La Coctelera

Categoría: Relatos Gandalf

El momento más esperado.

Autor: Gandalf.

Sabía que el día había llegado. Sería un día especial, tantas veces imaginado, muchas veces soñado.

Desde que se habían conocido, unos meses atrás, todo había surgido a una velocidad muy superior a la que estaba acostumbrado. Se habían conocido por casualidad, fruto del azar y él todavía se sorprendía de lo mucho que habían llegado a compartir en estos pocos meses. Se había preguntado infinidad de veces como era posible pero había dejado de hacerlo: ya no importaba cómo ni porqué el caso es que compartían juntos muchísimas más cosas de las qué el hubiese soñado, que sentía algo especial por esa muchacha morena, bajita, de ojos negros. Por fin había llegado el momento.

Se preparó despacio con tiempo, tratando de contener un nerviosismo creciente, por fin iba a tener la oportunidad, creía, de hacer realidad sus anhelos, sus deseos más íntimos e inconfesables pero que sí se los había confesado a ella.

Después de comprobar en el espejo una vez más su imagen salió a la calle, decidido, sabiendo que había llegado el momento y nada se interpondría esta vez entre ambos.

La reconoció en cuanto la vio en la cafetería en la que habían quedado; sus miradas se cruzaron y ambos sonrieron, el se acercó con un suspiro de alivio. Se saludaron con un par de besos y ella le susurró al oído: “no he sido del todo buena”- él sonrió y le invitó a sentarse: “ya hablaremos de eso, ahora cuéntame que tal el viaje”.

Estuvieron charlando toda la tarde como dos buenos amigos, contándose cara a cara por fin todas aquellas cosas que no habían podido decirse hasta ese momento.

El la invitó a cenar, la cena fue excelente ambos se rieron mucho y el miedo y la angustia que había sentido ante ese encuentro tan esperado se disipó, parecía que se conociesen de toda la vida. Después de cenar pasearon por la ciudad, era una agradable noche de verano, no podían cogerse de la mano, ambos sabían porqué, sin embargo ella le apretaba el brazo de vez en cuando y él sonreía.

Entraron en la casa, ella había bebido un poco más de lo habitual, estaba lejos de estar borracha, pero se encontraba en ese estado en el que la timidez y la inseguridad van desapareciendo ayudadas por el alcohol. Ella no era una mujer tímida, al contrario, el efecto del alcohol, disipaba aún más esa timidez. Se acercó a él y apretándole la mano le susurró otra vez al oído: “No he sido una buena chica, ¿no vas a darme lo que merezco”?- Un brillo especial anidaba en sus profundos ojos negros cuando él la miró.

No dijo nada, la recostó boca a abajo en el sofá con chaisselonge que recientemente había adquirido, y se quedó contemplando largo rato el bello cuerpo de esa chica, admirando la curva de sus nalgas enfundadadas en un ajustado pantalón vaquero negro. Se deseo aumentaba por momentos, no podía dejar de mirarla sin embargo no se atrevía a tocarla. Ella levanto las nalgas hacia él en una muda invitación.

“Sí”-pensó él- “esta vez sí. Y comenzó a azotarla fuerte sobre las nalgas cubiertas por la tela vaquera, la mano restallaba sobre el pantalón una y otra vez. Ella no se quejaba, solo breves gemidos entrecortados escapan de sus labios de cuando en cuando.

Lentamente desabrochó los botones de su vaquero y le pidió que se lo sacase, ella obedeció la orden sin rechistar. Los azotes seguían cayendo y él notaba el calor de sus nalgas, sin embargo no paró.

Después de un rato en el que los azotes caían sin cesar sobre las nalgas de la chica, él se detuvo, acarició las nalgas de la mujer y le agradeció en su fuero interno que le hubiese permitido alcanzar su sueño. Ella dejó escapar un tenue gemido. El supo que no era el único que había deseado que ese instante llegase. Decidió continuar. Le pidió que se levantase se desnudase y le esperase Ella lo miró, interrogándole con la mirada, el no dijo nada y salió de la habitación.

