Autor: Bilbo

No me gustan los aeropuertos. Los visito frecuentemente y es cada vez con mayor frecuencia que me deja el paso por ellos una sensación de desagrado, de incomodidad y del mal humor. Sin embargo, generalizar no suele conducir a conclusiones justas y provoca que se pasen por alto detalles importantes y hasta a veces cruciales.

Así sucedió hace algunos días, cuando tuve que volar, una vez más, a una hora temprana por razón de negocios. Me levanté malhumorada, me duché malhumorada y malhumorada me embutí en mi conjunto de chaqueta y falda, el serio y elegante, el de las grandes ocasiones. El evento al que asistiría lo merecía. Me adorné, por tanto, con toda clase de complementos; varias pulseras, anillos, mi sortija de compromiso, que nunca llegó a cumplir su función, un colgante abstracto y una diadema que apenas se dejaba ver, entre mis rizos de color cobrizo (el último grito en reflejo capilar, según creo).

Desayuné a toda prisa, café negro y una galleta diet, como todos los días.

* * *

–¿Has terminado ya? –preguntó y al tiempo hizo una seña al camarero.

Dejé la taza en el plato y me levanté.

* * *

Antes de salir de casa me aseguré de haber introducido en mi cartera de piel mi monedero, mis tarjetas, mi teléfono móvil 3G, (correo electrónico, internet, juegos, mp3, todo en una sola pieza,... ¡una joya!) y mi palmtop, mi tercer brazo; sin ella no era nada. Llevaba también mi ordenador portáil, ultraligero, (no me gusta cargar inútilmente), con todas las presentaciones necesarias. Es una delicia el PowerPoint. ¡Qué lindo invento para vender!

* * *

Tomé mi cartera de piel, me la colgué al hombro y tomé después, con la otra mano, mi inseparable ordenador portátil. Me arreglé un poco la chaqueta, que se había medio arrugado mientras estaba sentada, y me dirigí a la puerta, siguiéndolo.

* * *

Un taxi me esperaba. Salí del portal a la carrera y me subí a él. Cerré la puerta con estrépito y pedí perdón divertida, antes de indicar al taxista que nuestro destino era el aeropuerto.

* * *

Una vez fuera, aguardé. Sin embargo, no se puso a caminar como esperaba. En cambio, hizo un gesto imperioso y un taxi negro se detuvo frente a nosotros no sin cierta brusquedad.

* * *

Al cabo de un buen rato, que yo pasé en silencio meditando sobre las actividades del día, noté, de pronto, que enfilábamos la rampa que conducía al hall de salidas. Cuando el coche se detuvo le tendí al taxista un billete de cincuenta euros y le indiqué que deseaba un recibo por el trayecto. Creí escuchar un gruñido de su parte, pero estaba demasiado ensimismada como para prestarle atención. Recogí la vuelta y el ticket y lo hice desaparecer en un bolsillo, arrugándolo junto a los billetes. Salí del taxi y al momento penetré en el bullicioso espacio de la terminal.

* * *

Durante el viaje lo observaba. Era alto y muy guapo. Su bronceado rostro, habitualmente serio me cautivaba. No podía dejar de pensar en él y en los acontecimientos que iban a suceder. No podía evitar sentirme nerviosa ni tampoco podía acallar la emoción de encontrarnos a solas en breve.

Finalmente, su voz me sacó del trance.

–Sal del coche, ¿quieres? –me dijo.

Sonreí mientras balbuceaba una disculpa y en seguida estuve fuera. El pagó y me siguió. Juntos sobre la acera, lo miré de nuevo. El taxi había partido ya cuando el me indicó con un ademán el camino de la puerta.

Entré y me siguió. El vestíbulo era majestuoso, elegante, de altos techos, iluminado desde todos los rincones posibles, decorado con lujo y también con exquisito gusto.

* * *

No tuve que facturar. Había obtenido mi tarjeta de embarque por internet. Eso eliminaba el latoso trámite en los mostradores; las estúpidas esperas mientras la empleada localiza en su programa la opción escondida que finalmente no existe, mientras el turista no recuerda donde demonio guardó su pasaporte, seguramente olvidado en casa o mientras la bulliciosa familia, incluidas llorosas abuelas que despiden, se arremolina alrededor de un mostrador invadiendo el espacio vital, físico y también sonoro, del viajero vecino.

