La investidura.
Autor: Bilbo.
El ascensor disminuyó su velocidad. Se oyó el familiar sonido metálico y se detuvo en el piso al que iban. Momentos antes él la había tomado por el antebrazo, solo unos centímetros por encima del codo. Cuando se abrió la puerta la condujo fuera.
Forzada por su mano, que semejaba una garra de acero, salió y se detuvo. Él la soltó.
–Ya sabes dónde es.
Ella caminó delante de él por el largo corredor. Lo hacía erguida, con un andar elegante, sin tambalearse, pese a los zapatos de tacón exageradamente alto que llevaba. Sus largas piernas quedaban realzadas, además, gracias a aquel calzado.
Se detuvo frente a la puerta de la habitación. Seguía manteniéndose erguida, con la mirada al frente, fija, dura, observando la puerta cerrada.
El sacó del bolsillo una tarjeta magnética y la abrió. Ella no se movió, sin embargo.
–Entra –, le dijo.
Obedeció. Entró en la habitación con pasos firmes y se detuvo una vez franqueado el umbral, esperando sus órdenes allí, de pie.
–En el centro de la habitación, por favor.
Caminó de nuevo, sin volverse, la barbilla alta, la mirada fija en la ventana, pero no el infinito, ausente, mas no perdida. Se detuvo en el lugar señalado por él, los brazos junto al cuerpo, la palma abierta y los dedos juntos. Subida en aquellos tacones parecía mucho más alta de lo que en realidad era.
El se acercó, por detrás, hablando con voz calmada.
–Ya sabes para que hemos venido aquí.
Ella lo sabía, mas no emitió sonido alguno. No contestaba nunca a menos que él se lo requiriera expresamente.
Vestía una chaqueta negra ligera, de paño, muy elegante y entallada, lo que realzaba su figura. El, colocándose detrás de ella, tomó la prenda por el cuello con ambas manos y, tirando suavemente hacia atrás la hizo deslizar.
–Abre los brazos un poco–, le ordenó.
Obedeció y su cuerpo quedó libre de la chaqueta.
–Hoy–, dijo él– vas a ser investida–. Al tiempo, se situaba frente a ella y comenzaba a desabrochar los botones de su blusa.
Ella, al notar en la piel del cuello el roce de su mano bajó la cabeza y pretendió mirarlo. El eco de una sonora bofetada llenó la habitación.
–¿No sabes que no debes mirarme?
Ella volvió a mirar al frente. La mejilla le ardía. El orgullo, sin embargo, había sido herido con mucha mayor profundidad. Allí lo que ardía era la humillación sufrida.
–Hoy–, susurró, apenas a centímetros de su cara,– has venido aquí a ser investida. ¿Acaso has olvidado de repente toda tu instrucción? ¿Acaso debemos volver a comenzar todo el proceso y has de volver a ser instruida como mi esclava?
Había empleado dos veces la palabra instrucción.
–¡¡¡Contéstame!!!– dijo, elevando el tono de su voz pero sin separar sus labios de la dolorida mejilla.
–No, señor. No lo he olvidado. Le ruego me disculpe, señor.
–Confío en que así sea–. Una nueva bofetada resonó, coloreando automáticamente la otra mejilla, hasta el momento inmaculada.
El furor se adueñó de su cara. Sabía que lo tenía prohibido pero no podía evitarlo. El se dio cuenta.
Cuando comenzó su proceso, que hoy culminaba, habían tenido una charla preparatoria, donde él sentó las bases de lo que sería su instrucción. Existía, en su opinión, en la formación de una sumisa, un componente básico que el denominaba “el eje”. El eje se componía de varios conceptos, y se conceptualizaba en la expresión de éstos en una cadena de palabras clave que ella había aprendido de memoria a fuerza de oírla repetida. Lenguaje, postura, posición, actitudes, acción.
Por encima de todas ellas, había otra máxima imprescindible, que se centraba en una única palabra: humillación. Una esclava, (raramente se refería a ella como “sumisa”, prefería denominarla “esclava”), debía mantener siempre la máxima humildad. Su amo, en consideración y deferencia, se lo recordaba cada vez que resultaba necesario.
A lo largo de dicho proceso ella había sido castigada en muy raras ocasiones. Cuando esto sucedía lo normal era que su “deseado” (así se refería a él, pues aún no era su amo), la castigara azotándola con una fusta. Solamente en una ocasión había recibido su piel el beso de las colas del látigo.
Sin embargo, cuando él la amonestaba, la corregía o regañaba de algún modo o por alguna falta, descuido o actitud no del todo conforme a sus enseñanzas, siempre precedía su parlamento con una sonora bofetada, las más de las veces inesperada. Una vez terminado su discurso la abofeteaba de nuevo. Golpeaba su mejilla con fuerza pero sin ira. La humillación que estos golpes le producían era suficiente acicate para tratar de mejorar su comportamiento, para merecer la investidura del collar que su “deseado” le colocaría.
