Autor: Selene.

Tenían guasa, lo mú malajes… con llamarla Coronela pero no se conocía en Sevilla otra mujer con más arrojo, más gallardía y más coraje que Lola la paya trianera.

Morena de verdes ojos y talle bien dibujado, prendía el mantón en sus hombros como pocas andaluzas puedan decir que lo han llevado y en sus labios de mujer apasionada siempre tenía una sonrisa para regalar a los hombres que buscaban su compañía sabiendo que no aceptaba prendas y que a sus treinta y tantos aún elegía compañero si la noche se lo pedía.

Decían que tuvo amores con un genovés del puerto y que cuando a él lo prendieron por turbios asuntos de contrabando, ella se buscó la vida como buenamente pudo, que nunca vendió su cuerpo, pero cobraba sus artes, lo mismo sobre un tablao, que cantando en una fiesta y en los inviernos más fríos, cuando escaseaban las ofertas, cogía ramas de romero y se iba a decir la buenaventura bajando por calle Sierpe hasta llegar a la catedral para subir nuevamente por entre el Alcázar y llegar callejeando hasta el corazón de Santa Cruz. Allí, descansaba un rato antes de volver canturreando, siempre alegre y soñadora resultaba retador verla mover las caderas bajo el ceñido vestido rematado en volantes que sabía lucir con tanto salero.

Al bajar la judería, por entre las tabernas que dejaban sus mesas al fresco, alguna vez se encaró con los hombres que la miraban llenos de deseo y que lejos de silenciar sus pensamientos la imprecaban casi a voces, para risa y jolgorio general:

- ¡Eh! ¡Coronela! cusha…¿p’a cuando me va a d’a eso que disen que tienes bajo las fardas y que vuerve a los’sombres locos Coronela?

Y Lola jamás contestaba cuando las palabras olían a vino y las ganas de impresionar a la compañía eran mayores que la esperanza de poder rozar tan solo el pelo de esa mujer tan peculiar. Alguna vez si cruzó la cara de alguno que intentó tocarla, pero ninguno jamás osó tan siquiera hacer gesto de devolverle a Lola lo recibido. Todos sabían que de hacerlo, medio Santa Cruz hubiera defendido a la Coronela y se hubiesen cruzado navajas para tomar partido por esa mujer de bandera.

O o O o O

La tarde estaba tranquila, bajo un calor bastante intenso para ser el mes de abril, cuando Lola se adentró en la judería camino del Tablao de Juana donde esa noche tenía contratada una actuación, cuando al pasar bajo un arco en el que se refugiaban los artistas en días de calor para sacarse unas monedas tocando la guitarra, un chico joven, sentado en el suelo tocaba un conocido romance lorquiano.

Allí, se paró un rato a escucharle, refrescada por el ambiente levemente húmedo de la fuente cercana que acompañaba los acordes de la guitarra y su voz acompañó la guitarra desgarrando el aire:


Con alfileres de plata
mi sangre se puso negra,
y el sueño me fue llenando
las carnes de mala hierba.
Que yo no tengo la culpa,
que la culpa es de la tierra
y de ese olor que te sale
de los pechos y las trenzas.

¡Ay que sinrazón! No quiero
contigo cama ni cena,
y no hay minuto del día
que estar contigo no quiera,
porque me arrastras y voy,
y me dices que me vuelva
y te sigo por el aire
como una brizna de hierba.

Los ojos entornados, las manos en su cintura, marcando las caderas que se giraban levemente al ritmo de la guitarra. Una situación casi mágica, increíble, adornada por el intenso olor de azahar que llenaba esos días las calles blancas de nieve en flor esparcidas por el suelo.

Perdida la conciencia de lo que ocurría a su alrededor, no escuchó tras de sí pararse el carruaje en la plaza, ni vio bajarse de él a aquel hombre que la miraba cautivado por su estampa y que la observaba en silencio sin atreverse a caminar calle arriba con el temor de que sus pasos al resonar bajo el arco hicieran desaparecer la magia de aquel momento.

Hasta que Lola, terminó su canto en una sonrisa, limpia como el azul del cielo que les cubría, como la conciencia de una mujer de raza que se sabe dueña de sus pasiones.

El guitarrista le sonreía, agradecido por la compañía y ambos vieron a aquel hombre acercarse a ellos e intentar poner un billete en las manos de La Coronela, cuando ella, visiblemente ofendida se revolvió con mirada de fuego y le imprecó mirándole a los ojos:


- A mí no… ¿no ves que el artista el él? Yo solo soy una agitaná que pasaba por su lado…

El desconocido gratificó al muchacho que sonreía por la ocurrencia de la altiva mujer y presintiendo que la escena no había hecho más que empezar se reacomodó en el suelo para observar como le retaba con la voz, con el cuerpo y con los ojos.

