La Coctelera

Categoría: Relatos Maxwell

El lienzo.

Autor: Maxwell.

Estaba esperándola en el aeropuerto, pero ya comenzaba a impacientarme. Su vuelo hacia ya rato que había aterrizado y no la veía ni mi teléfono sonaba. ¿Que estaría haciendo? Los intentos por contactar con ella daban como resultado la locución que odia todo spanker. Una chica con voz dulce y melodiosa nos dice que lo siente que el teléfono esta apagado o fuera de cobertura. Lo que daría por tener a esa chica sobre mis rodillas 10 minutos. Si que se lo haría sentir.

Tras unos minutos más de larga espera apareció una chica de ojos rasgados y piel dorada bajo el sol. Se notaba en su exótico cuerpo la mezcla de razas.
-Hola, me alegra verte por fin- le dije mientras la abrazaba.
-A mi también me alegra verte- dijo en un perfecto castellano que ponía de manifiesto que nunca visito Egipto el país de su padre.

Comencé a caminar y como un perfecto caballero me volví para ayudarla con la maleta, entonces los dos nos dirigimos al aparcamiento donde el coche de alquiler nos esperaba. Durante el camino proseguimos con nuestras charlas de Internet. Solo se vio interrumpida esta amena conversación por la visión de la torre Agbar. Llegamos a la conclusión que en algún lugar deben hacer una con forma de lo que ella guarda entre sus muslos.

En el hotel todo fue muy tranquilo ya tenía el registro hecho así ahorramos tiempo. Y fuimos directos a la habitación al sacar las maletas del coche también se incorporo una mochila mía que escondía los instrumentos educativos.

-¿Por que tardaste tanto en salir?
-Me registraron la maleta. Les resulto llamativo mi equipaje.
-Estoy convencido de ello pero luego miraré lo que se vio allí. Ahora quiero saber:
¿Por qué no estudias para los exámenes?
¿Por qué te han retirado 5 puntos del carné?
¿Por qué sigues fumando?
¿Por qué te acuestas tarde todas las noches hablando por el msn?

Ella bajo la carita y la puso triste –Lo siento no volverá a ocurrir- y me lanzo una mirada por la cual le habría perdonado un mundo pero como buen Spanker su educación me corresponde y no me puedo dejar influenciar por mis sentimientos.
-Señorita, quiero verla cara a la pared con la puntita de la nariz tocando la y las manos sobre su linda cabeza.

Me dirigí a mi mochila y saque los correctores. Una buena fusta, una raquetita de madera, una cinta adherente… Después de extenderlos bien sobre la cama decidí que me merecía una ducha relajante, dicho y hecho saque las últimas cosas que había puesto, ropa limpia. Me tome mi tiempo en el ducharme, afeitarme, sacarme, peinarme y echar vistazos esporádicos a mi díscola jovencita para ver si se había movido un milímetro. Cuando le eché el último vistazo me di cuenta de que el preliminar era más duro de lo esperado pues sus bonitos zapatitos de estreno no eran todo lo cómodos para la posición y ella lo sabía.
-Por que las mujeres os empeñáis en haceros altas a base de sufrir. Descálcese jovencita esto no es una boda ni un baile donde vaya a lucirse.
-Sí señor.
Con gran destreza consiguió descalzarse sin que percibiese que retiraba la nariz de la pared, es más decidió apretarla más para evitar este hecho.
-Cuando quieres eres muy obediente- le dije mientras acariciaba su sedoso pelo. –Te mereces un premio coge el cepillo de madera que hay sobre la cama y cuida tu precioso cabello acariciándolo 50 veces.

Muy contenta seguramente por tener sus pies más aliviados agarro el cepillo y delante del espejo de la habitación comenzó a disfrutar de su premio. Al observar su figura mirándome por el espejo observé como movía los deditos de los pies. Graciosa chiquilla, ante mi se comporta como una muchachita arrepentida pero si no estoy vuelve a las andadas en menos que canta un gallo.

