Ella era su amiga; se habían conocido por casualidad. Un encuentro fortuito en uno de esos lugares comunes que uno frecuenta sin saber muy bien que es lo que busca ni porqué está allí.
Habían comenzado a charlar de temas intrascendentes, solo por evitar incómodos silencios, él tímido, ella segura de sí misma, decidida. No tenía miedo a nada ni nada que esconder.
Después de varios encuentros ambos sentían que tenían puntos en común, que compartían cosas que quizá no sabían definir. Sin embargo se sentían cómodos el uno con el otro, él por primera vez en su vida sintió que alguien le comprendía, se sintió escuchado y no desplazado, su vida no había sido fácil, pero pese a todo no podía quejarse, se sentía afortunado de cómo le había tratado la vida: tenía una familia, un buen trabajo y recientemente había estrenado casa nueva.
Un día la invitó a que conociera su casa, ella aceptó con entusiasmo, se sentía a gusto, cómoda con ese chico. Era una tarde de sábado de primavera; un tímido sol lucía en el cielo aunque no calentaba lo suficiente, todavía quedaban lejos los cálidos meses de verano.
Él le mostró con entusiasmo su nueva casa, aunque procuraba disimular se sentía dichoso y afortunado porque por fin poseía algo propio, algo que le permitiría una independencia por la que había luchado durante años y que por fin podía lograr. Estaba encantado de poder mostrársela a su amiga. Ella sonrió ante el entusiasmo que él demostraba, consciente de la importancia que esa casa tenía para su amigo.
La casa era amplia, espaciosa, con mucha luz, especialmente una inmensa cristalera en el salón. Las vistas desde allí eran fantásticas ya que los amigos en la terraza podían contemplar los montes circundantes. Esa era la estancia que más le gustaba a él, sin embargo ella no puedo evitar fijarse en algunos rincones de la casa, un pensamiento fugaz acudió a su mente, apartó ese pensamiento y sin decir nada, continuó visitando el resto de la casa.
Después de ver la casa ambos decidieron salir a dar un paseo. Se trataba de un barrio nuevo, de reciente construcción, y junto a las grúas de edificios todavía sin terminar se podía observar a grupos de vecinos paseando por los parques que abundaban en toda la zona.
Él estaba feliz, la persona que caminaba a su lado le entendía le comprendía y no mostraba recelos antes sus ideas, se sentía libre de expresar sus ideas sin temor a que otros le juzgasen mal como había sucedido en el pasado. En cierto momento ambos se cogieron de la mano, mientras caminaban por el sendero que conducía al lago artificial que los constructores habían diseñado como reclamo de ese nuevo barrio residencial, fue algo natural y continuaron así cogidos de la mano hasta que el propuso regresar a casa y comer algo.
El le pidió que fuese colocando la mesa mientras se metía en la cocina a preparar algo para los dos. No era ningún experto, pero decidió que debía esforzarse. Se encerró en la cocina y no permitió que ella entrase. Ella pidió permiso para darse una ducha. Se entretuvo largo rato bajo el agua templada de la ducha, eliminando el cansancio de la caminata y de la larga semana de trabajo.
Cuando ella salió del cuarto de baño, vestida con el albornoz de él, la cena ya estaba lista, se había esmerado y la presentación parecía buena, al menos así se lo parecía a él, que por dentro deseaba fervientemente que a ella le gustase.
Ella se cambió en la habitación de al lado y cuando salió estaba espectacular. Llevaba un vestido de seda rojo que le cubría hasta poco más debajo de las rodillas y resaltaba su figura, que sin ser una figura de modelo ella sabía que atraía a los hombres.
No pudo dejar de contemplarla y admirarla, con su melena rubia suelta y esos ojos verdes..., estaba preciosa, sin embargo no se atrevió a decir nada, sabía que ella tenía sus propios compromisos y no quería estropear una bonita amistad por un comentario inoportuno.
Comenzaron a cenar, en silencio, el la miraba deseando que le gustase, se había esforzado mucho por agradarle, sin embargo ella no dijo nada, se mostró ausente, ensimismada en sus pensamientos. Terminaron de cenar sin intercambiar nada más que pequeñas frases de cortesía.
Cuando llegó el momento de los cafés ambos se sentaron en el sofá de la sala, arropados por la calidez de la habitación y la luz baja de la lámpara el decidió hablarle, estaba molesto y preocupado por la actitud de su amiga, no entendía el porqué de su mutismo.
- ¿Qué te pasa, Maya?, no has dicho nada en toda la cena, ¿quieres contarme que te preocupa?
Ella bajó la vista, bebió un sorbo de su café y se frotó las manos, nerviosa.
- Vamos -insistió su amigo- cuéntamelo, somos amigos, puedes confiar en mí.
-… bueno, es que creo que últimamente he metido la pata en casi todo lo que hago, el trabajo no funciona como debiera, el pequeño negocio familiar no va del todo bien e intuyo que es por mi culpa, he estado distraída y no le he prestado la atención que debía…
- Continúa-
- Bueno, también he tenido ciertos problemas personales, no me he comportado demasiado bien últimamente, y, creo que he hecho daño a una persona que me ha ayudado mucho y por la que siento algo muy especial,–añadió esta vez levantando la mirada y mirándolo a los ojos-
- Esta bien, cálmate, - dijo él tomando sus manos entre las suyas y acariciando suavemente su mejilla – ¿qué crees que podemos hacer?
- No se…dijo ella enrojeciendo y bajando nuevamente la vista- quizá si me castigases….desaparecería esta angustia que siento.
Él permaneció callado unos instante, instantes que a ella le parecieron siglos, finalmente le levantó la vista y mirándola a los ojos le dijo con voz autoritaria.
