La Coctelera

Categoría: Relatos de Omega

"Sarainquieta"

Autor: Omega.

Dedicado a Selene.

Mientras abría el correo electrónico le temblaban los dedos, que apenas acertaban a presionar el teclado de su viejo ordenador. Una y otra vez, Julio borraba las letras erróneamente escritas presa de una excitacióny de un miedo que no había sentido en sus casi cincuenta años de vida.

Intuía que si ella le había escrito no sería para enviarle un mensaje cargado de sensualidad y deseo, como había hecho con regularidad a lo largo de los últimos meses. Llevaban separados medio año por razones de trabajo y los mensajes que ella le enviaba se habían ido espaciando sospechosamente. Detrás de algunas palabras que trataban de evocar experiencias vividas por ambos, se ocultaba, torpe y tal vez intencionadamente el deseo de distanciarse de él.

Tardaba en aparecer el listado de nuevos mensajes y en la espera su memoria le llevó tres años atrás, muy lejos de España. La conoció por una de esas casualidades de la vida que nos llevan a pensar que una mano misteriosa es la responsable de tejer la complicada urdimbre de los sentimientos que nos conectan con esa pequeña y extrañamente elegida fracción de los miles de millones de seres humanos que podrían haberse cruzado en nuestra vida. De camino a su destino en una gran urbe cercana al ecuador donde iba a asistir a una reunión del recientemente creado consorcio de empresas, a una de las cuales representaba, su avión tuvo que desviarse a un pequeño aeropuerto cercano a causa de una inoportuna y, en esa época del año, rara niebla.

Desde allí el transporte a la gran urbe ese mismo día no era posible y se vio obligado a buscar un hotel para pasar la noche hasta que a primera hora de la mañana una pequeña furgoneta, el servicio de taxi local, le llevara a la ciudad. Pero muchos pasajeros de su mismo vuelo y de otros vuelos estaban en las mismas circunstancias y dos horas después del aterrizaje, cansado y cubierto del sudor que aquel clima tropical hacía fluir por cada uno de sus poros, empezaba a pensar que su único recurso era acomodarse en uno de los escasos bancos que todavía quedaban libres en la sala de espera para pasar allí la noche.

Había empezado a andar desde los mostradores de las compañías aéreas, donde se agolpaban cientos de viajeros, hacia uno de aquellos bancos cuando un hombre de unos cuarenta años se acercó a él y, después de pedirle perdón por, según sus propias palabras, importunarlo, le dijo que su nombre era José y le susurró casi al oído que en su casa podía ofrecerle una habitación limpia y una cena caliente por el mismo precio que hubiera pagado en cualquiera de los pequeños y sucios hoteles del pueblo.

El sitio estaba a no más de diez minutos en el destartalado Buick de tercera o cuarta mano que a la salida del aeropuerto José le mostró haciendo un ademán de que subiera. No mintió José y después de atravesar un laberinto de callejas embarradas llegaron a una casa de apariencia modesta pero cuidada y recién pintada, o eso le pareció bajo la escasa luz de aquellos andurriales que le inspiraban un cierto temor. Al fin y al cabo se había dejado llevar por un desconocido lejos de cualquier punto donde pudiera pedir ayuda si las intenciones de su hospedador eran robarlo o incluso secuestrarlo, algo que estaba a la orden del día en ese país. Pero su cansancio había obnubilado su mente y sin pararse a pensar entró en la casa mientras José le seguía llevando servicialmente su maleta.

La puerta de entrada daba acceso a una especie de salón-cocina en el que se abrían varias puertas que sin duda correspondían a los dormitorios. José abrió una de ellas y haciendo un gesto con la mano lo invitó a entrar. Tras enseñarle una jofaina donde podía lavarse le dijo que en diez minutos estaría dispuesta la cena. Julio se apresuró a quitarse de encima el sudor que le empapaba la frente y el cuello y se cambió de ropa. No quería dar mala impresión durante la cena, aunque no sabía a ciencia cierta si se sentaría el solo a la mesa o aparecería alguien más en lo que podría haber sido una improvisada pensión ante el aluvión de los inesperados visitantes. Pero se equivocaba. En la mesa estaba José y junto a él una muchacha muy joven, no tendría más de veinte años, que pensó sería su hija. No quiso preguntar sin embargo por no parecer entrometido. Se iba a sentar en la silla que quedaba libre después de haber saludado con un gesto a la joven, que inmediatamente bajo los ojos, cuando José le sacó de dudas diciéndole que Sara era su hija. Cenaban los tres en silencio. Sólo José hizo algún comentario sobre el mal tiempo que durante las últimas semanas se había apoderado de la región y el golpe de suerte que para él suponía el desvío hasta allí de los aviones y la llegada de visitantes, que le había permitido durante los últimos días obtener un dinero adicional alquilando la única habitación disponible en la casa.

