Autor: Bilbo
Carla fumaba. No demasiado. Ni poco. Fumaba. Fumaba una cantidad normal, si tal definición puede hacerse de la frecuencia del vicio. Fumaba, en fin, la cantidad justa para que Javier se pusiera enfermo cada vez que la pillaba.
No era la única cosa de Carla que lo enfermaba. Ella tenía, por supuesto, terminantemente prohibido fumar en su presencia y la prohibición se había expresado, en repetidas ocasiones, en términos que no dejaban lugar a dudas. O al menos en términos que no hubieran dejado lugar a dudas a ninguna persona normal. Pero Carla se entretenía en buscar las vueltas a las frases de Javier, buscándole a su autor las cosquillas simultáneamente; y todo ello para su habitual desgracia, o para la de su trasero, si hemos de ser exactos.
Pero, por encima de todo, lo que volvía loco a Javier, lo enfadaba y a veces le hacía perder los estribos; lo que había provocado más de una vez que se sacara el cinturón sin decir una palabra y le calentara la parte posterior a Carla sin piedad; lo que había causado, en algunas ocasiones, dificultades para que Carla se sentara, dificultades que se habían prolongado durante más de una semana, era su insoportable manía de preguntar una y otra vez cosas que ya sabía; en particular, si podía fumar un cigarro.
Javier le había advertido repetidamente que no lo hiciera. En ocasiones le había castigado severamente solo por esta ofensa y en otras había simplemente fruncido el ceño exasperado. Y Carla, a su vez, había desarrollado una habilidad especial para formular la pregunta prohibida en lugares o situaciones en los que sabía que Javier no podía expresar libremente su enojo ni mucho menos castigarla inmediatamente.
Javier y Carla, como para estas alturas habréis comprendido ya, compartían una curiosa “afición” por llamarla de algún modo, y era su gusto por las azotainas eróticas. Sin embargo, no les interesaba a ninguno de los dos el establecer roles, ni el disfrazarse. Eran, por el contrario, “forofos de realidad” y todos los castigos que Carla acumulaba, todas las faltas, cuyas consecuencias una parte de su anatomía sufría casi en exclusiva, eran absolutamente reales.
Así que aquella noche todos los hados se unieron para dar lugar a las más obvia e inevitable de las consecuencias. Carla tenía unas ganas irresistibles de fumar y se sentía, además, traviesa y provocadora. Javier no poseía su mayor dosis de paciencia y había tenido un día nefasto. Y, por último, hacía ya varios días que, sin duda inmerecidamente, pues excusas había dado de sobra, el trasero de Carla permanecía incólume.
Salieron a cenar, pues era jueves y, quién más quién menos, ambos esperaban un viernes si no tranquilo sí rápido, por lo que no importaba demasiado acudir a sus trabajos con una considerable cantidad de sueño acumulado ni dando evidentes muestras de ello en forma de ojeras pronunciadas y frecuentes bostezos.
Ella escogió el lugar. Le gustaba especialmente. No tenía nada de particular, pero sí ofrecía la ventaja de una gran área de fumadores, bien situada y cómoda; no como en otros restaurantes de superior categoría, en los que el fumador era tratado como apestado y hacinado en la esquina menos glamourosa del local. Naturalmente, al hacer su reserva pidió que la mesa estuviera en el lugar que imaginamos. Una vez colgado el teléfono sonrío traviesa antes de seguir trabajando.
A Javier no le hizo gracia la elección. Le gustaba el sitio y también la comida pero cuando ella se lo comunicó cayó en la cuenta del pequeño detalle ya comentado y no le hizo ni pizca de gracia. No le apetecía discutir. No aquel día. No después de dos o tres tensas conversaciones con clientes insatisfechos e impacientes, además de maleducados. Súbitamente se sintió impaciente él también y cuando llegó a la puerta del restaurante estaba de pésimo humor.
No comentó nada, a pesar de todo, cuando el mâitre los condujo a su mesa anunciando en voz alta, –Mesa para dos, fumadores, que disfruten de su cena, buenas noches.