- Y tú, bonita ¿siempre hablas así a los hombres?

- Depende del lugar que ocupen esos hombres… no es lo mismo cuando están a mi lado, que cuando les tengo debajo…

- ¿Y no crees que eso es una expresión un poco soez en una muchacha como tú?

- ¿Y usted no cree que se está metiendo donde no le llaman, malaje?

- Bien, jovencita, quizás tengas razón, pero si yo tuviese una mujer como tu, te aseguro que la enseñaría hablar como corresponde a una dama…

- ¡Ah! ¿si?... ¡ ja!

Y sin decir nada más, la Coronela se dio la vuelta echándose el pelo negro a la espalda con un gesto altivo y desabrido, dejando al desconocido visiblemente contrariado más por el gesto que por la respuesta y al joven guitarrista aguantando una carcajada que apenas podía reprimir al mirar como se desenvolvía la trianera.

O o O o O

- ¡Coronela! ¡tiés er tablao hasta las trancas! ¡guena noche te espera! dá quí no nus vamos hasta la madrugá como cuando encierran la Macarena ¡olé tu arma! a vé como nus dejas ¡ar sielo con ella!

Tras el escenario, ante la atenta mirada de Doña Juana “la pelá”, conocida por ese mote por haber perdido el pelo desde jovencita, dicen que por las penas, por haber sufrido mal de amores y cubierta desde entonces por estrafalarias pelucas que no desentonaban en absoluto con el ambiente folklorista del resto del establecimiento, Lola se ajustaba el vestido de lunares, deslizaba el cepillo sobre su pelo para colocar bien su melena y se ponía los “arreos del vestío” para salir a cantar y bailar como pocas lo habían hecho en un tablao de tanto tronío.

Las primeras notas de las guitarras, las palmas de los palmeros, las luces que bajaban para acoger su entrada en escena … y La Coronela se deslizaba de espaldas hasta el centro del escenario, las manos cruzadas sobre la cabeza marcando compases imposibles, enredando los dedos entre sí, las muñecas en giros y contragiros y las caderas moviéndose como solo Lola sabía hacerlo, puro sexo al compás de guitarra, por eso la deseaban, por eso se llenaban los tablaos cuando se la anunciaba, por eso toda Sevilla hablaba de la trianera, la más altiva y rebelde, la Coronela. Su voz rompiendo el silencio:


Lo mismo que el fuego fatuo,

lo mismito es el querer

que huyes y te persigue,

le sigues y echa a correr.

Las luces subiendo poco a poco, los cajones marcando el ritmo de las muñecas, las caderas y los giros de la bailaora…


Nace en las tardes de enero

cuando aprieta la calor

y va corriendo por los campos

en busca de un corazón.

La voz desgarrada, rompiendo el silencio, haciendo que el público aguantase la respiración para no interferir en la magia que se creaba en cada remolino de su falda…


Lo mismo que el fuego fatuo,

lo mismito es el amor.

Los hombres muertos de deseo, las mujeres muertas de envidia, por querer ser Lola en las noches de Luna y seguir siendo buenas esposas y madres y mujeres decentes que se cubren para entrar a misa sin tener valor para dejar de serlo…


Malaya el corazón triste,

que en su fuego quiso arder.

Lo mismo que el fuego fatuo,

lo mismito es el querer.

Los cajones que siguen sonando, las guitarras llenando el aire, azahares dispuestos sobre las mesas para esparcir mil fragancias de Andalucía y todo se para a la vez cuando paran de sonar los tacones sobre la madera. Silencio. Luces que se encienden y entre las palmas que aplauden la sublime actuación de la trianera, entre ellos un hombre… la mira a los ojos y hace que sienta como si un cuchillo se hundiese despacio en su vientre.


O o O o O

- Lola, un zeñó mú elegante que pregunta por ti…

- Pues dile que se vaya, que no tengo nada que hablar con él…

………

- Que dize er zeñó que sí que tiés que hablar cosas con él … que no ze qué de una cosa que no ha terminao de decirte esta tarde en la judería…

-Que te he dicho que le digas que se vaya, que todo lo que teníamos que hablar está ya dicho, que se largue… humo ¿entiendes?

