Amar con los ojos cerrados.

Para Amadeo, por ayudarme a abrir mucho los ojos.
Autor: Selene.
Siguió al pie de la letra todas las instrucciones que había recibido. Eran claras y concisas, escritas con una letra redonda y elegante y contenidas en un sobre en el que solo figuraba el nombre por el que él la llamaba:
“Dirígete hasta la recepción del Hotel Praga y una vez allí pide la llave de la habitación 306. Sube a la habitación y una vez dentro pon la propia llave electrónica entre la puerta y la cerradura, parecerá cerrada pero cederá con solo empujarla. Cuando estés dentro sabrás que más debes hacer”.
Subió a la habitación del hotel, inspeccionó a su alrededor buscando alguna otra señal y la halló sobre el amplio escritorio de estilo inglés situado en un extremo de la habitación. Para ese instante, su corazón ya latía muy fuerte, la expectación que sentía iba en aumento y el deseo por que todo diera comienzo se hacía cada vez más intenso. Allí estaba el resto de instrucciones, en un sobre idéntico al anterior, con la misma letra que ya conocía de tantas cartas recibidas:
“En el cajón derecho del escritorio tienes varias cosas, sabrás como usarlas. Póntelas todas y espérame delante de la ventana. No temas, a mi lado, nada malo ha de ocurrirte jamás. No tardaré en llegar”.
En el cajón, un conjunto de lencería azul eléctrico, de encaje que reproducía algunos modelos antiguos, probablemente adquirido en París, pues en España no había visto nunca nada parecido. Junto a él unas medias de seda casi transparentes y un pañuelo de seda blanca, suave al tacto y con un delicado aroma que reconoció enseguida, Madame Rochas, el mismo que se había puesto ella antes de salir hacia el lugar de encuentro.
El conjunto y las medias era evidente como debía usarlos y se los puso mirándose al un enorme espejo de pie que había en el extremo contrario de la habitación. Después, volvió a calzarse los altos zapatos que ajustaban en una fina pulserilla en el tobillo. Le gustó verse así, se gustaba realmente, era excitante verse a sí misma vestida o quizás sería más exacto decir medio desnuda, adornada apenas con una fina gargantilla plateada y unos pendientes que se entreveían bajo su pelo oscuro, suelto sobre la espalda.
Ahora faltaba deducir el uso del pañuelo, cuando miró a su alrededor y descubrió que uno de los grabados que colgaban de las paredes reproducía una bella dama, ataviada con un peplo o vestido de gasa que rodeaba el cuerpo, atado a los hombros, como las cariátides que había visto en Grecia el año anterior. En la mano derecha una espada y en la izquierda una balanza. Los ojos vendados. La justicia.
Ingenioso sistema casi jeroglífico de hacerla caer en la cuenta de lo que quería que ella hiciera. Mientras ajustaba el pañuelo sobre sus ojos, pensaba sonriendo en cuantas molestias habría tenido que tomarse él para localizar justamente el número de habitación que tenía colgada esa lámina ¿o la habría hecho colgar el mismo? Su sonrisa se acentuaba al pensar en los múltiples y cuidados detalles que él tenía siempre en cuenta, no podía ser distinto para ese encuentro tan anhelado.
Estaba ya junto a la ventana cuando terminó de ponerse el pañuelo y no pudieron pasar más de unos minutos cuando escuchó abrirse la puerta. Después, el sonido de la puerta que se cerraba completamente y el cerrojo que pasaba y la bloqueaba completamente desde el interior la hicieron sentir un súbito escalofrío que recorrió su cuerpo terminando en un leve gemido.
- Estás preciosa… tu piel, tan blanca, destaca entre el azul que apenas te tapa.
Su voz, esa voz que tantas veces había escuchado al otro lado del hilo telefónico, o transmitida por el aire con las nuevas tecnologías móviles. Recia, segura, arropándola como tantas veces lo hacía en sus noches de dudas e inseguridades. Conocía aquella voz y la forma de expresarse correcta y certera de su propietario, pero no le conocía a él.
