Autor: Cruzhada.
Llegué de trabajar y encontré la casa silenciosa, con las persianas subidas y una vela de miel ardiendo lentamente, junto a un cono de incienso. Me ha observado muchas veces y es normal que ya conozca el “ritual” que empleo a diario, pero NUNCA antes había hecho algo así. Era una señal muy clara: su deseo era mostrarme su preocupación y su interés por mí; quería que por fin me sintiera bien en casa.
Estaba distinto, quizá porque los dos días anteriores los pasamos en una continua gresca y eso deja señales, resaca. Ambos estábamos un tanto afectados por lo sucedido, así que mi amor por él se renovó con mil lazos más fuertes al ver la vela. Y sólo tuve ganas de meterme en la cama junto a él y poder dejar atrás la mala racha vivida, cerrar las heridas y simplemente dejarnos llevar.
Mirando la vela, pude ver que llevaba al menos una hora encendida. Me desnudé por completo y, silenciosa como un gato, me deslicé bajo las sábanas. Acercándome a él, me acurruqué tras su espalda y la besé, sabiéndole dormido. De pronto, se giró hacia mí y sentí su brazo envolverme. Entré en calor al instante y me acomodé sobre su pecho, escuchando cómo su corazón se aceleraba al besar mi pelo y estrecharme más en su abrazo protector. Algunas lágrimas suaves rodaron de sus mejillas y de las mías, en silencio, y en ese momento ambos estábamos unidos en un mudo agradecimiento por estar allí, juntos, sintiéndonos al fin a salvo de la dura guerra que nos hizo tanto daño.
Pero ahora ya todo había pasado y el hombre al que amo estaba silencioso, abrazándome, recuperándose de haber sentido que me perdía; ahora, en su pecho, podía sentir por fin el calor; y el amor se fortalecía, todo había dejado de temblar y derrumbarse.
Y así, tranquilos, permanecimos largo rato, sin necesidad de decir nada.
Las caricias suaves, tiernas, fueron el lenguaje para ambos. Mudos, nuestros cuerpos y almas se entrelazaron, unidos por besos que hablaban de lo que nos une, ese amor tan inmenso que nos llena a los dos. Fue algo muy fresco, espontáneo, nada medido ni premeditado. Una unión en todo nuestro ser, llevada a cabo por caricias y besos que nunca antes habíamos compartido. No sé cuántas horas estuvimos así hasta que finalmente volvimos a quedar abrazados, tranquilos, como cuando yo llegué.
Acarició mi pelo y mi espalda mientras yo hacía lo mismo con su pecho y su cadera. No nos sentíamos cansados, no teníamos sueño. Todo el tiempo estaba en nuestras manos, el reloj no existía. Sólo importaba una cosa: estábamos juntos por fin y todo lo demás era secundario.
Seguíamos en silencio, hasta que le di las gracias por lo de la vela y el incienso. Nuevamente besos y caricias fueron nuestro idioma largo rato, hasta que me agradeció haber vuelto y que estuviera allí, en su pecho. Nos quedamos dormidos así, abrazados; yo me volví y se colocó en mi espalda, besándola suavemente y rodeando mi cintura con su brazo. Y, al oído, muy bajito, me habló en tono dulce.
- Amor, estos días han sido un calvario para los dos y me alegro de que hayan terminado por fin y estemos juntos, más unidos que antes… pero no creas que estoy ciego o que no me doy cuenta de las cosas.
Su mano se desprendió de mi cintura y, con un dedo, recorrió mi espalda por completo; en la bajada, su dedo se hizo más lento y bajó hasta mis nalgas, que acarició cuidadosamente. Ese gesto y sus palabras me sugirieron que no quedaría todo ahí.
- No comprendo, cielo. ¿Qué quieres decir?- musité, sin moverme, esperando su respuesta.
- Quiero decir que hay una muy larga lista de razones por las que serás convenientemente castigada, jovencita –susurró, dulce, en mi oído de nuevo.
Me giré para mirarle, no podía hablar en serio. ¡No había hecho nada! Al ver mis ojos, me dio un beso suave en los labios.
- Shhhhh… estos días no has hecho tus ejercicios, no has estudiado, no has comido en condiciones, me has provocado muy descaradamente; te has comportado como una niña muy caprichosa, discutiendo y buscando pelea constante. ¿Quieres que siga? –lo dijo bajito, dulcemente.
- No creo que lo digas en serio… - con voz melosa.