–Quizá no recuerdas los pilares básicos del “eje” –, dijo, tras unos momentos de silencio.– Actitud. La ira no entra dentro de las actitudes permitidas, lo sabes bien. Pero aún no consigues eliminarla por completo ¿no es así?
La miró. Ella mantenía su mirada al frente pero su respiración agitada y sus ojos, casi inyectados en sangre, delataban la furia que la recorría por dentro.
–Una esclava no ha de ser perfecta para ser investida. No bien hayas recibido tu collar serás castigada por esta falta.
Significaba que sería azotada con la fusta sobre la piel desnuda.
Continuó desembarazando su cuerpo de la delicada prenda blanca que lo cubría y la depositó sobre la cama. Un hermoso busto, sugerente mas para nada excesivo, excitante sin resultar voluptuoso, se reveló a sus ojos, oculto a medias por un delicado sostén negro de encaje.
Él sabía que combinar ropa interior negra con prendas blancas era signo de notorio mal gusto. Sin embargo, la había obligado a vestir solamente prendas de aquel color. Ella se veía forzada a combinar sus blusas blancas, crema o color hueso, que adoraba, con trajes de chaqueta y falda que colaboraran a ocultar la ominosa transparencia.
Satisfacía así los deseos de su futuro amo, que encontraba un considerable placer en especificar hasta el último detalle de su vestimenta y no menor excitación al comprobar que sus deseos se cumplían.
La rodeó y desabrochó el sostén, liberando su pecho, que flotó a su antojo. Los pezones, absolutamente delicioso, y erguidos, duros como pequeñas gemas, mostraban cuan excitada estaba también la chica. Deslizó el elástico hacia delante y dejó que cayera al suelo, a sus pies. Ella no desvió, esta vez, la mirada. Aún le dolía la cara.
Prosiguió con la falda. Desabrochó la cremallera y la hizo deslizarse hasta el suelo. Sin pausa, introdujo un dedo bajo la cintura de sus bragas, igualmente negras, y las deslizó también, rodilla abajo hasta que se reunieron con la falda.
Ella vestía ahora únicamente sus zapatos de tacón negros, unas medias negras lisas y un liguero que las mantenía en su sitio y se abrazaba a su cintura de avispa. Sin duda la vista era admirable pero él no se detuvo en su contemplación. En lugar de eso abrió el maletín que llevaba y extrajo varios objetos, depositándolos sobre la cama.
Tomo uno de ellos, que semejaba un sujetador al que le hubieran hecho desaparecer las copas. Era de cuero, con las estrechas tiras formando dos triángulos perfectos. En lugar de elásticos disponía de tres pequeñas hebillas metálicas. Acomodó los triángulos sobre su pecho, comprimiéndolo ligeramente. Asomó a su cara una leve mueca de dolor mientras el abrochaba, apretando sin piedad, las hebillas del sujetador en su espalda. Cuando terminó ella hubiera jurado que, bajo cada uno de sus hermosos pechos, un cuchillo de cuero le cortaba la piel.
Tomó dos pinzas de metal dorado y las aplicó a sus pezones. Lo hizo con suavidad pero la mueca pintó de nuevo de dolor la cara de la joven.
Indiferente a ello se volvió hacia la cama y tomó una capa negra. La desplegó e hizo que cubriera sus hombros. Ella notó el frío de los ganchos que adornaban el borde superior del cuello de la capa. La sensación contrastaba con el abrigo que la prenda daba a su cuerpo. En su desnudez empezaba a sentir el fresco ambiente de la habitación, debido al aire acondicionado.
Tornó él su atención una vez más a los objetos que aún quedaban sobre el cobertor y tomó entonces el preciado collar en sus manos. Lo observó y lo hizo dar vueltas admirando el trabajo. Estaba hecho de dos gruesas tiras de cuero, unidas por remaches plateados. Entre cada dos remaches tenía una plaquita metálica, también plateada, de la que colgaba una argolla. El cuero del collar tenía unos tres dedos de ancho. En sus extremos disponía de dos tiras más estrechas, agujereada una y con una hebilla la otra, además de una fina lengüeta, que cubría el hueco.
–Arrodíllate.
Le obedeció. Dio dos pasos al frente y manteniendo su espalda recta, alto el mentón y fija la mirada, se arrodilló como le había ordenado. Una vez hecho esto colocó las manos a la espalda juntando los brazos y sujetándolos cerca del codo. Así la había instruido él, en los primeros días, dentro del apartado denominado “postura”.
De haber estado él sentado en la cama, ella se habría después inclinado hasta tocar el suelo con su frente. La “posición” de una sumisa siempre debía ser inferior a la de su amo, como también le había enseñado.