Hacía mil años que habían empezado a conocerse, siglos si atendía a la intensidad de la comunicación que les unía cada día y sin embargo, nunca se habían visto. El cartero le sonreía cada mañana cuando le entregaba en mano el sobre que nunca, desde que llegase el primero a su domicilio había faltado en sus manos desde que ella le dirigió un primer correo, pidiéndole información sobre una pequeña iglesia, sobre la que él había escrito en una revista.
Aunque abstraída en sus pensamientos, escuchó el ruido de unas copas que habían chocado entre sí. Después el corcho de una botella que salía de su lugar y las copas llenándose de burbujas que podía escuchar en el absoluto silencio en que se encontraba la habitación. Por breves momentos, pues él, tan acertado como siempre acompañó aquel momento poniendo música de fondo.
Se le acercó con la copa en la mano, cogiéndole la suya para guiarla hasta que la cogió y la alzó esperando escuchar el sonido del vidrio al rozar ambas copas. Un brindis por los dos, por lo que comenzaba ahora, por los sueños, por las fantasías… y acercó la copa a sus labios bebiendo aquel champagne que él había descorchado para brindar por tantas cosas.
Unos segundos después, con el sabor aún en sus labios, él tomó la copa para dejarla en algún sitio. Aquél era un universo nuevo para ella. Privada de la vista, se acentuaban el resto de sentidos, escuchaba cada movimiento, disfrutaba los sabores y los olores. El suyo propio y el del cuerpo de él que se mezclaban en la cercanía hasta sentir como la besaba, primero en los labios, despacio. Cada vez más apasionado, mientras recorría su cuerpo con las manos.
Apenas la rozaba con la punta de los dedos, provocándole esa sensación que hacía reaccionar a su piel, acariciando su pelo, bajando por la espalda hasta llegar a sus nalgas. Una vez allí, se detuvo con un gesto seguro, manteniendo sobre ellas las manos que ella sintió cálidas a través de la escasa ropa interior.

La cogió de la mano y la guió hasta una silla, donde escuchó como él se sentaba antes de comenzar a explicarle todo lo que la hacían merecer lo que iba a ocurrirle. Lo irresponsable de sus actuaciones durante el tiempo que se conocían, las veces que se había puesto en peligro actuando como una niña, sin ver más allá de sus actos, sin intuir las consecuencias que podrían tener para ella su forma de actuar irreflexiva y así, siguió enumerando todos los motivos acumulados antes de atraerla hacia sí mismo y hacerla tenderse sobre sus rodillas.
Contrajo su cuerpo esperando los azotes y sin embargo, aquella misma voz que la estaba regañando con seguridad, le decía ahora que debía relajarse, estar tranquila junto a él y relajar por completo su cuerpo, pues lo que iba a ocurrir era algo que ella sabía que era por su bien… y además, ambos lo deseaban tanto….
Después, con su cuerpo ya relajado, comenzó a sentir los azotes sobre sus nalgas, lentos y no muy fuertes al principio, aumentando su intensidad pasados unos minutos. Así, completamente entregada, recibió entre gemidos que ilustraban la sensación de dolor y placer que se cruzaban en su cuerpo, los azotes que aquel hombre le iba dando antes de bajar sus braguitas justo hasta el punto donde terminaban sus nalgas para seguir dándole más azotes, mientras la iba informando de cuantas cosas había echo sin saber ella misma el alcance de sus errores, cuantas cosas acumuladas la hacían merecer todas aquellas nalgadas que caían una y otra vez sobre su ya desnuda piel, que presentía enrojecida a juzgar por el enorme calor que sentía en ellas.
Aguantó estoica, deleitándose tanto en la sensación que le transmitía su piel, como en la voz y las acertadas frases que escuchaba mientras solo respondía con pequeños gemidos. No se le ocurrió pedirle que cesara en su castigo, pues ella lo había soñado demasiado tiempo como para detener ahora aquello que tantas noches la había desvelado. Él paró cuando llegó el momento, acogiéndola en un abrazo una vez incorporados los dos y ese primer contacto estrecho le daba los primeros datos sobre la apariencia de aquel hombre, que ahora percibía alto y fuerte mientras le ofrecía consuelo.