-Termine, señor.
Me acerque y sentándome sobre la cama la puse en mis rodilla. Entonces empecé a azotar esas bonitas posaderas. Ella enseguida empezó a moverse y me costo algo poderla inmovilizar pues en su empeño por que no la azotase hasta corría el riesgo de caer al suelo.
-Estate quieta o te harás daño tu solita y eso no cuenta ni como un azote.
-Suéltame y me estaré quieta, bruto.
Sus piernas de bailarina eran muy preciadas por ella y es por eso que no recibiría ni un solo azote, pero me tenía que reprimir. Aparte eran fuertes y no estoy seguro de que si de verdad hubiese querido escapar no lo habría hecho ya.
Le subí la faldita y contemple unas bonitas braguitas rosas con un dibujo muy sugerente. La silueta de un muñeco azotando a otro y un pequeño texto acompañándolo “Si puedes leer esto no imites el dibujo”. Decidí hacerle caso, seguramente habría hecho esas braguitas solo para esta ocasión. Le quite las braguitas y aproveche el movimiento descontrolado de su brazo para robarle el cepillo y usarlo para el fin que lo había traído. Darle ese color tan favorecedor a sus posaderas y tan importante para su aprendizaje. Tras unos minutos de forcejeos de dudosos objetivos, decidí que ese culito estaba lo bastante coloradito.
La levanté y la llevé del brazo frente al espejo, y le levanté la falda.
-Eres una chica muy traviesa, mira como quedo tu culito.
-Pobrecito- dijo mirando el reflejo en el espejo mientras en su semblante se dibujaba una carita de niña buena.
-¿Sabes que no hemos terminado?
-¿Aún más señor? ¿No se si lo soportaré? ¿Cuántos serán?
-Ahora los calcularemos, no te preocupes.

Le quite la blusa y el sujetador y la tumbe bocabajo en la cama. Saque de mi neceser las herramientas necesarias para satisfacer las inquietudes de esa jovencita. Me senté a su lado y en un cuenco de madera hice la mezcla que leí en aquella Web.
Ella me observaba a través del espejo, sin perder detalle de mis movimientos.

-¿Has dormido lo que debías?
-No, señor.
Dibujé con mi pincel y la tinta que acababa de preparar un proyecto de cama y un 40 a su lado.
-¿Has estudiado para sacar buenas notas?
-No mucho señor.
Esta vez dibuje unos libros y la cifra de 60.
-¿Dejaste el fumar como me prometiste?
-lo siento señor.
El cigarro me salio muy bien, y la cifra de 100 me quedo fantástica.
-¿La alimentación es sana?
-Muchísimo, mi señor.
Vaya en parte era un alivió, ¿que habría dibujado?
-¿Haces esperar a la gente?
-…
Dibujé un reloj y la cifra de 45 a su lado.

Me levante de su lado y fui al lavabo, limpié todos los instrumentos a conciencia mientras admiraba mi obra de arte. Podía ver en su mirada las ansias de saber lo que había escrito en su espalda, pero sabía que no podía pedirlo.
Tras haberlo guardado todo bien seco y listo para ser usado cuando fuese necesario me agache a su lado.
-Eres preciosa, y ya tienes lo que me pediste. En tu espalda están todas las faltas cometidas y el número de azotes que recibirás. Aquí están los tres instrumentos con los que te los daré.- Le señale mi cinturón, una raquetita de pipón, una zapatilla playera y una cane.
-Gracias señor.- Dijo con voz suave y cariñosa.
-Levántate y míralo que lo estas deseando.

No hizo falta que se lo repitiera, rápidamente se levanto y fue al espejo para poder leer lo que estaba escrito. El contemplar esas cifras la excito muchísimo, miraba su reflejo y los instrumentos y se hacia imágenes mentales de cómo sería su castigo.
Me acerque a ella y le solté la faldita. La agarre del brazo y me la lleve hasta donde estaban los juguetes, dejando frente al espejo la falda. Cogí el cinturón y la recosté sobré la cama. Acaricié ese bonito culito con el cinturón que pronto no sería tan delicado con sus posaderas.

Comencé la azotaina. Fueron 40 azotes muy severos en varias ocasiones le tuve que recordar que el ser una chica traviesa que no se queda quieta al recibir su castigo tiene consecuencias muy graves. Ella parecía entenderlo pero eso no evito que un par de azotes fuesen a sus muslos. Una poca medicina extra no le haría ningún daño.
Tras terminar la puse sobre mi regazo y empecé a darle los azotes con la raquetita.
-Se que te duele, pero tu te lo has buscado jovencita.
-Paré, por favor me portaré bien.
-Te portaras bien si paro pero se que también lo harás si no paro y como esto te lo tienes merecido. Pues no pienso parar.
Tras terminar el perfeccionamiento de mi saque en ese juego que nunca practique, agarré la zapatilla playera. Esto si le iba a doler. Al terminar de darle los azotes pertinentes note como mi pantalón estaba húmedo y ella estaba más parlanchina que antes. La levante de mi regazo y pude comprobar como una mancha había salido en la parte en la que ella tenia la entrepierna.