José fue el primero en terminar de cenar y tras explicarle a su huésped que al día siguiente debía levantarse muy temprano se retiró a una de las habitaciones. Julio quedó en una situación un tanto violenta frente a la muchacha, que no había dicho una palabra en toda la cena. Allí a sólo un metro de él, con aquellos ojos grandes y oscurísimos, un pelo negro, largo y cuidadosamente peinado y aquella mirada, que aunque esquiva, intuía profunda e inquisitiva, le parecía la personificación del misterio que aquel país exótico le había transmitido siempre que lo había visitado. Sentía que la situación iba a ser más violenta si continuaba allí callado y, con el miedo del que teme violar el silencio de un velatorio, le preguntó procurando disimular su voz grave y que ésta sonase lo más amistosa posible:

-¿Cuántos años tienes? Ella levantó su mirada hacia él como un resorte, como si un látigo le hubiera golpeado sin aviso en su delicada piel y se clavó en los ojos de Julio que por un momento tuvo la sensación de haber pronunciado palabras ofensivas. Pero la muchacha cambió su hasta ese momento grave expresión por una dulce sonrisa y bajando de nuevo la mirada hacia el plato contestó: diecinueve, señor. Julio haciendo sonar ahora toda su voz masculina y con aire casi enfadado le dijo:

- No me llames señor, ¿tan viejo te parezco? La joven volvió a levantar la mirada y con voz entre temerosa y pícara replicó -¿Cómo quiere que le llame?

-Llámame Julio, ese es mi nombre, prosiguió. Ya sé que tú eres Sara.

Julio se sintió animado a proseguir la charla y decidió ser algo más inquisitivo. Empezaba a aflorar su carácter dominante con las mujeres y quería explorar aquel territorio femenino que empezaba a resultarle tremendamente tentador.

-¿Tienes novio?, preguntó, tratando de aparentar indiferencia. Sara no respondió, pero él notó que la piel de sus mejillas se sonrojaba ligeramente mientras desmigaba pan nerviosamente sobre la sopa que todavía seguía en el plato. Julio aguardó pacientemente la respuesta recreándose en la aparente timidez de la chica. Finalmente, como quien se libera de una pesada carga ella dejó salir un expresivo:

-No, hay muy pocos hombres en este pueblo. A Julio le pareció que había pronunciado la palabra hombres con una entonación distintiva, como si hubiera querido resaltar en negrita aquella palabra, pero inmediatamente pensó que su mente recalentada por el calor del trópico y por varios meses sin estar con una mujer debían estar distorsionando su percepción de la realidad.

Sin embargo, no pudo resistirse a seguir explorando detrás de aquella puerta que la muchacha parecía haber entreabierto intencionadamente.

-Pero tú lo que necesitas no es un hombre sino un chico de tu edad, replicó Julio buscando una respuesta que lo sacara completamente de dudas sobre la supuesta insinuación de la muchacha. Sara, que había vuelto a dirigir sus ojos al plato mientras continuaba tomándose la sopa, volvió a clavar sus ojos en los de Julio y casi con furia le dijo, esta vez tuteándolo,

-Te equivocas si crees que una mujer de mi edad tiene que buscar críos de veinte años. Lo que yo busco en el otro sexo no puede ofrecérmelo un aprendiz de hombre. Julio quedó desconcertado. Aquella casi niña que tenía delante de él parecía mucho más madura de lo que precipitadamente había supuesto, tal vez llevado por unos ademanes que acaso eran intencionadamente estudiados, y ahora se mostraba ante él como una mujer con experiencia e incluso desafiante. Eso le espoleó más que la salsa picante que estaba acostumbrado a comer en aquel país porque le atraían las mujeres con ese carácter, aunque lo que a él de verdad le gustaba era doblegarlas a fuerza de fusta y cuero para sentirlas completamente suyas.

Pero no era un sádico, sólo si una mujer aceptaba ese juego él era capaz de desempeñar su papel dominante.

-¿Y qué tiene un hombre, como tú dices, que no te pueda ofrecer un potente y vigoroso joven de tu edad? Julio seguía estrechando el cerco, acariciando la remota posibilidad de que bajo aquel cuerpo que adivinaba como un manjar de dioses, se ocultase una mujer que, como componente básico de su sexualidad, buscase ser sometida completamente por un hombre mayor que ella.

-Un chico sólo sabe poseer a una mujer con su verga; un hombre sabe cómo someterla y hacerla suya con otras artes. Julio estaba perplejo. De pronto aquella casi niña se había transformado ante sus ojos en una mujer hecha y derecha que hablaba con la sabiduría y experiencia de alguien de mucha más edad.

-¿Y cómo sabes tú esas cosas? Siguió preguntando Julio, sin dar todavía crédito a sus oídos.

-Mi madre me contó muchas cosas sobre los hombres y el sexo antes de morir. Ella no fue feliz con mi padre porque necesitaba sentir que el hombre con el que estaba impusiese su voluntad sobre la de ella. Mi padre la quería mucho, pero no tenía la energía y el carácter dominante que ella buscaba.

-¿Qué quieres decir?, continuó él cada vez más intrigado.

