Categoría: Relatos Selene
29 Abril 2008
Autora: Selene.
Entró en el despacho empujando la puerta de forma violenta encaminándose hacia el centro de la habitación con el paso firme que la caracterizaba y arrojando los papeles sobre la mesa de Eva mientras interrogaba de forma inquisitiva a ambos empleados:
- ¿Quién es el inepto o inepta que ha hecho este informe?
Daniel bajó la cabeza mientras su compañera alternaba miradas furtivas entre los papeles, Hanna y él mismo sin atreverse a decir nada. Ninguno de ellos lo hizo por miedo a las represalias y solamente atinaron a mover los ojos por la habitación mientras la Directora empezaba a mostrar signos de impaciencia en la voz y las duras miradas que dedicaba a ambos.
- Bien, no pasa nada… podéis fingir no haberme escuchado y seguir mirando a los lados como si nadie supiera de qué hablo pero cuando salga de este despacho me sentaré en el mío hasta que terminemos la jornada y justo antes de salir de aquí reduciré los sueldos de ambos en el mismo tanto por ciento de errores que contiene este informe… a no ser…
A no ser que el autor de esta sarta de sandeces entre previamente en mi despacho y discutamos el asunto “civilizadamente”…
Tras avisarles de forma tan directa sobre la suerte que correrían sus nóminas sin no se averiguaba quien había hecho el trabajo Hanna salió con la misma energía que había entrado dando un portazo tras de sí y dejando una gran tensión en el ambiente.
Hanna era una mujer impresionante que no podía pasar desapercibida ni se podía dudar de su origen irlandes. Alta, pelirroja y de secos modales, vestía siempre con la sencilla elegancia de las mujeres que han sido educadas en una sociedad poco dada al dispendio y los lujos excesivos bajo una disciplina completamente inglesa. De padre militar y una extraña historia con tintes de leyenda más que de realidad dirigía la empresa con mano firme desde hacía más de diez años y jamás había perdonado un error a sus subordinados.
Tan sólo Daniel y Eva habían aguantado el duro ritmo de trabajo junto a ella más allá de los seis meses de prueba y llevaban ya casi dieciocho meses intentando no ser despedidos, penalizados en el sueldo o puestos en evidencia frente al resto de empleados de la compañía. Cuando aprendían a entender sus razones más profundas Hanna podía incluso caer bien…
La mañana, a pesar de ser casi idílica por lo tranquila fue una de las más insoportables para ellos y gran parte de la misma la pasaron dándole vueltas al informe, reconociendo los errores que Hanna había detectado y viendo la mejor manera de enfrentarse al duro instante de hablar con ella, pedir disculpas y afrontar las consecuencias que podían ir desde el anunciado recorte de sueldo hasta u aumento en las horas de trabajo semanales o cualquier otra cosa más o menos terrible dependiendo en gran manera del humor que tuviera Hanna ese día.
Pasaban las doce y media cuando sonaron unos leves golpes en la puerta donde la palabra “Dirección” indicaba quien se encontraba tras la misma y la voz recia de la alemana no dio lugar a dudas sobre la seguridad que tenía en que uno de los dos se encaminaba en esos momentos a “delatarse”.
- ¿Y bien? Así que el informe es de tu autoría ¿verdad? Porque si has entrado aquí por cualquier otro motivo que no sea hablar de eso sabes que me levantaré y te echaré a patadas… así que…
- Sí… lo hice yo. No quiero excusarme ni empeorar la situación más de lo que está sólo reconocer mis errores y ponerme a su disposición para lo que decida.
- Estupendo… esa es la actitud que esperaba de usted en el día de hoy, no una lastimera sarta de excusas estúpidas. Esto le honra así que por esta vez seré benevolente con usted y percibirá su sueldo íntegro este mes…
Un hondo suspiro se escuchó en la habitación reduciendo por unos instantes la tensión en el ambiente, pero Hanna no había terminado de hablar.
- Sin embargo, un error de este calibre no puede quedar de ninguna forma impune así que sin hacer demasiados aspavientos y sin que se le ocurra protestar por mi decisión, vaya a aquel rincón, quítese la ropa de cintura hacia abajo y ponga las manos en los tobillos.
Tras la puerta del despacho comenzaron a escucharse los primeros azotes dados con una vara contra las nalgas desnudas. Aunque no era la primera vez que castigaba así a alguno de sus subordinados siempre solía cumplir con unos ciertos “preliminares” pero en esa ocasión Hanna pasó directamente a la parte reservada a castigos más duros y sólo iba intercalando frases reprobatorias entre las tandas de azotes que precedían a los quejidos de quien los recibía.
Desde fuera la sintonía de silbidos, regaños y pequeñas quejas aisladas componía una excitante banda sonora que estaba empezando a causar efectos colaterales al otro lado de la misma. Desde el pasillo, se podían entrever las dos figuras, comprobar cómo las nalgas se veían ya enrojecidas y cómo se iban dibujando en ella una serie de líneas paralelas entre los azotes dados sin violencia, de forma pausada y con un elegante movimiento de muñeca de forma que el golpe era casi sutil y el castigo lo estaba siendo no por la fuerza empleada en él, sino por la perseverancia de quien lo llevaba a cabo.
Los quejidos se fueron transformando en jadeos poco a poco y el sonido de la vara al ser depositada sobre la mesa dio paso al de la fusta que también se empeñaba en tomar parte de la acción y un silbido menos prolongado que el anterior precedía de nuevo a los jadeos cada vez más intensos.
- Los últimos veinte vas a contarlos y van a ser con mi cinturón…
El castigo llegaba a su fin y todo estaba resultado perfecto. Hanna, los despachos… todo perfecto y Daniel tomó conciencia de que su miembro estaba duro como una roca y su nivel de excitación estaba llegando al máximo mientras las dos mujeres se acariciaban hasta llegar al orgasmo de puertas adentro y él hacia lo mismo desde el sitio donde estaba mirando “escondido” y se sintió satisfecho al pensar que había sido una magnífica idea hablar con su chica, explicarle su fantasía y encontrar aquella spanker mercenaria que les estaba cumpliendo a ambos de forma impecable ese sueño tanto tiempo acariciado y que ahora, por fin formaba parte de esos días que merecía la pena ser contados.
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18 Marzo 2008
Autor: Selene.
La galería cerrada a las nueve como cada noche y también como cada día cinco minutos antes de cerrar, aquella mujer misteriosa que siempre aparecía con un cigarrillo humeante en la mano se colaba literalmente en el amplio recibidor mientras mantenía la mirada baja, como temerosa de que no le permitieran el paso y no elevaba la vista hasta haberle dejado atrás, nuevamente contrariado por tener que volver a cerrar más tarde de lo previsto. Pero el negocio es así… no parecía probable, pero quizás aquella mujer era una importante mecenas, una comparadora compulsiva, una coleccionista caprichosa y algún día le sorprendía comprando una gran cantidad de cuadros. O al menos, ese pensamiento le servía para entretener los quince o veinte minutos que ella pasaba extasiada ante los cuadros que colgaban de las paredes antes de marcharse pasando ante él con la mirada baja y volviendo a encender un cigarrillo en cuanto sus pies traspasaban la línea de salida.
Tanto al entrar como al salir le saludaba con un imperceptible murmullo, casi un movimiento de sus labios de los que salía una frase ininteligible pero nunca levantaba la vista para hacerlo, si acaso, su mirada se detenía levemente en alguna parte de su anatomía que él no llegaba a descifrar cual podía ser pero que no le parecía que fuera a ser nada demasiado libidinoso, nada en lo que mereciera la pena pensar y por supuesto, nada para fantasear en sus solitarias noches de hombre divorciado que huía de las mujeres como de la pólvora…
No… nada que mereciera la pena. Y sin embargo, se acostumbró a aquella visita nocturna y si alguna vez fallaba, si no la veía entrar cuando estaba a punto de cerrar, se marchaba a casa malhumorado, como si le faltase algo, como si alguien le hubiera insultado o le hubiera… “Bah!! Nada que mereciera la pena… “Se decía a sí mismo cuando se descubría en ese estado de ansiedad que le producía el no verla entrar una noche. “Ni siquiera es guapa, ¡!bah!! “y pasadas las nueve se resistía a cerrar esta vez según su horario establecido y empezaba a concederle (o concederse) veinte minutos más en fracciones de cinco minutos que ocupaba recolocando cosas que no estaban mal colocadas pero que parecían justificar su tardanza en abandonar la galería. Tras esos quince o veinte minutos en los que por supuesto, no había estado esperándola, cerraba las puertas con la desesperanza pintada como absurda mueca en su rostro.