* * *

Dudé y lo miré de nuevo.

Él, con su seguridad habitual, hizo un breve saludo hacia la recepción, atestada de un variopinto mosaico de gente, y se dirigió a los ascensores.

* * *

Así pues, enfilé la puerta de entrada a la zona de embarque. Solamente el fastidioso, además de bastante inútil por mal ejecutado, control de seguridad se interponía entre mí y mi vuelo. Un individuo de dudosa catadura pero vistiendo un impecable uniforme de una empresa de seguridad me pidió, con formas deplorables, mi tarjeta de embarque y mi identificación. Tardó una eternidad en contrastarlas. Por un momento llegué a dudar de que supiera leer, pero finalmente me franqueó el acceso al serpenteante pasillo, delimitado por cintas de color a ambos lados.

Supuse que las disponían así para organizar las filas de viajeros, que debían hacerse interminable a determinadas horas o en determinados días. A aquella hora temprana de un miércoles cualquiera de otoño, sin embargo, caminar en sucesivas idas y venidas hasta alcanzar la zona del arco magnético me parecía una intolerable pérdida de tiempo y no hizo sino contribuir a aumentar mi enojo.

* * *

Esperamos unos segundos frente a las puertas de éstos hasta que uno de ellos llegó a la planta baja. Se me antojaba caprichoso su comportamiento, no sabiendo nunca bien si bajaban o subían y gobernando a su antojo la espera de la gente.

Entramos y una doncella rubia nos siguió. La miré sin que se diera cuenta. No parecía ser muy despierta. Reí, para mis adentros, la ocurrencia. ¡¡No la conocía!! Y aún así me atrevía a valorar su competencia para aquel puesto.

* * *

Justo antes de los arcos un nuevo control.

–Identificación, por favor. –La voz cortante del guardia terminó de enfadarme.

(¡¡Podías tener un poco de educación, imbécil!!)

Con brusquedad, le planté mi DNI bajo sus ojos. El lo tomó y yo retiré la mano con violencia y desagrado. El me miró.

(¿Qué miras, bobo? ¿Te parezco guapa?)

–Su tarjeta de embarque...

* * *

El ascensor subía y subía. No parecía tener fin. Se detuvo en un piso, pero nadie subió. Paró luego en otro, pero los que esperaban querían bajar. Paró, al fin, en el piso al que iba la doncella, pero, cuando la puerta estaba a punto de cerrase de nuevo, ésta regresó a su interior y recogió una bolsa que había olvidado.

(¡¡Idiota!!)

Por último, el ascensor llegó a nuestro piso.

* * *

Me sentí traviesa.

–Ya me la han pedido antes.

–Es el procedimiento. Su tarjeta de embarque, por favor–, repitió, subiendo algo la voz.

Hice el mismo movimiento brusco que con el DNI y prácticamente se la lancé a su mano tendida.

–¡¡Qué estupidez!! –dije, al mismo tiempo.

El levantó la vista. Los dos viajeros que había detrás de mi me miraron también.

–Señorita, es el procedimiento, compórtese, por favor –, indicó, mientras me devolvía los documentos y dejaba el paso libre.

–Oh, sí, sí, claro, disculpas, perdón... –voceé groseramente, sin mirarlo. –¡Disculpe usted caballero–,me volví y le dije, por último, acompañando la frase con una mueca burlona y provocativa.

* * *

Nos dirigíamos a la habitación por el larguísimo pasillo enmoquetado cuando, al doblar un recodo, un carro de limpieza nos cortó el paso. Del otro lado apareció al cabo de medio minuto otra doncella con un aspecto tan poco despierto el de su compañera del ascensor y, mascullando una disculpa apenas inteligible, comenzó a empujar el carro todo lo deprisa que podía.

Tuvimos que caminar detrás de ella hasta llegar a la habitación. Cuando ya nos acercábamos comencé a quejarme, a hacer comentarios sobre la poca diligencia de los empleados, sobre lo inusual de la hora, sobre la molestia que nos causaba y sobre cuanto de negativo se me vino a la cabeza en aquel momento.

