La luna en la ventana

Autor: Selene.
Había anochecido hacía rato y la luna entraba a través de la ventana, posándose sobre la cama. Donato había hecho un largo viaje para ver a Lucía, después de meses en los que su enfado con ella había ido en aumento.
Cuando se conocieron, comenzando apenas el verano, Lucía le había mentido en todas las cosas que se habían dicho, su nombre… su edad… incluso le había ocultado lo más importante, que era una mujer casada.
Donato la había esperado cada tarde durante mucho tiempo, pensando que ella era sincera con él en todo momento, hasta que averiguó que no había sido así. Después… naturalmente siguieron siendo amigos, pero los dos sabían que algún día volvería a salir el tema entre ellos dos.
En el hotel, una bonita habitación les ofrecía las mejores vistas sobre el Gran Canal, ambos se habían reunido para decirse cara a cara tantas cosas como se habían llegado a decir antes de conocerse. Sin embargo, a pesar de estar contento por la oportunidad de verla, Donato estaba muy enfadado al recordar todo lo que ella le había mentido antes…
Llevaban un buen rato en lo habitación charlando, cuando Lucía le dijo que iba unos minutos al baño, pero hacía ya más de media hora que se escuchaba correr el agua de la ducha y ella no parecía dispuesta a salir. Cada minuto que pasaba, Donato estaba más nervioso… y más enfadado.
Finalmente no tuvo otra opción que entrar a buscarla y sacarla casi a la fuerza de la ducha. Ella estaba mojada, el agua resbalaba por su cuerpo y las gotas brillaban con la luz de la luna que inundaba la habitación. La dejó sobre la cama entre las protestas de ella, que se debatía y luchaba por soltarse… pero hábilmente la colocó sobre sus rodillas y sin mediar palabra comenzó a azotarla con la mano.
Ella no dejaba de intentar soltarse y tuvo que sujetar la mano sobre su espalda. Cuando vio que las nalgas estaban muy rojas, después de unos fuertes azotes, la dejó ponerse de pie entre fuertes protestas y le ordenó buscar el cepillo de madera…
Naturalmente, Lucía se negó a hacerlo y Donato no tuvo más remedio que explicarle que si no lo hacía en ese mismo instante el castigo iba a ser mucho mayor… Ella era una mujer brava, casi irreducible, pero con las nalgas rojas y calientes le era más difícil mantener su postura de mujer rebelde, así que optó por coger el cepillo y dárselo a Donato con cara de disgusto.
Tumbada esta vez sobre la cama, Lucía recibió estoicamente tantos azotes como Donato quiso darle, ella sabía que se los merecía todos y que una vez terminado el castigo todo iría mucho mejor entre ellos. Sus mentiras habían sido muy grandes y estaba muy arrepentida de haberlas dicho, porque sabía que Donato era el chico más encantador que había conocido y no merecía aquel trato.
Cuando el castigo apenas estaba en la mitad, Lucía ya se retorcía suplicándole a Donato que dejara de azotarla, pero los dos sabían que el castigo aún estaba comenzando. Al verse en el aeropuerto, desde donde saldrían hacia el hotel, ella le había dado un paquetito bien envuelto con un regalo que le trajo desde España. Era una pequeña fusta de dama, de guarnicionería española, fina y flexible, terminada en un pequeño triángulo de cuero, suave pero efectivo… una de las fustas más bonitas y elegantes que Donato había visto nunca. Nada que ver con las fustas inglesas, tan poco adecuadas para aquellos castigos.
Donato se dio cuenta de que ella estaba a punto de llorar. Dejó de azotarla y la envió a un rincón de la habitación para que pensara en lo terriblemente mentirosa que había llegado a ser y allí, completamente desnuda y con las nalgas muy rojas, con la primera lágrima que estuvo a punto de escapar perdida en sus ojos… ella se quedó en silencio unos minutos.
En ese tiempo, Donato cogió la fusta y la admiró durante un rato… agitándola al aire para escuchar su maravilloso sonido cortando el viento. Cada vez que él la movía, ella tenía un pequeño espasmo, casi un temblor, miedosa como estaba de sentirla sobre sus nalgas de un momento a otro.
Pero él no la azotó en ese momento. Le ordenó sin embargo, situarse frente a la ventana, para que la luz de la luna recorriera ahora su cuerpo y tomar con ambas manos sus tobillos… así, expuesta e indefensa, se ofreció definitivamente a él para que la castigase como quisiera.
Aunque no había usado nunca una fusta, Lucía había elegido una que parecía hecha para él y con la que se sintió de inmediato muy a gusto. El primer azote, de tanteo, fue a parar a sus nalgas sin demasiada fuerza, pero certero… y a ella se le escapó el primer gemido que no podría saberse si era de dolor o placer, pues en el fondo, ambos sentimientos se mezclan cuando un castigo se prolonga convenientemente.
Los siguientes, la iban haciendo respirar cada vez más fuerte, él sabía que el dolor no aparecía de inmediato bajo la fusta, sino que se acumulaba sobre la piel hasta que de pronto ella lo percibiría como insoportable… en ese momento, ella empezó a moverse levemente y a intentar incorporarse, lo que él aprovechó para obligarla a agarrarse al respaldo de una silla… y allí, sabiendo que ella ya no soportaría un solo azote más, que el dolor se había instalado ya en su cuerpo de forma definitiva, siguió azotándola sin escuchar sus quejas, ni sus ruegos… hasta que la escuchó romper en un torrente de lágrimas y él decidió que ya había terminado el castigo, que todas las mentiras y los intentos de evadirse de él habían sido compensados por la entrega total que ella le había ofrecido a cambio, sin protestar apenas.
En ese momento, abrazado a ella que empapaba su pecho con sus lágrimas, acariciando su pelo negro de yegua brava… la consoló besando sus labios que aún gemían entreabiertos… tomándola en brazos para tumbarla boca abajo en la cama. Y allí… la poseyó por donde él quería tenerla, sin dificultad alguna, por la gran excitación de ella, que aún lloraba mientras él empujaba su cadera hacia el cuerpo de ella… y ella, movía su cintura cadenciosa, como en una danza secreta que salía a recibirle… húmeda y caliente, castigada pero feliz de tener a Donato tan dentro de sí misma y sentirle culminar con la pasión que les estaba envolviendo y amenazando con volverles locos desde la primera vez que se encontraron… en algún lugar del mundo.


gandalf dijo
Elegante, atractivo...
La foto preciosa.
Sigue así.
31 Diciembre 2006 | 09:04 AM