-Un día, cuando tenía dieciséis años escuché unos quejidos en la habitación de mis padres. Parecía que alguien golpeaba a otro. Una mujer se quejaba. Entreabrí la puerta y vi que mi madre estaba boca abajo con las manos atadas a los barrotes de la cama y un hombre, al que yo no conocía, la golpeaba en las nalgas con una correa de cuero. Me quedé allí unos instantes, asustada al principio, pero enseguida me di cuenta de que mi madre estaba disfrutando de la situación. El hombre que la azotaba se detenía de vez en cuando y pasaba sus manos por sus nalgas enrojecidas y la besaba en los hombros antes de seguir azotándola con fuerza. Ella entonces gemía de placer. Antes de que yo saliera de la habitación mi madre se dio cuenta de que yo había observado la escena y al día siguiente me explicó muchas cosas. Me dijo que para ella el sexo era sentirse completamente poseída por un hombre, ser azotada con violencia.

Podía prescindir de las caricias amorosas, incluso de la penetración, pero no era capaz de llegar a la cima del deseo sexual si no sentía su piel ardiendo bajo los azotes del hombre que ejercía sobre ella un dominio total.

Julio empezó a pensar que en las palabras que había oído poco antes pronunciar a Sara sobre lo que esperaba de un hombre no había una opinión propia sino que hablaba por boca de su madre. Al fin y al cabo era muy joven y sin duda se habría dejado influir por las ideas y forma de sentir de ella. Volvió al ataque. Quería saber si la hija había experimentado alguna vez las sensaciones en las que su madre parecía haber querido iniciarla. Seguramente se equivocaba y sin duda ella nunca había probado el mordisco del cuero en su piel.

-Y tú ¿sientes igual que tu madre? Aunque es posible que nunca hayas estado con un hombre. Julio buscaba intencionadamente tratarla como a una niña para provocarla y que ella le contase las intimidades que se estaba esforzando en descubrir, aunque posiblemente no le hubiera hecho falta porque Sara parecía tener ya decidida su confesión.

- Yo no soy la niña que tú crees. Cuando observé a mi madre siendo azotada era virgen, pero han pasado muchas cosas desde entonces. Al ver a aquel desconocido descargando toda su fuerza contra mi madre me excité como nunca lo había hecho hasta entonces. Aquella noche en mi habitación llegué al orgasmo varias veces imaginando que era yo la que ocupaba el puesto de mi madre y ofrecía mi cuerpo a aquel para mí extraño que después de azotarme hasta que yo le suplicaba que no siguiese me cubría el cuerpo de besos y me obligaba a masturbarme delante de él.

Julio estaba llegando a un nivel de excitación que le comenzaba a colocar en la situación del “tirano sexual” que él mismo consideraba ser.

Como un licántropo en noche de luna, comenzó a transfigurarse y empezó a ver a Sara como la víctima de sus deseos más perversos.

-Pero, ¿cuáles son esas “muchas cosas” a las que te has referido?

¿Acaso has convertido en realidad alguna vez esas fantasías?

-Desde aquel día mi vida ha sido una sucesión de experiencias desgraciadas y frustrantes. Cuando murió mi madre, mi padre comenzó a beber y muchos días no dormía en casa. El amante de mi madre se metió en mi alcoba un día y me sedujo. Sabedor de que mi madre se había visto obligada a contarme sus secretos, quizá de forma prematura, me dijo que yo era mucho más bella que ella y que en sus manos obtendría un placer que jamás sería capaz de imaginar. Yo en parte por miedo y en parte por deseo me dejé llevar. El me azotó en muchas ocasiones y yo acabé estando a gusto con él porque era muy respetuoso y atento conmigo. Un día mi padre nos sorprendió. Yo estaba completamente desnuda, las manos atadas a la pared y él me azotaba con una fusta. Mi padre volvía borracho. No lo pensó dos veces. Cogió el revolver que guarda en su dormitorio y descargó seis disparos sobre el que él suponía era mi violador. A partir de ese día he estado con muchos hombres que sólo buscaban el sexo conmigo y que me han azotado porque yo se lo he pedido, pero no he vuelto a sentir nunca la excitación vivida con el amante de mi madre.

Por fin apareció la lista de mensajes. En una fracción de segundo vio entre un listado de más de cincuenta nombres el alias de ella “Sarainquieta“. Abrió el mensaje y comenzó a leer… con avidez y con temor.

-¿Cómo estás Julio? Supongo que por mis últimos correos ya te imaginas lo que voy a decirte en éste. Quiero que sepas que estos años que hemos vivido juntos y hemos compartido nuestra pasión por los juegos que a ambos nos subyugan he sido muy feliz. No tengo absolutamente nada que reprocharte. Has sido un compañero de juegos perfecto. Me has dado todo lo que necesitaba durante esta fase de mi vida. Yo nunca pretendí que te enamorases de mí, pero sé que ha sucedido y lo siento porque mis sentimientos hacia ti no son recíprocos. En estos meses que llevo fuera he descubierto un mundo que ha ampliado los horizontes que yo era capaz de ver hasta ahora. Tú me enseñaste muchas cosas, me diste la oportunidad de salir de mi pequeño mundo donde me encontraste y mi gratitud por eso es infinita. Pero tengo que hacer caso a lo que me dice mi cabeza y a lo que siente mi corazón. Sé que me queda mucho por descubrir, tal vez al hombre de mi vida, y me cuesta mucho decir esto porque sé que te va a doler, pero he querido ser absolutamente sincera porque te lo mereces.

