Autor: Cruzhada.
Ocho años de relación dan para mucho, fundamentalmente para conocer a la familia de tu pareja. Y si él es muy familiar, todavía más. Y así es Jorge, 16 años mayor que yo, maduro, encantador, responsable y muy familiar. ¿Quién nos iba a decir a nosotros que precisamente su sobrino favorito, el consentido de la familia, sería el motivo de mandar ocho años de relación al cuerno? Pues sí, eso es lo que ha pasado, y todo porque el niñito es irresponsable, vago, muy maleducado y demasiado caprichoso y consentido. Y claro, yo, como tía suya, tenía que enseñarle modales… pero Jorge no opinaba lo mismo y al final, en una bronca tremenda, terminó con nuestra relación.
Mario, así se llama el chico, llegó a casa para pasar las fiestas de Semana Santa. Tiene cinco años menos que yo, es decir, 22 añitos. Moreno, alto, guapo… lo tiene todo y todas las chicas que conoce suspiran por él, pero… a mí me tiene frita. No soporto a los niños malcriados y éste lo es, y mucho.
Cuando llegó, lo primero que hizo fue dejar su maleta en el rellano, esperando que su tío o yo la entráramos en la casita baja en la que vivimos, porque él tenía una urgencia. Bueno, hasta ahí parece normal la cosa. Si el chico tiene una urgencia…. Pero es que en cuanto llegó la hora de comer fue incapaz de poner la mesa; Jorge me ayudaba a poner los platos, los vasos, las servilletas… y el niñito estaba repantigado en el sofá, mano sobre mano, sin mover ni un dedo. Eso me puso muy nerviosa, pero por Jorge, que es muy sensible a las discusiones antes de comer, no quise decir nada. Me limité a poner la comida en la mesa y ya está. Y tuvimos una comida bastante tranquila. Claro, si no tenemos en cuenta que al terminar la comida había que fregar los platos y en casa había una norma: quien cocina no friega.
- Bueno, chicos, toca fregar los platos. ¿Te encargas tú, Mario? –al menos así tal vez movería un dedo.
- No puedo, he quedado con una chica que conocí esta mañana en el autobús para dar una vuelta.
- Tranquila, cielo, ya me encargo yo, que el chico acaba de llegar y está ocupadillo jejeje –Jorge, tan encantador como siempre, mimando al niño.
Me puse tan negra con ese comportamiento, tanto de Jorge como del niñato, que me fui a dar una vuelta y en el gimnasio me desahogué a gusto pegándole patadas al saco de arena; mi entrenador de kickboxing se quedó de piedra y ni se atrevió a dirigirme la palabra.
Cuando volví a casa, pasé por la habitación de Mario, para ver si necesitaba algo, pero lo que vi me dejó perpleja y más furiosa que antes: el cuarto estaba deshecho, la cama destrozada, toda su ropa desperdigada por ahí…. Me alejé cuanto antes, porque no quería toparme con él, puesto que le hubiera puesto firme pero ya. Eso sí, tomé nota mental de arreglar ese asunto en cuanto pudiera.
Esa misma noche, mientras esperábamos para cenar, sin que Mario hubiera llegado aún, Jorge me sermoneó acerca de la forma que había tenido de tratar a su sobrino favorito en la comida.
- Marina, no me gusta que trates a mi sobrino de esa manera. Él es un chico muy sensible y no está bien que le hagas fregar los platos el primer día que está aquí. Es un invitado, mujer. Deberías aprender a ser más cortés.
- Jorge, tu sobrino ya tiene edad para empezar a colaborar en las tareas de la casa. Le tenéis demasiado consentido y así jamás sabrá siquiera freír un huevo. No era demasiado pedir que te ayudara a poner la mesa, ¿no? Si tú puedes, él también tiene dos manitas.
- Marina, se acabó la discusión. Mario ha sido educado de otra forma. No hay más que hablar. Sólo aprende a convivir pacíficamente con él, ¿de cuerdo?
- Eso por no hablar de cómo tiene el cuarto, que parece una cochiquera y sólo hace unas horas que está aquí…
- Mira, cariño, sé que tienes algo de razón, que no está bien que sea tan desordenado, pero seguro que es porque acaba de llegar. Dale unos días de plazo y verás cómo se sitúa mejor, ¿vale?