Me levanté y decidí poner mejor el espejo de la habitación. Lo puse mirando a donde ella estaba y entonces volví a cogiendo la cane azote esos últimos 45 azotes merecidísimos. Ella miraba con especial atención la escena que ocurría en el espejo, parecía querer ser la protagonista de los acontecimientos que allí veía. Tras darle el último de los azotes. Se giro y se abrazo a mí dándome un gran beso.
Terminamos amándonos en la cama y en la ducha. Y nos habríamos amado si no fuese por el sonido de mi móvil advirtiéndome que tengo que entrar a trabajar.

-Lo siento mi vida, tengo que marchar pero enseguida regreso.
-¿Cuanto es enseguida?
-7 horas.
-Te esperaré, aunque ya no podré ver lo que escribiste en mi espalda.
-No te preocupes tengo todavía tiempo para dibujarte un coche y la cifra que le corresponde a perder 5 puntos.

Al salir por la puerta ella aún se contemplaba la espalda en el espejo.

Hotel

Autor: Maxwell.
El registro en el hotel fue algo lento para nuestro gusto. Nos teníamos muchas ganas.
-Habitación 315- dijo el recepcionista.

Fuimos inmediatamente al ascensor. Pulsamos el botón de subida y esperamos. Al llegar el ascensor nos metimos dentro y pulsamos los dos al tiempo el número 3. Las puertas se cerraron y nos fundimos en un beso eterno, apasionado e intenso, que nos trasladó hasta la tercera planta. Al darnos cuenta de nuestra nueva ubicación empezamos la búsqueda de la habitación. A un lado los pares a otros los impares; hacia la derecha se incrementa. En seguida llegamos y con nerviosismo abrimos la puerta.

La habitación no era muy grande pero casi mejor: las habitaciones pequeñas son acogedoras y muy apropiadas para estar juntos. En nuestro caso ésa era la intención: mucho tiempo estando juntos. Después de echar un rápido vistazo a las vistas de la ventana noté el aliento de ella en la nuca.
-He sido una chica traviesa- su cálida voz me relajó.
-¿Qué has hecho o qué no has hecho?- mi voz sonó autoritaria, o al menos eso pensé.
-Mis ejercicios varios días en el mes pasado.- dijo con carita juguetona.
-Chica muy mala.

Fui hacia la maleta principal, la más grande, y rescaté los tesoros que habíamos guardado. Fui sacándolos uno a uno y dejándolos con cuidado junto a la cama, en un banco pequeño que teníamos. Ella me miraba con carita de niña buena, pero desprendía por cada poro de su piel el deseo de sentir una buena sesión de spanking.
-¿Me castigará duro mi señor?
-Sí.
Esa respuesta tan tajante fue un jarro de agua fría para sus expectativas de irse otra vez de rositas. Ella siempre alardea de que inmediatamente se recupera. Pues esta vez se recuperará en seguida pero lo sentirá como mínimo las 3 horas de sesión.
-¿Qué hora es?- le dije con la mirada clavada en sus ojos.
-Las 15:30, mi señor- me dijo consultando su móvil.
-Pon la alarma a las 18:30.
-¿Tres horas?
-Mejor a las 18:35 y en esos 5 minutos te enseño que se me llama “señor”.
Ella no protestó y así lo hizo. Creo que comprendía que la cosa iba a ser dura.

