De pronto una fusta, un objeto inesperado, infrecuente y sugestivo a la vez, puso en movimiento mis facultades para que una mujer ingresara a mi vida. Entrara, no de cualquier manera, sino invadiendo, ocupando todos los espacios de mi ser, anulando mi razón, captando mis emociones y sentimientos, forzando mi voluntad a actuar en una sola dirección con exclusión de cualquiera otra.

Para que quien lea esto, comprenda de manera cabal lo que deseo expresar, diré que la revelación que la fusta plasmó en mi mente era de una singularidad, de una rareza tan sugestiva como una perla perfecta:

Aquella mujer profesaba una desmedida pasión por los azotes, una llama secreta que ocultaba celosamente desde los albores mismos de su existencia. Esa pasión había impreso un rumbo definido a su personalidad, haciéndola feliz y desdichada a la vez… Hubo tiempos venturosos para ella, pero en la actualidad la dominaban una profunda angustia e impulsos suicidas que, cual siniestros cuervos, anidaban en su mente…Ese descubrimiento motorizaba la desenfrenada búsqueda a la que me había lanzado con todo el ímpetu de mi ser y debo confesarlo también: Una mujer tan definidamente apasionada por los azotes como aquella, era la contrafigura exacta de mi mismo, porque a mi también me consume la misma llama. Ella presentaba pues el perfil que había buscado sin éxito en todas las mujeres a lo largo de mi existencia…

Por esa razón me urgía encontrarla, porque la visión de la fusta encerraba además, aunque de manera difusa inquietantes indicios fúnebres, cuyo alcance y significado mis sentidos no habían conseguido desentrañar. Una sola frase que leí en alguna oportunidad, definirá con precisión el estado con que pasé el resto de la tarde y la noche: “Los inseguros y los culpables no pueden soportar pausas prolongadas.” Yo me sentía inseguro, no de la autenticidad de mis percepciones, sino de mi actuación; no me sentía culpable, sin embargo no podía evitar un regusto amargo ante la sensación de encontrarme todavía con las manos vacías. La lluvia no resulta lo más apropiado para mejorar el estado de ánimo de las personas, no al menos el mío. Aunque en ocasiones me agrada caminar bajo una fina y persistente llovizna otoñal, en cambio la lluvia que se descolgaba a raudales sobre Buenos Aires desde las primeras horas de la mañana me resultaba un verdadero fastidio.

No podía esperar a que amainara, de manera que enfundado en un impermeable, paraguas en ristre, con decisión digna de Sir Galahad, me lancé a la calle. Después de haber dudado acerca de la conveniencia o no de llevarla conmigo, opté por envolverla y cargar también con la dichosa fusta, que podía servirme en todo caso como prueba o carta de presentación, si Ángel Vega se mostraba reticente.

Tuve que esperarlo. Apareció al rato y, con los modales propios de los porteros, obligados por su oficio a ser corteses y desconfiados al mismo tiempo, me preguntó qué deseaba. No bien lo informé que venía de parte de Néstor Salvatierra de San Telmo, afloró en él, el ser humano. Se excusó diciendo que en ese momento no podía atenderme porque no le era posible abandonar el edificio hasta después de las once que llegaría uno de sus ayudantes; me sugirió que regresara más tarde cuando pudiera atenderme en la vivienda que ocupaba en la planta baja.

Como deseaba hablar con él en un sitio neutral apropiado para manejarme con más soltura, aceptó mi propuesta de encontrarnos en el “Bremen”.Al Bremen lo elegí por su proximidad: se encuentra a la salida de una galería sobre la Avenida Rivadavia, pero también porque es el café que solía frecuentar en una época no lejana cuando cortejaba a una muchacha que residía en Avenida La Plata a metros de allí. Nos refugiábamos en aquel salón por la atmósfera de intimidad que ofrecía a sus clientes. Antes de entrar compré el diario en el kiosco de la esquina de Río de Janeiro. Vega recién apareció cuando había leído hasta la página de avisos fúnebres, en cuyo transcurso consumí dos cafés y una gran dosis de paciencia.

Pidió café y ante mi insistencia aceptó acompañarme con un coñac.Para abrir el fuego comencé hablándole que Salvatierra me había dicho que lo apreciaba mucho y lo tenía como uno de los mejores proveedores del negocio. Vega, sonrió y me preguntó si no me molestaba que fumara. Le dije que no.