Al final me tuve que rendir, quiero a Jorge y no quiero por nada del mundo que esté tenso, que lo pasa muy mal. Y al fin y al cabo, seguro que tendría oportunidad de arreglar las cosas con Mario. Así que seguimos esperando para cenar, hasta que le convencí, a las 23.30 h., de que ya era hora de que cenáramos nosotros, que seguro que Mario ya habría cenado fuera y se habría olvidado de llamar, con eso de que aún no estaba muy centrado por el largo viaje en autobús. Pero yo por dentro hervía de indignación. ¿Quién se creía que era el niñato ése para tratarnos así? ¡Si uno no viene a cenar, llama, por lo menos!
Aquella noche Jorge se fue a dormir pronto, pues a las cinco de la mañana se levanta para entrar a trabajar a las seis. Y curiosamente era mi día libre, así que me podía quedar más tiempo en la cama, pero le hice el desayuno y me volví a la habitación. A las seis y diez sonó el timbre… ¡Mario, que volvía de su fiestecita nocturna! Venía algo ebrio y entró alborotando, con una total carencia de respeto por todo y por todos. ¡Eso ya era demasiado! Esta vez no se lo pensaba consentir.
Tal y como entró por la puerta y antes de que se fuera a su cuarto a dormir, le enganché de la oreja y le llevé al salón. ¡Me iba a escuchar ese chiquillo!
- Aaaayyy Tía, que me duele.
- ¡Cállate! Ven conmigo y escúchame con atención porque no pienso repetirlo. Es la última vez que vienes a las tantas, sin haber avisado de que no vendrás a cenar y demostrando tan poco respeto por las normas de esta casa, ¿queda claro? –todo esto sin soltarle de la oreja, claro.
- Tía, esto duele. ¿Me vas a soltar ya o quieres que se lo diga a Jorge? Seguro que no le gusta enterarse de cómo me tratas.
En camisón de satén, tapada con una bata larga de satén a juego, toda despeinada y cabreadísima, me senté en el sofá, sin soltarle la oreja a ese mequetrefe, y le hice arrodillarse delante de mí. ¡Encima me amenazaba!
- A ver, niñato. Primero, a mí no me amenazas. Segundo, desde que has llegado has estado comportándote como un auténtico estúpido y maleducado, cosa que en mi casa no tolero. Y tercero… vas a probar algo que te ganaste desde hace muchos años y que nadie te dio a tiempo.
Llevaba mis zapatillas de andar por casa, unas chinelas de esas rojas con un pompón la mar de mono en el empeine, así que mientras le decía lo que llevaba tantas horas callándome, me descalcé el pie izquierdo con un leve empujón del pie hacia adelante, de forma que la zapatilla salió sola. La cogí y, armada con ella, le seguí sermoneando.
- Tienes la habitación hecha una cochiquera, lo que me parece vergonzoso para un chico de tu edad. Sólo tengo 5 años más que tú, pero te estás comportando como un crío… y así te voy a tratar. ¿Y sabes cómo se corrige a los críos? Poniéndoles el culo rojo a base de zapatilla.
- No te atreverás. Se lo diré a Jorge. No puedes hacer eso.
- No te confundas, chato. Estoy en mi casa y puedo hacer lo que quiera. Y te lo has ganado con creces. Y ahora, si no quieres que sea aún peor, te sugiero que te levantes, te bajes los pantalones esos de marca pija que me llevas, te coloques sobre mis rodillas y aceptes el castigo como el hombre que dices que eres. ¿O prefieres que el castigo sea a base de cinto? Te advierto que puedo ir al armario de Jorge y coger uno de los muchos que tiene allí. Y eso va a dolerte mucho más que esto. Tú mismo.
Esta vez fue obediente. Se quitó los pantalones y se colocó en mi regazo, como le había dicho. Y comencé a zurrarle de lo lindo con la chinela. Los azotes resonaban en toda la casa, fuertes, rítmicos, bien dirigidos… poniendo su trasero al rojo vivo. Y, en cuento me harté, a eso de los 50 azotes más o menos, simplemente procedí a bajarle los calzoncillos, también de marca pija (¿pero qué les pasa a los chicos ahora con esas estúpidas marquitas?), para proseguir con el castigo.
- No, por favor. No me quites la ropa –suplicaba el chiquillo, bastante dolorido ya.
- Llegas tarde. Además, los chicos maleducados e irrespetuosos se merecen ser castigados directamente en las nalgas desnudas, así que ¡a callar!
En rápidas series de diez, fui dejando su trasero bien colorado, mientras el chico gemía y se quejaba, pero sin atreverse a moverse de mi regazo. Le estaba dando fuerte, lo reconozco, pero es que me tenía frita ya: tan caradura y tan malcriado como era.