- A ver si deja de venir de una vez a deshoras. Quien se habrá creído esa flacucha para pensar que yo estoy aquí para esperarla a ella cada día… ¡¡Bah!!.
Y escupía groseramente en el suelo, lo cual no era algo muy propio de él, pero lo hacía para subrayarse a sí mismo su determinación a no volver a esperarla si no llegaba antes del horario oficial de cierre.
Damián era un hombre grande, de anchos hombros y rasgos duros. Licenciado en Bellas Artes en una universidad italiana, invirtió una pequeña herencia en lo único que sabía hacer bien y que podía hacer sin que fuese un trabajo agotador y abrió las puertas de “La Academia” hacía ya casi veinte años. Desde entonces no había hecho una gran fortuna, pero vivía de lo que le gustaba, ¡qué carajo! Y se consideraba a sí mismo un hombre afortunado.
Durante toda la semana “la mujer que siempre llega jodiendo justo antes de cerrar”, según había decidido llamarla, no se presentó una sola noche en el local. Claro que a aquellas alturas posiblemente conocía de memoria todos y cada uno de los cuadros expuestos, pero ese no era motivo para no ir… podía haber cambiado la muestra, es más, estaba a punto de hacerlo y la ansiedad y el mal carácter de Damián fueron en aumento durante los días en que ella no volvió por allí mientras se resistía a cerrar a las nueve en punto y desplazaba el momento del cierre en fracciones de cinco en cinco minutos llegando a llegar incluso hasta las nueve y media en los días en que más la echaba de menos.
Un mes después Damián empezaba a aceptar que “la mujer que llegaba tarde, no era tan guapa, pero me encantaba verla entrar después de apagar el cigarrillo en la puerta”, no volvería por allí. Empezaba a aceptar que la echaba de menos y que ciertamente, le atraía de verdad ¡¡qué carajo!!... y empezó a cerrar a las nueve y veinte y luego a las nueve y diez y luego a las nueve en punto, como había hecho toda la vida desde que abrió las puertas por primera vez.
El día de la inauguración de la exposición de Ionas Dark estaba demasiado nervioso por cómo iba saliendo todo. Recibía a los visitantes y se los presentaba al artista si veía posibilidad de venta para aumentar las posibilidades de que se llevasen los cuadros y entre la vorágine de gente que iba y venía alabando las preciosas curvas de los desnudos, los contraste y los colores de cada cuadro no se fijó en que ella había entrado en la sala y se había mezclado entre el resto de público.
Era sábado y cerraría a las dos así que cuando Ionas le dijo que le esperaría junto al nutrido grupo que le acompañaba en el restaurante donde iban a tomar unos vinos para celebrar el éxito del primer día, empezó a despedirse de la gente con correctas palmaditas en la espalda y apretones de manos que indicaban claramente que estaba a punto de cerrar. Sólo quedaban dos personas en la última sala, un señor que con paso decidido se encaminó por sí sólo a la salida y una muchacha bajo un gorro de lana que le tapaba casi toda la cabeza y se confundía con un abrigo de lana multicolor que ocultaba su cuerpo hasta los tobillos.
Decidió esperar unos minutos más antes de persuadirla para que abandonara la sala cuando fijándose mejor en ella tomó conciencia de que era “la mujer que… bueno, esa mujer que tanto tiempo me ha hecho perder esperándola” y ahora estaba otra vez sola allí y él podía “vengarse” de ella. Caminó con prisas hasta la puerta y comenzó a cerrar desde dentro la persiana con el mecanismo electrónico.
Alarmada, la mujer corrió a la salida pensando que la habían dejado sola dentro y al verle allí parado le miró por primera vez a los ojos con una mirada profunda y maravillosa que le hicieron sentir escalofríos por dentro. Definitivamente, no era guapa, pero tenía algo… Y de pronto, para salir del estupor en que se encontraba sólo se le ocurrió empezar a decir todo lo que hubiera querido decirle en ese mes sin verla con evidente actitud de enojo.
- ¿Se puede saber dónde has estado ese tiempo?
Al escucharse a sí mismo tomó conciencia de lo absurdo de la situación y sencillamente, se ruborizó como un crío, con el coraje que le daban esas situaciones… Ella le miraba también sonrojada y volvió a dejar la mirada en algún lugar donde él no sabía qué diantre estaba mirando y subió poco a poco los ojos hasta los suyos para soltarle a bocajarro algo que le dejó mucho más desconcertado de lo que ya estaba.
- Me gustan mucho tus manos… son… enormes… como las que esculpía Rodin, como las manos que pintan algunos artistas que no parecen ser manos humanas. Me excita mucho ver tus manos…
¡¡La hostia!! Eso sí que no se lo esperaba… ¡joder! De entre todas las cosas raras que podía escuchar aquel día aquello era lo más raro que podía esperar… ¡¡joder!! … y de no ser porque el teléfono le sacó del estado en que se encontraba, posiblemente se habría quedado allí como esculpido del mismo mármol que cubría el suelo…
- Sí… ya… vale… que sí, que ya voy… bueno, creo que sí… esperarme ahí que no creo que tarde…. Sí, una clienta en el último momento Ionas. No… no hace falta que vengas a hablar con ella, creo que tengo hecha la venta… vale… espérame ahí y ve pidiendo que enfríen una buena botella de champagne francés, creo que tendremos cosas que celebrar…
Luego, se volvió hacia ella incrédulo…
- A ver, muchacha… ¿Has dicho mis manos?
- Sí… me gustan mucho tus manos.
- No puede ser, dime que es una broma, me cuentas dónde está la cámara oculta y nos reímos los dos… -y diciendo esto, hizo una mueca exagerada, como de una sonrisa enorme que tapaba la contrariedad que sentía por dentro.
- No es una broma, he venido aquí durante días y días, tarde… fumando, para ver los cuadros y fijarme al pasar en tus manos… para luego irme sola sin haber sido capaz de reunir el valor suficiente para seducirte porque soy consciente de lo absurdo que es fijarte en un hombre porque te gustan sus enormes manos… y luego, a solas, soñar que me tratabas como una niña caprichosa y me… bueno, pues que me… ponías en tus rodillas y me dabas unos azotes.
- Pues no será que no los mereces –y tras pronunciar la última frase dudó de haber dicho aquello… pero estaba dicho… ¡¡lo había dicho!!
- Ya… pues… eso…
La situación era demasiado surrealista (je, je… “surrealista” –pensó) pero había empezado a sentir calor en todo su cuerpo, empezaba a ver el alcance de la conversación que acababan de tener, si es que a aquella concatenación de frases tontas se pudiera llamar conversación, claro… y se miró las manos. Grandes, enormes, nervudas y fuertes. Mucho más grandes que las nalgas de aquella flaca que miraba alternativamente sus manos y sus ojos y por fin, como si un extraño resorte hubiera actuado en él, o más bien, por él… porque no se reconocía a sí mismo en sus actos ni en sus palabras, se dirigió a ella con gesto amenazante, con una extraña sensación creciéndole por dentro y con decisión la atrajo fuertemente, se sentó en un bando en mitad de la sala, le dio la vuelta sin demasiado esfuerzo y comenzó a azotarla sin demasiada fuerza sobre el abrigo esperando que ella se revolviera y le insultara, porque aquello, no podía ser cierto…
Sin embargo, a cada azote ella gemía y escucharla gemir le excitaba, le hacía sentir su sexo endureciéndose bajo el pantalón y sin saber por qué subió el abrigo y siguió azotándola y luego subió la falta, pero no sabía qué le impulsaba a hacer aquello… y bajo la falda, unas braguitas blancas de adolescente cubrían unas bien redondeadas nalgas, mucho más atractivas bajo la ropa de lo que parecía intuirse desde fuera… y siguió azotando … y azotando y le picaba la mano pero su sexo duro como una piedra, pujando por salirse de su prisión le impulsaba a seguir más y más tras cada uno de los gemidos de ella y al final, tenía que hacerlo, no sabía por qué pero tenía que hacerlo…
Tras bajar las bragas hasta las rodillas el espectáculo de las nalgas enrojecidas le hizo sentirse poderoso, el calor que emanaban le excitaba y la ¿humedad? Porque sí… aquella mujer estaba evidentemente húmeda, excitada, entregada a él y a su voluntad de hombre dominante que la azotaba una y otra vez hasta que dejó su enorme mano reposar sobre las nalgas rojas y ardientes y tomó conciencia de su tamaño y se armó de valor e hizo lo que le estaba pidiendo su cuerpo que hiciera… introdujo sus dedos entre su húmedo sexo y la sintió estallar de placer entre gemidos y gritos de placer extremo, como nunca una mujer se había deshecho entre sus manos… haciéndole sentirse … ufff! Si una vez hubo un paraíso, debió ser como aquello…
Ionas le esperaba con el ceño fruncido y la boca torcida, había dicho que tardaría poco y ya llevaban allí una hora esperándole cuando Damián apareció sonriente, como si acabara de hacer la venta de su vida y sin embargo aseguraba, perdido entre una especie de nube que le hacía parecer distinto al Damián que conocía de siempre, que no había conseguido venderle nada a la clienta que le había entretenido tanto.
