La Coctelera

Fantasías recurrentes... La erótica de los azotes.

22 Abril 2008

La autopista

Autor: Bilbo

Una vez que estuvieron en la casi desierta autopista apoyó la cabeza en su hombro.

—¿Qué me harías?

El tono de su voz, suave y sugerente, y su mirada, que apenas podía apreciar pero que imaginaba cálida, como invitándolo, lo incitó.

—Cuando te viera en la ventana me acercaría despacio, después de quitarme la corbata, deslizaría un brazo por tu espalda, buscando la cintura, y me situaría detrás de ti, para observar la gran ciudad desde nuestra atalaya...— Hizo una pausa y prosiguió—. Luego, lentamente, mientras jugueteara en tu cuello, en tu oreja, en tu hombro, levantaría la mano sin que te dieras cuenta y te daría un azote, murmurando al tiempo en tu oído un reproche por alguna travesura.

—¡Oh! ¡Qué malo! Yo me enfadaría y me rebelaría—, dijo, dejando que el eco de su risa llenara el vehículo.

—Sí. Por supuesto. Te enfadarías, te rebelarías y te volverías hacia mí con una protesta en los labios. Yo no sabría, entonces, si repetir el azote o callar tu queja con un beso.

—Uhh, eso suena bien—, dijo, mientras acomodaba su cabeza sobre mi hombro hasta encontrar una postura cómoda, erizando, de camino, el bello en algunas partes de mi cuello.

—Probablemente optara por esta segunda posibilidad—, dije— y besaría tus labios apasionadamente. Sin duda te ibas a sentir muy sorprendida...

—Puede, ja, ja—. Y su risa llenó por un momento el automóvil.

—Pero te sorprenderías más cuando sintieras un nuevo azote en medio del beso. ¿Me equivoco?

—Oh.

Y un sonido ininteligible, de manifiesto desagrado, salió de los hermosos labios que el soñaba en aquellos momentos con besar.

—Sí—, prosiguió. —Ahora estarías indignada de verdad. Así que sería el momento de agarrarte por la muñeca y tirar, suavemente, de ti hacia la cama. Es fundamental que el tirón no fuera brusco, no fuera violento. Casi una caricia..., que te obligara a seguirme.

—Oh—, dijo de nuevo. —eso sería muy malvado por tu parte.

Acompañaba cada frase con risas y en su voz había un deje de buen humor, un leve tinte de travesura y de provocación. Se diría que su imaginación, desbordando los límites de su cerebro, escapaba del cuerpo en aquellas risas ahogadas. Sin duda lo estaba pasando bien.

—No. No estoy de acuerdo. No lo sería. Tirando de ti suavemente, te estaría dando la posibilidad de pelear, de resistirte, de negarte a seguirme. Y de este modo, cuando recibieras la azotaina que te estabas mereciendo, ésta, mi amor, estaría absoluta y totalmente justificada ¿no crees?

—Nooo. No y no. De ninguna manera ¿Justificada? ¿Pero de que estás hablando? ¿Una azotaina? De ningún modo. Me escaparía. Sí. Eso haría.

—Ah, no, cariño. No te escaparías. Yo no lo permitiría. “Intentarías” escaparte Pero no lo conseguirías. Y en unos segundos, junto a la cama, me detendría para mirarte. Para observar en tus ojos el enojo por estar sometida, sujeta y bajo el absoluto control de otra persona.

—Jamás, jamás me dejaría controlar—, interrumpió con fingida indignación.

—Ah, pero, preciosa... eso no depende de ti.

Por un momento perdió de vista la carretera. Se entregó a la visión, a la fantasía que estaban creando entre los dos. Volvió a centrarse en la conducción, rió brevemente y prosiguió.

—Enfrentado a esos impresionantes ojazos que tienes, mirando en ese pozo sin fondo que encierra el negro de tus ojos... por un momento quizá pensara en ceder y perdonarte.

Ella levantó ligeramente la cabeza y lo miró.

—¿Ves? Eso sería un niño bueno.

Volvió a descansar la cabeza en su hombro riendo ruidosamente.

—Solo dije quizá. Cuando notaras la duda en la mano que te sujeta, seguramente pensarías que había llegado el momento de escapar ¡Ay de ti! Nada más lejos de la realidad. Apenas lo intentaras te atraería hacia mí y conseguiría que cayeras sobre mis rodillas boca abajo.

Ella se estremeció y él se dio cuenta de que estaba consiguiendo encender una leve llama dentro de su ser: la llama del deseo, de la pasión, de la curiosidad por lo desconocido; la llama del irresistible deseo de sentir su mano golpeando la piel de su trasero, la punzada de dolor y le terrible inaguantable excitación que aquello le produciría.

—Naturalmente llevarías falda... —dejó la frase inacabada, como preguntando. Ella llevaba en aquel momento una falda corta plisada. Allí, sentada en el asiento del copiloto, la prenda dejaba ver sus rodillas y el comienzo de sus muslos.

—... así que comenzaría a golpear tu trasero, al principio suavemente, sin levantarla.

—Ufff...—, suspiró, acompañado de un nuevo estremecimiento.

—Y, más tarde, al cabo de unos cuantos azotes, iría incrementando poco a poco la intensidad de éstos. De este modo empezarías a sentir el escozor en tu lindo culito, el calor que invadiera la parte baja de tu cuerpo; de este modo empezarías a arrepentirte de haberte mostrado rebelde, de haber intentado desobedecerme... y, lo mejor de todo, ¿no crees que empezarías a sentirte excitada?