* * *

Me disponía a tomar uno de los recipientes de plástico que se amontonaban sobre una mesa y depositar en él todos mis objetos personales cuando una voz a mi lado me sorprendió.

–Deberías aprender a controlar tus modales.

Me volví. Tenía un comentario sarcástico casi en la punta de la lengua pero no llegué a pronunciarlo. Su amplia sonrisa me retuvo. Lo miré fascinada. No era lo único. En su mano agitaba unos documentos con el logo de su empresa. La misma que yo iba a visitar. No puede ser. ¡El delegado del cliente en el mismo avión que yo? ¡Y me había visto montar el espectáculo ante un pobre guardia de seguridad que posiblemente no llegaba ni con mucho a ser mileurista! Sonreí azarada.

* * *

Él, que había permanecido en silencio, caminando pacientemente, con su andar elegante, detrás del carrito, sacó de su bolsillo una llave, abrió la puerta de la habitación y me invitó a pasar.

–Te voy a enseñar modales, señorita descarada–, susurró en mi oído.

* * *

Se volvió hacia el arco que quedaba de su lado haciendo caso omiso de mí. Yo me quedé mirándolo.

–Llaves, monedas, móvil, reloj... ¿móvil, señorita?

No contesté. Sólo tenía ojos para él. Con un movimiento rápido hizo deslizar su cinturón y en pocos instantes éste se encontraba pendiendo de su mano. Aquel sencillo gesto, mil veces repetido en todos los aeropuertos del mundo, me hipnotizó. Ver a aquel hombre elegantemente vestido, de camisa celeste, impecable y corbata de rayas, anudada con maestría, perfectamente simétrica, con su cinto en la mano me produjo toda clase de fantasías y pensamientos sensuales.

* * *

Me volví hacia él y lo miré. Miré sus ojos, negros, cautivadores. Miré su pelo, algo gris, que debía llevar siempre engominado. Miré sus labios, finos y delicados e imaginé el dulce beso que podrían deparar...

Seguía mirándolo embobada cuando me di cuenta de que se llevaba la mano derecha a la hebilla de su cinturón y lo desabrochaba con un movimiento preciso y rápido. ¿Dónde había visto yo aquello antes? A continuación lo hizo deslizar, tirando de él con una sola mano. Lo liberó por completo y el cuero se cimbreó en el aire.

Su visión me produjo un escalofrío. Imaginaba la horrible sensación de los latigazos propinados con aquel instrumento, casi podía sentir el dolor que me iba a producir, la desagradable sensación de escozor en mi trasero desnudo. Me estremecí. Lo deseaba con todas mis fuerzas...

* * *

Lo miraba sin poder apartar los ojos de él. Mientras tanto la vida a mi alrededor seguía...

–Señorita, ponga sus pertenencias en la bandeja. Llaves, monedas, móvil, reloj...

(¡Cállate ya, zoquete!)

* * *

–Bájate la falda –, me ordenó. Su voz sonaba dulce y en sus ojos brillaba el halo de su sonrisa pero la orden era clara y patente y en ella había una carga insoslayable de autoridad plena.

Obedecí.

* * *

Después de colocar todas mis chucherías en una bandeja y de colocarla en la cinta junto con mi cartera y mi portátil me dispuse a bajo el dispositivo electrónico. Sin embargo, mi pesadilla no terminaba. Tuve que volver atrás y sacar el ordenador de su funda. Debía pasar por la cinta solo.

* * *

La prenda resbaló y quedó alrededor de mis tobillos. Saqué ambos pies de ella y me situé al lado, mirándolo con una mezcla de descaro y provocación. Era consciente de que miraba mis zapatos, mis medias negras y mis piernas. “No estoy mal del todo”, pensé.

Sin embargo, me miró con desparobación.

–No se deja la ropa tirada en el suelo. Dóblala y colócala sobre la cama.

Obedecí de nuevo, turbada por su comentario.

* * *

Miré al empleado con cara desafiante pero no dijo nada. Finalmente pasé bajo el arco y el maldito chisme tuvo la ocurrencia de emitir un pitidito delator.