–¡Buenas serán por todos los diablos, imbécil!–, pensó Javier para sus adentros, sorprendiéndose, de camino, por la agresividad contenida de su reflexión. El escenario estaba dispuesto y la batalla servida. Nada más hacía falta que uno de los contendientes hiciera un movimiento, rompiera las hostilidades, encendiera, con una leve chispita, la fogata preparada.
Lo hizo Carla. Distraídamente, como negándole al hecho la importancia que tenía, rebuscó en su bolso y sacó una cajetilla de Malboro. La puso encima de la mesa, volvió a colgar el bolso del respaldo de su silla y antes de que tuviera tiempo de tomar de nuevo la cajetilla en sus manos, rugió la voz de Javier.
–¿Qué crees que estás haciendo?
Ella lo miró con sorpresa fingida, y a continuación hizo un ademán despectivo.
–¿Qué? ¡Ah! ¿Esto?–, y meneó en el aire la cajetilla. –Me voy a fumar un cigarro.
–¡¡Ni lo sueñes!!– tronó Javier. Y a continuación bajó el volumen de su voz, pues su anterior exclamación había concitado ya alguna mirada desaprobadora de las mesas de alrededor. –¿Cuántas veces te he dicho que no fumes cuando estés conmigo? ¿Cuántas veces más tengo que repetirlo? ¿Es que ya no te acuerdas de lo que pasó la última vez? Tú lo que necesitas es una buena tunda de nuevo porque está visto que no aprendes ni a la de tres–. Y prosiguió regañando a Carla en voz esta vez algo más baja.
–¡Ah, vamos! No te pongas así, cariño. Si sólo es un cigarrito...–, dijo Carla. Y dio una calada con gran afectación.
A Javier aquella copia barata del conocido cuplé no le hizo la más mínima gracia. Sin embargo, conservó la calma.
–Sabes de sobra que no es sólo un cigarrito. Sabes que me has desobedecido y lo has hecho adrede. Pero ahora no quiero discutir. Vamos a seguir cenando.
Ella lo miró. Tanta calma le resultaba sospechosa y un leve temor ensombreció por un momento lo que hasta entonces había sido una agradable velada.
–¿Qué tal fue tu día en la oficina?
Javier había cambiado de tema y con ello barrido de un plumazo los miedos de Carla. Continuaron conversando de esto y de aquello durante el resto de la cena y al llegar a los postres Carla, haciendo gala de una extrema insensatez arrimó de nuevo un rescoldo a la dinamita.
Estaban sirviendo el postre. Javier había pedido mousse de chocolate, su favorito y casi el único que tomaba. Carla había pedido directamente su café y lo movía distraídamente. De repente Javier notó que lo miraba y sonreía. Hizo un gesto de duda, encogiéndose de hombros y entonces ella, con un leve movimiento, llamó la atención hacia su dedo índice y puso cara de inocente.
–¿Qué quieres?
Javier se mostraba impaciente. Le molestaban los acertijos. Aquél, sin embargo, era fácil de desentrañar.
–Solo uno–, dijo Carla, con una vocecilla estúpidamente infantil. Sabía que a Javier le molestaban sobre manera aquellas demostraciones infantiloides y ella las prodigaba para hacerlo rabiar.
Aquel día especialmente, con un cigarro fuera de lugar apuntado ya en el debe, Carla pensaba que no podía poner las cosas mucho peor, así que, sintiéndose especialmente traviesa, empezó a hacer justo todo aquello que sabía que a Javier le ponía de los nervios.
–¡¡No te puedo creer!!–, dijo Javier con exasperación. –¿Me estás pidiendo permiso para fumar?
“Bingo. ¡¡Que lince!! ¡¡¡Que dotes deductivas!!!”, pensó Carla. Pero guardó, aquella vez, para sí sus pensamientos.
Iba a decir algo cuando Javier habló de nuevo.
–No puedo creer que seas tan desobediente. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? No sólo desobedeces y fumas cuando se te antoja. Ahora incluso te permites el lujo de preguntarme, de pedirme permiso para hacer algo que sabes que te he prohibido expresamente.
Javier la observó, tomando aire, y prosiguió. Ella lo miraba con una mezcla de fascinación y burlesca inocencia.
–Creo haberte explicado que pedir permiso para hacer algo que sabes que tienes prohibido es algo tan deplorable como hacer, sin preguntar, aquello mismo. ¿A qué viene pedir permiso para fumarte un cigarro? ¿Acaso me crees idiota?
