Autor: Omega.

A Selene.

Llevaba muchos años trabajando con él. De hecho, ya estaba allí diez años atrás, cuando su padre dejó en sus manos la dirección de la pequeña empresa familiar. Siempre había sido una mujer muy eficiente en su trabajo. No recordaba ni una sola ocasión en la que ni su padre ni él hubieran tenido que llamarle la atención por un error en su trabajo.

Sin embargo en los dos últimos dos meses una serie de inexplicables errores y omisiones habían comprometido el prestigio que la empresa había ido ganando trabajosamente desde que su padre la fundara cincuenta años atrás. A pesar del evidente afecto que su padre sentía por aquella mujer, él como responsable de la empresa tenía que tomar cartas en el asunto.

El día anterior le había comunicado que a las 7 de la mañana del día siguiente quería hablar con ella de un asunto grave. La citaba intencionadamente tan pronto para que su conversación no fuera interrumpida. Ella apareció un poco más tarde de la hora convenida y tras saludarle de forma respetuosa, pese a la confianza que había entre ellos, se sentó al otro lado de la amplia mesa del despacho. Durante varios minutos él pormenorizó todos los detalles que habían puesto a la empresa en una posición delicada con sus mejores clientes, que incluso hacían peligrar varios puestos de trabajo en los escalafones más bajos.

Ella permanecía con la mirada baja, dirigida al suelo, como asintiendo ante los incontestables argumentos de su superior.

Tras unos diez minutos de monólogo, algo violento por el silencio de ella, le preguntó que si tenía alguna justificación que explicara el incomprensible cambio en su actitud. Ella sin levantar la vista del suelo movió la cabeza de un lado a otro y dejo escapar un casi inaudible “no señor”. A él le apareció una actitud excesivamente ritual, ya que nunca se había dirigido a él en esos términos. Tampoco se tuteaban, pero aquella actitud excesivamente sumisa no dejó de sorprenderlo.

Visiblemente nervioso, se puso de pie y comenzó a andar lentamente de un extremo a otro del amplio despacho enrollando y desenrollando los papeles que había estado utilizando, en una maniobra que claramente anunciaba su tensión interior. Sin pensarlo más le anunció su decisión: se veía obligado a tomar medidas disciplinarias que él sabía que constituían una especie de escarmiento, ya que el daño estaba ya hecho. En realidad sentía su orgullo herido por haber quedado mal frente a sus empleados y frente a algunos clientes. Así que le anunció que debía suspenderla de empleo y sueldo durante tres meses.

En ese momento, ella, que apenas había levantado la vista del suelo y mucho menos había osado dirigir su mirada a la de él, giró la cabeza y comenzó a dar las explicaciones que antes había callado, mirándole ahora a los ojos en una actitud estudiada de constricción y arrepentimiento.

Le contó entre suspiros que había conocido a un hombre mucho más joven que ella, que se había enamorado perdidamente y que la tempestad de dudas e incertidumbres que esta situación había provocado en su interior había apartado su mente de sus obligaciones laborales. Siguió confesándole que ese hombre tenía serios problemas con las mafias centroamericanas del tráfico de estupefacientes y que debía bastante dinero. Ella tenía un buen sueldo y necesitaba ayudarle, por lo que esa sanción que pensaba imponerle podía tener una repercusión muy grave en sus relaciones con ese hombre.

Sorprendido de aquella confesión en alguien a la que había contemplado siempre como carente de cualquier atractivo, quedó confuso y tardó unos segundos en reaccionar. Empujado por una extraña fuerza que ni el mismo podía explicar pronunció unas palabras que le parecieron no proceder de su garganta y de las que inmediatamente se arrepintió. “En ese caso ¿quizá debería ser usted castigada de otra manera?” Aquello, sin saber por qué le sonó como si la hubiera propuesto un castigo físico y le hizo ruborizar ligeramente. Ella, que parecía haber buscado llegar a ese punto no dejó escapar la ocasión que le había puesto él en bandeja para eludir la grave sanción económica y respondió, tratando de que sus palabras reflejasen el más absoluto de los arrepentimientos: “Si señor, creo que para empezar me merezco unos buenos azotes”.

