Sabía que el día había llegado. Sería un día especial, tantas veces imaginado, muchas veces soñado.
Desde que se habían conocido, unos meses atrás, todo había surgido a una velocidad muy superior a la que estaba acostumbrado. Se habían conocido por casualidad, fruto del azar y él todavía se sorprendía de lo mucho que habían llegado a compartir en estos pocos meses. Se había preguntado infinidad de veces como era posible pero había dejado de hacerlo: ya no importaba cómo ni porqué el caso es que compartían juntos muchísimas más cosas de las qué el hubiese soñado, que sentía algo especial por esa muchacha morena, bajita, de ojos negros. Por fin había llegado el momento.
Se preparó despacio con tiempo, tratando de contener un nerviosismo creciente, por fin iba a tener la oportunidad, creía, de hacer realidad sus anhelos, sus deseos más íntimos e inconfesables pero que sí se los había confesado a ella.
Después de comprobar en el espejo una vez más su imagen salió a la calle, decidido, sabiendo que había llegado el momento y nada se interpondría esta vez entre ambos.
La reconoció en cuanto la vio en la cafetería en la que habían quedado; sus miradas se cruzaron y ambos sonrieron, el se acercó con un suspiro de alivio. Se saludaron con un par de besos y ella le susurró al oído: “no he sido del todo buena”- él sonrió y le invitó a sentarse: “ya hablaremos de eso, ahora cuéntame que tal el viaje”.
Estuvieron charlando toda la tarde como dos buenos amigos, contándose cara a cara por fin todas aquellas cosas que no habían podido decirse hasta ese momento.
El la invitó a cenar, la cena fue excelente ambos se rieron mucho y el miedo y la angustia que había sentido ante ese encuentro tan esperado se disipó, parecía que se conociesen de toda la vida. Después de cenar pasearon por la ciudad, era una agradable noche de verano, no podían cogerse de la mano, ambos sabían porqué, sin embargo ella le apretaba el brazo de vez en cuando y él sonreía.
Entraron en la casa, ella había bebido un poco más de lo habitual, estaba lejos de estar borracha, pero se encontraba en ese estado en el que la timidez y la inseguridad van desapareciendo ayudadas por el alcohol. Ella no era una mujer tímida, al contrario, el efecto del alcohol, disipaba aún más esa timidez. Se acercó a él y apretándole la mano le susurró otra vez al oído: “No he sido una buena chica, ¿no vas a darme lo que merezco”?- Un brillo especial anidaba en sus profundos ojos negros cuando él la miró.
No dijo nada, la recostó boca a abajo en el sofá con chaisselonge que recientemente había adquirido, y se quedó contemplando largo rato el bello cuerpo de esa chica, admirando la curva de sus nalgas enfundadadas en un ajustado pantalón vaquero negro. Se deseo aumentaba por momentos, no podía dejar de mirarla sin embargo no se atrevía a tocarla. Ella levanto las nalgas hacia él en una muda invitación.
“Sí”-pensó él- “esta vez sí. Y comenzó a azotarla fuerte sobre las nalgas cubiertas por la tela vaquera, la mano restallaba sobre el pantalón una y otra vez. Ella no se quejaba, solo breves gemidos entrecortados escapan de sus labios de cuando en cuando.
Lentamente desabrochó los botones de su vaquero y le pidió que se lo sacase, ella obedeció la orden sin rechistar. Los azotes seguían cayendo y él notaba el calor de sus nalgas, sin embargo no paró.
Después de un rato en el que los azotes caían sin cesar sobre las nalgas de la chica, él se detuvo, acarició las nalgas de la mujer y le agradeció en su fuero interno que le hubiese permitido alcanzar su sueño. Ella dejó escapar un tenue gemido. El supo que no era el único que había deseado que ese instante llegase. Decidió continuar. Le pidió que se levantase se desnudase y le esperase Ella lo miró, interrogándole con la mirada, el no dijo nada y salió de la habitación.
Al cabo de unos instantes regresó, ella había cumplido la orden y le esperaba desnuda, el se acercó y le obligo a volverse, apoyándose en la pared, los brazos extendidos y las piernas separadas.
Se alejó unos pasos y ella reconoció enseguida el sonido de la fusta al cortar el aire, era el regalo que ella misma le había traído con una nota en la que le decía que esperaba hiciese un buen uso de ella.
El golpeó con la fusta las nalgas de la chica, a cada golpe ella en lugar de quejarse parecía pedir más, arqueando el cuerpo y suspirando. Fueron 10 golpes, el no quiso seguir, se acercó a ella y recorrió su cuerpo con sus besos, mientras lágrimas de dolor y placer surcaban los rostros de ambos. Ella se volvió y con una inmensa sonrisa le besó en los labios.

Aunque hace tiempo que no escribía ningún relato, Gandalf vuelve con éste sencillo y bonito momento, para muchos de nosotros, siempre el más esperado...
Grancias Gandalf, me encanta ver que sigues escribiendo cosas tan bonitas como éste relato. Besos.
Gracias Selene. Me alegra que te guste, se trata sólo de pensamientos y emociones que a veces, salen afuera y aparecen cosas como esta.
Un beso.
Gracias gandalf por amenizar con tu relato una noche calurosa andaluza, has conseguido que aumenten unos grados los termómetros
Muy Bueno Gandalf. Sencillo pero extremadamente excitante.
Doc
Gracias aprendiz; gracias Doc, me alegro de que os guste, espero que vosotros también os animéis.