Al cabo de unos instantes regresó, ella había cumplido la orden y le esperaba desnuda, el se acercó y le obligo a volverse, apoyándose en la pared, los brazos extendidos y las piernas separadas.

Se alejó unos pasos y ella reconoció enseguida el sonido de la fusta al cortar el aire, era el regalo que ella misma le había traído con una nota en la que le decía que esperaba hiciese un buen uso de ella.

El golpeó con la fusta las nalgas de la chica, a cada golpe ella en lugar de quejarse parecía pedir más, arqueando el cuerpo y suspirando. Fueron 10 golpes, el no quiso seguir, se acercó a ella y recorrió su cuerpo con sus besos, mientras lágrimas de dolor y placer surcaban los rostros de ambos. Ella se volvió y con una inmensa sonrisa le besó en los labios.

En casa...

Autor: Gandalf.

Ella era su amiga; se habían conocido por casualidad. Un encuentro fortuito en uno de esos lugares comunes que uno frecuenta sin saber muy bien que es lo que busca ni porqué está allí.

Habían comenzado a charlar de temas intrascendentes, solo por evitar incómodos silencios, él tímido, ella segura de sí misma, decidida. No tenía miedo a nada ni nada que esconder.

Después de varios encuentros ambos sentían que tenían puntos en común, que compartían cosas que quizá no sabían definir. Sin embargo se sentían cómodos el uno con el otro, él por primera vez en su vida sintió que alguien le comprendía, se sintió escuchado y no desplazado, su vida no había sido fácil, pero pese a todo no podía quejarse, se sentía afortunado de cómo le había tratado la vida: tenía una familia, un buen trabajo y recientemente había estrenado casa nueva.

Un día la invitó a que conociera su casa, ella aceptó con entusiasmo, se sentía a gusto, cómoda con ese chico. Era una tarde de sábado de primavera; un tímido sol lucía en el cielo aunque no calentaba lo suficiente, todavía quedaban lejos los cálidos meses de verano.

Él le mostró con entusiasmo su nueva casa, aunque procuraba disimular se sentía dichoso y afortunado porque por fin poseía algo propio, algo que le permitiría una independencia por la que había luchado durante años y que por fin podía lograr. Estaba encantado de poder mostrársela a su amiga. Ella sonrió ante el entusiasmo que él demostraba, consciente de la importancia que esa casa tenía para su amigo.

La casa era amplia, espaciosa, con mucha luz, especialmente una inmensa cristalera en el salón. Las vistas desde allí eran fantásticas ya que los amigos en la terraza podían contemplar los montes circundantes. Esa era la estancia que más le gustaba a él, sin embargo ella no puedo evitar fijarse en algunos rincones de la casa, un pensamiento fugaz acudió a su mente, apartó ese pensamiento y sin decir nada, continuó visitando el resto de la casa.

Después de ver la casa ambos decidieron salir a dar un paseo. Se trataba de un barrio nuevo, de reciente construcción, y junto a las grúas de edificios todavía sin terminar se podía observar a grupos de vecinos paseando por los parques que abundaban en toda la zona.

Él estaba feliz, la persona que caminaba a su lado le entendía le comprendía y no mostraba recelos antes sus ideas, se sentía libre de expresar sus ideas sin temor a que otros le juzgasen mal como había sucedido en el pasado. En cierto momento ambos se cogieron de la mano, mientras caminaban por el sendero que conducía al lago artificial que los constructores habían diseñado como reclamo de ese nuevo barrio residencial, fue algo natural y continuaron así cogidos de la mano hasta que el propuso regresar a casa y comer algo.

El le pidió que fuese colocando la mesa mientras se metía en la cocina a preparar algo para los dos. No era ningún experto, pero decidió que debía esforzarse. Se encerró en la cocina y no permitió que ella entrase. Ella pidió permiso para darse una ducha. Se entretuvo largo rato bajo el agua templada de la ducha, eliminando el cansancio de la caminata y de la larga semana de trabajo.

Cuando ella salió del cuarto de baño, vestida con el albornoz de él, la cena ya estaba lista, se había esmerado y la presentación parecía buena, al menos así se lo parecía a él, que por dentro deseaba fervientemente que a ella le gustase.