Carla sonreía. Al oír la última de las preguntas contuvo, a duras penas la risa y con una mueca de esfuerzo pintada en su cara negó con la cabeza. Javier estaba a punto de la desesperación.
Tomó la cuchara y la hundió en la dulce masa de la mousse. Mientras lo hacía se le ocurrió una idea y una amplia sonrisa cambió completamente su gesto adusto.
A Carla le tomó por sorpresa la súbita reacción y el cambio en su semblante. Lejos de tranquilizarla, la inquietaba. Javier raramente pasaba tan rápido del furor a la alegría a menos que hubiera tenido alguna idea. Alguna idea, Carla sospechaba, de consecuencias insospechadas pero de seguro nefastas para ella.
–Ya lo has conseguido. Te voy a permitir fumar.
Carla no podía creer lo que estaba oyendo. Hizo todo tipo de gestos de celebración, desde alzar los brazos a hacer girar uno de sus antebrazos juntos a su cabeza, del modo que había visto hacer a algunos aficionados al béisbol en los canales del satélite. Imitó, cerrando los ojos y abriendo exageradamente la boca, expresiones que delataban sublime satisfacción e hizo el tonto de tres o cuatro maneras más antes de recomponerse y preguntar a Javier.
–¿Es cierto lo que oigo? –para añadir a continuación,– espera que lo apunto que esto es verdaderamente histórico. ¡¡El señor me permite fumar!!
La inflexión descarada que imprimió a la palabra “permite” estuvo a punto de hacer estallar a Javier. Sin embargo, éste mantuvo la calma y con una sonrisa enigmática, guardó silencio.
Carla alargó la mano entonces a la cajetilla que estaba sobre la mesa, pero Javier fue más rápido. He dicho que te iba a permitir fumar pero no te he dicho ni cuando ni como.
–Jooo, pero...
–¡¡Silencio!! Ya es suficiente. Vámonos antes de que me arrepienta de lo que he dicho.
Salieron del restaurante y caminaron en silencio. Javier propuso entonces ir a tomar una copa y Carla aceptó encantada. A la mínima oportunidad se escabulliría hacia el baño y pediría un cigarro. Algún alma caritativa se apiadaría de ella; una pobre chica con ansia de humo de tabaco.
Sin embargo, su plan fracasó. En el primer lugar en el que estuvieron no había nada parecido a una cola en el baño y no pudo pedir nada a nadie. En el segundo, dos de las chicas que estaban delante de ella no fumaban y la tercera acababa de arrugar una cajetilla vacía antes sus mismas narices. Carla maldijo su suerte.
Cuando salieron de este segundo bar Javier dijo que se había hecho tarde y que era ya hora de irse. Ella estuvo de acuerdo; aunque más por la secreta esperanza de poder fumar en casa que por cansancio o ganas de acostarse.
Al llegar a casa Carla dejó el bolso precipitadamente sobre una silla del salón y comenzó a quitarse los zapatos. Había hecho volar uno cuando sintió la mano de Javier que la agarraba por el brazo y la obligaba a volverse hacia él.
–¿Qué crees que estás haciendo?
–Me estoy quitando los zapatos, ¿es que no lo ves?
–Vuelve a ponerte ese zapato.
Ella lo miró con sorpresa.
–Vuelve...
–... a ponerte...
–¡¡¡ese zapato!!!
El tono amenazante de su voz le impulsó a obedecer y se calzó de nuevo el puntiagudo zapato. Tuvo que ayudarse de la mano libre pues Javier no la soltaba. Más bien, sintió que le apretaba el brazo con más fuerza. Cuando acabó de hacerlo la obligó a volverse hacia él de nuevo.
–No es justo. Dijiste que podía fumar. No está bien que me permitas cosas y luego...
–Cállate de una vez, por favor.
El tono de Javier había cambiado. Resultaba casi jovial. Carla comenzó a temblar. Su intuición le decía que algo horrible estaba a punto de pasar.
–Te he dicho que podrías fumar y podrás hacerlo. Podrás hacerlo ahora mismo. En breves instantes. Pero antes, necesitamos un poco de preparación...