La mujeres abandonaron el grupo primero y al final, como siempre, quedaron los hombres hablando de política, futbol y en las últimas copas, de sexo… y cuando Ionas explicaba que algunos de sus cuadros eran fantasías sexuales desde un punto de vista surrealista le preguntaron si alguna vez había tenido una fantasía sexual difícil de explicar, algo muy surrealista, por supuesto… y Damián sonrió, recordó a la mujer desnuda, jadeando aún, postrada entre sus piernas buscando su sexo enhiesto con su boca para hacerle subir al séptimo cielo y les dijo:
- ¿Yo? Bueno… si lo contara no lo entenderíais… es “demasiado surrealista”… así que digamos que mi fantasía es que una mujer salga de tus cuadros y me la chupe…
- Ya… normal, Damián, seguramente lo más excitante que has hecho en tu vida, es montar en bicicleta.
Y sólo las risas de un grupo de hombres que tomaban copas desde el medio día hicieron a los camareros volver a mirar con disgusto hacia el rincón que ocupaban, de no estar ellos allí, ya hacía horas deberían haber cerrado…
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7 Diciembre 2007

Era la hora de cerrar el parque y volví a mirar hacia ella viendo que permanecía sentada en el mismo banco donde había estado toda la tarde. Había pasado ante ella varias veces y cada vez que lo hacía tomaba conciencia de que tenía la mirada perdida en el horizonte y sin embargo, ante mi presencia bajaba levemente la mirada hasta las hojas que se amontonaban en el suelo tras la rutinaria caída otoñal.
Quise dejar de mirarla en muchas ocasiones, pero mis ojos volvían una y otra vez hasta su cuerpo. Llevaba un abrigo blanco, largo y de aspecto cálido y bajo el mismo, al pasar a su lado hubiese jurado que no llevaba más que las medias y los zapatos de tacón alto.
Los compañeros comenzaron a apagar las luces listos para marcharse pero aquella enigmática mujer no parecía dispuesta a abandonar ese lugar a pesar de que el vaho de su respiración eran una muestra clara de que estaba helada de frío.
Comencé a avanzar hacia ella con la firme decisión de amonestarla levemente por haberme hecho ir hasta allí para pedirle amablemente que abandonase el parque porque había que cerrar. Desde que era guarda allí había tenido que pedirle lo mismo a muchas personas que se resistían, sobre todo en periodo estival a abandonar aquel idílico lugar pero aquel día todo era distinto.
Por un lado quería ir hasta ella y tener la oportunidad de hablarle y por otro me encontraba profundamente irritado por la actitud de esa mujer a la que no había podido quitar ojo desde que se sentó allí sola, con las piernas entreabiertas, sin cerrarlas ni cruzarlas en ningún momento. Las manos en los bolsillos y la cabeza embutiéndose bajo el cuello subido del elegante abrigo.
Al llegar, la miré tratando de parecer molesto por su actitud y la invité a abandonar el parque y sin embargo, una vez levantada y sin haberme mirado una sola vez, en vez de caminar hacia la salida comenzó a adentrarse más en el parque.
Mi irritación creció realmente en ese momento, sobre todo al ver que todos mis compañeros se habían marchado y ahora tendría que ser yo quien cerrara la llave de la entrada principal, terminara de apagar luces y me responsabilizara de que todo había quedado en orden.
La seguí llamándola a voz en grito hasta que conseguí que se volviera hacia mí y en ese momento le repetí que tenía que salir de allí de inmediato y tras escucharme, su respuesta me dejó más helado que la escarcha que comenzaba a posarse sobre el parque.
- Y si no ¿qué? ¿Me vas a azotar?
Aquello, que podía haber parecido una frase casi “inocente” y sin importancia, se me clavó dentro a gran profundidad cuando tomé conciencia de la reacción que había provocado en mí. Desde que descubrí que me excitaba azotar a una mujer poniéndola sobre mis nalgas había huido durante toda mi vida de esos pensamientos considerándolos enfermizos y a mí mismo un loco sin remedio. Decidí apartarlos a un lado para que no se adueñaran de mi mente y de mi sexo como solían hacerlo, sobre todo tras el desagradable episodio que tuve con quien fue mi novia tras darle unos azotes eróticos en la cama y ser acusado por ella de malos tratos con la completa incomprensión de su parte por lo que yo consideré solo un juego erótico en el que jamás pretendí dañarla.
Y ahora… aquella mujer me miraba desafiante y mientras yo la escrutaba con los ojos tuve la seguridad de que efectivamente, bajo el abrigo estaba desnuda y en su cuello, sólo un collar negro y elegante delataba que quizás, aquella frase sobre si iba a azotarla no era tan accidental ni inocente como pretendía parecer.
Tras el estupor inicial, bajé el tono y volví a pedirle, casi a rogarle que se marchase o tendría que cerrar con ella dentro y volviendo a retarme ella me repitió cada vez más segura:
- Si no lo hago ¿me pondrías sobre tus rodillas para azotarme como a una cría?
Para mí, todo aquello parecía demasiado irreal. Mi garganta estaba seca y mi mente nublada. Todo aquello no podía estar pasándome a mí…
(Continuará –cuando me cuenten a mí el final de la historia-)
Selene y CMD.
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13 Octubre 2007
Autora: Selene
Para JAM, por 1.001 noches más así...
El local estaba oscuro y desde la prohibición de fumar en lugares públicos ya no flotaba el clásico humo que difuminaba el ambiente pero aquel sitio seguía teniendo un aire especial que hacía que los clientes se sintiesen trasladados a los años cincuenta del siglo pasado, naturalmente, si pasamos por alto que el atuendo de quienes se encontraban allí no era precisamente de esa época.
Cuando entraron, sintieron como algunas miradas se posaban sobre ellos estudiándolos de arriba abajo, posiblemente los asiduos al Klamps se cercioraban de que se encontraban ante dos nuevos visitantes que quizás se incorporarían en adelante a la fauna que frecuentaba aquel lugar de copas.
Un trío de jazz tocaba animadamente sobre el escenario cuando él la condujo hacia la primera fila de mesas, fuertemente asida por el brazo mientras ella se dejaba llevar sin ofrecer ningún tipo de resistencia. Su vestido, por encima de la rodilla se deslizó suavemente por sus piernas adaptándose al dibujo que éstas trabajan bajo la seda mientras las cruzaba ante la mirada de soslayo del contrabajo y él, consciente de que la estaban mirando, le sonrió cómplice de sus secretos compartidos.
Aquella mujer que ahora se dejaba llevar con absoluta naturalidad no hacía mucho había sido lo que se podía considerar una femme fatale. Una “mujer de bandera” que hacía volver las miradas a su paso. Ahora, paseaba junto a él con la elegante docilidad de quien ha doblegado voluntariamente su voluntad al hombre que la acompaña y él, seguía sonriéndole mientras ella descruzaba y volvía a cruzar las piernas hacia el lado inverso sólo por el placer de recrearse en el brillo de los ojos de los músicos que seguían tocando sin perder de vista cada uno de sus cadenciosos movimientos.
Lo de femme fatale no era una comparación poco acertada, cuando la conoció, Raquel cantaba en un club de jazz donde cada noche recreaba la inolvidable figura de una Rita Haywoth enfundada en un largo vestido negro y con los guantes cubriéndole los brazos casi por completo. La primera vez que la vio, deseó que el mundo perdiese el color y la visión casi mística de aquella mujer de anchas caderas y cintura estrecha se quedara para siempre en blanco y negro.
