Autor: Omega.
Dedicado a Selene.
Mientras abría el correo electrónico le temblaban los dedos, que apenas acertaban a presionar el teclado de su viejo ordenador. Una y otra vez, Julio borraba las letras erróneamente escritas presa de una excitacióny de un miedo que no había sentido en sus casi cincuenta años de vida.
Intuía que si ella le había escrito no sería para enviarle un mensaje cargado de sensualidad y deseo, como había hecho con regularidad a lo largo de los últimos meses. Llevaban separados medio año por razones de trabajo y los mensajes que ella le enviaba se habían ido espaciando sospechosamente. Detrás de algunas palabras que trataban de evocar experiencias vividas por ambos, se ocultaba, torpe y tal vez intencionadamente el deseo de distanciarse de él.
Tardaba en aparecer el listado de nuevos mensajes y en la espera su memoria le llevó tres años atrás, muy lejos de España. La conoció por una de esas casualidades de la vida que nos llevan a pensar que una mano misteriosa es la responsable de tejer la complicada urdimbre de los sentimientos que nos conectan con esa pequeña y extrañamente elegida fracción de los miles de millones de seres humanos que podrían haberse cruzado en nuestra vida. De camino a su destino en una gran urbe cercana al ecuador donde iba a asistir a una reunión del recientemente creado consorcio de empresas, a una de las cuales representaba, su avión tuvo que desviarse a un pequeño aeropuerto cercano a causa de una inoportuna y, en esa época del año, rara niebla.
Desde allí el transporte a la gran urbe ese mismo día no era posible y se vio obligado a buscar un hotel para pasar la noche hasta que a primera hora de la mañana una pequeña furgoneta, el servicio de taxi local, le llevara a la ciudad. Pero muchos pasajeros de su mismo vuelo y de otros vuelos estaban en las mismas circunstancias y dos horas después del aterrizaje, cansado y cubierto del sudor que aquel clima tropical hacía fluir por cada uno de sus poros, empezaba a pensar que su único recurso era acomodarse en uno de los escasos bancos que todavía quedaban libres en la sala de espera para pasar allí la noche.
Había empezado a andar desde los mostradores de las compañías aéreas, donde se agolpaban cientos de viajeros, hacia uno de aquellos bancos cuando un hombre de unos cuarenta años se acercó a él y, después de pedirle perdón por, según sus propias palabras, importunarlo, le dijo que su nombre era José y le susurró casi al oído que en su casa podía ofrecerle una habitación limpia y una cena caliente por el mismo precio que hubiera pagado en cualquiera de los pequeños y sucios hoteles del pueblo.
El sitio estaba a no más de diez minutos en el destartalado Buick de tercera o cuarta mano que a la salida del aeropuerto José le mostró haciendo un ademán de que subiera. No mintió José y después de atravesar un laberinto de callejas embarradas llegaron a una casa de apariencia modesta pero cuidada y recién pintada, o eso le pareció bajo la escasa luz de aquellos andurriales que le inspiraban un cierto temor. Al fin y al cabo se había dejado llevar por un desconocido lejos de cualquier punto donde pudiera pedir ayuda si las intenciones de su hospedador eran robarlo o incluso secuestrarlo, algo que estaba a la orden del día en ese país. Pero su cansancio había obnubilado su mente y sin pararse a pensar entró en la casa mientras José le seguía llevando servicialmente su maleta.
La puerta de entrada daba acceso a una especie de salón-cocina en el que se abrían varias puertas que sin duda correspondían a los dormitorios. José abrió una de ellas y haciendo un gesto con la mano lo invitó a entrar. Tras enseñarle una jofaina donde podía lavarse le dijo que en diez minutos estaría dispuesta la cena. Julio se apresuró a quitarse de encima el sudor que le empapaba la frente y el cuello y se cambió de ropa. No quería dar mala impresión durante la cena, aunque no sabía a ciencia cierta si se sentaría el solo a la mesa o aparecería alguien más en lo que podría haber sido una improvisada pensión ante el aluvión de los inesperados visitantes. Pero se equivocaba. En la mesa estaba José y junto a él una muchacha muy joven, no tendría más de veinte años, que pensó sería su hija. No quiso preguntar sin embargo por no parecer entrometido. Se iba a sentar en la silla que quedaba libre después de haber saludado con un gesto a la joven, que inmediatamente bajo los ojos, cuando José le sacó de dudas diciéndole que Sara era su hija. Cenaban los tres en silencio. Sólo José hizo algún comentario sobre el mal tiempo que durante las últimas semanas se había apoderado de la región y el golpe de suerte que para él suponía el desvío hasta allí de los aviones y la llegada de visitantes, que le había permitido durante los últimos días obtener un dinero adicional alquilando la única habitación disponible en la casa.