–¿Preparación? ¿qué preparación?
–En seguida lo verás. Trae una silla del comedor.
–¿Pero para que quieres...?
–Carla...–, Javier la miraba ahora fijamente. Ella inclinó la cabeza y se dirigió al comedor como la había mandado. regresó al poco con una silla en la mano.
–Colócala ahí–. Javier señaló al centro de la habitación.
Mientras Carla colocaba la silla donde le habían dicho Javier sacó el paquete de cigarrillos de su bolsillo. Extrajo dos y tiró el paquete sobre la mesa. Carla, al oírlo, se volvió y, cuando vio los cigarros en la mano de Javier, alargó la mano para quitárselos. El fue más rápido y los mantuvo fuera de su alcance.
–Todavía no, cariño.
Carla recibió este nuevo revés a sus irrefrenables ganas de fumar con una mueca de desprecio.
–Dame tu mechero.
Ella buscó su bolso, lo abrió, sacó el mechero y se lo dio. Javier se acercó a la silla y lo colocó sobre el asiento, a un lado. Al otro colocó los dos cigarros. Hecho esto volvió a colocarse frente a Carla. Ella intentó de nuevo alcanzar los cigarrillos pero la mano de Javier sobre su brazo se lo impidió.
–¡Ay! ¡¡Suéltame!! ¡¡Me haces daño!!
–Estáte quieta. ¡¡Resultas patética!! Primero me desobedeces y luego te quejas porque te “hago daño”. Pues, señorita, esto no ha hecho mas que empezar. ¡Vete al armario del fondo!
Carla hizo un gesto de desesperación, casi a punto de echarse a llorar.
–¿Al armario? ¿para qué? No, si no hace... ¡Joo! ¿Por qué al armariooo??
Javier no dijo nada. Se limitó a levantar el brazo y señalar el lugar al que quería que Carla se dirigiera. Ella lo hizo finalmente, mascullando entre dientes protestas ininteligibles. A aquella hora de la noche y con el enfado ostensible de su novio, la orden solo podía significar una cosa.
Carla abrió la puerta del armario, alargó su brazo y sacó uno de los “pequeños tesoros” de Javier, como a él le gustaba llamarlos. Carla volvió al salón llevando en la mano una vara de rattan de unos ochenta centímetros de longitud, extremadamente flexible pero muy resistente.
Javier guardaba en el armario del fondo algunos de los instrumentos que empleaba para castigar a Carla cuando las desobediencias y faltas de educación de ésta así lo requerían. En no demasiadas ocasiones había merecido la chica ser azotada con la vara. Sin duda, las ofensas de aquel día habían sido muy graves. Una lágrima estaba a punto de escapar de uno de los ojos de Carla. Si algo lo impedía era la vista de los dos cigarros, acompañados del encendedor, abandonados sobre el asiento de la silla que ella había traído. Aunque la certeza del severo castigo que se avecinaba la aterrorizaba, su curiosidad insatisfecha no le permitía abandonarse al miedo y al llanto.
Javier alargó la mano.
–Dámela.
Ella obedeció.
–Muy bien. Colócate frente a la silla.
Carla lo hizo.
–Ahora inclínate hacia delante y apoya las dos manos en el asiento.
Carla obedeció una vez más. Al acercar la nariz a los dos cigarros aspiró su aroma y estuvo a punto de coger uno de ellos. A duras penas se contuvo. Intuía que no era momento de mostrarse rebelde o traviesa. Sabía que iba a recibir un buen número de varazos. Estaba segura de que los recibiría sobre su trasero desnudo y, aunque hacía tiempo que no había sido castigada así, sabía que el dolor le resultaría casi insoportable. Quería rogar a Javier que la perdonara, pero la curiosidad de saber el destino de los cigarrillos impedía que lo hiciera. Hubiera sido, en cualquier caso, completamente inútil. Una vez que “el armario del fondo” se abría para dejar salir uno de los implementos de castigo, éste no volvía a recuperar su lugar hasta que había sido generosa y severamente usado sobre la parte posterior de Carla.
Javier hizo silbar la vara el aire agitándola con rapidez.
–Así que querías fumar ¿no? “Un solo cigarro, Javier. Solamente uno”
Javier puso un tono estúpido que era un remedo de las infantiles vocecillas de Carla.