- ¿Estás aprendiendo algo, niñato maleducado?
- Sí, Marina, sí. Pero por favor, no sigas, ya he aprendido. Por favor, seré muy educado, no volveré a llegar tarde sin avisar, de veras, no me pegues más.
- Bien, creo que realmente estás entendiendo el asunto. Pero para asegurarme de que lo estás captando, tan listo como eres, vamos a hacer una cosa: los siguientes 100 los vas a contar en voz alta y en cuento termine de dártelos vas a darme las gracias por corregirte las faltas, ¿entendido?
Y así lo hice, aunque el pobre chico rompió a llorar abiertamente a los 25 zapatillazos. Como no soy de piedra pero le venía bien llorar un rato, bajé la intensidad un poco y seguí hasta completar los 100 azotes prometidos. Y terminados, me dio las gracias, como le había dicho. Estaba aprendiendo a ser obediente, no cabía duda.
- Espero que esto te sirva de lección y que de aquí en adelante tu comportamiento en estos días sea ejemplar: ayudando en la casa, recogiendo tu cuarto y comportándote como el chico de 22 años que eres. ¿De acuerdo?
- Sí, Marina… Siento mucho haberme comportado tan mal, de veras –me dijo secándose la lágrimas y frotándose las rojísimas nalgas.
- Está bien, ve a arreglar tu cuarto y espérame allí, que aún tenemos un asunto del que hablar tú y yo.
Me miró sin comprender, con los ojos enrojecidos por haber llorado, pero ni osó siquiera preguntarme. Fue obediente a cumplir con su tarea y a los veinte minutos, cuando pensé que ya le había dado tiempo para reflexionar sobre lo ocurrido, entré en la habitación, que estaba impecable. Esta vez ya me había dado tiempo a vestirme: vestido por encima de la rodilla de vuelo, el pelo semirrecogido y mis zapatos de tacón bajo. ¡Estaba guapa, la verdad!
En cuanto me vio llegar, pues tenía la puerta abierta, se secó las lágrimas (si al final no iba a resultar mal chico y todo) y miró al suelo, todo compungido. Le hice acercarse a mí y mirarme a los ojos. Y vi que tiene unos ojazos preciosos el niño, en fin. Y le comencé a decir que lo que había sucedido era por su bien, porque no podía ir por ahí comportándose como un niño cuando ya era un hombre, que tenía que comenzar a ser responsable y adulto porque ya tenía edad para ello. Y que si en su casa le hubieran marcado los límites, esto no habría tenido que hacerlo yo. El pobre guardó silencio, pero se le iban humedeciendo los ojos conforme yo le hablaba, en tono conciliador y tranquilo.
- Bueno, Mario. Hemos zanjado la cuestión de tus malos modales y de tu poco respeto, pero… ¿no crees que hay un tema muy grave pendiente que no hemos tratado y deberíamos resolver? –seguí con el tono suave… ¡qué diablos! El chico me empezaba a gustar… y mucho.
- Nnnno, no me suena nada, Marina –me decía avergonzado.
- Así que no te suena nada, ¿eh? Bueno, pues te refrescaré la memoria –me coloqué delante de la cama y levantando la pierna derecha me quité el zapatito de tacón bajo; lo blandí ante sus ojos mientras le hablaba con tono serio ahora- Mario, Mario, Mario… eso de amenazar a tu tía no está nada bien, ¿lo sabes?
- Marina, perdóname, no pensaba cuando te dije eso. No me zurres más, por favor. Te prometo ser un buen chico, de verdad –estaba asustado, se le notaba arrepentido, pero no podía dejarlo así.
- Mario, lo siento, pero es algo muy grave y no puedo dejarlo así. No estaría siendo justa contigo. Anda, sé buen chico y quítate los vaqueros de nuevo. Te pones a cuatro patas sobre la cama, ¿vale?
- Marina, por favor, no. Ya me duele mucho, por favor. No me des más. Por favor, Marina –me suplicaba el chiquillo.
- Obedece o será peor. Cuanto antes te sitúes, antes podremos arreglar esto y nunca más se volverá a hablar de ello, ¿de acuerdo?