Si me quieres de verdad como me has dicho no intentarás detenerme o impedir que yo busque mi felicidad. Aunque pueda parecerte una ironía, yo también deseo que tú seas feliz. Un beso, Sara.

El mundo se derrumbó bajo sus pies. Se vio a sí mismo descendiendo al centro de la tierra en una caída de vértigo, sepultado por millones de toneladas de rocas que le aplastaban hasta reducirlo a una masa informe, inhumana, abrasada por corrientes de magma incandescente que le hacían arder en una muerte lenta e insoportable. Trató desesperadamente de huir de aquella fuerza maligna que le destruía. Cogió el coche e hizo kilómetros y kilómetros hasta que su cabeza estuvo más fría. Después de horas conduciendo decidió dirigirse a un promontorio en las montañas que desde su niñez había subido docenas de veces. Desde allí, desde aquella impresionante atalaya gustaba de mirar al horizonte y pensar en la majestuosa belleza de aquel planeta en el que el azar, o la mano de alguien, tal vez la misma que le había unido a Sara, le había invitado a vivir.

Allí se había refugiado otras veces en que la vida le había mostrado su lado amargo. En la contemplación de aquellas montañas, de aquellos bosques, de aquellos prados había recuperado el equilibrio perdido, la fuerza para seguir en la lucha. Trepó durante horas, de prisa con ansia por llegar. Se ahogaba, le faltaba el aliento en los pulmones, pero también sentía que se le ahogaba el alma. Cuando llegó a la cumbre miró a lo lejos, fijo su vista en la lejanía, busco el horizonte, pero había desaparecido. No había nubes, ni calima, el aire era limpio y el cielo de un azul purísimo, pero el horizonte no estaba allí. Entonces miró hacía abajo. Un hondo precipicio se abría a sus pies.

Nunca le había gustado esa visión, le asustaba, la eludía porque tenía un poco de vértigo. Pero aquel día el abismo le sedujo. Ese día su horizonte estaba allí, quinientos metros por debajo de él. No lo pensó mucho. Cerró los ojos y saltó. En aquel mismo instante Sara alcanzaba un orgasmo bajo la fusta de un nuevo amante, o de un nuevo dueño, porque tal vez Sara nunca había sabido lo que era amar.

El roble.

Autor: Omega

Finalmente había logrado convencerlo para que la acompañara al día siguiente y ayudarla en su trabajo de campo. Esgrimió mil y una razones. La lluvia de los últimos días había vuelto los caminos casi impracticables y tenía todavía poca práctica en la conducción del todoterreno que le permitía llegar a los puntos de muestreo más complicados. Llevaba varios días con una especie de gripe intestinal que le hacía sentirse débil y dudaba de si podría soportar el intenso trabajo que la esperaba al día siguiente. Por si fuera poco había fracasado en la obtención de los datos más cruciales para avanzar en su tesis doctoral y apelaba a su experiencia para sacarla del atolladero.

Sentada enfrente de él, mientras relataba con una voz entre seductora e inocente cada una de estas adversidades, veía como la actitud de su director, al principio dura e inflexible se iba tornando más comprensiva hasta el punto de acabar interesándose por alguno de los problemas más graves que ella enumeraba, como el de una herida en el pie que le dificultaba andar. Su director tenía 30 años más que ella y tenía como norma no acompañar a sus estudiantes en sus trabajos de campo a menos que concurrieran circunstancias excepcionales.

Ella había conseguido que él empezase a pensar que en aquella ocasión sí se daban aquellas circunstancias y que por eso se viese obligado a echarle una mano. Por otra parte, pensó él que ella siempre había sido una alumna destacada y trabajadora y hubiera sentido cierto sentimiento de culpa por haberse negado en rotundo ante unos argumentos sobre la necesidad de su colaboración que eran difícilmente rebatibles.

Tras acceder a acompañarla recalcó lo excepcional de la situación, curándose así en salud de posibles nuevas demandas por parte de ella en el futuro. Quedaron al día siguiente muy temprano. Ella recogería el coche del garaje de la universidad y pasaría poco después por casa de él.

Además, ella se encargaría también de llevar la comida para ambos. Al subir al coche el profesor se extrañó de que ella llevase puesta una falda que le llegaba por debajo de las rodillas. Desde luego no era la indumentaria más adecuada para moverse entre espesa vegetación, pero no dijo nada. Al cabo de algo más de una hora en la que no hablaron demasiado, algún comentario sobre el calor bochornoso que estaba haciendo después de las intensas lluvias de los últimos días y ciertas precisiones sobre los resultados preliminares que en los días anteriores ella había dejado sobre su mesa para que los supervisara, llegaron a su destino.