Después de encender el cigarrillo, dijo:

-Usted no se imagina la cantidad de cosas que se juntan, figúrese que ese edificio, tiene más de ciento sesenta departamentos y yo van a hacer siete años que estoy ahí. Es increíble lo que la gente tira… Tiran de todo especialmente las mujeres y no hablo de porquerías, ni de los diarios y las revistas viejas, no cosas que están buenas, carteras, zapatos, ropas, juguetes… Qué sé yo… Y todo eso tiene valor.

Yo asentía demostrando el mayor interés en lo que decía. Cuando se detuvo para animarlo a seguir, dije:

-¡Pero qué interesante Vega! Nunca me hubiera imaginado lo que usted me cuenta. Así que usted vive recogiendo esas cosas para llevárselas después a Néstor…

-No solamente allá, hay cosas que van para otro lado, porque eso no es nada cuando hay mudanzas la gente deja un montón de cosas, aparatos descompuestos, cuadros, linternas, extinguidores, herramientas… y cualquier cantidad de cosas raras, vea, jaulas vacías, hasta bichos embalsamados dejan… y está también lo que abandonan en la baulera. Cuando dejan un departamento la administración me hace vaciar la baulera y guardar las cosas en el sótano, si pasan dos meses y no las vienen a retirar, tengo orden de despacharlas, si no calcule me llenarían el sótano enseguida…

Apuró su coñac. Le ofrecí otro, pero se rehusó aduciendo que no podía demorarse mucho más. Entonces fui directamente al grano.

-Vega, a Néstor le compré anteayer una fusta y él me dijo que usted la había llevado… Me miró sorprendido, detecté una sombra de alarma en su mirada. Para tranquilizarlo, agregué: -Lo que me interesa saber es quién la fabricó porque está muy bien hecha y yo quisiera darle para arreglar unas cosas de cuero, ya casi no quedan talabarteros en Buenos Aires… Mire la traje para que usted la vea por si no la recuerda…

-¡Claro que me acuerdo! Exclamó sonriendo no hace falta que me la muestre. esa fusta era de la señorita Estévez que dejó el departamento hará dos meses más o menos… No, déjeme pensar, se alquiló el mes pasado y yo lo pinté así que no hace dos meses todavía…

-Estévez… Me suena. –Mentí-.

-Sí, Gabriela Estévez. Ella la dejó cuando se fue. Estaba metida en una caja con un montón de papeles y cachivaches… Todo esto es para tirar me dijo cuando me entregó las llaves…

-Usted, ¿no sabe dónde la habrá comprado esa señorita?... A lo mejor por acá por el barrio…

Movió la cabeza de un lado a otro. -No tengo idea, don. Respondió.

-Tendré que ver a la dueña anterior entonces, dígame Vega ¿sabe usted dónde puedo encontrarla?

Volvió a mover la cabeza negativamente. –No, no dejó dirección ni nada, nunca volvió, vino otra persona a buscar los recibos y la correspondencia. Yo sé que ella era profesora de algo en un colegio pero no sé tampoco dónde.

-¿Y en la administración? Pregunté tratando de disimular mi ansiedad.

-No don, no creo porque el contrato de alquiler no estaba a nombre de ella, y las expensas venían a nombre del propietario.

-¿Tenía ella algunas personas amigas en el edificio a las que pueda haberles dejado la dirección?...

Se rascó la cabeza. –Mire, no se trataba con nadie, era muy educada, saludaba a todos los vecinos del piso si, pero no creo que tuviera amistad con ninguno… Hizo una pausa. -¡Espere! Sí, creo que se visitaba con una chica del cuarto piso que es profesora como ella, a veces volvían juntas…

-¿Esa persona vive todavía en el edificio?

-Si, claro está con los padres y ellos son los propietarios del departamento.

-¿No podría preguntarle usted si conoce la dirección de la señorita Estévez? Me haría un enorme favor.

Pensó un momento y luego, dijo: -Me parece que sí.

Saqué entonces de la billetera una tarjeta y un billete; se los extendí, diciendo: -Aquí tiene Vega, ahí está mi teléfono cuando averigüe la dirección haga el favor de llamarme.