–Te dije que te iba a dejar fumar y voy a hacerlo. Me has desobedecido. Te has portado mal a sabiendas. Has logrado enojarme como nunca. Pero te prometí que te dejaría fumar y lo haré. De todas formas, tus desobediencias no quedarán sin castigo.
Hizo una pausa pero ella no levantó la cabeza. No le gustaban aquellos preliminares interminables. Desde que Javier le anunciaba los castigos hasta que estos comenzaban se tomaba un tiempo desesperantemente largo. Para Carla, escuchar a Javier describiendo lo que le pasaría en unos instantes o regañándola con calma por sus faltas representaba una tortura casi comparable a los dolorosos latigazos de su correa o al tremendo escozor que los golpes de la vara le producían.
–Te has quejado muchas veces de que siempre soy yo el que decide tus castigos. De que siempre soy yo el que escoge el instrumento, el que decide el número, el que fija la postura... Hoy vas a tener la oportunidad de participar. Sí. Hoy vas a decidir tú la duración de tu castigo.
Carla se estremeció. No imaginaba como era posible que decidiera ella cuanto duraría su castigo. Si así fuera duraría un único golpe. Allí debía haber gato encerrado. Pronto lo descubrió.
Javier se colocó tras ella y alargando ambas manos asió el borde de su falda y comenzó a levantarla. Carla lanzó una leve exclamación de sorpresa.
–Te voy a permitir que fumes no uno sino dos cigarros–, dijo Javier mientras recogía la falda, enrollándola.
–Precisamente los dos que tienes delante de tus narices–, dijo al tiempo que introducía el rollo de tela bajo la cintura de la prenda.
Dejaba así al descubierto el trasero de Carla, enfundado todavía en unas braguitas semitransparentes de color lila. La vista de las piernas de la chica emergiendo de la delicada prenda se le antojaba excitante en grado sumo, pero no pensaba ahorrarle ni la más leve pizca de dolor. Las bragas debían descender hasta las rodillas.
–Cuando yo te lo ordene–, continuó, deslizando un dedo de cada mano bajo el elástico de la pieza de lencería de Carla–, te pondrás un cigarro en la boca, lo encenderás y fumarás de él a gusto.
Tiró de la prenda y la deslizó despacio hacia abajo. Mientas contemplaba el orondo trasero de la muchacha aparecer a su vista sin protección alguna prosiguió.
–Cuando acabes con el primero, te colocarás el segundo en tu boca, lo encenderás y seguirás fumando y disfrutando del aroma de ese humo que adoras.
Carla oyó unos pasos que se alejaban y que regresaban después. No supo que sucedía, pues empezaba a ser consciente de su desnudez y tal pensamiento la absorbía por completo.
–Necesitarás esto–, indicó Javier. Y depositó un cenicero de cristal sobre el respaldo de la silla. –No queremos que el salón se manche de ceniza ¿verdad?
Carla estaba nerviosa. Tenía el culo al aire, estaba inclinada con las manos sobre el respaldo de una silla en inequívoca postura de castigo; sabía que el colocarse de aquel modo la obligaba a contraer ambas nalgas y que eso haría doblemente dolorosa la azotaina; sin embargo, no entendía el papel que jugaban los cigarros en todo aquello. Secretamente empezó a desear no saberlo; empezó a anhelar que el castigo diera comienzo de una vez, por muy severo que fuera, pues era el único modo de que terminara, antes o después.
–Posiblemente te estás preguntando el porqué de toda la preparación ¿verdad? Te preguntas que sentido tiene que haya puesto dos cigarros sobre esa silla en la que te apoyas ¿no? Te conozco bien, y eres tan curiosa que ahora mismo te preocupa más saber para que los he puesto ahí que el dolor que te pueda provocar la más que merecida azotaina que vas a recibir.
Javier soltó una risa. “Maldita sea”, pensó Carla, “desgraciado, hijo de puta... ¿por qué tienes que conocerme tan bien?”
–De tus dos vicios..., Carlita querida, la curiosidad y el tabaco, daremos hoy satisfacción en primer lugar al primero... y la zurra de varazos que vas a recibir mientras satisfaces el segundo..., me dará satisfacción a mi por el enojo que me has provocado durante la cena ¿entiendes?