El castigo sería de los fuertes… si hubiera sido así. Pero él no iba a dejar que le protestara, de modo que me tomó de la barbilla suavemente, para que mirara a sus bellísimos ojos verdes y me habló con tono cariñoso, pero esta vez firme.
- Mírame, sabes que no miento, ¿verdad? Además, aún no he terminado, la lista es muy larga, como tú bien sabes: te comportaste fatal, fuiste cabezota e irrazonable, arisca; te negaste a recibir el castigo que merecías y encima repites tu falta los siguientes dos días. Me has tratado con chulería… y ahora pretendes fingirte inocente y acusada injustamente. Eso puede considerarse mentir y sería muy grave, ¿verdad que lo sabes?
Me quedé callada, tratando de evitar que leyera en mis ojos. Intenté bajar mi mirada, pero fue imposible, ya que su dedo bajo mi barbilla lo impedía.
- No vas a bajar la cabeza, lo siento. Vas a tener que reconocer que todo lo que he dicho es cierto, porque ambos lo sabemos, pero mirándome a los ojos. Has ido demasiado lejos estos días, ahora no me sirve que bajes la mirada cuando te regaño. ¿Tengo razón? –de nuevo su tono era dulce.
- …- no podía evitar sus ojos fijos en los míos, pero nada me obligaba a responder.
- Voy a contar hasta 3 y vas a dejar esa actitud si no quieres que sume 50 azotes más con la vara a tu, ya de por sí, severo castigo. De hecho, jovencita, vas a decirme una a una las faltas que te acabo de decir, me vas a reconocer que mereces que te castigue por todas y cada una de ellas y, por último, vas a reconocer que has ido demasiado lejos realmente. Y todo eso mirándome a los ojos. 1… 2… Cariño, por favor, no sigas con esa actitud o tendré que ponerme serio de verdad. Ni tú quieres ni yo lo deseo, pero, si no comienzas a comportarte como sabes que debes, me tendré que levantar y enseñarte a guardar tu rebeldía. – su tono dulce no varió.
- … - le supliqué con los ojos que no siquiera con eso, que me dejase bajar la cabeza, que no me obligara a repetir la lista. Y luego se lo pedí, susurrándole, con mis ojos en los suyos.
- Voy a levantarme, vas a tumbarte en la cama y a morder la almohada, porque te van a dar ganas de gritar cuando la varilla te deje tres bonitas marcas en los muslos. Te he pedido que hicieras lo que debías y no has querido. Vamos a añadir la rebeldía a la lista, aunque dudo que en unos minutos te queden ganas de ser rebelde de nuevo –su tono no perdía la dulzura.
- Por favor, no. No es rebeldía, es que me siento muy avergonzada. Por favor, perdóname.
- Sé que estás avergonzada, cariño, pero estás empeorando así las cosas. Si no cumplo con lo que te he dicho que sucederá, sentaré un muy mal precedente. Y ninguno queremos eso, ¿verdad? –estaba decidido a marcar mi piel, lo veía en sus ojos pese al tono tierno y cariñoso.
- Te pido por favor que no lo hagas. Sé que estos días me he portado fatal y que he hecho un montón de méritos para una reprimenda severísima, lo siento muchísimo, de veras. Me siento muy mal por todo eso, créeme.
Su dedo soltó mi barbilla, sus ojos destellaron y sonrió de un modo adorable. Me besó muy intensamente en los labios y me pidió que me acurrucara en su pecho. Después me abrazó, protector, y me dijo con mucha dulzura:
- Veo que no tendré que azotar tus muslos, gatita. Está bien, estate tranquila. Pero te has portado realmente mal y debes recibir el castigo que mereces. Te has librado muchas veces y ya ves que sólo ha servido para que haya más problemas.
Me abracé fuerte a él, no quise decir nada. Su abrazo correspondió al mío. Su tono, muy cariñoso, no servía para disimular que era en verdad una regañina muy seria la que me estaba dando.
- Los dos sabemos que te has pasado mucho, jovencita. La lista es muy larga, son muchas faltas acumuladas. Por lo tanto, esta vez el castigo será igualmente largo.
- ¿Semana especial? –pregunté, temerosa de recibir una respuesta afirmativa.
- Me temo que no, señorita. Una lista tan larga… no se castiga en una semana.