José fue el primero en terminar de cenar y tras explicarle a su huésped que al día siguiente debía levantarse muy temprano se retiró a una de las habitaciones. Julio quedó en una situación un tanto violenta frente a la muchacha, que no había dicho una palabra en toda la cena. Allí a sólo un metro de él, con aquellos ojos grandes y oscurísimos, un pelo negro, largo y cuidadosamente peinado y aquella mirada, que aunque esquiva, intuía profunda e inquisitiva, le parecía la personificación del misterio que aquel país exótico le había transmitido siempre que lo había visitado. Sentía que la situación iba a ser más violenta si continuaba allí callado y, con el miedo del que teme violar el silencio de un velatorio, le preguntó procurando disimular su voz grave y que ésta sonase lo más amistosa posible:
-¿Cuántos años tienes? Ella levantó su mirada hacia él como un resorte, como si un látigo le hubiera golpeado sin aviso en su delicada piel y se clavó en los ojos de Julio que por un momento tuvo la sensación de haber pronunciado palabras ofensivas. Pero la muchacha cambió su hasta ese momento grave expresión por una dulce sonrisa y bajando de nuevo la mirada hacia el plato contestó: diecinueve, señor. Julio haciendo sonar ahora toda su voz masculina y con aire casi enfadado le dijo:
- No me llames señor, ¿tan viejo te parezco? La joven volvió a levantar la mirada y con voz entre temerosa y pícara replicó -¿Cómo quiere que le llame?
-Llámame Julio, ese es mi nombre, prosiguió. Ya sé que tú eres Sara.
Julio se sintió animado a proseguir la charla y decidió ser algo más inquisitivo. Empezaba a aflorar su carácter dominante con las mujeres y quería explorar aquel territorio femenino que empezaba a resultarle tremendamente tentador.
-¿Tienes novio?, preguntó, tratando de aparentar indiferencia. Sara no respondió, pero él notó que la piel de sus mejillas se sonrojaba ligeramente mientras desmigaba pan nerviosamente sobre la sopa que todavía seguía en el plato. Julio aguardó pacientemente la respuesta recreándose en la aparente timidez de la chica. Finalmente, como quien se libera de una pesada carga ella dejó salir un expresivo:
-No, hay muy pocos hombres en este pueblo. A Julio le pareció que había pronunciado la palabra hombres con una entonación distintiva, como si hubiera querido resaltar en negrita aquella palabra, pero inmediatamente pensó que su mente recalentada por el calor del trópico y por varios meses sin estar con una mujer debían estar distorsionando su percepción de la realidad.
Sin embargo, no pudo resistirse a seguir explorando detrás de aquella puerta que la muchacha parecía haber entreabierto intencionadamente.
-Pero tú lo que necesitas no es un hombre sino un chico de tu edad, replicó Julio buscando una respuesta que lo sacara completamente de dudas sobre la supuesta insinuación de la muchacha. Sara, que había vuelto a dirigir sus ojos al plato mientras continuaba tomándose la sopa, volvió a clavar sus ojos en los de Julio y casi con furia le dijo, esta vez tuteándolo,
-Te equivocas si crees que una mujer de mi edad tiene que buscar críos de veinte años. Lo que yo busco en el otro sexo no puede ofrecérmelo un aprendiz de hombre. Julio quedó desconcertado. Aquella casi niña que tenía delante de él parecía mucho más madura de lo que precipitadamente había supuesto, tal vez llevado por unos ademanes que acaso eran intencionadamente estudiados, y ahora se mostraba ante él como una mujer con experiencia e incluso desafiante. Eso le espoleó más que la salsa picante que estaba acostumbrado a comer en aquel país porque le atraían las mujeres con ese carácter, aunque lo que a él de verdad le gustaba era doblegarlas a fuerza de fusta y cuero para sentirlas completamente suyas.
Pero no era un sádico, sólo si una mujer aceptaba ese juego él era capaz de desempeñar su papel dominante.