Ella se cambió en la habitación de al lado y cuando salió estaba espectacular. Llevaba un vestido de seda rojo que le cubría hasta poco más debajo de las rodillas y resaltaba su figura, que sin ser una figura de modelo ella sabía que atraía a los hombres.

No pudo dejar de contemplarla y admirarla, con su melena rubia suelta y esos ojos verdes..., estaba preciosa, sin embargo no se atrevió a decir nada, sabía que ella tenía sus propios compromisos y no quería estropear una bonita amistad por un comentario inoportuno.

Comenzaron a cenar, en silencio, el la miraba deseando que le gustase, se había esforzado mucho por agradarle, sin embargo ella no dijo nada, se mostró ausente, ensimismada en sus pensamientos. Terminaron de cenar sin intercambiar nada más que pequeñas frases de cortesía.

Cuando llegó el momento de los cafés ambos se sentaron en el sofá de la sala, arropados por la calidez de la habitación y la luz baja de la lámpara el decidió hablarle, estaba molesto y preocupado por la actitud de su amiga, no entendía el porqué de su mutismo.

- ¿Qué te pasa, Maya?, no has dicho nada en toda la cena, ¿quieres contarme que te preocupa?

Ella bajó la vista, bebió un sorbo de su café y se frotó las manos, nerviosa.

- Vamos -insistió su amigo- cuéntamelo, somos amigos, puedes confiar en mí.

-… bueno, es que creo que últimamente he metido la pata en casi todo lo que hago, el trabajo no funciona como debiera, el pequeño negocio familiar no va del todo bien e intuyo que es por mi culpa, he estado distraída y no le he prestado la atención que debía…

- Continúa-

- Bueno, también he tenido ciertos problemas personales, no me he comportado demasiado bien últimamente, y, creo que he hecho daño a una persona que me ha ayudado mucho y por la que siento algo muy especial,–añadió esta vez levantando la mirada y mirándolo a los ojos-

- Esta bien, cálmate, - dijo él tomando sus manos entre las suyas y acariciando suavemente su mejilla­ – ¿qué crees que podemos hacer?

- No se…dijo ella enrojeciendo y bajando nuevamente la vista- quizá si me castigases….desaparecería esta angustia que siento.

Él permaneció callado unos instante, instantes que a ella le parecieron siglos, finalmente le levantó la vista y mirándola a los ojos le dijo con voz autoritaria.

- Esta bien, si eso es lo que quieres lo tendrás, además tienes razón tu comportamiento en los últimos tiempos merece ser castigado puesto que las consecuencias del mismo han sido muy negativas. Ahora ve a ese rincón, cara a la pared a meditar sobre ello.

Ella le miró sorprendida, pero no se atrevió a replicar y un pequeño temblor, que, por suerte él no percibió, recorrió todo su cuerpo. Se colocó donde le indicaba, cruzó las manos a la espalda y bajó la vista.

No se atrevió a moverse tratando de meditar sobre su comportamiento tal y como él le había pedido, sin embargo no conseguía concentrase, indefinidas sensaciones recorrían todo su cuerpo y un hormigueo constante se instaló en su estómago.

Lo escuchó alejarse, sin embargo no se volvió. Muchísimos pensamientos se agolpaban en su mente, pensamientos que ella trataba de disipar, sin embargo, las sensaciones que su cuerpo le trasmitía desmentían a su cerebro que rechazaba esas sensaciones por irracionales e impropias de una mujer adulta como ella.

Pasados unos minutos el volvió a la habitación y la llamó. Ella se volvió y se dirigió hacia donde él estaba. Quedo sorprendida y admirada por su elegancia. Vestía ropa de montar, incluidas las botas, le pareció que estaba muy guapo, ella sabía que montaba a caballo, pero nunca le había visto vestido de esa forma. Se fijó que él sujetaba en su mano izquierda una fusta, tembló, esta vez el temblor fue claramente percibido.

Confío en que en este tiempo hayas meditado sobre tus actos de los últimos días -le dijo el con voz profunda-.

Ella murmuró un sí entrecortado, apenas audible, sin apartar la mano de la fusta que él sujetaba en su mano.