Aquella noche, Raquel lucía espléndida con el pelo recogido tras la nuca y su mirada esmeralda no pasaba desapercibida para nadie que se cruzase en su camino mientras él paseaba orgulloso por calles que les eran desconocidas en aquel viaje a la capital que les alejaba a ambos de su retiro voluntario entre las montañas pirenaicas, pero aquel día, era especial para ambos y habían ido hasta allí a celebrarlo.
Al sentirse observada por su compañero, volvió los ojos hacia él sonriéndole, sin poder apartar de su mente lo que acababa de suceder no mucho rato antes en la suite del hotel donde se alojaban. Allí, tras salir envuelta en una toalla blanca, Raquel se había tumbado boca abajo en la cama para que él le pusiera su crema favorita por todo el cuerpo y así, con la tentación de las blancas nalgas suavizadas por el fluido que él repartía por su piel lentamente, sintió deseos de azotarla y colorear intensamente esa parte de su anatomía.
Boca abajo, ella recibía con agrado esos azotes que él iba repartiendo por toda la superficie mientras gemía como signo inequívoco de que aquella sucesión de nalgadas volvía a producirle ese placer al que periódicamente ambos se entregaban como parte de un juego secreto que compartían y disfrutaban como un aliciente más en su placentera sexualidad llena de momentos maravillosos y de las escenas más imaginativas que pueda idear la mente humana para el placer de dos personas que habían encontrado la forma de gozarse mutuamente hasta límites insospechados.
Olvidando la posibilidad de que en el hotel se sintieran extrañados por los ruidos que percutían tras la puerta cerrada donde colgaba el “No molestar”, él seguía dejando caer primero su mano y luego el cinturón sobre las cada vez más rosadas nalgas de su compañera que elevaba levemente la cadera buscando tras cada azote el siguiente y notando como la humedad de su sexo donde llegaba el reflejo del calor que se producía en sus nalgas haciéndola gritar cada vez más, no por dolor, sino por ese extraño placer que ella sentía una vez que los primeros azotes habían quedado muy atrás.
Con la excitación creciendo por momentos, Daniel se situó en el centro de la habitación en una silla con las proporciones adecuadas para el uso que había pensado darle y la llamó sin palabras, indicando con una palmada recia sobre sus rodillas que quería tenerla tumbada en las mismas y ella, con la mirada baja y el ánimo en las alturas recostó su vientre sobre ellas dejando a la altura perfecta las ofrecidas nalgas de ella a través de las que vislumbraba parte de su húmedo sexo.
De esa forma, pudo alternar azotes y caricias evaluando el cambio en el tono de los gemidos que ella soltaba cada vez que aquella mano grande y morena de él impactaba sobre ellas o simplemente alargaban los dedos para penetrarla y salir humedecidos comprobando empíricamente que lo que ella sentía era excitación pura.
Escuchar jazz mientras semejantes recuerdos ocupaban su mente produjo en Daniel una nueva erección que apenas podía ocultar cruzando su antebrazo sobre el abultado pantalón y ella, pícara y sensual, atenta a cada cambio de humor que él experimentaba, se rió silenciosamente indicándole con una súbita apertura de sus piernas que separando sus rodillas le daba a entender que estaba dispuesta para él de nuevo…
La música en directo siempre tiene la ventaja de tapar cualquier otro sonido que pueda producirse en las cercanías y así, amparados en el anonimato de un sitio nuevo para ellos, en el sonido de un lugar completamente copado por las notas, ella le precedió contoneando con estilo las caderas y tras unos minutos él, tal como ella sabía que iba a ocurrir, entró en los lavabos donde apestillaron la puerta para dejarse llevar de nuevo por sus más locas pasiones y allí mismo, empujados por la prisa y avalados por el compás del contrabajo y el rítmico sonido de la batería, incorporaron la cadencia del piano a sus movimientos y Daniel la penetró sin esfuerzo alguno mientras con su mano derecha iba alternando azotes en una y otra nalga entre los desatados gritos de placer que Raquel no podía ni quería reprimir.

Salieron de allí juntos, olvidando ya cualquier tipo de disimulo seguros como estaban de que todo el mundo en el local había imaginado que la pareja había disfrutado de un momento de sexo espontáneo pero lo que nunca imaginarían es que a la vez, Raquel había recibido una erótica azotaina que había producido una gran elevación en su nivel de excitación hasta que finalmente estalló en un increíble orgasmo y así, plena del placer más absoluto, se olvidó de que dos horas después ella tomarían un avión que le separaría durante meses, quizás incluso años de aquel hombre al que tanto amaba y que durante el tiempo pasado juntos la había azotado tantas y tantas veces en escenas que a ella siempre se le antojaban en blanco y negro, igual que las de aquellas películas clásicas que a ella tanto le gustaban.
Y así, pasado el tiempo que les quedaba para estar juntos Daniel la acompañó al aeropuerto donde ella cogió el avión rumbo a Nueva York, hacia el cabaret donde la habían contratado para volver a darle vida cada noche a aquella diva de pelo oscuro a la que tanto admiraba y a pesar de que a ambos se les cogió un nudo en el pecho, Raquel se volvió a mirarle mientras él pronunciaba su despedida:
- Siempre nos quedará Madriz…
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14 Junio 2007
Autor: Selene.
Para Xana ...
Se había convertido en el centro de su universo, lo único que realmente llegaba a importarle y hacerla feliz. Cada momento a su lado era único y los recuerdos la acompañaban durante mucho tiempo después de que cada uno de ellos se marchara tras los días de placer compartido.
Cuando llegó a él, solo era una mujer caprichosa que había perdido el norte y a quien no era posible dominar y ahora se sentía única entre miles, distinta entre iguales y apreciada como un escaso bien que tenía el justo valor que él había sabido imprimirle con su extraña relación.
No podía explicarse a sí misma sus reacciones en los últimos meses y como desde que conoció a aquel hombre su vida estaba cambiando, se había transformado en un remolino que no podía controlar y sin embargo el movimiento la hacía sentirse plena y feliz.
Él descansaba sobre la cama, desnudo, tranquilo, mirando a través del balcón cómo las luces del atardecer se iban apagando mientras daban paso a una hermosa y cálida noche. El ruido amortiguado de los coches que transitaban la avenida más que molestar contribuía a adormecerle mientras repasaba mentalmente lo ocurrido unos momentos antes.
Al otro lado de la pared, el agua de la ducha llevaba corriendo unos minutos y la imaginaba desnuda enjabonando su cuerpo y dejando caer el agua tibia sobre sus nalgas mientras enjuagaba su pelo. El mismo pelo casi dorado que minutos antes él había apartado de su nuca para besarla en el cuello…
La nitidez de los recuerdos le hizo volver a sentir una erección y sonrió mientras se daba la vuelta para disfrutar de las escenas fugaces que se estaban fijando en su mente con el mero hecho de rememorarlas en ese instante.
Una vez más ella había comenzado a besar su boca y la sentía estremecerse entre sus brazos con cada una de sus caricias. Recorrió su cuerpo con los labios, bajando por el cuello hasta su pecho mientras la sentía gemir de placer, ahogando levemente los profundos suspiros que escapaban de sus labios entreabiertos. Los ojos cerrados, ausente en la inmensa entrega que comenzaba en ese mismo momento con una pasión no sentida por ninguno de ellos hacía mucho tiempo.
La recorrió por completo, sintiendo como ella se excitaba cada vez más y como sus gemidos se iban haciendo cada vez más intensos. Agarró su pelo con firmeza haciéndola echar hacia atrás la cabeza para dejarle libre el acceso a su cuello, mordiéndola, deslizando su lengua hasta su pecho, llenándola de besos mientras ella se dejaba amar en el silencio interrumpido por el sonido del placer para después ser ella quien le besara con toda la pasión que sabía imprimir a cada instante juntos.
Se recreó en cada movimiento de ambos al desnudarla despacio, con la sensación de estar desenvolviendo un regalo dentro del cual le esperaba una sorpresa, hasta poder mirarla tapada tan solo por aquel conjunto de encaje blanco bajo el cual solo quedaba su sexo, húmedo ya con total seguridad a juzgar por el placer que ella expresaba en sus movimientos y su mirada.
