis pies apoyados en el suelo, como las manos. En esa posición, me volviste a reprender, recordándome todo, absolutamente todo lo que sucedió aquella tarde. Yo no me podía mover, me tenías bien sujeta y no osaría tratar de escaparme, sabía muy bien el riesgo que corría si lo intentaba siquiera. Y me repetiste muy severo que me ibas a dar mi merecido… y comenzaste a azotarme con fuerza desde el principio, para luego seguir subiendo el ritmo y la intensidad. Ufff ¡cómo me dolía! Y te tomaste tu tiempo, más del que me tienes habituada, mientras me regañabas y continuabas azotando muy fuerte.
- Me voy a asegurar de que esto te queda claro: NUNCA JAMÁS ME VOLVERÁS A HACER SEMEJANTE DESPLANTE EN
- Aaaauuuuu ayyyyy sí, señor, comprendido. No volverá… auuuuu… a ocurrir… aaaayyyyy
Paraste un poco para darme un respiro, pero mantuviste el control perfectamente. Aún sobre tus rodillas, me preguntaste lo que recé porque no me preguntaras, pero lo hiciste: “¿te has portado bien estos días, señorita? ¿Has comido, has descansado y dormido como debías sin entretenerte en el foro ni con el Messenger?”
- Nnnno, señor.
Eres un tramposo, ya sabías que esa respuesta sería la que te daría porque sabías que la tarde del reto no había dormido nada y te había dicho por teléfono que aquel mismo día había logrado dormir sólo una hora y media o dos a lo sumo. Pero me hiciste la pregunta porque eso te daría más motivos para mantenerme un rato más sobre tu regazo, así que me llevé la consabida bronca de campeonato por irresponsable y desobediente y por no cuidarme, cosa que te enfada sobremanera. Y me dijiste algo terrible: “Cuando termine la noche, no te van a quedar ganas de comportarte de este modo nunca más”. Y nuevamente tu mano comenzó a azotar aún más fuerte mis nalgas, ya muy doloridas.
Cuando te quedaste satisfecho por el color de mis nalgas, rojo intenso, y por el efecto que tenía en mí el castigo, mis quejidos y gemidos, me autorizaste a levantarme dejando claro que no debía mover ni un músculo más, sólo ponerme de pie.
- ¿Has traído algún instrumento? ¿Hay aquí algo que pueda utilizar como tal?
- No, señor.
Pero recordaste de tus incursiones a escondidas en el foro que hay un implemento que adoro y temo al tiempo. Yo, completamente quieta, como me ordenaste, y muy sorprendida, vi cómo, lentamente, con una lentitud exasperante y muy deliberada por tu parte, tu cinturón pasó de su lugar habitual a tu mano. ¡El cinto! ¡No podía ser! Pero me lo entregaste, mirándome muy serio.
- Vas a enseñarme a usarlo y vas a adoptar la posición que consideres mejor para que te castigue con este instrumento. Voy a darte mucho en que pensar esta noche por no haber sabido comportarte, ¿entendido?
No me quedaba más remedio, así que te enseñé a usarlo de forma segura para los dos: doblándolo por la mitad y protegiendo la hebilla con tu mano. Y me coloqué en posición de castigo sobre una de las sillas, apoyando las manos en el asiento, todo lo adelante que pude, hasta sujetar con los dedos el borde. Ibas en serio, no cabía duda.
- No temas. No van a ser muchos, ni tampoco demasiado fuertes… sólo 10, para que aprendas a no jugar con cosas serias, como tu salud.
Esperé a sentir el primero de los correazos, pero no llegó… antes me tenías algo más preparado.
- Antes de que comience, vas a reconocer una a una todas tus faltas y a decirme que te mereces el castigo que te está cayendo esta noche, ¿ok?
¿Sabes lo humillante que es eso? Sí, claro que lo sabes; lo sabes de sobra, que es humillante porque eso implica asumir y aceptar el castigo. Y eso para ti le añade un punto interesante a esas situaciones, ya lo sé. Te encanta doblegar mi orgullo, hasta cierto punto, más de lo que yo en principio suelo estar dispuesta a permitirte. Y seguro que esperabas que no cediera a tu intento, pero no contaste con que yo estaba muy arrepentida por todo lo sucedido a raíz del reto que te lancé en la calle, así que asumí que merecía ese castigo y te dije una por una todas mis faltas, alguna incluso desconocida por ti, como los 2 días que había pasado sin comer en condiciones (sólo el desayuno, nada para comer y apenas un poquito de cena). Eso te enfadó mucho, no esperabas esa confesión de faltas que ni sabías que había cometido.
- Bien, serán 3 más por cada día sin comer, para que no se te vuelva a ocurrir hacer una bobada semejante. Y subiremos un poco la intensidad además. Eso por lista, por pasarte de lista, más bien.
Comenzaste a medir la distancia adecuada. Y, uno a uno, los 16 azotes fueron cayendo con la suficiente fuerza para hacerme removerme en mi posición, sin abandonarla en ningún momento. Te pusiste el cinto de nuevo y te sentaste en el sofá otra vez, arrellanándote, sin permitirme moverme todavía.
- Espero que te haya quedado bien clarito lo que no voy a permitir que se repita, ¿verdad, niña traviesa?
- Sí, señor.
- Oye, en el foro siempre defiendes que OTK a ultranza, antes y después de un buen castigo. ¿Qué es OTK?
- Significa “on the knees”.
- Bien, ya sabes dónde has de colocarte, ¿verdad?
¡Retorcido! ¡Estabas disfrutando mucho desde tu posición de poder! Y naturalmente tuve que volver a colocarme en tu regazo, pero esta vez me bajaste el tanga que llevaba (con un gato acosando a unos ratoncitos inocentes, ironías de la vida) y sólo me diste unas cuantas palmadas suaves, sólo para que las notase, pero sin que me dolieran… esta vez. Y me comenzaste a acariciar las rojísimas nalgas y los muslos, con cariño, suave, como tú sabes hacerlo cuando quieres que me calme.
- Esto te pasa sólo por ser una mala chica. ¿Cómo te sientes, mi niña dulce?
- Duele mucho, pero la verdad es que me siento bastante aliviada.
Y luego sacaste el tubito de crema de manos, que al menos aliviaría en algo mi maltrecho culito. Me senté, con las dificultades obvias en el sofá, junto a ti, tras vestirme de nuevo… y ya todo fueron mimos y caricias que borraron todo el mal rato de lo sucedido el día del reto.