Hizo un gesto como para rechazar el dinero que le ofrecía, pero ante mi insistencialo tomó y sonriéndome dijo: -Bueno, gracias, don. Hoy seguro que la veo y lo llamo. Se despidió con un hasta pronto. Bueno la mujer buscada tenía ahora nombre y apellido: Gabriela Estévez. Sólo me quedaba esperar que Vega me llamara… Si me llamaba... Pero alrededor de las seis de la tarde sonó el teléfono. Era Vega.

-Mire don, estuve con la chica Ruiz y me dijo que ella tampoco tenía la dirección ni el teléfono, que lo único que sabía era que se había ido a vivir de vuelta con los padres que están en Adrogué y me dijo también que había renunciado al colegio…

Le agradecí prometiéndole pasar alguno de estos días a verlo y corté.

Gabriela Estévez, Adrogué. Esas tres palabras condensaban toda la información que había podido conseguir. No me aparté del teléfono, solamente me incliné para sacar el primer tomo de la Guía Telefónica de Buenos Aires y Alrededores, que contiene la nómina de abonados cuyo apellido comienza con la letra E. Busqué el encabezamiento EST. y recorrí toda la columna de apellidos Estévez, no encontré ninguno en Adrogué.

Advertí que me encontraba recién en la entrada de un laberinto, para llegar a Gabriela, -comenzaba ya a llamarla por su nombre-, tenía muchísimos vericuetos por delante y yo necesitaba imperiosamente cortar camino…

El subconsciente demostró una vez más ser mi más eficiente colaborador, mientras yo dormía arropado con un par de whiskies encima, una parte de mi cerebro continuó trabajando.

Desperté con el problema resuelto. Lo único que debía hacer era contratar una investigación por medio de una agencia de detectives. De modo que me desayuné con las páginas amarillas al lado. Nunca me imaginé que existieran tantas empresas agrupadas en el rubro “Investigaciones”.

Resolví que decidiera el azar, aunque después la elección recayó en una que escogí por dos razones, porque me atrajo la expresión: “Informes Confidenciales” y por su proximidad con Tribunales, que me llevó a pensar que compartirían clientes con muchos abogados y éstos se supone que saben a quienes contratan.

Concerté la entrevista por teléfono tal como indicaba el aviso y de acuerdo a lo convenido a las 11 horas me presenté en la oficina donde me atendió una señorita peinada, arreglada y vestida con discreción, quien haciendo honor a su aspecto sin preámbulos me invitó a sentarme tendiéndome un papel para que lo leyera.

Se trataba de un instructivo claro, conciso y concluyente donde se enunciaban las tareas que cumplía la empresa, las condiciones generales y particulares de cada una, también mis obligaciones en caso de contratar alguno de los servicios. Obligaciones que iban más allá del compromiso de pago de los honorarios sino que además debía mantener la confidencialidad de la fuente y no emplear la información para perjudicar a terceros más otros ítems parecidos.

Lo leí y se lo devolví.

Sin dedicarme la menor sonrisa me preguntó si había entendido el texto que acababa de leer o, en caso contrario, que le preguntara a ella lo que no había comprendido.

Respondí que lo había entendido todo perfectamente. Entonces me pidió que le dijera qué clase de servicios iba a contratar.

–Información confidencial sobre una persona. Dije.

Me adelantó el costo de los honorarios y la forma de pago, cuando lo acepté me extendió dos formularios impresos, solicitándome que los rellenara con letra de imprenta. El primero era un interrogatorio detallado sobre mis datos personales. Los completé bajo la impresión de ser yo el investigado.

Ese lugar no tenía ningún parecido con las imágenes de las oficinas de detectives que muestran el cine y la televisión, mucho menos con las que describen las novelas policiales, era un austero despacho gris de paredes desnudas amueblado con un moderno escritorio en L que tenía una computadora de última generación equipada con todos los accesorios en uno de los lados y en el frente solamente una lámpara y el cartelito de prohibido fumar.

Para terminar de completar el segundo formulario tuve que pedirle algunas aclaraciones.

-Tache la parte de los informes comerciales y bancarios ya que no le interesan. Me dijo.

Cuando se lo tendí después de leerlo detenidamente me lo devolvió diciendo:

-Fírmelo, por favor.

Así hice y volví a entregárselo, junto con la tarjeta de crédito como me había pedido.