Arqueaba la espalda en una tensión infinita, mientras él, con sus dedos iba recorriendo todos sus rincones acompasado por el movimiento de sus caderas justo antes de tumbarse y recibirla a ella abierta sobre su cuerpo, penetrándola, haciéndola gritar de placer en cada uno de los movimientos acompasados con los que se deshacía en un momento único que él no hubiese querido que terminase nunca.
Una vez alcanzado el clímax, con la piel aún tibia, la respiración jadeante y los ojos con ese brillo intenso que le quedaba tras lo momentos más intensos, ella se acercó a su oído, murmurándole, provocándole, recordándole que era una chica traviesa con muchas cosas pendientes con él. Y sí que lo era, la más caprichosa y rebelde que había conocido, pero en ese momento solo quería acariciarla. Ella siguió insistiendo, haciendo sonar el timbre de su voz mucho más infantil e inocente… pero él no sentía deseos de seguir el juego, solo quería abrazarla y sentirla suya en ese instante.
Casi parecía vencida en su empeño cuando adoptó la actitud de niña desobediente que tanto le excitaba a él y que le hacían desear ponerla en sus rodillas y sintiendo como crecía en él un fuerte anhelo de azotarla la tomó con fuerza de las muñecas atrayéndola hacia él, provocando en ella una falsa resistencia mientras él la asía con más fuerza, sabiendo que solo era una forma de alargar el momento de dar comienzo a su juego.
Sobre sus rodillas la tenía voluntariamente indefensa, era su spankee, la mujer con la que compartía un sueño y empezó a azotarla sobre las braguitas, buscando los lugares menos cubiertos por ellas, bajando con sus azotes hasta el lugar que marcaba el final de las nalgas, donde ella más se movía al recibir los azotes expresando verdadero disgusto y así, la nalgueó durante largo rato antes de bajarlas finalmente y observar el contraste entre el blanco que él retiraba y el rojo de las nalgas.
Mientras subía la intensidad de los azotes, alternaba con caricias sobre la piel cada vez más caliente, buscando con sus dedos la humedad del sexo que él veía con absoluta libertad en esa postura, explorando con sus dedos y haciéndola debatirse nuevamente entre gemidos. Azotándola una y otra vez subiendo más y más la intensidad para sentirla tan suya que jamás hubiera imaginado sentir eso con una mujer en sus rodillas…
La azotó sin descanso hasta que la escuchó llorar… apenas un sollozo al principio, creciendo en intensidad según él seguía azotándola con la palma de su mano que caía rítmicamente sobre las nalgas desnudas provocándole aquella sensación de bienestar tan intensa tras lo cual la incorporó para sentarla en sus rodillas, las mismas que un momento antes habían servido para deleitarse con ella en esa ceremonia tan íntima que ambos compartían hacía tiempo. Le secó las lágrimas, besó sus ojos, sus mejillas y luego sintió que debía decirle algo que había rondado su mente unos minutos antes: “Cada vez me cuesta más azotarte sin motivos, estoy empezando a quererte demasiado”.
Ella recuperó su altivez innata, le miró a los ojos y le dijo algo que si bien él sabía que no era más que una estrategia para mantener su deseo por azotarla, se le clavó de alguna forma en el centro de su pecho al escucharla decir: “¿Quieres un motivo? voy a darte uno solo… si tu no lo haces, habrá otro que lo haga”. Suficiente estímulo para actuar como lo hizo de inmediato, depositándola sobre la cama, justo encima de los almohadones y azotándola con el cinturón hasta que ella suplicó que parase empezando a arrepentirse de las palabras que acababa de pronunciar. Y ahora, él reposaba cansado sobre la cama, después de haberla poseído con furia y ella se envolvía en una toalla frente a él, con las nalgas aún rojas en las que las bandas que había dejado el cinturón se distinguían nítidas aún y les harían recordar durante toda la noche que ambos eran lo que eran y eso, nunca podían olvidarlo.
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15 Mayo 2007
Autor: Selene.
Quizás no me creáis cuando os cuente esta historia, quizás empecéis a pensar que es fruto de una imaginación calenturienta, de un deseo que toma forma en nuestra mente, pero os prometo, que es verdad, aunque no lo parezca…
Era sábado por la mañana, uno de esos días que tras las lluvias de varias semanas por fin se levanta la mañana despejada, clara, con un sol que invitaba a salir y tomar las calles para disfrutar de los colores y los olores sublimados por lo limpia que se encontraba la atmósfera. El cielo, de un azul casi imposible, no tenía rastro de las nubes que se habían cernido sobre la ciudad hasta el día anterior. Pero ese día, prometía ser especial…y lo fue.
Caminé desde el puente sobre el río hasta la Mezquita Aljama, subiendo después por las calles Medina y Corella hasta Manriquez para desde allí tomar Albucasis y llegar a Maimónides, todas éstas, calles que tanto tiempo atrás fueron lugar de comercio para árabes y judíos hasta llegar justo a la Plaza de Juda Leví donde después de haber caminado gran parte de la mañana, pensé entrar en una tetería desde donde emanaba un suave olor a naranjos en flor e incienso y allí, descansé un rato mientras me servían, en una de esas jarritas morunas un té pakistaní que me recordó viajes emprendidos hacía mucho tiempo y de los que regresé con la costumbre muy asentada de realizar esta ceremonia cada cierto tiempo para llenarme de recuerdos a través de sabores y olores.
La dueña del establecimiento me conocía hacía ya varios años, desde que empecé a frecuentar el local y teníamos bastante confianza una en la otra, como para habernos contado muchas veces algunos de nuestros más secretos deseos. Pero no todos…
Aquel día, Morayma me dijo que le habían traído de Túnez una curiosa lámpara, como del cuento de Aladino, pero que ella no iba a llevársela a su casa pues en la misma, por motivos obvios relativos a su lugar de procedencia, Marrakech, tenía tantas lámparas, jarras, vasos y artilugios morunos que uno más no significaba allí nada y me la regaló con la mejor de sus intenciones.
Nada más llegar de vuelta a mi casa, desempaqueté la caja donde venía guardada la lucerna y llegué a la conclusión de que aquella lámpara había tenido días mejores. Herrumbrosa y descolorida, aparecía ante mí como un objeto deslucido que sin embargo, me vi con ánimos de dejar reluciente aunque tuviera que poner mucha paciencia para conseguirlo.
Recordé que mi abuela, durante toda su vida abrillantó la alpaca con una especie de algodón rosado contenido en una lata azul con letras blancas que ironías de las circunstancias se llamaba también Aladdin y me fui a buscar en la despensa un tarro que debía llevar guardado casi desde los tiempos de Matusalén, por no exagerar demasiado.
El tarro permanecía allí, guardado, casi escondido tras un montón de cosas inútiles que un día debía decidirme a tirar, pero que aún no había llegado el momento, lo cogí y sentada en la mesa de cocina traté de ir sacando trozos de aquel algodón impregnado en alguna sustancia de fuerte olor y pasándolo por la lámpara repetidamente iba viendo su cambio de color progresivo.
Sin haber terminado de abrillantarla por completo, noté como la habitación se iba llenando de una extraña niebla blanca que cada vez se iba haciendo más densa y mientras más opaca se hacía, más frío sentía yo en la nuca y lo que pasó a continuación, es justo lo que sé que no vais a creer… todos conocéis el cuento, pero no es un cuento, es verdad, lo aseguro.
La habitación estaba completamente invadida de niebla cuando me di cuenta de que de la lámpara salía una especie de sombra verdosa sin forma definida, nada que ver con el hombrecillo con turbante del cuento clásico. Era algo intangible que debía haberme producido miedo y sin embargo me tranquilizaba con su presencia.
Lo miraba completamente muda cuando para mi sorpresa, una voz que parecía salir de lo más profundo de la tierra, me dijo que a partir de ese momento, podía pedirle que me hiciese realidad tres fantasías, las más ocultas, las que nunca hubiera contado a nadie… y que él se encargaría de que yo pudiese vivirlas. La única condición es que no las conociera nadie, solo yo…y que se las contase solo a él.
Y así, empezó como por arte de magia mi historia… la de mis tres deseos, mis tres fantasías…
Primera fantasía.
La primera vez, estaríamos e
n una habitación donde él me habría llevado con los ojos vendados desde que entramos en el ascensor. Una vez dentro, sin ver donde me encontraba ni lo que había a mi alrededor, me situaría en mitad de la estancia, con los ojos aún tapados y empezaría a besarme despacio, en el cuello, bajando por mis hombros y luego mis brazos.