Ella, que parecía conducir el todoterreno con mucha más soltura de lo que él había supuesto tras oír los comentarios autocríticos de su alumna, aparcó el coche a la sombra de una enorme encina e inmediatamente bajó del coche y se fue a la parte posterior donde había colocado las mochilas con el material de trabajo. Mientras abría la puerta posterior, el profesor bajó del coche y comenzó a escudriñar con la mirada los alrededores buscando el mejor lugar para iniciar la toma de muestras.

Cuando se volvió hacia atrás para ver si su alumna había sacado ya el material que debían transportar, ella miraba en dirección contraria, y le daba en ese momento la espalda. Quedó perplejo y turbado por la visión. La falda que le había llamado la atención por lo inconveniente de su elección había dejado lugar a un pantalón vaquero corto, tan corto que incluso dejaba al descubierto los pliegues que limitan el extremo superior de los muslos, exhibiendo indecorosamente la parte inferior de las nalgas. Una brevísima camiseta de tirantes dejaba ver la parte superior de sus bien moldeados pechos, resaltados si cabe aún más por un sujetador sin duda intencionadamente apretado.

Cuando ella se volvió se dio cuenta de la mirada reprobatoria de su profesor y con una estudiada pose displicente justificó la elección del atuendo por el sofocante calor de aquel día. Tras colocarse la mochila en la espalda, ella, con actitud decidida, comenzó a andar a buen paso en dirección a una zona forestal que se podía ver claramente desde donde estaban y distante no más de un kilómetro.

El profesor la seguía, casi sin atreverse a mirarla, ya que cada vez que lo hacía, aquella figura provocadora le recordaba que él no sólo era un profesor de ecología vegetal y que ella evidentemente era mucho más que la niña que hasta entonces había visto. Pensó que, al contrario de lo que le había dicho en su despacho andaba con soltura y no parecía que aquella herida del pie y aquel proceso vírico, a los que con aquella actitud mimosa se había referido el día anterior, parecieran mermar en modo alguno su energía y sus movimientos.

La seguía con dificultad y empezó a pensar si detrás de aquella aparentemente inocente joven no se escondía una mujer que buscaba algo más que su experta ayuda. Inmediatamente se arrepintió de tal pensamiento y por un momento se vio como un “viejo verde” arquetipo que siempre le había parecido repugnante.

Al cabo de quince minutos alcanzaron el límite del bosque. Él le preguntó entonces si había escogido ya un punto concreto para sus propósitos y ella con gran seguridad contestó que sí y comenzó a caminar hacía el interior de la masa forestal. Recorrieron unos doscientos metros hasta que ante su vista apareció un magnifico roble cuyo grueso tronco empezaba a ramificarse por encima de los tres metros de altura. Ella le hizo notar el bello árbol. Él, tras reconocer la magnificencia del ejemplar se extrañó de aquella insistencia ya que aquel roble nada tenía que ver con el trabajo que les había llevado hasta allí. Su objetivo eran plantas mucho más pequeñas.

Ella insistió en la sensualidad de aquel tronco, en su carácter casi lascivo. Finalmente ante la cara de incredulidad del profesor le hizo notar una pequeña argolla clavada a algo menos de dos metros de altura. La herrumbre que la cubría revelaba que había sido fijada allí hacía muchos años, tal vez siglos. Ella preguntó que cuál habría sido la utilidad de aquella pieza de metal en un lugar tan apartado de cualquier población o camino moderno o antiguo.

El profesor contestó que tal vez en el pasado el bosque había sido utilizado para extraer de él leña y aquella argolla había sido fijada allí para colgar utensilios relacionados con esta tarea, tal vez un hacha.

Ella negó con la cabeza y dijo que su hipótesis era otra y comenzó a relatar su historia con voz intrigante, como si nadie debiera saberlo más que él. Que aquella argolla había sido fijada allí con fines más perversos. Que tiempo atrás un herrero que viajaba con su mujer se detuvo en el bosque para protegerse del calor mientras reparaban fuerzas y comían algo. Se sentaron al pie del viejo roble y el herrero le dijo a su mujer que sacara de las alforjas las viandas que él creía había preparado para el camino. Pero su mujer había olvidado por completo su obligación y ambos se verían obligados a ayunar hasta el día siguiente en que llegarían al próximo pueblo.

Irritado como pocas veces había estado, aquel hombre tosco y rudo saco de su bolsa una argolla de metal que formaba parte de la mercancía que había comprado para su herrería en su anterior parada y la fijó en el roble. Acto seguido sacó un trozo de cuerda dio con ella varias vueltas alrededor de las muñecas de la mujer y a continuación la ató a la argolla de cara al rugoso tronco del árbol centenario. Irritado, con violencia, subió su vestido de un intenso color rojo, lo sujetó a su cintura y bajó su ropa interior hasta los tobillos dejando al descubierto unas nalgas blancas y bien contorneadas.