La capa resbaló en el movimiento y cubría apenas sus tobillos, dejando al descubierto el resto de su ser. Situado a su espalda, él se permitió, por primera vez, gozar de la contemplación de su magnífico cuerpo por un momento.
Después, con el collar en sus manos, se situó frente a ella y le dio una nueva orden.
–Alza la cabeza.
Ella lo hizo, lo más que pudo, manteniendo la postura. El cuero del sujetador se le clavaba por todas partes, pero ella seguía erguida, ofreciéndose a su futuro amo.
El abrió el collar y se lo mostró.
–¿Qué deseas?
Contestó, sin mirarlo–, ser tuya.
–¿Cómo lo harás?
–Sométeme, señor.
–¿Estás preparada?
–Lo estoy, señor.
Tras un instante de silencio él acercó el collar a su cuello y lo colocó, cerrándolo a continuación y ajustando las correas.
–Este collar que recibes te convierte en mi esclava. A partir de este momento te dirigirás a mi como “amo”. Observarás la conducta que te he enseñado en estas semanas y me obedecerás ciegamente en todo. Yo debo bastarte y el honor de ser mi esclava servir de suficiente felicidad para ti.
Mientras hablaba ella olvidó el dolor que las correas de cuero le producían, olvidó la sensación de escozor que su mejilla aún le traía, olvidó el lugar, el tiempo y las circunstancias en las que se encontraba y disfrutó del instante inicial de suma entrega, de sumisión total, de abandonarse a sí misma y saber que su voluntad y sus actos quedaban desde aquel momento a merced y a discreción del hombre que le había colocado aquel collar.
Él recogió la capa con una mano y la colocó de nuevo sobre sus hombros, sujetando los ganchos de las argollas del collar. Una vez hecho esto hizo que el negro terciopelo la cubriera por completo. Se colocó de nuevo delante sin que ella pareciera haberse dado cuenta.
–En pie–. El súbito mandato la sacó de su trance.
–Sí, mi amo–. El código de “lenguaje” exigía que, a partir del momento de su investidura contestara de este modo a cualquier orden suya. Obedeció, levantándose y colocando los brazos al costado.
–Como sabes–, dijo–, no encuentro en castigarte placer ninguno, sino la obligación que te debo, como mi esclava, de conducirte a alcanzar el máximo grado de entrega y sumisión. La ira no entra dentro de las “actitudes” aceptables en una esclava y, por tanto, por haberte mostrado furiosa haces unos minutos, serás castigada.
Un silencio tenso invadía la habitación–. Colócate frente a la pared.
–Sí, mi amo.
El tomó la fusta que había sobre la cama, una delicada miniatura, plegable, finamente trabajada en cuero trenzado, y que cabía perfectamente dentro de su maletín. Se situó tras ella.
–Prepárate para tu castigo–. Ella contestó afirmativamente de nuevo, y puso ambas manos en la pared, inclinándose hacia delante para hacerlo.
El, entonces, se acercó, tomó el borde de la capa y la recogió hasta que colgaba a un lado de su cuerpo. Observó las piernas de la joven, largas y esbeltas, su trasero, que pronto azotaría para corregirla, y el liguero ajustado alrededor de la cintura. Se recreó también en la curva de su espalda, desnuda igualmente, excepto por las tiras de cuero del sujetador y coronada por el collar con el que acababa de convertirla en su esclava.
–¿Por qué vas a ser castigada?
Ella, ahogando un sollozo, contestó–, mi amo, voy a ser castigada por mostrar mi furia. Voy a ser castigada por mi bien. Estoy arrepentida por mi falta y ruego me disculpes y me perdones después de castigarme. Jamás volveré a cometerla. Deseo sentir la severidad de tu castigo y la dulce caricia de tu perdón–. Y, terminada la fórmula aprendida del arrepentimiento, una lágrima recorrió la mejilla, aún colorada por el abofeteo recibido.
Ella lloraba de tristeza, por haber desobedecido a su amo, lloraba de dolor por no haber estado a la altura, lloraba por obligarlo a castigarla y por no ser, aún, suficientemente sumisa, por no haber alcanzado el estadio de total entrega que anhelaba. No temía al castigo, ni deseaba evitarlo, ni la excitaba especialmente recibirlo. Quería entregarse a él y deseaba, sobre todo, su perdón.
Entonces, él, levantando en el aire la fusta dijo:
Muy bien. Hagamos como deseas–. Y comenzó a azotarla.


sumisa ALquimia{ } dijo
Arrebatador, Bilbo!
Enhorabuena... Además, leyendo tu relato, aprendo más sobre cómo ser sumisa y disfrutar en el intento, ja, ja, ja...
Mis respetos
sumisa ALquimia{ }
30 Marzo 2008 | 05:59 PM