–Colóquese aquí, por favor.

Una empleada gorda y desagradable, embutida en un uniforme mugriento cuyas costuras parecían estar a punto de reventar me indicaba una marca en el suelo.

Iba a inspeccionarme con su pistola de rayos o lo que fuera aquél chisme.

–Levante los brazos.

Lo hice y la miré al tiempo con odio. Ni se dio cuenta la muy estúpida.

–Adelante. Puede seguir.

(¿Les realizarán una prueba de estupidez a éstos tarados...?)

* * *

–Colócate sobre la silla. Con las manos en el asiento.

De nuevo sentí la imperiosa necesidad de obedecerle.

Allí colocada le ofrecía una vista estupenda de mis piernas y de mi trasero. Supuse que estaba gozando de ella y eso me enorgulleció.

De pronto noté la caricia de su mano. Una suavidad irresistible que me recorría y que penetraba hasta lo más profundo de mí, a pesar de que solo tocaba mis bragas.

Gemí débilmente, de puro placer.

(¡¡Sigue!! ¡No te pares! ¡¡¡Sigue acariciándome así!!!)

* * *

El resto del tiempo que pasó hasta que llegué a mi destino fue simplemente horrible. En primer lugar, atrasaron el vuelo.

–Es debido a causas técnicas, señorita. En unos minutos la compañía hará un nuevo anuncio.

(Causas técnicas... causas técnicas. ¡Qué manera tan imbécil de engañarnos!)

Me puse a pasear nerviosamente por la sala de embarque, esperando el nuevo anuncio.

* * *

–Tu comportamiento es incalificable –, me dijo. –Alguien debería enseñarte a respetar a los demás.

Mientras hablaba paseaba por detrás de mí. Yo estaba atenazada por los nervios. Apenas podía contener la emoción y deseaba que comenzara de una vez.

–Seguramente quieres que todo comience ya ¿verdad?

(¿Cómo lo adivinó? ¿tanto se nota? ¡Pues claro que quiero que empieces! ¿No ves que me matas de deseo?)

–Pues no será así. No daré gusto a tu impaciencia. Vas a aprender a esperar. Vas a recibir las cosas a su debido momento y no cuando a ti se te antoje. Y sobre todo, vas a escucharme lo que tengo que decirte.

(Tú verás. Pero solo conseguirás que aumente mi excitación y el deseo de ser tuya. ¡Tu sabrás lo que haces!)

–Eres nuestra mejor proveedora de servicios de comunicación. Estamos orgullosos y contentos de tu trabajo. Lo sabes. Pero eso no te da derecho a tratar a la gente a tu antojo. Especialmente a aquellos que están para servirte. Has de respetar su trabajo, como nosotros en la firma respetamos y valoramos el tuyo. En lugar de eso, los desprecias y te conduces como una niñata malcriada y prepotente.

(¿Y no será que tengo razón y son todos una panda de inútiles?)

* * *

Una voz metálica anunció la nueva hora del vuelo. ¡Cuarenta minutos de retraso! ¡Demonio¡ ¿Qué más podía pasar?

* * *

–Recibirás cuarenta latigazos para que aprendas a ser respetuosa y educada

(¿¡¿¡Cuarenta?!!?)

* * *

Me dejé caer en una silla. Odiaba los aeropuertos.

* * *

Escuché un chasquido y al punto mi trasero estalló de dolor. No sabía donde me había golpeado exactamente. Sentí el cinto cruzarme de lado a lado pero al momento pareció que el golpe lo había recibido todo mi cuerpo, mi espalda, mis piernas. Me sentí como atravesada por un rayo.

* * *

Me levanté tratando de localizar una cafetería. Me moría de ganas por un café.

–Lo siento, señorita. La máquina aún no está caliente del todo.

(¡Oh, no!)

Me fui de allí. Era obvio que le resultaba completamente indiferente si yo necesitaba café o no.

* * *

Otro chasquido y un nuevo fogonazo de dolor que me atravesaba. ¡Cielos! Dolía. Dolía horriblemente. Sentía que mi parte posterior tomaba calor paulatinamente y sentía, a la vez, que algo entre mis piernas comenzaba a palpitar fuera de control.