Ella protestaba y se retorcía a la vez que insultaba a su marido, pero de nada le sirvió. Se quitó el cinturón, lo dobló por la mitad y uno tras otro descargó no menos de veinte golpes sobre aquellas magníficas redondeces que dejaron de ser blancas para parecerse más su color al del vestido que ahora las orlaba.Tras esto, la desató, montaron en el carro en el que viajaban y siguieron camino sin mediar más palabras.

El profesor quedó atónito ante la calenturienta imaginación de su alumna. Aún no había salido de su asombro cuando le confesó que tampoco ella había traído comida y que aquella argolla podía ahora volver a cumplir la función que tuvo un día. Pero, le confesó que a diferencia de aquella mujer que fue castigada contra su voluntad por un marido cruel, ella disfrutaría si recibía un castigo que se merecía no sólo por haber olvidado la comida, sino por haber inventado todo un repertorio de falsas razones para obligarle a acompañarla hasta allí.

Le confesó que estaba loca por él desde que fue alumna suya en los primeros cursos de la carrera, y que la forma en la que ella le quería manifestar ese sentimiento era ofrecerle su cuerpo para que la azotase hasta donde quisiera. El profesor sintió la sensación de haber sido descubierto, ya que desde siempre había albergado el deseo de azotar a las mujeres aunque nunca se había atrevido a hacerlo ni había encontrado a ninguna mujer que compartiese sus gustos sexuales. Aunque estaba casado desde hacía muchos años, nunca había tenido valor de confesarle a su mujer sus instintos de spanker.

Inmediatamente pensó que su alumna no tenía por qué saber ni haber intuido nada de sus ocultas inclinaciones.

Le preguntó fingiendo indignación y con un ademán reprobatorio que por qué había ella imaginado que él se prestaría a sus deseos, y ella contestó que un extraño sentido que sólo las mujeres spankees tienen había descubierto en él a un hombre dotado con los instintos que ella buscaba en el otro sexo. No pudo evitar ruborizarse, era sin duda la aceptación de su condición de spanker ante ella. Todo su ser se convulsionó cuando ella sacó de su mochila un cordel y se lo ofreció con una actitud ceremonial.

El profesor vaciló un momento, pero finalmente cogió ese elemento de sumisión e igual que había hecho el imaginario herrero, sujetó con él las muñecas de su alumna a la argolla que se iba a convertir en el símbolo de la ceremonia de su iniciación. Cuando la contempló en aquella posición todas sus inhibiciones parecieron desvanecerse.

El bosque les ocultaba de todos, incluso de él mismo y estimulaba misteriosamente su deseo. Bajó delicadamente ese diminuto pantalón descubriendo lo que desde hacía menos de una hora se había convertido en su oculto objeto de deseo. La azotó con fuerza, con pasión, pero también con ternura, con agradecimiento.

Sólo utilizó su mano y ella no necesitó más. Desde entonces, el profesor acompaña regularmente a su alumna en sus salidas para muestrear y, aunque les queda a desmano, vuelven frecuentemente al roble de la argolla a recordar la historia del herrero y a escenificar otra que no por repetida les resulta menos excitante.

Armas de mujer.

Autor: Omega.

A Selene.

Llevaba muchos años trabajando con él. De hecho, ya estaba allí diez años atrás, cuando su padre dejó en sus manos la dirección de la pequeña empresa familiar. Siempre había sido una mujer muy eficiente en su trabajo. No recordaba ni una sola ocasión en la que ni su padre ni él hubieran tenido que llamarle la atención por un error en su trabajo.

Sin embargo en los dos últimos dos meses una serie de inexplicables errores y omisiones habían comprometido el prestigio que la empresa había ido ganando trabajosamente desde que su padre la fundara cincuenta años atrás. A pesar del evidente afecto que su padre sentía por aquella mujer, él como responsable de la empresa tenía que tomar cartas en el asunto.

El día anterior le había comunicado que a las 7 de la mañana del día siguiente quería hablar con ella de un asunto grave. La citaba intencionadamente tan pronto para que su conversación no fuera interrumpida. Ella apareció un poco más tarde de la hora convenida y tras saludarle de forma respetuosa, pese a la confianza que había entre ellos, se sentó al otro lado de la amplia mesa del despacho. Durante varios minutos él pormenorizó todos los detalles que habían puesto a la empresa en una posición delicada con sus mejores clientes, que incluso hacían peligrar varios puestos de trabajo en los escalafones más bajos.

Ella permanecía con la mirada baja, dirigida al suelo, como asintiendo ante los incontestables argumentos de su superior.