Simplemente empecé enseñándole los juguetes: una pequeña presentación de cada uno de ellos con una pequeña prueba de lo que pueden hacer.
El paddel se lo mostré y se lo di a besar, ella muy obediente le dio un besito.
-El paddel te gusta. ¿Verdad?
-Sí, mi señor.
Le di un pequeño azote con él. Así iría aprendiendo que cada juguete tiene su personalidad. Éste en concreto es algo fuerte, pues azota las dos cara al tiempo y con bastante fuerza.
-El siguiente juguete es también de madera pero no fue diseñado para esto.-Le susurre al oído.
-Pueden ser dos.
-Su sonido le caracteriza.
-La varita.
Ella acertó pero se lo demostré mostrándosela, primero la besó, después la escuchó y acto seguido la notó. Me encanta ese instrumento, es manejable y muy efectivo. En ocasiones es como si tuviera vida propia pues decide azotar fuera de sitio (forma poética de decir que fallo y le doy en el muslo).
-El último juguete ya lo conoces, has venido agarrada a él todo el viaje.
-Su mano.
-Besa en condiciones, que sé que es tu preferida.-Le dije mientras se lo ofrecía.
Ella la besó y lamió un buen rato; en todas las ocasiones siempre la he azotado con la manita, así que me gusta que le dé ese recibimiento, pues después se queda muy muy dolorida. Después, como con otro juguete más, la azoté.

-¡Niña mala!-le dije con voz seria.-No sólo no haces tus ejercicios en condiciones el mes pasado, sino que en lo que llevamos de éste ya te los has saltado en 4 ocasiones.
-Es que …
-Ni una palabra- la interrumpí.-¡Sólo escucha!
Estaba apunto de entrar en un terreno del que no sabía exactamente cómo saldría. En ocasiones es difícil imponerse, pues la otra persona puede estallar simplemente por el hecho de que se siente intimidado. Pero en esta ocasión el riesgo merecía la pena: una sesión completa de tres horas “y cinco minutos”. Era buen premio.
-…-Hubo un tiempo en el que dudé pero en seguida me arranqué.
-Solamente te diré una cosa: con la sesión de hoy quedará zanjado el tema de los días de esté mes, pero como te saltes un solo día más sabes que volverás a tener otra.
-Sí, señor.

Decidí empezar calentando la zona que iba a trabajar, ese culito apetecible que no tenía culpa de nada pero que pagaría todas las trastadas.
-50 azotes con cada juguete.
-Gracias, señor.
He de confesar que, si por la boca muere el pez, por mi boca siente mi mano. Al terminar los azotes usando mi mano me acordé que no he de usarla para ese tipo de cosas. Ella está para los últimos momentos, cuando su culito por rozarlo le habla en hebreo. Pero yo insisto en azotar más por la boca que con mis manos.
El contrapunto de eso es que la azoto con los juguetes de madera y me aliento a seguir con la lección. Debe ser el hecho de ver que ella disfruta y mi mano no me vilipendia. Pero no hay ninguna receta mágica en esto que te permita simplemente dejar a todos satisfechos, pues los 50 con el paddel los llevó muy bien pero, cuando le había dado los 6 primeros con la varilla, ya suplicó.
-¡TE ESTÁS PASANDO!
Cierto, no es una súplica, pero para mi ego es mejor así.
-…-Momento en que reconozco que sobreestimo su aguante. Es superior al mío pero inferior al de Superman.
-Te lo mereces-Frase que suelto a modo de sonda a ver qué hay en el ambiente.
Por suerte para mí simplemente era una pequeña barrera que superar, a ella le apetece esta sesión pero no quiere ponérmelo fácil.
-Aparte, rehaz la frase con el respeto que me merezco.
-Lo siento, señor, me duele mucho… ¿me podría azotar más flojo con ese instrumento?
-…- Mi respuesta fue un azote más suave.
Una vez aclarada la postura de quién manda “ella”. Pensé en cómo hacerlo de forma que pareciera que era yo el que controlaba la situación. Entonces me di cuenta de una cosilla sin importancia. ¿Cuántos azotes llevaba?
-¿Cuantos van?
-34-Muy fácil.
La verdad, prefiero por eso hacer que los cuente en voz alta. Simplemente he de intentar escuchar y que no se salte ninguna cifra.
-50 azotes con cada uno de los juguetes “mi dolorida mano incluida”, te habrán enseñado que esto irá en serio.
-Sí, señor.
¡Bien, primera parte conseguida! Ahora sólo me queda poner en práctica mi plan. Azotar ese culito y acariciarlo en diferentes posturas, haciéndolo de forma divertida e innovadora. Ciertamente he de confeccionar mucho más los planes, pero depende de la situación puedo variar un juguete por otro, unos azotes por otros, o simplemente improvisar, que es lo que creo que haré.