Carla no entendía nada, pero guardó silencio.
–Comencemos por tu curiosidad. Deseas saber por que te he dado los dos cigarros, ¿verdad? Muy bien. Desde el momento en que yo te diga que empieces a fumar te azotaré con la vara al ritmo que juzgue oportuno. Como te dije, cuando acabes el primero de los cigarros comenzarás con el segundo. Mientras no finalices éste tu castigo continuará. Mientras al cigarro le quede algo de tabaco por consumir, sufrirás varazo tras varazo. Si se apaga lo encenderás de nuevo, si es que tus espasmos y lamentaciones te lo permiten, porque tampoco detendré el castigo en esta circunstancia.
Carla acogía cada frase, cada nueva descripción de la malvada idea que Javier había tenido con grititos y exclamaciones de desagrado y de temor.
–Querías fumar un cigarro y tienes dos. Tú misma decidirás cuánto ha de durar tu castigo. Si deseas saborear tranquilamente los cigarros, te costará sentarte por lo menos tres o cuatro días, si los fumas rápido, recibirás menos golpes pero no saborearás tu vicio del mismo modo. ¡Tú decides, como te dije!
“¡¡Mierda de novio sádico que tengo!!”, pensó Carla.
–Ahora, daremos satisfacción al segundo de tus vicios. Empieza a fumar.
Carla levantó las manos del respaldo de la silla y pretendió darse la vuelta. Al mismo tiempo una protesta afloró a sus labios. La vara silbó en el aire y con un tremendo chasquido impactó en ambas nalgas cruzándolas de lado a lado y dejando una marca color carmín.
–¡¡Ayyyy!!
–¡Empieza a fumar!
Otro silbido y al vara golpeó nuevamente el trasero de la muchacha dejando una franja paralela ligeramente por debajo de la anterior. Carla gritó una vez más pero se dio presteza en tomar el primer cigarro y colocarlo entre sus labios. Iba a alcanzar el mechero cuando un tercer varazo cayó de lleno sobre su nalga izquierda. El escozor le arrancó un suspiro prolongado y agudo mientras trataba de acertar con la pestaña que prendía el mechero.
Javier observó que la llama se encendía y levantó la vara. Echó hacia atrás el brazo y golpeó con fuerza, esta vez sobre el lado derecho. La marca roja apareció instantáneamente. El profundo resoplido que involuntariamente exhaló Carla le impidió encender el cigarro. Había que aspirar para hacerlo, no soplar. Aún no había conseguido comenzar a fumar y ya le habían dado cuatro varazos. Aquel castigo iba a ser sin duda muy largo. Maldijo de nuevo a su novio pero tuvo que reconocer que había alcanzado una cota altísima en lo malévolo de su plan.
Antes de que su trasero resultara agredido por quinta vez Carla consiguió encender el primero de los cigarros y dar una calada. Después del quinto golpe un prolongado grito de dolor la distrajo de su tarea. Cuando se recobró un poco continuó fumando a toda prisa.
Los golpes le producían exclamaciones y gemidos ahogados que trataba de acompasar con cortas e intensas chupadas al cigarro. La ceniza de éste ya empezaba a colgar y el séptimo de los azotes hizo que se desprendiera un pedacito y que cayera justo en el cenicero, estratégicamente colocado por Javier.
“¡Grandísimo hijo de puta! ¡Hasta en eso ha pensado!”. Mas sus pensamientos resultaron interrumpidos por un nuevo varazo, que cayó en la parte superior de sus piernas.
–¡¡Ayyyy!! ¡¡Uuuuhhh!!
Sonidos ininteligibles y entrecortados salían de los labios de Carla. Entre unos y otros se afanaba en aspirar a bocanadas rápidas para consumir el cigarro lo más rápidamente posible.
Javier observaba la ceniza del cigarro y los esfuerzos de Carla. Levantó la vara de nuevo y la dirigió al centro de su trasero, cruzándolo una vez más con una línea horizontal de tono bermellón. La ceniza cayó en un montoncito dentro del cenicero. Ya eran tres los montones similares que allí había.