- …
- Voy a tomarme todo el tiempo, las horas necesarias para este castigo. Te has ganado una zurra bien dada y eso es lo que vas a recibir. En realidad, te has ganado varias en sólo dos días. Y tal vez, si te hubiera castigado como merecías desde el principio, todo esto no habría sucedido. Creo que he sido muy descuidado permitiendo que tus trastadas quedaran impunes. Necesitas que te marque los límites a veces, pero no lo he hecho… hasta ahora.
- … ¿Mmmmmm?
- Sí, a partir de ahora voy a ser más cuidadoso, cariño. Cuando te lo ganes, dejaré lo que esté haciendo y te enseñaré qué sucede cuando te portas mal.
- … -no sabía qué decir: estaba decidido.
- Y, en cuanto a tu castigo, será esta tarde, jovencita, desde las 15 h. Vendrás, te colocarás sobre mis rodillas y me dirás que te has portado mal y que aceptas que te castigue por ello. Y, tranquila, te garantizo que, cuando termine de darte la azotaina que tanto mereces, tus nalgas estarán tan coloradas y ardiendo tanto, que esta noche, mientras estudias y haces tus tests en el trabajo, aún sentirás todos y cada uno de los azotes recibidos. Vas a ser castigada como mereces, te lo prometo, y te va a costar sentarte en varios días. Y mañana, cuando llegues, tendrás la segunda parte de tu severo castigo. Me voy a asegurar de que te quedes calmada y calentita.
- Pero, cariño…
- Shhhhh tranquila, no digas nada. Debiste pensarlo antes, puesto que ahora ya sólo puedes aceptarlo. Va a dolerte mucho, créeme, porque voy a zurrarte fuerte, pero eso no cambia mi amor por ti, mi vida. Sabes que sólo voy a hacer lo que debo y que te amo profundamente, ¿verdad?
- Yo también te amo, cariño. Tengo miedo. ¿No podrías perdonarme, por favor? Sabes que estoy muy arrepentida…
- No voy a perdonarte, lo siento. Y no deberías tratar de librarte, señorita. No estás siendo justa. Sabes que he de…. Tienes dos opciones: traerme el strap, tenderte sobre mis rodillas y recibir 10 azotes por tu intento de librarte de un castigo que te has ganado a pulso tú solita…
- Es justo, me he portado mal y me lo he ganado –me resigné, dócil.
- Así me gusta, sin trucos ni rebeldía. Muy bien, cariño, estoy orgulloso de ti, de veras. ¿Quieres escuchar la segunda opción? –todo dulzura, encanto… pero decidido.
- Claro, te escucho.
- También puedes quedarte aquí, así, tal y como estamos ahora, disfrutando de estar juntos, pero sólo si cumples con lo que te pedí antes.
Me incorporé, le besé, le miré fijamente a los ojos y comencé despacio a decirle una por una todas mis faltas, lo arrepentida que estaba y el castigo que él consideraba justo y merecido por toda la lista. Me besó, nos abrazamos y nos quedamos dormidos, juntos, en total calma por fin, hasta que su reloj sonara, a las 15 horas.

Escribir tiene varias consecuéncias, la primera es que podemos sentir que las cosas fluyen de otra forma, desde la mente al papel y nos hace sentir bien. Las fantasías si no se escriben se pierden, se diluyen en la nebulosa de nuestros pensamientos cotidianos.
La segunda es que cada vez se escribe mejor, se expresa con más facilidad lo que sentimos y las palabras se encadenan unas con otras sin dificultad.
¡¡Enhorabuena Cruzhada!! cada día te superas... y ánimo a las nuevas escritoras y escritores que tenemos por aquí, porque cada vez que le dáis forma a vuestras fantasías recurrentes, las compartís y las hacéis más reales.
Genio!!
Has puesto el listón muy alto Cruzhada, como dice Selene con cada nuevo relato te superas. Es una delicia.
Mon DIEU de nuevo, Cruzhada.... qua puedo anyadir....
Selene me ha hablado un poco de ti. Casi nada, solo un poco.
Pero de lo que escribes con ese sentimiento se desprende que tu alma tambien es bella.-
Bonito, muy bonito tu relato.
Hoy, Viernes 16.03.07 debe ser el día de los relatos "chachis"
Doc
SUBLIME¡¡¡¡¡
Guauuuuuuuuuuuuuuu me ha encantado esa mezcla de pasión y reencuentro sin olvidar lo merecido, amiga, estuvo sublime!!!!!!!
Graciasssssssssss por alentar nuestras fantasias y creer que son probables, jajajajjaj
cariños