-Bien, niña traviesa, ponte tu uniforme.
-Sí, señor.-Esa frase ya era muy habitual.
-A partir de ahora me dirás “profesor”.- Simplemente por variar.
-Sí, profesor.- Diantre, el caso es que suena igual, pero no le diré nada hasta que encuentre algo que me guste.

Ella se vistió con minifalda de colegiala, medias de colores, zapatitos de niña buena “irónico”, camiseta blanca y corbatita. La verdad, las medias de colores con la corbata se llevaban a matar, creo que mejor serían los calcetines grises, pero me gustaba.
-Te sienta bien el uniforme.
-Gracias, señor.
-Gracias, profesor.-La corregí.
-Perdón, profesor.
El caso es que no la castigué por ese lapsus, tampoco la voy a azotar por todo, un error lo tiene cualquiera. Bueno, en definitiva, que estaba embobado viendo su cuerpecito y no me dio la gana.
-Fuiste malísima, no hacer los ejercicios estos días está muy mal.
-Lo siento, profesor.
-Más lo vas a sentir.-Esa frase me gusto, era una variación de la típica “aún no lo sientes”.
-Tú sabes que no lo hice queriendo.
Se ganó unos azotes con el paddel. Sin mediar palabra se los di. Con algo de fuerza. Total, la ropa la protegía. Una vez terminados:
-Rehaz la frase.
-No lo hice a cosa hecha, profesor.
Bueno, había mejorado; pero otros azotitos no le venían mal. Así que esta vez le levanté la faldita y la azoté con mi mano. ¡Bendita mano, qué culpa tendrá ella!
-Rehaz bien la frase.
-¿Cómo?
-Es precisamente por no hacer que es esto.
-…- Ella debía pensar que era muy rebuscado, o no me entendía.
-Fue un error olvidarme de hacer mis ejercicios.- Dije.
-Fue un error olvidarme de hacer mis ejercicios.- Dijo.

La volví a azotar.
-No son excusas.-
-…- me mira con carita de no entender que pasa.
-No quiero ni una excusa. No te he juzgado, simplemente te alecciono. Y tu lección son tres horas de castigo.
Bueno realmente iban a ser dos horas y cinco minutos de castigo y una hora de mimos y caricias. Pero eso ella no lo sabe.

-Pon las manos sobre la cama, y mira hacia el frente.- Le dije con voz firme y segura.
Ella obedeció sin rechistar sabía lo que venía y realmente lo estaba deseando. Puso su culito recién azotado en pompa, muy provocador. Empecé a azotarla con las manos pero enseguida cambié al paddel. Con el paddel me duele menos.
-¿Qué tal ese culito?
-Dolorido, profesor.
-¿Sabes? Creo que en tres horas tienes derecho a probar más juguetes no sólo los que te enseñé.
-Gracias, señor.- Se equivocó pero en definitiva me gusta más esa frase.
Cogí el Size 37 (“la chancla”) y con cuidado le levanté la minifalda y al contemplar ese culito coloradito no lo pude resistir.
-Qué bonito se está quedando.
-Gracias, profesor.
-Mejor “señor”.
-Sí, señor.
En esa postura la azoté un poco hasta que se tumbó por iniciativa propia sobre la cama. Entonces me puse a su lado y proseguí con la lección.
-Eres una niña que sabe asumir su castigo- Si obviamos que se pone rebelde y que siempre acabo pillando aunque sea un poco.
-Gracias, señor.-
-Pero preferiría no tener que hacer esto, es decir que fueses un poco más perseverante en tus ejercicios diarios. No tienes que ponerte hora y media cada día, simplemente cinco minutos.
-Sí, señor, lo haré.
-Así lo espero y, si lo haces, recibirás tu premio.-También me gusta a mí darle su premio.
-Gracias, señor.
Subí el ritmo de los azotes, el hablar y azotar al tiempo tiene su riesgo y es bueno no azotar fuerte, por si te desvías un poco, que no lo reciba con fuerza.