Nada más oír esas palabras él notó que una extraña sensación de calor le subía desde los pies hasta la cabeza y tuvo la impresión de que su turbación se haría visible a través de su piel en forma de un rubor que le delataría sin remedio. Nunca había azotado a una mujer, pero desde su adolescencia había imaginado situaciones similares a las que ahora estaba viviendo y en más de una ocasión había sentido una gran excitación cuando su imaginación le llevaba a ese punto. Haciendo un esfuerzo por no parecer que estaba complacido por la situación contestó: “no me gusta, pero ya que es usted quien lo propone…”

Se dirigió a la puerta y giró el pestillo para cerrarla, a pesar de que a esa hora todavía no había llegado ninguno de los empleados. Mientras recorría muy lentamente los escasos cuatro metros que la separaban de ella, ya de pie junto a la silla que le había servido como banquillo de acusada, pensaba de qué modo iba a abordar aquella situación tan nueva para él. No tuvo tiempo de seguir pensando más. Ella comenzó a desabrochar su vestido, austero y de un color gris oscuro, con el que parecía una institutriz del siglo pasado.

Aunque estaba todavía a más de dos metros de ella, paró súbitamente como si aquella maniobra le estuviera avisando de que debía mantener una cierta distancia para observar el espectáculo que comenzaba. Ella, una vez llegó al último botón dejo deslizar suavemente el vestido hacia abajo hasta depositarlo a sus pies. Lo que ahora se ofrecía a sus ojos no tenia nada que ver con la sobriedad que hasta ahora la cubría. Toda una galería de prendas exquisitamente femeninas y cuidadosamente combinadas seguían cubriendo su cuerpo, pero ¡de qué manera tan distinta!

Las delicadas medias de color negro no demasiado intenso hasta la mitad del muslo sustentadas con las presillas de un liguero del mismo color y ribeteado de finos encajes de puntilla, un corpiño sin tirantes que hacía resaltar sus más bien pequeños pechos y acentuaban su talle de avispa. Y en el cuello una fina gargantilla de oro con una pequeña argolla que parecía invitar a colocar allí una cadenita que permitiese el completo control de sus movimientos.

Sin duda aquella mujer sabía muy bien a lo que iba esa mañana a su oficina y había desplegado la más completa batería de armas de seducción de las que su imaginación era capaz.

Él había quedado paralizado contemplando la metamorfosis que en sólo un segundo había experimentado aquella mujer. De oruga gris había pasado a la más espectacular de las mariposas. Pero algo faltaba, aunque no sabía decir exactamente que era. Ella no prolongó demasiado la exhibición.

Tras estar segura de que él había tenido tiempo de evaluar la magnitud del cambio se volvió hacia la mesa y cuidadosamente recogió los papeles dispersos en ella, los reunió en dos perfectamente ordenados montones y los colocó en la parte lateral. A continuación se inclinó hacia delante y recostó todo cuerpo en la mesa mientras de manera decidida pronunciaba unas invitadoras palabras: “cuando usted quiera señor”.

Todavía semiparalizado a dos metros de ella dudó de lo que hacer.

¿Debía azotarla con la mano o sería éste un castigo demasiado infantil para alguien que había cometido una falta tan grave? Recordó que en un cajón de su mesa tenía una regla de metal que su padre gustaba de utilizar al confeccionar los gráficos de balance de la empresa cuando los ordenadores eran, según el diccionario “los miembros de una organización atlética encargada de sortear la posición de los corredores y los equipos en la línea de salida”. Ese instrumento tenía la contundencia de la más rígida de las palmetas de madera y a la vez la flexibilidad de un cinto de cuero. La agitó dos veces en el aire, como hacía con sus palos de golf antes de dar el golpe; se sintió complacido por ese zumbido amenazador y pensó qué sensaciones de temor podía estar causando en ella.