Así, me tomaría despacio por la mano y me conduciría caminando un poco, le escucharía tomar asiento y decirme “Ven, quiero que sientas conmigo lo que no has sentido nunca antes” y así, me tomaría sobre sus rodillas, doblando mi cuerpo lentamente, acariciando mi espalda y luego mis nalgas, justo antes de comenzar a nalguearme con sus manos.
Naturalmente, el doloroso placer recibido a través de sus azotes, me iría haciendo gemir despacio mientras él subiría mi falda para seguir azotándome sobre las braguitas, pero solo un poco más, porque seguidamente, las bajaría para terminar con más nalgadas, subiendo progresivamente el ritmo y la intensidad de las mismas hasta sentir mis nalgas completamente rojas, ardiendo y pararía indicándome que solo había sido el principio y deslizaría sus dedos sobre éstas, buscando mi sexo, húmedo y caliente para arrancarme un fuerte gemido al introducir lentamente uno de sus dedos en mí y acariciarme despacio con el resto de sus dedos hasta llevarme al orgasmo más intenso jamás sentido.
Era la primera fantasía… la que había tenido desde niña, desde que descubrí que mis deseos no eran igual que los de las otras niñas, que mis príncipes no se disfrazaban de ranas, sino de spankers…
Segunda fantasía.
Quizás estuviésemos en la playa, una playa de arena clara que brillaría con un sol que calentaría demasiado como para no buscar una sombra. Una sombra que encontraríamos en un pinar cercano, donde el pinsapo poblaría grandes extensiones y allí, nos perderíamos buscando la parte más discreta hasta elegir el árbol adecuado. Él me pediría que me desnudase por completo y sacaría unas cuerdas de una mochila, traídas ex profeso para inmovilizarme en aquel lugar. Me ataría al árbol y acariciaría mi cuerpo largamente antes de soltar el cinturón de sus trabillas y mostrármelo previamente a situarse tras de mí, con él blandiéndolo al aire y así, comenzar a azotarme haciéndome contar cada uno de los azotes, sin conocer antes el número que él había decidido darme y escuchar de sus labios todas y cada una de las cosas por las que me había llevado hasta allí y me estaba azotando.
Después, me pediría que abriese levemente las piernas, aún atada e inmóvil para comprobar si estaba muy excitada y sin soltar mis manos del lugar donde las había fijado, atraer hacia sí mismo mis nalgas, obligándome a arquear mucho la espalda para ofrecerle con facilidad el acceso a mi sexo para tomarme allí mismo, desbocado, ciego de pasión y lujuria hasta fundirnos ambos en un largo e intensísimo orgasmo que llevaría nuestros gemidos por el aire, aunque nadie los escucharía nunca.
Tercera fantasía.
Él me esperaría tras su mesa, en
su despacho, con una cane atravesada sobre ella, amenazante y dispuesta para iniciar nuestra más secreta ceremonia. Yo entraría tras llamar a la puerta, vestida con mi uniforme escolar, el pelo recogido en una coleta, con aire infantil a la vez que pícaro… y él me estaría esperando artificialmente enfadado, hasta que yo entrase ruborizada y comenzase su reprimenda. Tras ésta, realmente avergonzada por sus palabras, seguiría sus instrucciones de colocar mi cuerpo sobre la mesa y entreabrir un poco las piernas.
Solo con tomar esa posición, empezaría a humedecerse mi sexo, sin poder evitar las reacciones de mi cuerpo me estremecería mucho antes de que las primeras nalgadas cayesen sobre la falda tableada. Tras ésos azotes, él situaría la falda sobre mi cintura y seguiría aplicando nalgadas sobre las braquitas blancas hasta decidirse a bajarlas y tras eso, comprobando que más que disgustada y a pesar de mis protestas estaba excitada, tomaría la cane que yo había tenido todo el rato frente a mis ojos, preparada en la misma mesa.
Y así, comenzaría ese último fragmento de mis sueños juveniles, el profesor aplicando severamente unos buenos azotes con esa vara que siempre temí y siempre deseé, haciéndome sentir el picor, el dolor y tras éstos el extraño placer que me haría sentir la cane marcando finas líneas rojas sobre mi piel… hasta que…
… hasta que desperté, empapada en sudor, con los brazos doblados sobre la mesa de mi cocina, el Aladdin destapado y emanando vapores dada la alta temperatura ambiente y junto a la lata, la lámpara que me había regalado Morayma, brillante y lustrosa, preparada para ocupar su lugar en algún estante de la cocina, o quizás en el salón… pero ahora, necesitaba echarme agua en la cara y perder el olor de aquella lata abrillanta-todo que se me había penetrado hasta lo más profundo para hacerme tener sueños spankos, los mismos sueños que me habían perseguido toda mi vida.
Y así, llegué al baño completamente turbada, abrí el grifo y empapé primero mis manos y luego mis ojos, mi cara… me miré al espejo, comprobé que un rubor intenso cubría mis pómulos y tomé conciencia de que un ligero picor y cierto calor estaban presentes en mis nalgas, quizás por el mucho tiempo dormida y sentada y elevé mi falda frente al espejo, como tantas veces soñé que lo haría algún hombre a mi lado y bajé las braguitas sin salir de mi asombro, pues doce líneas rojas, completamente paralelas estaban dibujadas sobre mis nalgas y a eso… puedo jurar por Alá, que no encuentro explicación alguna…
En Córdoba, a dos de agosto de un año cualquiera…
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14 Abril 2007

Autor: Selene.
Para ti.
Estaba casi desnuda sobre la cama, apenas cubierta por esas braguitas blancas que a él le vuelven loco y que no tapan nada. Tumbada en la cama… silenciosa, ausente, haciendo como que mira por la ventana, pero no está mirando, con la mirada perdida en el horizonte y haciendo como si no le hubiese escuchado entrar.
Al entrar en la habitación y encontrarla absorta, él podía mirarla en silencio al menos unos minutos, apoyado en el marco de la puerta mientras un rayo de sol ilumina su pelo y su espalda. Sin cansarse de mirarla y mientras ve su blanca desnudez el instinto empieza a hacerse sitio en su mente y luego en su cuerpo. Irracional ante ella, la mira como animal hambriento que abre las fauces ante su presa, quisiera no controlar sus deseos y lanzarse directamente sobre ella.
Provocadora, lasciva, pasional… y luego tan dulce entre sus brazos. Así era ella porque él la quiso así, como aquella canción de Amancio Prada “Libre te quiero, pero no mía, ni de dios, ni de nadie ni tuya siquiera…” Hubiera podido dibujar su cuerpo con los ojos cerrados de tantas y tantas veces que lo había recorrido. Excitado, como ahora, después de sucumbir juntos a sus placeres secretos.
Parecía tan ausente… y sin embargo, desde su posición original levantó significativamente las caderas, elevando así las nalgas apenas tapadas en aquellas bragas completamente transparentes… y con un murmullo, apenas audible, le indicaba que su cuerpo, en reposo, esperaba hacía rato la llegada del guerrero.
El desafío era claro y su excitación cada vez más grande, cuando ella adoptaba esa posición él sabía que no esperaba preámbulo alguno, que no deseaba palabras, ni besos, ni más contacto con sus manos que el que esperaba recibir en los azotes.
Y solo podía dejarse llevar por el deseo impreso en el ambiente, por la densidad del aire, por la excitación de sus cuerpos, meter una mano bajo su cintura y que tuvieran lugar los primeros azotes. Solo con ellos, ella se tensaba y se arqueaba entre gemidos que delataban cuanto le gustaban aquellas nalgadas eróticas que no castigaban actitud alguna, pues nunca hubiese permitido un castigo, sino que constituían toda una sexualidad completa y desbordada. Un camino hacia el placer comenzado en otros lugares, apenas transitados por unos pocos que habían descubierto el placer de los azotes.
Así, entre nalgadas, gemidos y excitación él no podía dejar de recordar como un día, esa muchacha que le volvía loco, le había buscado a la salida de clase, cuando todos los compañeros habían abandonado las aulas y el murmullo estudiantil se había disuelto. Como lo había llamado cuando caminaba por el pasillo donde retumbaban los pasos bajo las viejas bóvedas y como le había hecho volver a abrir el aula con la excusa de aquellas dudas tan grandes que ella no había sido capaz de resolver. Que traviesa…
Apenas tenía cumplidos los veinte y era toda una mujer de formas bien definidas, quizás delgada para su gusto, pero de pechos voluptuosos y caderas bien dibujadas, pero sobre todo, sus ojos oscuros y penetrantes le desarmaron en el momento en que ella apartó los libros a un lado y sacó uno de su mochila “Èloge de la fessee” edición original en francés.