Tras unos diez minutos de monólogo, algo violento por el silencio de ella, le preguntó que si tenía alguna justificación que explicara el incomprensible cambio en su actitud. Ella sin levantar la vista del suelo movió la cabeza de un lado a otro y dejo escapar un casi inaudible “no señor”. A él le apareció una actitud excesivamente ritual, ya que nunca se había dirigido a él en esos términos. Tampoco se tuteaban, pero aquella actitud excesivamente sumisa no dejó de sorprenderlo.

Visiblemente nervioso, se puso de pie y comenzó a andar lentamente de un extremo a otro del amplio despacho enrollando y desenrollando los papeles que había estado utilizando, en una maniobra que claramente anunciaba su tensión interior. Sin pensarlo más le anunció su decisión: se veía obligado a tomar medidas disciplinarias que él sabía que constituían una especie de escarmiento, ya que el daño estaba ya hecho. En realidad sentía su orgullo herido por haber quedado mal frente a sus empleados y frente a algunos clientes. Así que le anunció que debía suspenderla de empleo y sueldo durante tres meses.

En ese momento, ella, que apenas había levantado la vista del suelo y mucho menos había osado dirigir su mirada a la de él, giró la cabeza y comenzó a dar las explicaciones que antes había callado, mirándole ahora a los ojos en una actitud estudiada de constricción y arrepentimiento.

Le contó entre suspiros que había conocido a un hombre mucho más joven que ella, que se había enamorado perdidamente y que la tempestad de dudas e incertidumbres que esta situación había provocado en su interior había apartado su mente de sus obligaciones laborales. Siguió confesándole que ese hombre tenía serios problemas con las mafias centroamericanas del tráfico de estupefacientes y que debía bastante dinero. Ella tenía un buen sueldo y necesitaba ayudarle, por lo que esa sanción que pensaba imponerle podía tener una repercusión muy grave en sus relaciones con ese hombre.

Sorprendido de aquella confesión en alguien a la que había contemplado siempre como carente de cualquier atractivo, quedó confuso y tardó unos segundos en reaccionar. Empujado por una extraña fuerza que ni el mismo podía explicar pronunció unas palabras que le parecieron no proceder de su garganta y de las que inmediatamente se arrepintió. “En ese caso ¿quizá debería ser usted castigada de otra manera?” Aquello, sin saber por qué le sonó como si la hubiera propuesto un castigo físico y le hizo ruborizar ligeramente. Ella, que parecía haber buscado llegar a ese punto no dejó escapar la ocasión que le había puesto él en bandeja para eludir la grave sanción económica y respondió, tratando de que sus palabras reflejasen el más absoluto de los arrepentimientos: “Si señor, creo que para empezar me merezco unos buenos azotes”.

Nada más oír esas palabras él notó que una extraña sensación de calor le subía desde los pies hasta la cabeza y tuvo la impresión de que su turbación se haría visible a través de su piel en forma de un rubor que le delataría sin remedio. Nunca había azotado a una mujer, pero desde su adolescencia había imaginado situaciones similares a las que ahora estaba viviendo y en más de una ocasión había sentido una gran excitación cuando su imaginación le llevaba a ese punto. Haciendo un esfuerzo por no parecer que estaba complacido por la situación contestó: “no me gusta, pero ya que es usted quien lo propone…”

Se dirigió a la puerta y giró el pestillo para cerrarla, a pesar de que a esa hora todavía no había llegado ninguno de los empleados. Mientras recorría muy lentamente los escasos cuatro metros que la separaban de ella, ya de pie junto a la silla que le había servido como banquillo de acusada, pensaba de qué modo iba a abordar aquella situación tan nueva para él. No tuvo tiempo de seguir pensando más. Ella comenzó a desabrochar su vestido, austero y de un color gris oscuro, con el que parecía una institutriz del siglo pasado.

Aunque estaba todavía a más de dos metros de ella, paró súbitamente como si aquella maniobra le estuviera avisando de que debía mantener una cierta distancia para observar el espectáculo que comenzaba. Ella, una vez llegó al último botón dejo deslizar suavemente el vestido hacia abajo hasta depositarlo a sus pies. Lo que ahora se ofrecía a sus ojos no tenia nada que ver con la sobriedad que hasta ahora la cubría. Toda una galería de prendas exquisitamente femeninas y cuidadosamente combinadas seguían cubriendo su cuerpo, pero ¡de qué manera tan distinta!

Las delicadas medias de color negro no demasiado intenso hasta la mitad del muslo sustentadas con las presillas de un liguero del mismo color y ribeteado de finos encajes de puntilla, un corpiño sin tirantes que hacía resaltar sus más bien pequeños pechos y acentuaban su talle de avispa. Y en el cuello una fina gargantilla de oro con una pequeña argolla que parecía invitar a colocar allí una cadenita que permitiese el completo control de sus movimientos.

Sin duda aquella mujer sabía muy bien a lo que iba esa mañana a su oficina y había desplegado la más completa batería de armas de seducción de las que su imaginación era capaz.

Él había quedado paralizado contemplando la metamorfosis que en sólo un segundo había experimentado aquella mujer. De oruga gris había pasado a la más espectacular de las mariposas. Pero algo faltaba, aunque no sabía decir exactamente que era. Ella no prolongó demasiado la exhibición.