La zapatilla azotaba su culito, se coloreaba por momentos. Me gusta azotar partes blanquitas “sin castigar” para ver cómo al instante toman la forma del juguete. Pero para eso tengo algo mejor. Dejé de azotar el lado derecho y me centré en el izquierdo, usando mi mano le castigué bien ese ladito; el dolor de mano ya no me importaba. Lo dejé coloradito con un tono más rojito que su compañero, el lado derecho.
-Mi señor, ¿sólo le interesa ese lado?-Dijo ella tras 15 minutos de castigo intenso.
-Sí, de momento sí.-Le dije de forma autoritaria.
-Joooo.-Dijo con voz juguetona.
-En cinco minutos más veras lo que quiero.
-Sí, señor.
Trascurridos esos cinco minutos comprobé por comparación que la zona derecha estaba muy, muy bien. Se la acaricié.
-¿Qué tal esta?
-Muy bien, señor.
-Veamos si está bien hecho.
-¿Cómo?
-Espera y veras lo que quería hacer.
Fui al banco de los juguetes y cogí uno que ella conoce muy bien. Tiene un corazoncito en su interior que deja una señal muy bonita. “Esté se lo merece”, pensé mientras acariciaba su lado derecho. Marqué un par de veces para buscar la posición más adecuada. Con determinación le di un firme azote.
-Auuuuuuuu.-Esperaba esa reacción de ella.
-Ve a mirar el resultado.
Ella se levantó y fue a ver su culito en el espejo del cuarto de baño. “Genial”, pensé mientras veía ese culito moverse: una parte estaba coloradita muy coloradita y la otra tenía un corazón marcado “en blanco” rodeado de una aureola rojiza.

-Muy bonito, mi señor.-Dijo girada hacia el espejo.
-Me alegro, mi niña traviesa.
Ella me miró con carita de deseo, sus ojos mostraban lo que sus gestos decían.
-Me gusta, mi señor. Me gusta mucho.
-Lo se, ahora ven que tengo que seguir con la lección.
-¿No cree mi señor que ya he tenido suficiente?-Evidentemente su carita decía “di que no, que no he tenido suficiente”.
-Te mostrare algo cuando vengas.
Se acercó y con un golpe seco azoté el corazoncito de su trasero.
-Este lado está muy fresco y eso no está nada bien.
-¡Aauuuuu!

Ahora tenía que decidir cómo le ponía ese lado coloradito. Barajé varias posibilidades: con la dolorida mano (está descartada), con el corazón, con lo que iba a ser una cartera, el paddel, la varilla… Al fin me decidí sería con la regla, así sería igual a como lo hice una vez hace un tiempo que estuvimos en un hotel. La tumbé en medio de la cama a lo largo, me coloqué las almohadas a mi espalda y con mi pie le acaricié el lado colorado.
-Mmmmm
-Te gusta, ¿verdad que sí, mi traviesilla?.
-Sí, mi señor, está fresco.
Se lo acerqué a la boca y ella lo besó.
-Sí, sé que esto te gustará y espero que lo disfrutes.
La azoté con la regla en la nalga del corazón (ahora corazón más mano). Ella enseguida se acordó de la situación anteriormente vivida. Me miró con carita coqueta y me lanzó un beso. Le sonreí, existía complicidad entre nosotros. Le fui acariciando el culito cada vez más y la azotaba cada vez menos.

Los azotes enseguida desaparecieron, dando paso a caricias. Ella se giró mostrando una carita de dolor al posar su nalga magullada. Fue entonces cuando nos besamos y nos fundimos en un apasionado beso que evolucionó a la unión de nuestros seres.

Deberes sin hacer.

Autor: Maxwell86.

Entró haciendo mucho ruido. Escuché perfectamente su forma de caminar, los tacones me indicaban que se acercaba con paso seguro y firme. Abrió la puerta de la habitación de forma brusca.

-¿Qué pasa, desobediente en …

Se quedó sorprendida. La cama hecha y yo en el rincón. Me miró con carita de niña mala. Creo que sé qué pensó: “Esto lo hace por fastidiar”.

Espero que pensara eso. Pues habría acertado. Sinceramente, si me manda al rincón no voy porque le fastidio. Pero si me viene a castigar y me ve en el rincón, la cosa varía. Ya no es tan simple. No es azotar y esperar arrepentimiento. Ahora se ve el arrepentimiento. Con lo que no conté fue con su mente, capaz de pensar en cómo castigarme.

-Veo que reconoces tu error, tu falta, tu desobediencia …
-Sí, señora.

En una sola frase deja claro que no me libraré. Esta chica tiene recursos. Así como yo me lo planteo y digo “si se lo curra, si está arrepentida…”. Ella dice “si tiene ganas de jugar…”. ¡Qué razón tiene!