Hubiese querido que se lo tragase aquella inmensa aula donde estaban, aguantando la respiración mientras las cosas se disparaban en su mente. Aquello no podía estar pasándole a él. Un vértigo extraño subió de su estómago a la cabeza para instalarse allí en forma de presión insoportable. No podía ser…
Sin embargo ella estaba muy tranquila mientras le explicaba que para la traducción de francés había elegido esa obra, nada particular, un tema que le había llamado la atención, una portada sugerente. Y justo en las páginas centrales, no conseguía traducir correctamente aquel párrafo.
Hacía años de que él había dejado de mirar a su alrededor con ojos de spanker avezado y sintió una fuerte punzada al traducir junto a aquella joven el párrafo que ella le señalaba donde el autor explicaba como había vivido él algunas de las escasas sesiones de nalgadas eróticas que había vivido con su pareja. Las palabras se le hacían nudos en la garganta mientras la miraba serena, con los ojos del libro a él alternativamente, aparentemente concentrada en lo que escuchaba.
Terminado de traducir el párrafo, ella no hizo esperar la pregunta y terminó de deshacer sus rígidos esquemas de profesor a la antigua usanza interrogándole sobre si sería posible que aquello pudiera hacerse así, sentirse así… si a través de unas nalgadas, dos personas podían sentir todo eso…
En aquel momento le faltaba el aire, sintió su boca seca y contestó intentando parecer seguro, aunque en su interior el mundo se había deshecho por completo. Le contó que sí, que entre adultos, a veces, de forma consentida entre ambos, podía ocurrir algo como lo que ella estaba leyendo en aquel libro. Entre tantos miles de libros que pudo traducir… ¿por qué eligió aquel?
Le escuchaba atenta, sin aparentar impacto por sus palabras y sencillamente, con esa delicadeza juvenil, con esa inocencia apenas perdida aún, le dijo que le gustaría sentirlo en su cuerpo, comprobar todas esas sensaciones que había leído en el libro y que no conseguía imaginar ni de lejos.
Todo parecía una broma. Él, que durante años había soñado con que algo así ocurriese en su vida, para quien esa escena escolar había sido su fantasía más recurrente, de pronto conminado por aquella joven nínfula que parecía salida del más oculto de sus sueño… con aquel libro, precisamente aquel… ¿por qué no otro?
Mientras la miraba atento, ella dejó caer al suelo el suave vestido que la cubría y bajo el cual no llevaba puesto nada. Lo había ideado, lo había preparado, le había tendido esa dulce trampa en la que él sencillamente estaba loco por caer. Miró hacia la puerta y ella negó con la cabeza… los dos sabían que no entraría nadie, las aulas estaban vacías a aquellas horas y quizás, la posibilidad de ser descubiertos aumentaban en ella el morbo y el deseo.
Y desnuda, se dirigió a él que incapaz de decir una sola palabra, se limitó a ayudarla a ponerse en sus rodillas y urgido por el más primitivo de sus instintos, se dejó lleva y la nalgueó rítmicamente, mientras ella se debatía suavemente, sin evitar uno solo de los azotes, gimiendo y gozando como él sencillamente había esperado poder contemplar durante toda su vida. Aquella vez, solo sus manos y la piel de ella, no hubo posibilidad de más, aunque en las sucesivas, las que habían llenado su vida de nuevas ilusiones desde aquel día, habían completado la ceremonia con algunas cosas que ella le iba pidiendo probar.
Cuando sintió que era el momento de parar, cuando el deseo de él estaba por tocar los límites y amenazaba derramarse en un momento y la humedad de ella era visible desde tan privilegiado lugar, solo quedó hacerla sentarse en sus rodillas y secar con los labios alguna lágrima que había abandonado los ojos… y tras eso, poseerla, con toda la furia y la pasión que él solo había sentido en momentos como aquel, pero ninguno tan perfecto y glorioso como ese.
Solo después, saciados ambos, le preguntó como había sabido de sus más ocultos deseos y ella le contó que no lo sabía, pero tenía que arriesgarse, que lo había intuido en sus recias manos, en su voz profunda, en su cuerpo delgado pero fibroso, en sus ademanes al manejar las cosas con las manos… que no lo sabía, que lo había sentido dentro y no perdía nada por intentarlo, lo peor que hubiera podido ocurrir es que él le hubiese dicho que aquello que contaba el libro no podía ser cierto, que eran disparates de una mente calenturienta y ella se hubiera marchado y hubiese vuelto a buscar en otras manos…
Desde entonces, ella le visitaba todas las semanas en aquel ático donde él hacía su vida cotidiana, entraba con sus llaves, se desnudaba, se tumbaba en la cama como en esos momentos y esperaba su llegada haciéndose la distraída mientras observaba la nada a través de la ventana. Dulce y hermosa, pecaminosa y peligrosa, bajo sus manos, como en éstos momentos en los que la nalgueaba sin tregua, antes de seguir con ella el disfrute de las tardes más intensas de su vida.
Y siguió azotándola, como lo estaba haciendo desde que llegó a la habitación, mientras los recuerdos ocupaban su mente y su sexo despertaba al tacto caliente de su piel, para llevarla a su paraíso infinito, al que había encontrado junto a él mientras sentía que de alguna manera, a través de aquella joven, se había encontrado a sí mismo.
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5 Abril 2007

Autor: Selene.
A los spankers J.A.S.P.
(Jóvenes aunque sobradamente preparados)
Por primera vez, iba a estar sentada frente a él en la Plaza del Castillo. A pesar de mi tendencia al despiste me dijo que el lugar era fácilmente reconocible y plano en mano me dirigí al punto de encuentro realmente nerviosa. Reconocí el lugar con facilidad, pues en el centro, tal como él me había dicho había un bonito kiosco ocupando un lugar preeminente y también siguiendo sus instrucciones localicé de inmediato en Café Iruña, me dirigí a él y me senté en la terraza exterior, mirando a mi alrededor con ojos de estar encontrando el mundo.
El día era cálido y claro y llamaba a reposar tranquila viendo el ir y venir de las parejas, escuchar las voces de los niños y mirar las palomas revolotear por la plaza. Un perro grande, de color oscuro, se paró ante mi mesa con aires de cazador frustrado sobre el asfalto. Así me sentía yo también muchas veces, como si el suelo que piso no fuese el adecuado a mis pasos pero no me quedase otro remedio que caminar por él para llegar a ningún sitio.
Respiré hondo, para empaparme de los olores húmedos e intensos del ambiente, del café, del agua de la fuente, de la tierra mojada por la lluvia caída antes de dejar el cielo así de despejado. Cerré los ojos y evoqué nuestra última conversación. Después de aquello, era necesario hablar cara a cara y hay cuestiones que no deben esperar demasiado.
Acordamos hablar largamente sobre lo que estaba ocurriendo entre nosotros, de las dudas, de los anhelos, de las mil cosas que inventábamos uno para el otro en la distancia y que no podían seguir formando solo sueños. Sonó el móvil con la entrada de un mensaje y lo miré sabiendo que debía ser de él, pues nadie más me hubiese enviado uno a esas horas. Efectivamente, era suyo, avisándome de que llegaría más tarde.
Contrariada, pedí un café con leche disponiéndome a la espera lo más tranquila posible. Abrí el libro que llevaba en el bolso, una edición de bolsillo muy bonita de “Las amistades peligrosas”… curioso libro. ¿Sería yo para él una amistad peligrosa? Quizás sí… quien sabe. Quizás lo era él para mí también. Realmente importaba poco, solo era importante saber que nos comprendíamos tanto que todas las palabras que habíamos cruzado habían construido un universo particular entre nosotros.