En ese caso –continuó él- estoy seguro de que habrás llegado a la conclusión de que mereces un castigo, ¿no es cierto?

Si,…si, volvió a musitar ella.

Bien, en ese caso, ven aquí, le dijo colocando una silla en el centro de la habitación sobre la que se sentó, dejando la fusta a su lado- túmbate en mis rodillas.

Ella se acomodo en la posición que su amigo le pedía. Un intenso rubor coloreaba sus mejillas.

El la contempló, nunca había azotado a nadie, no creía en la violencia ni en los castigos como medio de corregir comportamientos, pero el contemplarla en esa postura, totalmente entregada a él le hizo comprender que ella confiaba en él más de lo que creía. Un sentimiento de enorme emoción y responsabilidad lo embargó. Si- pensó. La castigaría, ella se lo merecía y se había entregado a él para que fuese su ejecutor. Sin pronunciar una palabra agradeció el gesto de su amiga y le propinó el primer azote.

Ella respondió de forma instintiva, retirándose hacia atrás, pero el la sujetó y continuó golpeando sus nalgas sobre el fino vestido de gasa rojo. Los azotes caían sin cesar primero en un lado, luego en el otro, pronto ella comenzó a moverse y a gemir quedamente.

Durante varios minutos, ella no supo cuantos, los azotes siguieron cayendo sin pausa sobre sus nalgas, sentía cada vez un mayor escozor, pero al mismo tiempo una sensación de ardiente deseo se instalaba en su entrepierna.

De pronto él cesó los azotes y acarició sus doloridas nalgas durante unos instantes, cuando ella cría que todo había terminado y estaba a punto de incorporarse, sitió que él asía los bordes de su vestido y tiraba de ellos hacía arriba, dejando al descubierto unas finas braguitas del mismo color que su vestido.

No, por favor, susurró- él no pareció oírle, acarició nuevamente sus nalgas sintiendo el calor que desprendía y arrancándole un gemido apenas contenido.

Los azotes se sucedieron de nuevo, esta vez sobre la ropa interior lo que la dejaba aún más indefensa, más expuesta, más entregada, no eran azotes fuertes pero si continuados, metódicos, lo que hizo que ella pronto empezara a suplicar.

- Basta, basta por favor, he aprendido la lección, no volverá a suceder.

- Se que no volverá a suceder preciosa respondió el sonriendo, pero quiero que entiendas que las consecuencias de tus actos afectan a muchas personas que te quieren y que se han sentido decepcionadas, defraudadas por tu actitud.

Las palabras de él tocaron una fibra sensible en el corazón de la chica y gruesas lágrimas surcaron su cara. El detuvo los azotes y la levantó, secando sus lágrimas.

Ven- le dijo guiándola-, colócate aquí, junto al ventanal esta será la última parte del castigo, recibirás 10 azotes con la fusta sobre las nalgas desnudas, de este modo recordarás siempre no defraudar a tus seres queridos.

Pero… la fusta…

Si, será con la fusta, respondió el, eso marcará tu piel y con cada azote pagarás el daño que has hecho a quienes te aman. Vamos, quítate las bragas. Ella obedeció desprendiéndose de la última prenda que cubría su intimidad y se inclinó, ofreciéndose. Él volvió a admirar y agradecer la entrega de esa amiga tan especial que le hacía sentirse amado, comprendido, querido, respetado.

De pronto la fusta impacto contra la nalga desnuda, ella suspiró fuertemente, pero no se movió, los azotes continuaron, el manejaba la fusta con maestría y la piel de su amiga se veía surcada por los azotes.

Ella no pudo apuntar más y rompió a llorar sin consuelo, con una mezcla de dolor, placer y agitada liberación de su atormentado corazón, el no se detuvo hasta completar los diez azotes prometidos, entonces, dejando la fusta a un lado se acercó a su amiga y ambos se abrazaron con fuerza durante varios minutos, expresándose sin palabras su agradecimiento mutuo. Después ella se separó y con una sonrisa dirigió su mirada hacia su sexo, donde brillantes gotas de humedad dejaban constancia de la magnitud de su deseo.

Torre Agbar.