-Te enseñaré a no dejar de hacer tus deberes.
-¿Como usted sus ejercicios?
-No. Yo no me enseño. Eso lo harás tú, pero hoy no toca.
-mmmmmmmmmm
-Dicho de otro modo: hoy recibirás en condiciones.

Sacó la cinta.

-¿Sabes? Me gusta usar esto. Así no te podrás cubrir.
-Me alegro de que le guste, señora.
-Te enseñaré a ser un chico bueno. Tengo muchos instrumentos para hacerlo. ¿Pero sabes algo importante que también tengo para conseguir ese objetivo?
-No, señora.
-Tengo paciencia. Contigo he de tener mucha. Tú eres muy testarudo. Eso no es algo que sea fácil de corregir. ¿Me entiendes?
-No, señora.
-Bueno, no te preocupes por no entenderlo. Después de la sesión lo tendrás todo mucho más claro.

El tacto de la cinta es suave. Ciertamente esa cinta hace muy bien su trabajo: impide mis movimientos y es fácil de usar.

-Te diré una cosa, muchachito. Una cosa que es una verdad como un templo. Esta vez pillarás en condiciones.
-Gracias, señora.

Fue dicho y hecho. Empezó ya con fuerza. Su mano no dejó tranquilas mis nalgas durante unos 5 minutos. Posteriormente pasó a usar el látigo. Ella lo usa mucho, pues sabe que yo lo siento y me causa un gran efecto. Fueron diez minutos con el juguete. Ella miraba las nalgas y las acariciaba. Me hacía comentarios compasivos.

-Pobrete, eso te ha de doler.
-Qué culito más coloradito tienes, (y me daba dos besitos).
-Se le notan las tiritas del látigo. Si por mi fuera, yo pararía ya.

Pero no paró. Es más, cogió su juguete preferido, el paddle. Y pareció que no lo iba a soltar nunca más. No sé el tiempo transcurrido. Lo que sé es el número, pues me los hizo contar. Fueron treinta y cuatro. Se quedó a gusto, pues después me desató mirándome el culito. Le dio cremita. Estuvo un rato acariciándolo y se quedó dormida sin decir ni una sola palabra. Fue la primera vez que hizo algo así. Creo que le gustó.

Faraón.

Autor: Maxwell.

En una habitación, junto a un lecho blanco, se encontraba ella. Sus vestiduras eran sedosas, de colores rosados, bastante artesanales. Su pelo liso y completamente negro mostraba que era una de las damas de cámara del palacio real. Su cara triste mostraba que algo había ido mal.

Sus manos temblorosas delataban el estado en el que se encontraba. Había visto a su Dios y no se había inclinado. Su falta de respeto le habría podido salir muy cara pero un joven guarda la inclinó, no de una forma muy ortodoxa pero sí efectiva. Ese joven la citó hoy en su
recámara, ella sabía lo que le debía y que tendría que pagar el precio que fijara.

El joven guarda no podía quitarse de la cabeza lo que vio ese día. Una doncella de cámara de pie paralizada frente al séquito del Faraón. Rápido fue hacia ella y la hizo inclinarse. Fue fácil dominar el cuerpo de una doncella. Mas para un guerrero preparado para defender a su Dios en tierras lejanas frente a enemigos bárbaros surgidos del mismo infierno al que los piensa devolver.

Caminando por el majestuoso pasillo de palacio fue a su recámara. Sabía que allí se encontraba a la doncella. Ya veía su puerta flanqueada por dos guardas. Al llegar hasta ellos les saludó y les relevó de su tarea.

-Gracias por acompañarla, no hacía falta que os quedarais.

Unos movimientos perfectamente ensayados sirvieron para que los dos guardas se alejaran mostrando su respeto a un superior. Eso es lo que él espera de los que le rodean: una perfecta disciplina! No es pedir mucho, simplemente hay que educarlos. Evidentemente no se educa igual a un guerrero que a una doncella. Y ahora por primera vez educaría a una.

La puerta de la habitación se abrió con brusquedad. Entró el guarda que la salvó y cerró tras de sí. Evidentemente en ese ala del palacio era normal oír esos ruidos. Nada así se habría podido escuchar en los aposentos de ella.