Crucé las piernas y acomodé la espalda en el asiento y empecé a leer dejándome llevar por las letras… y los sonidos… y los olores. Luego supe, porque él me lo contó después, que no llegaba más tarde, sino que me envió ese mensaje para conseguir que yo estuviese relajada a su llegada y aprovechar para mirarme en la distancia, desde el otro lado de la plaza, donde su corazón se aceleró a ver como hacía ese movimiento y como al cruzarlas pudo entrever dos segundos mi ropa interior bajo la falda que se quedó en la mitad del muslo, mostrando las medias oscuras que yo sabía le iban a encantar…
Me miró de lejos el tiempo suficiente como para llegar hasta mí excitado, aunque satisfecho por la actitud relajada que observó en mí. No le escuché llegar y solo el movimiento de una silla a mi lado hizo que soltase el libro ligeramente asustada. Nos miramos a los ojos y no había duda de que era él. Dos besos, suaves en las mejillas… pero para mí no eran suficientes después de todo lo compartido y le abracé fuerte, muy fuerte… y él correspondió a ese abrazo con la misma intensidad.
Volvimos a tomar asiento y él pidió una Coca-Cola para acompañarme. Así, de cerca, me pareció mucho más joven de lo que realmente sabía que era. Casi un crío… y eso, me hizo enrojecer súbitamente pensando que en cierto modo, nuestro encuentro me hacía sentirme violenta por su juventud o quizás porque yo esperaba que nuestro encuentro terminase de la forma que yo había imaginado mil veces al pensar en él.
Frente a mí, mientras yo removía lentamente el azúcar del café, se sentó mirándome sonriente y empezamos a reír y a recordar cuantas conversaciones anteriores nos habían llevado allí. La conversación, como era de esperar fue ocurrente y divertida, tocamos los temas más diversos, las cosas más banales y las más profundas, pues con él, a pesar de su juventud era fácil hablar de todo.
Llevaríamos más de una hora hablando cuando sin esperarlo, sacó el tema que yo tanto temía y mi gesto se torció visiblemente mientras instintivamente bajé la mirada y mordí mis labios a la vez que le escuchaba.
- ¿Qué de esto no quieres hablar ahora?
- Pues no… fíjate por donde… -contesté casi en un susurro.
Me avergonzaba realmente sacar el tema en ese momento, aunque fui yo quien le conté mis problemas con algunas cosas que no podía controlar por mí misma, pensé que eso quedaría atrás en los muchos correos lacrimosos que le envié hacía tanto tiempo… y ahora… no quería hablar de eso.
- A ver… después de haberte puesto en peligro de la forma en que lo has hecho, ¿qué quieres que haga? ¿que lo olvide todo? ¿Qué te deje marchar de mi lado para que vuelvas a hacer lo mismo? No señorita, no… esta vez no va a ser así… ¿Qué voy a hacer contigo?
- No sé…
- Sí… sí lo sabes perfectamente ¿piensas que eres toda una mujer hecha y derecha y terminas dos meses ingresada en un hospital por jugarte la vida sin motivo… no señorita, no… me vas a acompañar, vamos a tomar un taxi y terminaremos esta conversación en mi casa ¿entendido?
Entendido o no, el tono de su voz, que no correspondía a lo que hasta ahora yo había conocido en él no daba lugar a equivocaciones. Por mi propio bien, me levanté, alisé mi falda, me puse sobre los hombros la chaqueta y le seguí, tomada de su mano, con la mirada baja y el corazón dando saltos.
Paró el taxi y nos situamos juntos en la parte posterior, le indicó la dirección y mientras nos conducían a su casa, me miró poniendo una mano en la cara interior de mis muslos. En ese momento, pensar en lo que podía pasar me había puesto ya suficientemente húmeda y agitada como para querer realmente lo que intuía que podía ocurrir tras llegar a su casa.
Una vez allí… entramos sigilosos y dejó las llaves sobre la mesa. Sin más preámbulos, me indicó que me quedase de pie en medio de la habitación y empezó a ir de un lado a otro trayendo cosas que iba depositando sobre la mesa.
Yo miraba de reojo, sin atreverme a decir nada… con una fuerte tensión en mis muslos y mis caderas. Le vi traer primero la fusta, haciéndola silbar al aire provocándome un fuerte escalofrío. Luego una cane, traída por una amiga común desde Londres y su sonido cortando el aire provoco otro escalofrío aún más fuerte. Sentía como se humedecía mi ropa interior y estaba más nerviosa por eso.
Después dos paletas de madera, una completamente perforada y otra lisa. Una regla que golpeó sobre la palma de su mano para comprobar su rigidez… mi respiración haciéndose densa como el aire… Miré a través de los cristales para distraer mi atención y evadirme de aquel instante tan fuerte y deslicé mis ojos por el verde del campo, el azul del lago artificial y el cielo que nuevamente empezaba a cubrirse de nubes.
Movía levemente los pies dentro de los altísimos zapatos negros que me había puesto para no parecer menos alta que él cuando estuviera a su lado…y porque me parecen sensuales, naturalmente también lo hice por eso.
Sobre la mesa, más y más cosas cada vez y mi cuerpo dando respuesta a la tensión que crecía en el ambiente. Mientras iba y venía, sin pararse en ningún momento de su trasiego me recordaba una por una todas las cosas que no debí hacer en esos meses y que yo le contaba en largas llamadas cuando el agobio se apoderaba de mí y ahora, le veía tan joven… tan serio, tan seguro conmigo… que la excitación subía por momentos.
Estaba cansada de estar quieta en el mismo lugar y di dos pasos adelante y en ese momento, al escuchar los tacones sobre el suelo se volvió sobre sí mismo y me dio una sonora nalgada sobre la falda.
- He dicho en el centro de la habitación… ni un paso más hacia un lado ni hacia el otro ¡¡en el centro!!
Mi respiración cada vez más entrecortada y las piernas completamente tensas bajo el vestido le hicieron ver el efecto de sus palabras y su acción sobre mí. Me moría de ganas de estar en sus rodillas. Ahora… se sentaría… me llamaría… y empezaría a azotarme. Primero con la mano, hasta que mis nalgas estuvieran realmente calientes… y mi sexo más húmedo de lo que ya estaba. Después… me iría mandando a buscar cada uno de los implementos, acrecentando la tensión del momento al tener que buscar yo misma cada uno de ellos… se situaría lejos, para verme caminar ya desnuda a cogerlos y traerlos hasta sus manos…
La respiración cortada y él notándolo. Y sabía que en ese momento iba a comenzar por fin todo… que las amenazas que él estaba haciéndome no iban a ser solamente palabras… ahora… ya… en ese momento…
- Ven aquí… junta las manos por las muñecas…
Obedecí su petición, puse juntas las manos y él las ató llevándolas tras mi espalda. Cerré los ojos fuertemente mientras subía mi falda sobre la cintura y me pedía que doblase mi cuerpo sobre el sillón… sentí su mano deslizarse bajo la ropa interior, cerciorándose de que estaba realmente muy excitada y un fuerte gemido escapó de mis labios mientras me recorría con sus dedos.
Un súbito calor coloreaba mi cara pero estaba segura de que quería que todo diese comienzo, de que ya no podría soportar mucho tiempo más esa creciente excitación y al acercar su cuerpo al mío noté que tampoco él estaba más tranquilo. Podía incluso oler la excitación entre ambos en la mezcla cálida de nuestra piel perlada por la fuerte sensación que estábamos viviendo ambos, aspirar su aroma de hombre excitado mezclándose con el mío de mujer llena de deseo.
Volví a escucharle moverse junto a mí y volvió con un trozo de hielo entre sus dedos para depositarlo un instante sobre mis labios hasta ver como se desprendía la primera gota de agua derretida. Después, pasó el mismo trozo frío por mi nuca, fundiéndolo por completo mientras atravesaba mis hombros desnudos bajando por los brazos y erizando hasta el último milímetro de mi piel.
- Y ahora, es cuando vas a recibir el verdadero castigo por todo lo que has hecho durante este tiempo… es cuando vas a sentir de verdad que debes escuchar a los amigos y hacer caso de los consejos de quienes te quieren… ahora ¿sabes que voy a hacer?
- Sí… lo sé…
- No, no lo sabes… porque tu castigo va a ser precisamente no tener lo que estás deseando, porque hoy… te pongas como te pongas no voy a azotarte…
Y tras sus palabras, cálidas y pronunciadas bajito en el oído desató mis manos y me desnudó con prisas para llegar juntos a un éxtasis que solo la preparación de la situación ya había situado cercano y fundirnos entre gemidos hasta caer rendidos uno junto al otro un día antes de que él, magistralmente llevase a cabo lo que ambos sabíamos que ya no era un castigo. Un día antes de que realmente él me azotase.
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