Autor: Gandalf.

Se contempló en el espejo y decidió que la de esta noche sería la última vez. Había hablado ya con sus superiores, les había mostrado su predisposición a abandonar el proyecto, pero ellos le habían pedido que hiciese un último servicio a la compañía. Servicio que sería generosamente remunerado, también como compensación a los riesgos que había asumido por su trabajo.

Había decidido comprarse una casa en el campo, una casa de piedra, grande, robusta, rodeada de césped y jardín. Al fin y al cabo podía permitírselo. Su inteligencia le había permitido llegar a la posición que actualmente ocupaba, sabía que era la mejor en su trabajo.

Era una experta restauradora, enamorada de su trabajo y apasionada cuando se trataba de una investigación. No escatimaba nunca horas y esfuerzo para alcanzar sus propósitos, por eso, sin haber alcanzado los treinta ya era considerada una de las más prestigiosas investigadoras en el campo su especialidad: el arte de los imperios Inca y Azteca.

Pero además de su trabajo como restauradora estaba su “hobbie”, como ella lo consideraba. Enamorada del arte desde pequeña, se había sentido fascinada siempre por las imágenes. Desde que podía recordar se veía a sí misma viendo dibujos y láminas de Velazquez, Tiziano, Rembrandt, Rafael, Leonardo, o cualquier pintor que cayera en sus manos... también le gustaba la escultura pero se sentía atraída sin remedio por el color y la imagen, además era extremadamente curiosa.

Ello le había conducido, casi sin quererlo a la situación en la que ahora se encontraba. Desde hacía casi dos años se encargaba para la Fundación Verdad de descubrir a lo largo de todo el mundo pinturas falsas de los más afamados falsificadores de obras de arte de todo el mundo. Esas obras se encontraban en las manos de coleccionistas privados o de Museos que las exhibían como auténticas, el propósito de la Fundación Verdad era descubrir dónde se encontraban y “sacarlas de circulación” para evitar especulaciones millonarias.

“Esta será la última vez” -se dijo. El último encargo que le habían encomendado los patronos de la fundación era encontrar la falsificación de “El Grito” de Munch, después de dos años de secuestro del original, la prensa especulaba con que pronto aparecería el cuadro, pero la Fundación creía que se trataba de una falsificación.

Los datos que le habían dado es que el cuadro se encontraba en un despacho de oficinas en la torre Agbar, en Barcelona.

Se duchó, y tras colocarse un vestido de gasa negro que se ajustaba como un guante a su cuerpo, se contemplo brevemente en el espejo. Una leve sonrisa iluminó su cara al comprobar que los años de ejercicio y largas caminatas en interminables búsquedas de pergaminos, documentos y otras pruebas históricas, habían conseguido moldear su cuerpo de una forma que sabía atraía a muchos hombres.

Cuando se llegó a la torre Agbar se quedó un momento contemplando el inmenso edificio fálico de las aguas de Barcelona. “quien diseño esto debía tener en mente alguna otra cosa, no un edificio de aguas”- pensó-
Se dirigió al edificio y no tuvo dificultad en entrar, el guardia de seguridad se encontraba haciendo la ronda en el otro extremo del pasillo y ella cruzó como una sombra sin que el hombre se percatase de nada.

Alcanzó pronto la última planta del edificio, según le había informado la copia estaba en una caja fuerte en el despacho del director general, al fondo del pasillo. La caja fuerte no sería problema puesto que llevaba un pequeño aparatito que inhibía las ondas de frecuencia y hacía que la combinación se borrase, bastaba con girar los discos dentados un par de veces en cada sentido y la caja cedería sin resistencia.

Se encaminó resuelta por el pasillo, pero pronto descubrió una luz, justo en el despacho anterior al que pretendía dirigirse, se encaminó con cautela hacia allí y atisbó por si veía a alguien.

No se veía a nadie, solo una pequeña luz auxiliar iluminaba una mesa de despacho. “Bueno, -pensó-” será sencillo en cinco minutos estaré fuera y todo habrá terminado”.