-Se incluye un adicional por las fotografías, me advirtió. El casillero correspondiente yo lo había marcado con una cruz. Asentí con la cabeza.

Pasó la tarjeta por la máquina, emitió los cupones que firmé. Y mientras lo hacía me dijo que el informe lo tendría en mi poder aproximadamente en una semana y me llegaría en un CD por intermedio de un correo privado.

Así terminó la entrevista. Guardé la tarjeta de crédito y la copia del contrato firmado por ella cuyo sello me permitió saber que María Esther era su nombre y que tenía el carácter de “firma autorizada”. Bajé a la calle sin saber a quién había contratado para que se ocupara de la investigación sobre Gabriela Estévez, si a Mike Hammer, Sherlock Holmes, Hércules Poirot o Philip Marlowe. Esperar una semana no resultaría fácil para mi. Creo que en el ascensor me arrepentí de haber confiado en los servicios de esa empresa, yo esperaba que mi don perceptivo me ayudara, pero no pude advertir nada en la mente de mi interlocutora que me alertara sobre la búsqueda, si resultaría sencilla o complicada, si daría o no resultados. Nada de nada. En ese momento pensé que mis facultades se habían desvanecido.

No tenía nada más que hacer esa mañana, como estaba en la zona de Tribunales decidí pasar por el estudio de un viejo compañero de colegio, de modo que doblé en Uruguay, crucé Lavalle y entré en el viejo edificio de oficinas donde los Elizondo y Asociados tenían el cuartel general fundado en los años cuarenta por el viejo Rafael y que a la fecha continuaban sus dos hijos, un yerno y un par de abogados jovencitos.

Entré a esas viejas oficinas con olor a madera, cuero y papel viejo, pedí a la recepcionista que me anunciara y, sin aguardar invitación, ocupé uno de los vetustos sillones donde depositaron los traseros y sus problemas varias generaciones de compatriotas.

Arturo no me hizo esperar demasiado. Campechano como siempre desde la puerta de su escritorio me llamó con su vozarrón, el mismo que emplea para impresionar a sus clientes.

-¡Bienvenido “¡Maestro insigne”! ¡Adelante! – Exclamó endosándome como de costumbre algún título absurdo, en otras oportunidades me había llamado: “Profesor Emérito” “Señor Vizconde” y también “Embajador”. Mientras nos estrechábamos en un abrazo, por encima de mi hombro ordenó a la recepcionista que trajera café.

Después de los inevitables comentarios acerca de amigos e intereses comunes, de intercambiar chismes y evocar episodios más o menos decentes, le comenté, -lo que podía decirle modificando sustancialmente los pormenores-, que había contratado una agencia de investigaciones para pedir informes confidenciales sobre una dama y quería saber si él tenía referencias acerca de esa empresa y de su solvencia profesional.

Debí suponer que ese veterano rugbier iba a tomarlo un poco a la chacota.

-Así que estás por casarte y querés asegurarte que la ninfa es virgen todavía y que no habrá un horizonte de cuernos en tu futuro… ¿No es así, mala persona?

-Bueno algo así. –Respondí, siguiéndole la corriente. –Ya te va a llegar la participación de la boda… Pero ahora, Pachacho, (ese era el apodo que tenía en la escuela, lo conocíamos unos pocos y yo sabía que le fastidiaba que se lo recordáramos), contestame la pregunta. ¿Los conocés, qué referencias me podés dar?

-Mirá Aprendiz de Brujo, los conozco, son serios, trabajan bien y cobran mejor, por ese lado no tengo nada que decir. ¿Qué te hace sospechar de ellos? Porque como vos sos nigromante algún recelo tenés o los astros te mandaron algún aviso…

Entonces le respondí que no tenía nada, le describí cómo me había atendido la tal María Esther, que resultaba llamativo las pocas preguntas que me había hecho, que no me había presentado a ninguno de los investigadores y todas esas cosas que se suponen forman parte del oficio detectivesco.

La carcajada que soltó sacudió los anaqueles llenos de libros y expedientes.

-Pero, ¿en qué siglo vivís Piñuflo? (él también recordaba mi mote colegial). Lo que pasa que vos ves muchas películas policiales, te informo que estamos en la era cibernética, de la informática, la robótica e internet…

-Si… claro, pero… Yo ni siquiera di el número de documento ni el domicilio de la persona… porque los ignoro.