Al cabo de varios repetidos chasquidos de la vara, después de algunos gemidos y gritos agudos, Carla se las había arreglado para dejar el primer cigarro casi listo. Javier se detuvo y le indicó: “Apágalo”. Cuando Carla quiso hacerlo, llevando una de sus manos a la boca, Javier azotó furiosamente su trasero de lado a lado. La vara rebotó acompasada con el quejido de Carla. Javier la impulsó de nuevo, sin darle descanso. El ominoso chasquido precedió a otro gemido agudo y estertóreo. Todavía fue golpeado otras dos veces más el trasero de Carla, una en cada una de sus hermosas nalgas, antes de que acertara a sostener entre dos dedos el resto del cigarro que colgaba de su boca. Le costó igualmente dos varazos adicionales acertar a ubicar la colilla dentro del cenicero, los cuales marcaron de nuevo en granate y morado su piel blanca. Y un más hasta que recuperó su posición con ambas manos sobre la silla, llorando desconsoladamente.
Javier hizo una pequeña pausa con la vara en la mano.
–¿Te das cuenta de lo que pasa cuando desobedeces? ¿Te enteras?
Y la azotó de nuevo. Los sollozos se intensificaron.
–Tenías ganas de fumar, ¿verdad? ¡¡Pues fuma, cría desobediente!!
–¡¡¡Fuma!!! –gritó. –¡¡Dije dos cigarros!!
Y la obsequió con otros tantos golpes, prácticamente seguidos, que arrancaron dos gritos casi salvajes y un llanto incontrolado y espasmódico. Presa de aquellos gemidos y suspiros, sin poder contener las lágrimas y con el trasero a punto de explotarle de dolor, Carla tuvo aún fuerzas para intentar encender el segundo de los cigarros.
Javier esperó, observando sus movimientos. Cuando levantaba el cigarro del asiento de la silla la azotó, con lo que este cayó de nuevo sobre él. Cuando una vez preso entre sus dedos, trató de ponerlo en la boca, la golpeó con saña, arrancando un grito y el propio cigarro de los labios, el cual fue a parar dentro del cenicero. Cuando una vez colocado, con gran esfuerzo, el cigarro entre los labios, alargó la otra mano en busca del mechero, descargó dos azotes en la parte baja y redondeada de sus nalgas, coloreando un poco más esa parte, que había descuidado un poco anteriormente.
Clara falló, por efecto del castigo, tres veces en su intención de encender este segundo cigarro. Mientras eso sucedía, los silbidos de la vara, los chasquidos al chocar con la suave piel del trasero de la chica, el llanto, sus gemidos y sollozos..., todo contribuía a excitar a Javier. Se dio cuenta de que se estaba dejando llevar por todos los sonidos que su castigo producía y que se recreaba en la contemplación de aquellos gloriosas y esféricas nalgas de su novia, cruzadas por marcas de colores que iban del rojo vivo al violeta más violento.
Detuvo un poco el ritmo de los azotes. Carla tosía, lloraba, resoplaba y apenas podía realizar alguna que otra inspiración útil, que contribuyera a acelerar la combustión del cigarro. Javier, entonces, comenzó a acomodar los varazos al ritmo de su respiración y sus gemidos. Hacía silbar la vara en el aire y la dirigía contra el trasero de Carla en el momento en que esta trataba de introducir algo de aire en sus pulmones. Sin dar tiempo a que se recuperara, hacía silbar la vara de nuevo, moviéndola verticalmente e impactaba de nuevo en aquel hermoso culo que se ofrecía a su vista. Y así una y otra vez, el silbido seguía al chasquido que a su vez había seguido al silbido anterior, intercalándose con toda clase de quejidos y lamentos de boca de la chica.
El cigarro, a pesar de todo, se consumía lentamente indiferente a lo que a su alrededor sucedía, como si hubiera sido abandonado en el borde del cenicero. La reacción química seguía su curso implacable. Igualmente, la reacción de la piel de Carla tornaba su trasero paulatinamente hacia una sucesión de marcas profundas paralelas que a Javier le recordaron unas persianas venecianas.
Contemplaba extasiado su obra sin dejar de blandir una y otra vez la vara en el aire y sin dejar de golpear, sin solución de continuidad, aquel maltrecho trasero.