Deseaba aquellos latigazos como el aire para respirar.

Me golpeó de nuevo y gemí. El gemido me salió de lo más profundo de mi ser.

* * *

Retorné a mi sitio. A mi lado se sentaba una chica con dos niños pequeños. Naturalmente, nadie les había enseñado a comportarse. Deseé tener una almohada para ponérmela sobre la cabeza. ¡Que horror!.

* * *

–Se diría que nadie te ha enseñado educación.

–Auuuu...

El abrazo del cinto alrededor de mi trasero me hizo gritar. Escocía de manera casi inaguantable. También inaguantable era la oleada de excitación que me producía. E irresistible la sensación de humedad, que iba en considerable aumento entre mis piernas.

–Pero yo te enseñaré a comportarte.

Un chasquido salvaje se mezcló con mi grito.

(¡Pégame! ¡Pégame de nuevo!)

* * *

Al embarcar, la azafata descubrió que mi asiento estaba duplicado en otra tarjeta y, tras esperar el embarque completo del vuelo, me ubicó en la anteúltima fila. No era mi día. Las desgracias no parecían terminar nunca.

* * *

–¡Ponte derecha! Tu castigo no ha terminado.

(¡Ni yo quiero que lo haga!)

Obedecí, mas no bien hube recuperado mi posición sentí de nuevo el pellizco horrible del cuero y el estallido de dolor que me inundaba.

* * *

Por supuesto, el vuelo fue bastante movido y parte del refresco de mi compañero de asiento voló en un determinado momento hacia una de mis medias. (¿Qué haces, imbécil?) Además, al llegar al destino la inevitable congestión de tránsito aéreo hizo demorar el aterrizaje diez minutos más. No había manga para descender del avión, sino que debimos tomar uno de esos odiosos autobuses de Iberia; la salida estaba tomada por miles de quinceañeras que recibían a algún cantante de moda; la cola de taxis eran tan larga como había sido el maldito viaje y, para colmo, un zapato me apretaba.

* * *

–Vas a arrepentirte de ser tan insolente y prepotente.

Un tremendo cintazo cruzó mi trasero y me arrancó un suspiro.

–Vas a aprender a ser tolerante.

Un nuevo cintazo me hizo gritar de dolor. A continuación llegó otro, y otro... No me daba tiempo a sentir por completo el dolor de cada golpe cuando el siguiente ya estaba haciendo estallar mi trasero de nuevo. Una y otra vez me parecía escuchar el ruido del cuero cortando el aire de la habitación y a continuación el chasquido que acompañaba al grito, al gemido y a la insoportable sensación de escozor que me producía.

El parecía indiferente, azotándome si cabe con más ímpetu. Había dejado de hablar, pausando el regaño y parecía imprimir si cabe más fuerza a cada cintazo.

* * *

Como pude llegué a mi taxi, finalmente, y me dejé caer en el asiento trasero. Le farfullé la dirección al taxista, que me la hizo repetir tres veces, y me sumergí en una suerte de semiletargo mientras contemplaba la ciudad por la ventanilla. Los edificios pasaban ante mis ojos como imágenes vagas. El taxi ascendía a los viaductos y descendía a los pasos subterráneos casi sin solución de continuidad, serpenteando entre el resto de vehículos, acercándose finalmente a su destino. Temía el momento de llegar, de registrarme y subir hasta las oficinas del cliente y de empezar la reunión a la que iba. Al mismo tiempo lo deseaba. Sabía que podía hacer un buenísimo trabajo y que mi presentación era impecable. Los dejaría a todos boquiabiertos.

* * *

Sentí un nuevo golpe, más fuerte que los anteriores. Era difícil distinguir, pues cada uno de ellos dolía de una manera increíble pero aquel, no sé por qué, me hizo gritar incontroladamente.

El silencio se adueñó de la habitación. ¿Había terminado ya? Me dejé caer sobre el respaldo de la silla, los brazos colgando a ambos lados del asiento, y la tensión que atenazaba todo mi cuerpo, que me había hecho contraer el trasero con cada golpe, se desvaneció de golpe. Tuve ganas de llorar.