- ¿Cuál es tu nombre?- Preguntó él.
-Amina.
-¿Qué tareas tienes encomendadas en palacio?
-Ayudante de cámara, señor
-Ese cargo creo que no te exime de reverenciar a tu DIOS. A decir verdad, nadie puede tomarse el lujo de no reverenciarlo. Incluso un sacerdote ha de mostrar ese respeto ante su presencia. Y una ayudante de cámara no puede inventarse nuevos privilegios.

Ninguna palabra surgió de la boca de la chiquilla asustada que se encontraba ante aquel hombre. Era evidente que ese guerrero sabía usar las palabras igual que sus músculos. Únicamente pudo susurrar algo parecido una disculpa que él no llegó a percibir. Estar escuchando el metal contra el metal habían hecho mella en sus oídos.

-Serás castigada por tu falta.- Dijo él con voz tajante.
-Perdóneme.
-¿Perdón? No has de pedir perdón. A mí no me va a doler. Te dolerá a ti. A mí únicamente me has de dar las gracias. ¿Queda claro, jovencita?
-Sí, señor.
-No, no lo tienes nada claro.- Dijo el con voz de resignación.

Agarrando a la chica del brazo, la llevó a su regazo al tiempo que se sentaba en la cama. Con la chica completamente paralizada y desbordada por esa nueva demostración de fuerza, la comenzó a azotar. Los azotes no eran todo lo fuertes que él los podía dar, pero sí todo lo que ella los podría soportar, de momento. No tardó en comenzar a quejarse.

Al principio sólo gritaba, después comenzó a mover los brazos y las piernas para protegerse.

-Quieta o será peor.- Amenazó él.
-No lo entiendo.- Jadeó ella.
-Te lo explicaré, joven ingenua. Cada falta tiene su castigo. Pero castigos en justicia a la falta cometida. Si no te hubiera hecho arrodillarte, tu castigo sería mucho peor. Pero, como lo hice, tu castigo lo decido yo. He decidido que te acordarás de lo que ocurrió este día.

Cada dos días, durante las próximas dos lunas, vendrás a mis aposentos para ser castigada. Y también la segunda noche de cada luna llena. El castigo es simple: sobre mi regazo, 150 azotes en cada nalga; 150 más de rodillas sobre el lecho con un látigo corto y tantos azotes como años tenga el faraón con una vara. ¿Queda claro?

-No. – Replicó extrañada. Cada segunda noche de luna llena, pero ¿durante cuanto tiempo?

-No hay tiempo, siempre.- La cortó tajantemente.

Ella lo comprendió en seguida. Su castigo era justo.

Sobre su regazo visualizó la escena mientras la castigaba. Eso la ayudó a no llorar. Después, sobre el lecho, sintió cómo el arte de usar ese pequeño látigo cobraba sentido en aquel hombre. No era nada normal. ¿Qué sucedía? Era doloroso pero a la vez excitante. Esa excitación desapareció con el uso de la vara, pues provocaba un dolor agudo e intenso. Todo un contraste.

-¿Terminó?.- Preguntó, dolorida.
-No.
La volvió a coger y a ponerla en su regazo.
-Esta vez sin ropa.

Con dos rápidos movimientos dejó su magullado trasero al aire. Se veía que estaba muy dolorido, pues el intenso tono rojizo de su piel lo revelaba. Ella no hizo nada por evitarlo; y eso le llenó de orgullo.

-Vaya, sabe aceptar su posición y su castigo, pensó el, ahora le daré 150 al desnudo, por hoy es suficiente.

Tras haber recibido los 470 azotes, ella calló rendida en el lecho. Exhausta pero a la vez con una idea en la cabeza: enseñarle a su guerrero lo agradecida que le estaba por todo lo que hací¬a por ella. Se levantó muy suavemente. Fue hasta él y, con un suave juego de pierna, se quitó su falda sedosa y fina. Se descalzó a escasos metros con un movimiento lento y sensual. Una vez hecho esto, se quitó el resto de sus vestiduras dejando sus pechos al aire.

-Guerrero... ¿Cómo os llamáis?
-Mmmm.- Se extrañó él.
-¿Sin nombre?. Bueno gritaré guerrero mientras hacemos el amor.

Sus dos cuerpos se fundieron en uno. La pasión brotó entre ellos con una fuerza arrasadora, como la crecida del impetuoso Nilo. De pie, en el lecho, rodando por el suelo, para terminar en el balcón, frente a una bella puesta de sol bajo la ciudad del Faraón.