- Sí, ella sí, señorita, pero yo no. No entiendo porqué me dejó esta tarde con la palabra en la boca después de hablarme en ese tono tan poco adecuado para una mujer tan bella pero tan rebelde.

- ¡Juana! saca a este pintarrajo de aquí ¡ahora mismo!

- No puedo Coronela… - contestó Doña Juana mientras frotaba dos dedos indicándole con el gesto que la habían sobornado para permitirle la entrada hasta aquel lugar.

Y dicho esto, se dio la vuelta cerrando con la mirada muy baja la puerta del camerino.

- Pues estupendo, tendré que sacarle yo misma a taconazos…

Y cumpliendo la amenaza, con los ojos encendidos de ira, se echó mano a un zapato para arrojárselo a la cabeza. Sin embargo, el desconocido fue mucho más rápido que ella y paró en el aire la muñeca de la enfadada mujer y aprovechando el movimiento tiró de ella hasta sentarse en una silla y colocársela sobre sus rodillas.

En su vida, jamás… nunca, un hombre había tenido valor de ponerle una mano encima.

- Desalmado. Traidor, ¡!desgraciaó¡¡ … ¿pero con quien se ha creído que está tratando? Suélteme ahora mismo o le voy a …

- ¿A qué, señorita? a esto…

Y mientras la reprendía duramente por sus palabras y su altivez esa tarde, iba dejando caer unos azotes sobre las nalgas de la mujer que se agitaba como una culebra, casi imposible sujetar sus manos en la espalda y retenerla con mucho oficio que demostraba que no era la primera vez que ponía una mujer en semejante posición y Lola, gritando e imprecando cada vez con menos convicción se fue dejando azotar con una vergüenza terrible que hería su orgullo.

Con Lola mucho más calmada, el desconocido se atrevió a subir su vestido hasta la cintura, dejando a la vista unas especie de polisón a la antigua usanza de aquellas tierras, rematado en encajes blancos que le llegaban algo más arriba de las rodillas. Sobre él, siguió dándole nalgadas cada vez más fuertes, más intensas y más seguidas, pero la trianera ya no se resistía a ellas, como tampoco se resistió cuando los dedos de aquel hombre se metieron entre el elástico de la cintura y bajaban aquella prenda hasta dejarla bajo la línea donde acababan aquellas hermosas nalgas ahora rojas, calientes y hermosas.

Sublime momento para él, en el que sintió su virilidad enhiesta pugnando por terminar con aquel castigo y hacerse un sitio entre el cuerpo de La Coronela, pero bien sabía que de hacerlo así, ella nunca llegaría a ser completamente suya y armándose de paciencia siguió azotándola sistemáticamente hasta sentirla deshecha de deseo. Curiosa reacción en una mujer que nunca había sido azotada antes.

Entonces y solo entonces, aflojó la presión con la que la mantenía sujeta y le ordenó apoyarse en la pared con las manos abiertas, el vestido caía por su peso tapando las hermosas nalgas y él decidió desabrocharlo y hablarle despacio, acercándose a su nuca, susurrándole al oído… explicándole que la iba a desnudar y a terminar de enseñarle a ser una mujer fuerte, pero educada. Y la desnudó despacio, urgido por la pasión que apenas conseguía refrenar alejándose de ella lo suficiente para verla jadear apoyada en la pared, desnuda, sinuosa, hermosa como nunca había visto otra, sacando intuitivamente las nalgas arqueando su espalda, esperando, deseando… intuyendo…

Mágico instante tantas veces soñado, entre todas las que había azotado, pues había cultivado siempre esa afición, ninguna como la Coronela y a punto de perecer de deseo, desmontó el elegante bastón que sujetaba en la mano y que le daba ese porte distinguido que a Lola se le había clavado en el fondo de su ser, para extraer de él una fina vara de bambú que hizo restallar en el aire mientras veía que el sonido hacía temblar a la mujer que le esperaba con el cuerpo y el alma entregados a su voluntad.

Hasta que por fin comenzó el final del ritual que había empezado esa tarde en el fuego de sus ojos, en el brillo de su pelo, en lo húmedo de los labios de esa mujer que cantaba bajo el arco de la Judería y que ahora concluía marcando unas suaves líneas rojas paralelas en las nalgas preparadas y deseosas de esa mujer salvaje que se le entregaba por completo hasta verla llorar arrepentida, calmada, serena… y abrazarla fuerte, apasionado y amarla hasta donde un hombre podía ser capaz de amar y supo, que pasara lo que pasara, ya nunca podría olvidar a La Coronela.