-¿Y qué tiene un hombre, como tú dices, que no te pueda ofrecer un potente y vigoroso joven de tu edad? Julio seguía estrechando el cerco, acariciando la remota posibilidad de que bajo aquel cuerpo que adivinaba como un manjar de dioses, se ocultase una mujer que, como componente básico de su sexualidad, buscase ser sometida completamente por un hombre mayor que ella.
-Un chico sólo sabe poseer a una mujer con su verga; un hombre sabe cómo someterla y hacerla suya con otras artes. Julio estaba perplejo. De pronto aquella casi niña se había transformado ante sus ojos en una mujer hecha y derecha que hablaba con la sabiduría y experiencia de alguien de mucha más edad.
-¿Y cómo sabes tú esas cosas? Siguió preguntando Julio, sin dar todavía crédito a sus oídos.
-Mi madre me contó muchas cosas sobre los hombres y el sexo antes de morir. Ella no fue feliz con mi padre porque necesitaba sentir que el hombre con el que estaba impusiese su voluntad sobre la de ella. Mi padre la quería mucho, pero no tenía la energía y el carácter dominante que ella buscaba.
-¿Qué quieres decir?, continuó él cada vez más intrigado.
-Un día, cuando tenía dieciséis años escuché unos quejidos en la habitación de mis padres. Parecía que alguien golpeaba a otro. Una mujer se quejaba. Entreabrí la puerta y vi que mi madre estaba boca abajo con las manos atadas a los barrotes de la cama y un hombre, al que yo no conocía, la golpeaba en las nalgas con una correa de cuero. Me quedé allí unos instantes, asustada al principio, pero enseguida me di cuenta de que mi madre estaba disfrutando de la situación. El hombre que la azotaba se detenía de vez en cuando y pasaba sus manos por sus nalgas enrojecidas y la besaba en los hombros antes de seguir azotándola con fuerza. Ella entonces gemía de placer. Antes de que yo saliera de la habitación mi madre se dio cuenta de que yo había observado la escena y al día siguiente me explicó muchas cosas. Me dijo que para ella el sexo era sentirse completamente poseída por un hombre, ser azotada con violencia.
Podía prescindir de las caricias amorosas, incluso de la penetración, pero no era capaz de llegar a la cima del deseo sexual si no sentía su piel ardiendo bajo los azotes del hombre que ejercía sobre ella un dominio total.
Julio empezó a pensar que en las palabras que había oído poco antes pronunciar a Sara sobre lo que esperaba de un hombre no había una opinión propia sino que hablaba por boca de su madre. Al fin y al cabo era muy joven y sin duda se habría dejado influir por las ideas y forma de sentir de ella. Volvió al ataque. Quería saber si la hija había experimentado alguna vez las sensaciones en las que su madre parecía haber querido iniciarla. Seguramente se equivocaba y sin duda ella nunca había probado el mordisco del cuero en su piel.
-Y tú ¿sientes igual que tu madre? Aunque es posible que nunca hayas estado con un hombre. Julio buscaba intencionadamente tratarla como a una niña para provocarla y que ella le contase las intimidades que se estaba esforzando en descubrir, aunque posiblemente no le hubiera hecho falta porque Sara parecía tener ya decidida su confesión.
- Yo no soy la niña que tú crees. Cuando observé a mi madre siendo azotada era virgen, pero han pasado muchas cosas desde entonces. Al ver a aquel desconocido descargando toda su fuerza contra mi madre me excité como nunca lo había hecho hasta entonces. Aquella noche en mi habitación llegué al orgasmo varias veces imaginando que era yo la que ocupaba el puesto de mi madre y ofrecía mi cuerpo a aquel para mí extraño que después de azotarme hasta que yo le suplicaba que no siguiese me cubría el cuerpo de besos y me obligaba a masturbarme delante de él.
Julio estaba llegando a un nivel de excitación que le comenzaba a colocar en la situación del “tirano sexual” que él mismo consideraba ser.
Como un licántropo en noche de luna, comenzó a transfigurarse y empezó a ver a Sara como la víctima de sus deseos más perversos.
-Pero, ¿cuáles son esas “muchas cosas” a las que te has referido?
¿Acaso has convertido en realidad alguna vez esas fantasías?