Uno de los golpes hizo caer un pedazo más de ceniza sobre la ya acumulada en el cenicero Carla sintió que un leve rayo de esperanza iluminaba su hasta entonces negro panorama. Le dolía terriblemente el culo, le ardía, le escocía y los nuevos golpes, que caían bajo marcas ya repetidas, multiplicaban el efecto y le provocaban gritos absolutamente salvajes. El repetido y sucesivo azote le traía súbitas e inevitables explosiones de dolor que afectaban prácticamente a todo su cuerpo. Se retorcía, flexionaba las piernas y contraía los músculos de ambas nalgas, aunque sabía que aquello no hacía sino provocarle mayor sensación de dolor y escozor bajo la granizada de varazos que le estaba cayendo.
Javier, que sabía, por supuesto, del efecto que estaba produciendo, aumentaba poco a poco la intensidad de los golpes, llevando atrás la vara con rapidez y dejándola caer, tras describir un amplio arco con el brazo en el aire.
–Fuma –decía, sin parar de disciplinarla. –Fuma ahora. ¿No era eso lo que querías? ¡Fuma! –y Carla sollozaba y gritaba deseando que la mínima cantidad de cigarro que restaba por consumirse y caer al cenicero lo hiciera pronto.
Hacía rato que había sucumbido al dolor, que se había entregado al castigo, que lloraba con gran intensidad pero casi por inercia. Hacía rato, además, que estaba notando una humedad creciente entre sus piernas, que estaba empezando a desear que el castigo acabara para poder apoderarse del sexo de Javier y cabalgar sobre él, imaginando, entre golpe y golpe, la inmensa erección que sin duda el tenía, llenando por completo su interior y satisfaciéndola sin medida.
Sus gritos eran ya solo en parte provocados por el dolor. La otra mitad de la causa había de buscarla en la excitación incontrolable que sentía y en el deseo salvaje de que su novio la penetrara hasta taladrarla.
En medio de todo este torbellino de sensaciones y deseos que la había tomado por completo y la tenía absolutamente fuera de sí, el pedacito de ceniza que aún faltaba por caer lo hizo. Viéndolo, Javier detuvo su castigo por fin.
Carla no fue consciente en un principio. Permanecía apoyada con ambos codos en el asiento de la silla, gimiendo y sollozando sin control. Javier se acercó, tomó el cenicero y se fue a la cocina a vaciarlo. Cuando volvió, Carla seguía en su posición, ofreciéndole la visión de su trasero hecho trizas, cruzado de mil modos por las marcas de la vara, tremenda y salvajemente hermoso en su opinión. Allí permaneció, apoyado en el marco de la puerta, contemplándolo.
Unos instantes después se dirigió, lentamente, hacia ella y, situándose detrás, comenzó a acariciarle sus nalgas doloridas. El mero roce le arrancaba nuevos suspiros, pero éstos eran apagados por gemidos de otro tipo, de puro placer y excitación sexual.
Javier le otorgó entonces a Carla lo esta llevaba ya un rato deseando con fruicción, penetrándola desde atrás, con acometidas sucesivamente más frecuentes y profundas. Ella cerró los puños, y sin levantar los codos del asiento, golpeaba éste, al compás de los movimientos de la cadera del hombre. Gritaba y gemía, pero esta vez eran gritos de lascivia, de absoluto desenfreno sexual, de placer sin límite mezclado con los ecos del dolor de su trasero.
Y así, después de apenas un minuto o dos de recibir el sexo de Javier en su interior, estalló en un orgasmo increíble, prolongado e intenso, acompañado de un grito, una especie de gurguteo ininterrumpido, al tiempo que movía de un lado a otro su cabeza y agitaba, sudorosa, su cabellera rubia.

si no te molesta lo leeré en dos partes.
saludos
la teta
PD: Has escogido bien la foto del sobre!
Vaya!!... que buen texto... Felicidades Bilbo!!!, siempre me ha gustado la forma en la que escribes... tienes la capacidad para transportar al lector a la mismísima escena... creo que iré pensando en bajarle un poco al consumo del tabaco.. no vaya a ser que mi spanker me sorprenda y bueeee....
Besitos Bilbo... y besitos también a Selene!!!
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