Sin embargo, aquello no había terminado en modo alguno, ambos lo sabían sin necesidad de decírselo. Cogiéndola del brazo, seguro a la vez que suave, la llevó hasta el escritorio y allí le pidió que dejara caer su cuerpo sobre la superficie y entreabriera las piernas. Una vez así, en esa posición que ella había expresado tantas veces que la excitaba tanto, escuchó como se despegaba apenas unos pasos de ella y como sus manos desabrochaban la hebilla del cinturón. Luego, el sonido del éste saliendo del pantalón la hicieron temer por sus ya doloridas nalgas y un nuevo estremecimiento la recorrió sin poder evitarlo.
Los primeros azotes con el cinturón la hicieron moverse sobre el escritorio, sin intentar esquivarlos, pero impresionada por el impacto sobre sus nalgas, no tan doloroso como espectacular era el sonido y a la vez cargado de simbología. Tras los primeros azotes, se sentía tan húmeda y excitada que no pudo más que entregarse y acompañar su voluntad con leves movimientos que hacían que él notase como ella se ofrecía sin resistencia, gimiendo entrecortada y con la tensión que subía por segundos a todo su cuerpo. Una dulce tensión cargada de sensualidad en la curva de sus caderas cada vez que alzaba las nalgas para recolocarse tras cada azote.
Es lo que ambos querían, lo que habían deseado tanto tiempo. Ella entregarse y él recibirla de aquella forma tan sincera, tan completa, con todo lo que él sentía ante esa situación de generosa cesión de su cuerpo y su voluntad. No derramó una sola lágrima a pesar del dolor que cada vez soportaba menos. Ambos sabían que ella recibía de buen grado, consciente de que era un primer paso para ayudarla a corregir sus desajustadas formas de conducirse, o quizás no… y tan solo era el placer, sin más excusas ni más motivos que el propio placer.
Y así, concluido el castigo, le escuchó decir cuanto la deseaba y respondió acomodando su cuerpo sobre la cama, aún con los ojos vendados, hacia abajo para que él observara lo rojo de sus nalgas, elevando nuevamente sus caderas para esperar mientras escuchaba como él se despojaba de su ropa y se tendía sobre ella para tomar posesión por completo de todo lo que ella le ofrecía. La sintió estallar de placer cuando apenas se había producido el primer roce, excitada como estaba ya desde que comenzara a azotarla y así se dejó el llevar también a ese pequeño paraíso donde ella ya le esperaba en reposo, sintiendo como nunca, como jamás en su vida había sentido, esa transmutación en sus cuerpos.
Jadearon juntos largo rato, desnudos y abrazados y ella se quedó dormida. Parecía más joven vista así tan tranquila, completamente desnuda, pues se había despojado de todo mientras se amaban apasionadamente. Ni una sola vez ella pidió que la dejara despojarse del pañuelo que cubría sus ojos. Él se marchó y dejó una carta, en uno de aquellos sobres que ella conocía, con aquella letra redonda y elegante que le había dado tan buenos momentos:
“Es mejor así, me marcho sin despedirme porque cada segundo desde ahora, será como si siguieras a mi lado. Saluda mañana al cartero de mi parte”.
Y así, aún adormilada y despojándose por fin del pañuelo, se dio cuenta de cuanto había gozado entre las manos de aquel hombre, del que ahora conocía hasta el más mínimo resquicio y sin embargo, nunca le había visto. Del que conocía todo y sin embargo, ni siquiera sabía que edad tenía, el color de su pelo, de sus ojos, apenas intuyendo su altura y la forma de su cuerpo… y sonrió a solas, con la sensación de haber llegado al lugar que más deseado para ella de la mano de un hombre que no podría reconocer de cruzárselo en cualquier calle. Amando con los ojos cerrados.


Dama Azul dijo
Sinceramente me encanto! Aunque me quedé con la curisidad de saber quién es él ;) Engancha desde el principio
30 Diciembre 2006 | 05:21 PM