-
Cumplió con lo que le había dicho y me limité a bajarle la ropa interior. Vi lo rojas que tenía las nalgas y pensé que el zapato sería demasiado para este pobre niño, así que decidí simplemente darle 4 palmadas bastante fuertes en cada nalga y dejarle allí, esperando, mientras, sin decirle nada, iba a cambiar mi calzado por unas zapatillas de ésas de suela amarilla, que seguro serían más soportables que el zapatito en cuestión.
Cuando regresé, me volví a descalzar, cómodamente levantando el pie derecho, y decidí cambiar la posición del castigo. Le dije que se levantara y colocando mi pie derecho sobre la cama, le hice colocarse sobre mi rodilla, de esa manera le tenía perfectamente al alcance de mi zapatilla. Y le comencé a castigar con la zapatilla, que hacía un sonido sordo al golpear su trasero. En series de seis azotes, no demasiado intensos dado el severo castigo que había recibido ya, le dejé claro que no toleraría amenazas nunca más. Lloraba como un niño, se me enternecía el alma al escucharle suplicarme, pero había decidido educarle y él no entendía otra forma. Con cuatro series de seis di por finalizada esa parte del castigo, pero no todo.
- Ve a la cama de nuevo, boca abajo, los brazos bajo tu barbilla y mirando hacia delante. Así te quedarás hasta que yo regrese y te diga que puedes moverte, ¿entendido?
Y una vez en esa posición le coloqué la zapatilla con la que había sido tan duramente castigado sobre sus maltrecho culito y le advertí que no permitiera que se cayera, o recibiría 30 azotes más y no tan suaves.
Le tuve así 10 minutos que se le hicieron eternos mientras yo leía un artículo muy interesante de la revista Quo. Y la zapatilla no se movió ni un milímetro, aunque de sus mejillas rodaba alguna lágrima que otra a la colcha de la cama. ¡Me daba una penita! ¡Si no hubiera sido tan niñato…!
Y entonces se desató el desastre: Jorge entró por la puerta del cuarto, viendo a su sobrino con el culo completamente rojo fosforito, a mí sentada en una silla leyendo tan ricamente, y mi zapatilla sobre el trasero de su sobrino favorito. Y ató cabos. Es muy listo, así que… es lógico que supiera qué era lo que había sucedido. Naturalmente no le gustó, me llamó desde el salón, furibundo: tuvimos una bronca monumental, en el salón, mientras Mario seguía castigado en su cuarto sin moverse, y al final me dijo que no podía seguir con alguien como yo, que la relación se acababa ahí y ahora. Y recogió sus cosas y se fue.
Cuando fui a mi habitación, llorando por haber perdido a Jorge, pasé por delante del cuarto de Mario y le vi aún allí, inmóvil, con mi zapatilla encima. Le dije que podía levantarse y marcharse, que su tío y yo habíamos terminado y que lamentaba mucho lo sucedido. Me abrazó, me miró a los ojos y me dijo que él no lamentaba nada, que se lo había merecido y se alegraba de que yo le hubiera castigado de esa forma; me dijo que me había querido en secreto desde que Jorge me llevó a casa de sus padres a comer y que, si yo le quería, me prometía ser buen chico siempre, excepto alguna pequeña falta que yo debería corregir con mi zapatilla. Y nos besamos, larga y dulcemente.
Y así estamos ahora: Mario castigado en mi cuarto, pensando en sus faltas, y yo preparando mi zapatilla para castigar ese culo tan apetecible. Ah, y ya no usa vaqueros de marca.

Vaya!
Es la primera vez que leo vuestro blog
Y debo confesar que me ha gustado mucho jejeje
Mario se lo tenía merecido... pero Marina fué demasiado brusca
Nos leemos
~Eva~
Con semejante educadora... seguramente Mario aprendió muy bien como debía comportarse a partir de ese momento.... y no hacen falta vaqueros de marca para que acaben en las rodillas ¿verdad?
Muy bueno, como siempre,
Este amiga es muy novedoso, me he echo reir mucho el final, creo que el castigo fue mucho pero valio la pena, pero y Jorge?????? que rapido se ha conformado Marina, jajajajajaj
muy bueno.
Es muy bueno deberían castigarse así todas las faltas pero el color del culo debería ser rojo totalmente para que la cometio la falta chico/a no se pueda sentar en mucho tiempo y recuerde porque lo tiene así.
explendido el relato, ya me gustaria a mi estar en las rodillas de marina un ratito para poder cobrar
la verdad es q es un poco duro pero me ha encantadooo jajja a mi me gustaria q me lo hicierann en srio me poneee eso de q me den azotes en mi traseroo mm q ricooo