Tras estar segura de que él había tenido tiempo de evaluar la magnitud del cambio se volvió hacia la mesa y cuidadosamente recogió los papeles dispersos en ella, los reunió en dos perfectamente ordenados montones y los colocó en la parte lateral. A continuación se inclinó hacia delante y recostó todo cuerpo en la mesa mientras de manera decidida pronunciaba unas invitadoras palabras: “cuando usted quiera señor”.

Todavía semiparalizado a dos metros de ella dudó de lo que hacer.

¿Debía azotarla con la mano o sería éste un castigo demasiado infantil para alguien que había cometido una falta tan grave? Recordó que en un cajón de su mesa tenía una regla de metal que su padre gustaba de utilizar al confeccionar los gráficos de balance de la empresa cuando los ordenadores eran, según el diccionario “los miembros de una organización atlética encargada de sortear la posición de los corredores y los equipos en la línea de salida”. Ese instrumento tenía la contundencia de la más rígida de las palmetas de madera y a la vez la flexibilidad de un cinto de cuero. La agitó dos veces en el aire, como hacía con sus palos de golf antes de dar el golpe; se sintió complacido por ese zumbido amenazador y pensó qué sensaciones de temor podía estar causando en ella.

Golpeó cadenciosamente, tratando de medir su fuerza. No quería ser demasiado duro, pero tampoco que aquello fuera una azotaina de colegio .Fue alternando tres o cuatro golpes en cada una de las nalgas, todavía cubiertas por las bragas negras a juego con las medias y el liguero. Siguió así durante unos minutos, mientras la mujer se mantenía estable en su posición, las piernas rectas, y sin que se oyera un murmullo. Casi sin que él mismo lo percibiera fue incrementando el ritmo y la fuerza de los azotes hasta que empezó a notar que ella arqueaba ligeramente las piernas tras cada golpe a la vez que dejaba escapar unos gemidos que delataban el dolor, que seguramente empezaba a ser más intenso. Continuó no obstante la ceremonia observando atentamente las reacciones de la mujer.

Habían pasado cuatro o cinco minutos cuando empezó a notar en ella unas ligeras convulsiones en la cabeza sincronizadas con unos débiles sollozos, que sin embargo eran perfectamente audibles por sus oídos esforzados en no perder esas señales. Se detuvo y la ordenó levantarse. Unas lágrimas corrían por las mejillas de ella y la humedad que habían provocado en sus ojos les daba un brillo que él no había observado nunca, no sólo en ella, sino en ninguna otra mujer.

Dudó si seguir. Ella notó esa duda y actuó rápidamente. Con una maniobra hábil y seductora a la vez bajó sus bragas hasta las rodillas y volvió a adoptar la postura en la que ya había sido castigada. El espectáculo que entonces se ofrecía ante él le pareció inenarrable. La regla había dibujado sobre la piel dos círculos casi perfectos con unos límites netos, bien definidos por el color rojo brillante de la piel inflamada y el tono blanquísimo de su piel. Eran como dos semáforos en rojo, pero que no le conminaban a detenerse sino todo lo contrario, a continuar sin ningún tipo de inhibición.

Se sentía tan excitado que tuvo que contenerse para no empuñar de nuevo la regla y seguir incluso con más fuerza de la que había utilizado. Se contuvo, pensó que el castigo había sido suficiente y además pensó que la palma de la mano le daría la ocasión de experimentar la sensualidad de sentir el contacto con su piel a cada nuevo azote. Continuó durante un rato que a él le pareció tan breve como un suspiro porque hubiera querido permanecer allí, en aquel paraíso que él mismo había creado, durante todo el tiempo que los paraísos merecen ser disfrutados.

Ella seguía lloriqueando mimosamente, haciendo ademanes entre el dolor y el placer a cada nuevo golpe, pero evidentemente había mucho de fingido ahora en los gestos de la mujer, ya que él estaba ya vencido por un sentimiento entre la culpa y la protección que le pedían cada vez con más fuerza acariciar, besar la piel de aquella mujer para mitigar el dolor que su fuerza había provocado.

Pensó que ella nunca le había atraído físicamente. De hecho su ideal de mujer era muy distinto. Le gustaban las mujeres voluptuosas de grandes pechos y caderas amplias, casi rubenescas. Sin embargo, ahora, todavía entre los sollozos que él había provocado y en aquella posición, que le invitaba a desahogar toda la tensión sexual que había acumulado durante la azotaina, le pareció la mujer más bella y más sensual del mundo. Se acercó, la acarició el cuello y la espalda, luego más abajo, como queriendo apagar el fuego que había encendido en sus nalgas. Se sintió tentado a seguir la caricia más hacia abajo y penetrar entre ellas, pero no se atrevió. Levantó su pelo para descubrir su cuello y le dio un beso en la nuca. Hemos terminado le dijo. “Asumiré yo la responsabilidad de lo que ha sucedido”.