Autora: Selene.
El camino hasta el hanamachi (pueblo de flores) fue un agradable paseo dado que la primavera había hecho florecer los almendros y las hojas de las flores cubrían el suelo hasta el okiya (casa de una geisha) donde le esperaban. Hacía mucho tiempo de que soñaba con llevar a cabo lo que estaba a punto de hacer y todo había sido preparado con exquisito cuidado, como correspondía a una cultura tan refinada como la japonesa.
En la puerta, una muchacha menuda, vestida con un kimono azul oscuro y sin maquillar le esperaba para conducirlo hacia la gran habitación donde se recibía a los clientes más honorables y él era uno de ellos. Una vez allí, la muchacha se retiró cerrando las grandes correderas y dejándole a solas durante unos minutos, recreándose con el ambiente diáfano y el minimalismo más absoluto que reinaba en ese lugar. Una gran cristalera le dejaba ver el cuidado patio interior, donde hasta el suelo aparecía como “peinado” en bonitos dibujos geométricos sobre la arena que rodeaba las plantas. Algunos guijarros de colores completaban el bonito diseño que le producía un extraño relajo al mirarlo. Sobre el estanque, los lotos asomaban aportando color al pequeño jardín.
Cuando las correderas volvieron a abrirse, la geiko entró en la habitación completamente silenciosa. Debía pasar ampliamente los cincuenta, pero se notaba en ella que había sido una mujer extraordinariamente bella y ahora, la marchita belleza había sido sustituida por una elegancia y seguridad inigualables. Con un gesto suave hecho con la muñeca, le indicó que podía tomar asiento sobre los grandes cojines dispuestos en el suelo y allí se arrodilló también ella misma con una lentitud de movimientos asombrosa. Su atuendo correspondía a su edad, al igual que el maquillaje, todo sobrio y elegante, sin apenas color ni contrastes.
Durante unos segundos, la geiko clavó en él la mirada, su status se lo permitía y mientras le observaba dio dos fuertes palmadas tras las que las correderas volvieron a abrirse, esta vez para dar paso a Mineko Okawa, la maiko de la que tanto le habían hablado. Ciertamente, se trataba de una chica muy bella, con el pelo como el azabache y los ojos oscuros y desafiantes, aunque no le miraba más que de pasada y sin detener la mirada, él había notado el desafío en ellos. El kimono, de fuertes colores estampados y el resto de complementos igualmente llamativos enmarcaban una sugestiva imagen que él había soñado muchos años en llegar a ver por sí mismo.
Mineko caminó con pasos cortos y elegantes hasta la mitad de la sala y allí, como correspondía, comenzó a ejecutar una hermosa danza con abanicos. Verla moverse, sensual y cadenciosa era un espectáculo al que ahora se alegraba de no haber llegado a renunciar. Más aún, cuando pidió que le proporcionaran una maiko para convertirse en su danna, nunca imaginó que pudiera ser algo así de bello. Su nuca, pintada con los dos vértices que hacían dirigir la mirada a tan sensual zona de su cuerpo atraía su mirada de forma casi obsesiva, hasta que se dio cuenta de que era por eso que se trazaba ese dibujo sobre la misma, para obligar a dirigir la mirada hasta allí.
Acabado el baile, que fue ejecutado con una perfección extraordinaria, Mineko exhibió el resto de sus habilidades tocando el shakuhachi con la misma soltura que había bailado. La velada estaba resultando perfecta, tal como él la había soñado miles de veces y tras la cena, amenizada de forma magistral por aquella bonita maiko, la geiko se retiró con el saludo tradicional dejándoles a solas.
La luz había disminuido considerablemente, o al menos a él se lo parecía así y Mineko se sentó muy cerca de él para iniciar la ceremonia del té. Con una gracia y una soltura excepcionales, vio como recogía su manga con la mano izquierda para inclinar la tetera con cuidado, dejando ver las blanquísimas muñecas y los movimientos, estudiados y sensuales con que deleitaba a su cliente. Sin embargo, a pesar de las muchas veces que había servido el té de aquella forma, el contenido de la tetera no fue a parar a la taza, sino fuera de ella, sobre la mesa. Una mirada dura y reprobatoria hizo que la chica se pusiera más nerviosa, lo cual repercutió en toda la escena posterior, pues a partir de ese momento, cada una de las cosas que Mineko trataba de llevar a cabo le salían de forma mediocre y sin gracia, con fallos que hasta él, apenas enterado de cómo debía suceder todo y ajeno a aquella cultura, se daba cuenta de los errores.
La noche se estaba estropeando realmente y Mineko estaba cada vez más nerviosa, incluso sus movimientos se hacían más bruscos por momentos, su conversación más insulsa y su voz empezaba a temblar de vez en cuando. Naturalmente, no podía convertirse en el danna de aquella chica tan poco cuidadosa y así se lo hizo saber cuando Mineko, llevada por la angustia de saber que perdía la posibilidad de tener su propio protector se desató el kimono empezando a despojarse de él.
En ese momento, se dio cuenta de que ella intentaría seducirlo para ganar su favor y llevado por un leve enfado hacia ella, la asió de la cintura y se la colocó hacia abajo sobre las rodillas. Maiko se dejó hacer, más extrañada que otra cosa y él empezó a darle una serie de azotes sobre las nalgas mientras le explicaba lo importante que era que prestase atención a lo que hacía cuando estaba trabajando. Los primeros los recibió casi en silencio, sin saber si tenía miedo o vergüenza por lo que estaba sucediendo, pero según iban cayendo los azotes y más aún cuando él se las ingenió para hacerlo con las nalgas completamente desnudas, Mineko no pudo más que comenzar a protestar y dar pequeños gritos ante los que la geiko no pudo más que abrir la puerta alarmada.
Contemplando la escena, se podría decir que estaba a punto de detenerla y sin embargo se dio la vuelta y volvió al cabo de unos segundos, cuando él ya había soltado a Mineko con una paleta de madera en la mano y la indicación de que siguiera con lo que estaba haciendo. Así, se entregó de nuevo con más dedicación a propinarle unos azotes a la chica hasta que se dio cuenta de que ella ya no protestaba, sino que sus pequeños gritos se habían transformado en gemidos. Dulces sonidos que le indicaban, junto a la forma de elevar las caderas levemente, que Mineko estaba disfrutando.
También él disfrutaba. Ver aquellas nalgas del mismo color que el rubor que la maiko llevaba en la cara, con aquel calor que inflamaba sus sentidos y aquel movimiento acompasado con el que acompañaba los azotes, le hizo sentirse cada vez más excitado. Tanto que, en medio de su turbación, se atrevió a deslizar los dedos hasta el sexo de Mineko, comprobando que los gemidos hacían justicia al estado que declaraban y así, acariciándola con suavidad, la hizo gozar como solo podía hacerlo con una maiko, pues él sabía que ella aún no había entregado su virginidad pero en ese momento, estuvo realmente seguro de que él había llegado hasta allí para ser para siempre su danna.

Gran relato y muy buenas las fotos, le dan otro aspecto a los textos. GRacias de todo corazón! (el resto, lo tendrás que leer en el foro jejejeje)
Genial, como siempre, no conocía mucho la cultura japonesa, y bueno, además además de sensual recreas un mundo exótico tan distinto a la cultura occidental que a veces choca, sin embargo lo describes de una forma que haces que sea encantador....¿para cuándo el Cervantes?
Besos.
Todo se andará... lo intentaría solo por la fe que me tenéis algunos Gandalf, por ahora, me conformo con seguir trayendo aquí trozos de mis fantasía... ¿y las tuyas? ¿para cuando??