Cuando se encontraba asiendo el picaporte de la puerta una voz fuerte la detuvo en seco.
- “¿Quién es usted?, ¿qué está haciendo aquí?” Ella quedó paralizada, no supo reaccionar, el timbre de esa voz, segura y fuerte le asustó

Él se acercó a ella y la retuvo por la muñeca. “Lo que pretende hacer es un delito, voy a llamar a la policía”.

En ese momento ella comprendió que le sería muy difícil justificar que estaba haciendo allí y que si él llamaba a la policía perdería su puesto y su reputación y ya no podría dedicarse a la investigación nunca más. Por otra parte la mano de él presionando su muñeca le producía una indescifrable sensación y sintió como el rubor subía a sus mejillas, mezcla de miedo, vergüenza y algo más que no supo identificar.

Se giró lentamente y le miro a los ojos. “Por favor, no llame a la policía -suplicó- eso podría arruinar mi carrera, ¿sabe quién soy? Dijo manteniendo la altivez de su mirada-

El se quedó mirándola, sus ojos se clavaron en ella- “No me importa quien es usted, esto es una propiedad privada y no puede entrar aquí” espero que tenga una buena razón para hacerlo, y confío en que sepa explicármela, si no llamaré a la policía.

Ella sintió algo en su interior, esa mirada, esas manos fuertes, hicieron que algo se removiese en su interior. El no era un hombre alto ni se podía considerar especialmente atractivo pero tenía una mirada vivaz, inquisitiva, algo que a ella la hechizó.

La mirada dura de él esperando una respuesta por su parte la hizo reaccionar – “Disculpe es que... soy la nueva secretaria de dirección-improviso- el Señor Marqués me pidió que recogiese unos documentos urgentes que debía entregar mañana en la reunión del Consejo de Administración”

El se le quedó mirando, ella conocía el nombre del Director y sabía que al día siguiente había Consejo de Administración, pero aquello no podía ser verdad.
Él era el director de recursos humanos de la empresa, precisamente se había quedado hasta tarde porque no acababa de decidir el despido de un profesional muy calificado pero que había cometido una negligencia grave.

Cada vez más enfadado le dijo: “Mire señorita, no se quien es, pero lo que si se es que usted no es la secretaria de dirección del señor Marqués, yo soy el responsable de su contratación y todavía no lo he hecho, así que no me haga perder más el tiempo y explíquese” Mientras hablaba no pudo dejar de contemplar su figura y admirarla, el ajustado traje de seda marcaba a la perfección las curvas de la chica, mostrado unos pechos llenos y seductores.

“Acompáñeme” -le dijo- y agarrándola por el codo se colocó detrás suya y le acompañó hasta su despacho. Al colocarse detrás sin poder evitarlo se quedó mirando la sensual curva que las nalgas de la chica dibujaban al caminar.

-“Y bien, explíquese”- Ella sintió su mirada penetrante y comprendió que él solo aceptaría la verdad además algo en su interior le impedía mentir a aquel hombre de ojos castaños y mirada penetrante. Le contó toda la historia. El le miró sin interrumpirla y cuando terminó le dijo: “bueno eso es un delito y me temo que tendré que denunciarla, pero como ha sido sincera le propongo que usted me de una alternativa mejor para solucionar esto”, - dijo clavando en ella su mirada-

Ella con gesto preocupado le dijo “Mire, si me denuncia perderé mi empleo y reputación y no podré continuar mi labor investigadora, me he portado mal y merezco un castigo. Castígueme como crea conveniente pero por favor no me delate”- al decir esto sintió que el rubor subía nuevamente a sus mejillas y bajó la cabeza avergonzada.

Él no dijo nada durante varios minutos, ella mantuvo la cabeza baja esperando, mientras un una sensación de hormigueo se instalaba en su estómago. Finalmente habló; con voz profunda y calmada le dijo: “usted se ha comportado como una chiquilla y por tanto merece ser tratada como tal, no la voy a denunciar pero va a ser castigada por tratar de apropiarse de lo ajeno y por insolente, ¿está de acuerdo?”