Ella no contestó al momento. Suspiró una vez más y emitió una serie de ruidos que eran mezcla de gemidos de placer y de temor. Imaginaba la escena y sentía que, involuntariamente, su cuerpo respondía con incipientes muestras de excitación.

—Sí—, dijo, con apenas un hilo de voz—. Por supuesto que sí.

—Claro. Estarías comenzando a excitarte. Y ese sería justo el momento de detener la azotaina y deslizar la mano suavemente por tu trasero, un par de veces..., hasta encontrar el borde de tu falda.

Ella lo interrumpió sorprendida.

—¡¡Eh!! ¡¡No pensarás en serio azotarme sobre las bragas!! ¡¡Ni se te ocurra!!

Pero eso era precisamente lo que el tenía planeado.

—¡Ah, nenita! Por supuesto que sí. Ese sería el momento justo de levantar tu falda. También lo sería de sujetarte con un brazo en la espalda, pues sin duda ibas a tratar de pelear.

—¡¡¡Pues claro que trataría de pelear!!! No te dejaría que me azotaras sobre las bragas.

El rió ante aquella súbita explosión de indignación.

—No solo sobre las bragas, pequeña. Una vez dominada, con la falda levantada y tus bragas a la vista recibirías unos cuantos azotes, no demasiado fuertes. Y eso será justo antes de que las bajara hasta las rodillas. Y en...

Lo interrumpió de nuevo.

—¡¡Eso sí que no!!

Ella iba a proseguir con sus protestas pero el no estaba dispuesto a tolerarlas por más tiempo.

—¡¡¡Cállate de una vez!!! Eso sería exactamente lo que pasaría. Eso y no otra cosa y si insistes en interrumpirme a cada rato pararé el coche y sucederá aquí mismo, ¿me has oído?

—Lo siento—, contestó de manera casi imperceptible.

El notó su turbación y manejando el volante con una mano la acarició con la otra al tiempo que le preguntaba:

—Pero, ¿dime si no te parece excitante la escena?

Lo hizo con una voz suave, amable y cariñosa. No deseaba que se sintiera regañada. No tan pronto al menos. Y deseaba conservar el ambiente que estaba creando; mantenerlo a tope hasta el momento de conseguir realizarlo.

Ella contestó afirmativamente.

—Me gustaría mucho que sucediera. ¡Ya lo sabes, tonto!— y volvió a acomodar la cabeza en su hombro, refregándola como si fuera un gatito.

—Supongo que tendrías el trasero bastante colorado para estas fechas. Supongo que te estaría doliendo mucho. Supongo también que estarías toda mojada. Pero creo adivinar que aún no lo suficiente. Así que tu piel desnuda recibiría de nuevo unos cuantos azotes, lentamente, con intensidad, alternativamente a un lado y a otro, hasta que me demostraras tu arrepentimiento, hasta que yo sintiera que estabas lo bastante excitada para merecer y desear que me detuviera.

Hizo una pausa como si de hecho hubiera estado azotándola hasta aquel mismo instante, como si apenas estuviera apagándose el sugerente eco de la última palmada. Su respiración, levemente agitada, lo delataba. Él también estaba disfrutando enormemente de la fantasía que hilaban entre los dos a lo largo de la oscura autopista.

De pronto, ella no aguantó más. Se puso de rodillas en el asiento y le rodeó el cuello con ambos brazos. Él se sobresaltó inicialmente, pero pudo evitar que aquello afectara al rumbo del coche. Después, el cosquilleo de su voz en la oreja lo embriagó.

—¿Qué me harías entonces? ¿Permitirías que me levantara? ¿Me dejarías abrazarte? ¿Desearías follarme salvajemente? ¡¡Dímelo, dímelo!! ¿Te gustaría entonces que follaramos como locos? ¿Me arrancarías el resto de la ropa y dejarías que yo hiciera lo mismo?

El no respondió. Tanteó con la mano libre hasta encontrar una de sus piernas y la deslizó suavemente hacia arriba, hasta tropezar con el borde de su falda. Ladeó la cabeza y, aún a riesgo de sufrir un accidente, buscó sus labios.

El beso duró apenas un instante, pues tuvo que volver a colocar ambas manos en el volante y prestar atención a la vía. Pero aunque breve, el beso había servido para terminar de encender la pasión en ambos. No veían el momento de llegar a su destino.

No dijeron nada más durante los apenas cinco minutos que duró el resto del viaje...

* * *

—Cuando llegamos al hotel, al entrar en la habitación, se volvió, me miró con un sonrisa burlona y se dirigió a la ventana.

—Nunca olvidaré la estupenda noche de desenfreno sexual que compartimos. No la he vuelto a ver desde entonces. Creo que se llamaba Ana. Ni siquiera sé si era su verdadero nombre...

Mi amigo dio un largo sorbo a su cerveza y paseó la mirada perdida por la pared de enfrente.

servido por relatosselene 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

traviesa queretana

traviesa queretana dijo

Ahhh!! que buena historia!!!... Este Bilbo no deja de sorprender nunca!!!

Muchas felicidades... y, Bilbo.. ya tienes una fan de tus relatos.. (obvio hablo de mi)...

Saludotes!!!

12 Octubre 2008 | 02:41 AM

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Pues si... soy un poco maniática para esto de los blogs y no me gusta que se mezclen mucho los temas, así que además de seguir con el "Confessions on a spank floor" voy a dejaros aquí mis pequeños relatos sobre azotes. También me encantaría recibir alguna colaboración de los lectores, a ver quien se anima. Selene.

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