- Esta bien, si eso es lo que quieres lo tendrás, además tienes razón tu comportamiento en los últimos tiempos merece ser castigado puesto que las consecuencias del mismo han sido muy negativas. Ahora ve a ese rincón, cara a la pared a meditar sobre ello.
Ella le miró sorprendida, pero no se atrevió a replicar y un pequeño temblor, que, por suerte él no percibió, recorrió todo su cuerpo. Se colocó donde le indicaba, cruzó las manos a la espalda y bajó la vista.
No se atrevió a moverse tratando de meditar sobre su comportamiento tal y como él le había pedido, sin embargo no conseguía concentrase, indefinidas sensaciones recorrían todo su cuerpo y un hormigueo constante se instaló en su estómago.
Lo escuchó alejarse, sin embargo no se volvió. Muchísimos pensamientos se agolpaban en su mente, pensamientos que ella trataba de disipar, sin embargo, las sensaciones que su cuerpo le trasmitía desmentían a su cerebro que rechazaba esas sensaciones por irracionales e impropias de una mujer adulta como ella.
Pasados unos minutos el volvió a la habitación y la llamó. Ella se volvió y se dirigió hacia donde él estaba. Quedo sorprendida y admirada por su elegancia. Vestía ropa de montar, incluidas las botas, le pareció que estaba muy guapo, ella sabía que montaba a caballo, pero nunca le había visto vestido de esa forma. Se fijó que él sujetaba en su mano izquierda una fusta, tembló, esta vez el temblor fue claramente percibido.
Confío en que en este tiempo hayas meditado sobre tus actos de los últimos días -le dijo el con voz profunda-.
Ella murmuró un sí entrecortado, apenas audible, sin apartar la mano de la fusta que él sujetaba en su mano.
En ese caso –continuó él- estoy seguro de que habrás llegado a la conclusión de que mereces un castigo, ¿no es cierto?
Si,…si, volvió a musitar ella.
Bien, en ese caso, ven aquí, le dijo colocando una silla en el centro de la habitación sobre la que se sentó, dejando la fusta a su lado- túmbate en mis rodillas.
Ella se acomodo en la posición que su amigo le pedía. Un intenso rubor coloreaba sus mejillas.
El la contempló, nunca había azotado a nadie, no creía en la violencia ni en los castigos como medio de corregir comportamientos, pero el contemplarla en esa postura, totalmente entregada a él le hizo comprender que ella confiaba en él más de lo que creía. Un sentimiento de enorme emoción y responsabilidad lo embargó. Si- pensó. La castigaría, ella se lo merecía y se había entregado a él para que fuese su ejecutor. Sin pronunciar una palabra agradeció el gesto de su amiga y le propinó el primer azote.
Ella respondió de forma instintiva, retirándose hacia atrás, pero el la sujetó y continuó golpeando sus nalgas sobre el fino vestido de gasa rojo. Los azotes caían sin cesar primero en un lado, luego en el otro, pronto ella comenzó a moverse y a gemir quedamente.
Durante varios minutos, ella no supo cuantos, los azotes siguieron cayendo sin pausa sobre sus nalgas, sentía cada vez un mayor escozor, pero al mismo tiempo una sensación de ardiente deseo se instalaba en su entrepierna.
De pronto él cesó los azotes y acarició sus doloridas nalgas durante unos instantes, cuando ella cría que todo había terminado y estaba a punto de incorporarse, sitió que él asía los bordes de su vestido y tiraba de ellos hacía arriba, dejando al descubierto unas finas braguitas del mismo color que su vestido.
No, por favor, susurró- él no pareció oírle, acarició nuevamente sus nalgas sintiendo el calor que desprendía y arrancándole un gemido apenas contenido.
Los azotes se sucedieron de nuevo, esta vez sobre la ropa interior lo que la dejaba aún más indefensa, más expuesta, más entregada, no eran azotes fuertes pero si continuados, metódicos, lo que hizo que ella pronto empezara a suplicar.
- Basta, basta por favor, he aprendido la lección, no volverá a suceder.
- Se que no volverá a suceder preciosa respondió el sonriendo, pero quiero que entiendas que las consecuencias de tus actos afectan a muchas personas que te quieren y que se han sentido decepcionadas, defraudadas por tu actitud.
Las palabras de él tocaron una fibra sensible en el corazón de la chica y gruesas lágrimas surcaron su cara. El detuvo los azotes y la levantó, secando sus lágrimas.
Ven- le dijo guiándola-, colócate aquí, junto al ventanal esta será la última parte del castigo, recibirás 10 azotes con la fusta sobre las nalgas desnudas, de este modo recordarás siempre no defraudar a tus seres queridos.
Pero… la fusta…
Si, será con la fusta, respondió el, eso marcará tu piel y con cada azote pagarás el daño que has hecho a quienes te aman. Vamos, quítate las bragas. Ella obedeció desprendiéndose de la última prenda que cubría su intimidad y se inclinó, ofreciéndose. Él volvió a admirar y agradecer la entrega de esa amiga tan especial que le hacía sentirse amado, comprendido, querido, respetado.
De pronto la fusta impacto contra la nalga desnuda, ella suspiró fuertemente, pero no se movió, los azotes continuaron, el manejaba la fusta con maestría y la piel de su amiga se veía surcada por los azotes.
Ella no pudo apuntar más y rompió a llorar sin consuelo, con una mezcla de dolor, placer y agitada liberación de su atormentado corazón, el no se detuvo hasta completar los diez azotes prometidos, entonces, dejando la fusta a un lado se acercó a su amiga y ambos se abrazaron con fuerza durante varios minutos, expresándose sin palabras su agradecimiento mutuo. Después ella se separó y con una sonrisa dirigió su mirada hacia su sexo, donde brillantes gotas de humedad dejaban constancia de la magnitud de su deseo.