Ella levantó por fin la vista y musitó un “si” apenas audible. Entonces el le dijo: gírese y apóyese sobre la mesa, separe un poco las piernas. Ella lo hizo y girándose apoyo las palmas de las manos en la gran mesa caoba del despacho, un despacho sobrio en los que la única decoración era una foto de él montando con elegancia sobre un bello caballo blanco al que azuzaba con la fusta. Ella contempló la elegancia del hombre a caballo y espero con una mezcla de temor, vergüenza y deseo.

La contempló apoyada sobre la mesa, con las piernas ligeramente abiertas, pudo admirar las perfectas formas de sus nalgas marcadas por el ajustado vestido de gasa. Acercándose despacio palpó levemente sus nalgas, la empujo levemente del cuello para que inclinara la cabeza, de este modo sus nalgas se levantaron ligeramente quedando más expuestas.

El primer azote, fuerte y rápido la sorprendió dio un pequeño salto hacia atrás. ”No se mueva, si desea que lo dejemos lo haremos, pero deberé llamar a la policía”. Ella asintió con la cabeza y se mantuvo quieta apoyando firmemente las palmas de las manos en la mesa. Los azotes se sucedieron durante varios minutos. Ella comenzó a sentir el calor que se extendía por sus nalgas. Dolía, y notaba sus mejillas calurosas por la vergüenza, nunca la habían azotado pero sentía que lo merecía, e incluso lo necesitaba, la vergüenza y la pena se mezclaban con el dolor de los azotes y un calor más intenso y profundo se instalaba al mismo tiempo en su estómago.

De pronto él se detuvo, ella no se movió no sabiendo si el castigo había terminado o no, sentía un intenso picor en las nalgas pero también sentía una creciente excitación, la ambivalencia de sensaciones le producía una tremenda confusión.

El se acercó lenta, pausadamente, acarició sus nalgas a través de la fina tela del vestido y ella sintió un momentáneo alivio, el hablo: “estos azotes han sido por entrar en una propiedad que no es suya, pero el cuadro no me importa, me duele más la mentira”. Ella sintió la decepción en su voz, algo en su interior se removió y rompió a llorar en silencio.

Él la acarició y continuó con voz suave mientras secaba sus lágrimas: “ahora recibirá varios azotes con el cinturón, de este modo espero que comprenda que no soporto la mentira, por favor, colóquese en esa esquina, apoye las manos en la pared y separe las piernas.

Ella hizo lo que le pedía mientras él observaba desde detrás. El lugar que le había indicado estaba junto a la ventana por lo que su figura se recortaba en la noche. Un viento frío entraba por la ventana y ella agradeció ese frescor que aliviaba en parte el calor de su cuerpo.

Enseguida escuchó un breve siseo, se dio cuenta que el cinturón había salido de las presillas del pantalón que lo sujetaban y un escalofrío mezcla de temor y excitación recorrió todo su cuerpo.

De pronto el se acercó, posó sus manos en sus nalgas y tras una suave caricia, levantó el vestido, que quedó suspendido en las caderas de la infortunada espía. El rubor volvió a acudir a sus mejillas al verse expuesta así ante un desconocido, de pronto él de un tirón bajó el elástico de sus bragas, quedando su trasero desnudo expuesto a la mirada curiosa y encendida del hombre.

Contempló con deleite la redondez desnuda de la muchacha de un tono rojizo y tras unos instantes el cinturón marcó las nalgas de la chica, haciendo que un gemido entrecortado se escapara de sus labios. Los azotes seguían cayendo, rápidos, fuertes, sin pausa, cada vez que el cinturón empuñado por la mano firme de ese hombre caía sobre las ya castigadas nalgas de la chica, una oleada de dolor y placer hacía sacudirse a la chica.

Después de tres fuertes azotes que la hicieron gritar de dolor el castigo cesó. El se acercó y la acarició con dulzura “Espero -le dijo susurrándola al oído que haya aprendido la lección y nunca más vuelva a entrar en casa ajena a curiosear y mucho menos que mienta”

“Si, contestó ella volviéndose para mirarle mientras lágrimas de dolor y placer surcaban su cara, ahora necesito sentir otro consuelo”- sonrió y le miró con una brillo especial en sus ojos.

Él la besó y en la fálica torre Agbar, ambos se fundieron el uno en el otro.