Golpeó cadenciosamente, tratando de medir su fuerza. No quería ser demasiado duro, pero tampoco que aquello fuera una azotaina de colegio .Fue alternando tres o cuatro golpes en cada una de las nalgas, todavía cubiertas por las bragas negras a juego con las medias y el liguero. Siguió así durante unos minutos, mientras la mujer se mantenía estable en su posición, las piernas rectas, y sin que se oyera un murmullo. Casi sin que él mismo lo percibiera fue incrementando el ritmo y la fuerza de los azotes hasta que empezó a notar que ella arqueaba ligeramente las piernas tras cada golpe a la vez que dejaba escapar unos gemidos que delataban el dolor, que seguramente empezaba a ser más intenso. Continuó no obstante la ceremonia observando atentamente las reacciones de la mujer.

Habían pasado cuatro o cinco minutos cuando empezó a notar en ella unas ligeras convulsiones en la cabeza sincronizadas con unos débiles sollozos, que sin embargo eran perfectamente audibles por sus oídos esforzados en no perder esas señales. Se detuvo y la ordenó levantarse. Unas lágrimas corrían por las mejillas de ella y la humedad que habían provocado en sus ojos les daba un brillo que él no había observado nunca, no sólo en ella, sino en ninguna otra mujer.

Dudó si seguir. Ella notó esa duda y actuó rápidamente. Con una maniobra hábil y seductora a la vez bajó sus bragas hasta las rodillas y volvió a adoptar la postura en la que ya había sido castigada. El espectáculo que entonces se ofrecía ante él le pareció inenarrable. La regla había dibujado sobre la piel dos círculos casi perfectos con unos límites netos, bien definidos por el color rojo brillante de la piel inflamada y el tono blanquísimo de su piel. Eran como dos semáforos en rojo, pero que no le conminaban a detenerse sino todo lo contrario, a continuar sin ningún tipo de inhibición.

Se sentía tan excitado que tuvo que contenerse para no empuñar de nuevo la regla y seguir incluso con más fuerza de la que había utilizado. Se contuvo, pensó que el castigo había sido suficiente y además pensó que la palma de la mano le daría la ocasión de experimentar la sensualidad de sentir el contacto con su piel a cada nuevo azote. Continuó durante un rato que a él le pareció tan breve como un suspiro porque hubiera querido permanecer allí, en aquel paraíso que él mismo había creado, durante todo el tiempo que los paraísos merecen ser disfrutados.

Ella seguía lloriqueando mimosamente, haciendo ademanes entre el dolor y el placer a cada nuevo golpe, pero evidentemente había mucho de fingido ahora en los gestos de la mujer, ya que él estaba ya vencido por un sentimiento entre la culpa y la protección que le pedían cada vez con más fuerza acariciar, besar la piel de aquella mujer para mitigar el dolor que su fuerza había provocado.

Pensó que ella nunca le había atraído físicamente. De hecho su ideal de mujer era muy distinto. Le gustaban las mujeres voluptuosas de grandes pechos y caderas amplias, casi rubenescas. Sin embargo, ahora, todavía entre los sollozos que él había provocado y en aquella posición, que le invitaba a desahogar toda la tensión sexual que había acumulado durante la azotaina, le pareció la mujer más bella y más sensual del mundo. Se acercó, la acarició el cuello y la espalda, luego más abajo, como queriendo apagar el fuego que había encendido en sus nalgas. Se sintió tentado a seguir la caricia más hacia abajo y penetrar entre ellas, pero no se atrevió. Levantó su pelo para descubrir su cuello y le dio un beso en la nuca. Hemos terminado le dijo. “Asumiré yo la responsabilidad de lo que ha sucedido”.