-Desde aquel día mi vida ha sido una sucesión de experiencias desgraciadas y frustrantes. Cuando murió mi madre, mi padre comenzó a beber y muchos días no dormía en casa. El amante de mi madre se metió en mi alcoba un día y me sedujo. Sabedor de que mi madre se había visto obligada a contarme sus secretos, quizá de forma prematura, me dijo que yo era mucho más bella que ella y que en sus manos obtendría un placer que jamás sería capaz de imaginar. Yo en parte por miedo y en parte por deseo me dejé llevar. El me azotó en muchas ocasiones y yo acabé estando a gusto con él porque era muy respetuoso y atento conmigo. Un día mi padre nos sorprendió. Yo estaba completamente desnuda, las manos atadas a la pared y él me azotaba con una fusta. Mi padre volvía borracho. No lo pensó dos veces. Cogió el revolver que guarda en su dormitorio y descargó seis disparos sobre el que él suponía era mi violador. A partir de ese día he estado con muchos hombres que sólo buscaban el sexo conmigo y que me han azotado porque yo se lo he pedido, pero no he vuelto a sentir nunca la excitación vivida con el amante de mi madre.
Por fin apareció la lista de mensajes. En una fracción de segundo vio entre un listado de más de cincuenta nombres el alias de ella “Sarainquieta“. Abrió el mensaje y comenzó a leer… con avidez y con temor.
-¿Cómo estás Julio? Supongo que por mis últimos correos ya te imaginas lo que voy a decirte en éste. Quiero que sepas que estos años que hemos vivido juntos y hemos compartido nuestra pasión por los juegos que a ambos nos subyugan he sido muy feliz. No tengo absolutamente nada que reprocharte. Has sido un compañero de juegos perfecto. Me has dado todo lo que necesitaba durante esta fase de mi vida. Yo nunca pretendí que te enamorases de mí, pero sé que ha sucedido y lo siento porque mis sentimientos hacia ti no son recíprocos. En estos meses que llevo fuera he descubierto un mundo que ha ampliado los horizontes que yo era capaz de ver hasta ahora. Tú me enseñaste muchas cosas, me diste la oportunidad de salir de mi pequeño mundo donde me encontraste y mi gratitud por eso es infinita. Pero tengo que hacer caso a lo que me dice mi cabeza y a lo que siente mi corazón. Sé que me queda mucho por descubrir, tal vez al hombre de mi vida, y me cuesta mucho decir esto porque sé que te va a doler, pero he querido ser absolutamente sincera porque te lo mereces.
Si me quieres de verdad como me has dicho no intentarás detenerme o impedir que yo busque mi felicidad. Aunque pueda parecerte una ironía, yo también deseo que tú seas feliz. Un beso, Sara.
El mundo se derrumbó bajo sus pies. Se vio a sí mismo descendiendo al centro de la tierra en una caída de vértigo, sepultado por millones de toneladas de rocas que le aplastaban hasta reducirlo a una masa informe, inhumana, abrasada por corrientes de magma incandescente que le hacían arder en una muerte lenta e insoportable. Trató desesperadamente de huir de aquella fuerza maligna que le destruía. Cogió el coche e hizo kilómetros y kilómetros hasta que su cabeza estuvo más fría. Después de horas conduciendo decidió dirigirse a un promontorio en las montañas que desde su niñez había subido docenas de veces. Desde allí, desde aquella impresionante atalaya gustaba de mirar al horizonte y pensar en la majestuosa belleza de aquel planeta en el que el azar, o la mano de alguien, tal vez la misma que le había unido a Sara, le había invitado a vivir.
Allí se había refugiado otras veces en que la vida le había mostrado su lado amargo. En la contemplación de aquellas montañas, de aquellos bosques, de aquellos prados había recuperado el equilibrio perdido, la fuerza para seguir en la lucha. Trepó durante horas, de prisa con ansia por llegar. Se ahogaba, le faltaba el aliento en los pulmones, pero también sentía que se le ahogaba el alma. Cuando llegó a la cumbre miró a lo lejos, fijo su vista en la lejanía, busco el horizonte, pero había desaparecido. No había nubes, ni calima, el aire era limpio y el cielo de un azul purísimo, pero el horizonte no estaba allí. Entonces miró hacía abajo. Un hondo precipicio se abría a sus pies.
Nunca le había gustado esa visión, le asustaba, la eludía porque tenía un poco de vértigo. Pero aquel día el abismo le sedujo. Ese día su horizonte estaba allí, quinientos metros por debajo de él. No lo pensó mucho. Cerró los ojos y saltó. En aquel mismo instante Sara alcanzaba un orgasmo bajo la fusta de un nuevo amante, o de un nuevo dueño, porque tal vez Sara nunca había sabido lo que era amar.