Pensaba en su siguiente paso. Lo temía pero lo deseaba. Me preguntaba qué haría.

* * *

Una recepcionista consultó el nombre que le di, marcó un par de teclas en su terminal y me indicó el camino.

–Por aquí, por favor. El Sr. López no tardará.

Y una vez que entré en la sala de reuniones desapareció cerrando la puerta tras de sí.

* * *

Me tomó del brazo y me hizo levantar. Me incorporé sin saber muy bien lo que hacía.

–Tu castigo ha terminado. Ahora te vas a poner de pie en ese rincón y vas a reflexionar sobre tus faltas, sobre tu prepotencia y sobre el desprecio con que tratas a los que no están a tu altura. Vas a recordar la zurra que has recibido y vas a hacer propósito de no ser así nunca más.

* * *

La reunión resultó casi perfecta pero, a ratos, se me hizo casi interminable. La lluvia de preguntas, de dudas, de cuestionamientos que recibí, aunque resueltos con solvencia y claridad, terminaron por agotarme.

Además, observarlo a él, su dominio de la situación, su modo de manejar la dinámica de la reunión, de llevarla siempre por el camino que quería, su modo de mirarme, de un modo que me turbaba y que me encendía a la vez, no hizo más que aumentar el estado de excitación nerviosa en que me encontraba.

¡Era el mismo hombre del aeropuerto!

No había tenido ocasión de conocerlo en persona. Tampoco sabía que no se encontraba en la ciudad, ni mucho menos que volaba en el mismo avión que yo para acudir a la reunión de presentación.

* * *

Allí, sola en el rincón, los minutos pasaban como si fueran años. Sentía el cansancio de mantener la posición. Sufrí, de hecho, algún nuevo azote por aquella causa. Pensaba en lo que había sucedido y sobre todo pensaba en el hombre que me acababa de azotar con su cinturón de cuero. El mismo que le había visto quitarse con presteza en el aeropuerto.

Imaginaba sus manos, cuidadas, elegantes, su traje, de corte impecable, italiano, y el aire de autoridad y distinción que le proporcionaba. Imaginaba esas manos sobre mi cuerpo, ese traje tirado, abandonado de cualquier modo sobre el mobiliario de la habitación...

Me imaginaba poseída por aquel individuo que había conseguido excitarme de una manera tan salvajemente profunda con los cintazos que me había propinado...

* * *

No había tenido ocasión de conocerlo en persona. Tampoco sabía que no se encontraba en la ciudad, ni mucho menos que volaba en el mismo avión que yo para acudir a la reunión de presentación.

* * *

Allí, sola en el rincón, los minutos pasaban como si fueran años. Sentía el cansancio de mantener la posición. Sufrí, de hecho, algún nuevo azote por aquella causa. Pensaba en lo que había sucedido y sobre todo pensaba en el hombre que me acababa de azotar con su cinturón de cuero. El mismo que le había visto quitarse con presteza en el aeropuerto.

* * *

–¿Tendré el gusto de poder invitarla a comer?

Ya salía de la sala cuando oí su pregunta. Me volví tratando de disimular los nervios. ¡Quería que comiéramos juntos! ¡No lo podía creer!

–Por supuesto, claro que sí–, balbuceé como pude.

–Perfecto.

Su sonrisa radiante, cálida y amplia me deslumbró. No podía creer que Luis Javier López, para quien llevaba meses trabajando pero que me había recibido en persona por primera vez aquella mañana, fuera a invitarme a comer.

* * *

–Vamos, ven aquí. Ya puedes retirarte del rincón.

Aquellas palabras, dichas a mi espalda, me sacaron del trance en que estaba. Me volví y lo vi sonreírme. Sentí unas ganas irrefrenables de lanzarme a sus brazos pero me contuve. Entonces el los abrió y yo, lentamente pero con una mirada decidida fui a buscar refugio en ellos. Apoyé la cabeza en su pecho y rodeando su cuerpo lo acaricié por todas partes, aspirando su aroma.

* * *

Recuerdo haber disfrutado como nunca de la compañía de un hombre, de la comida, del café que la siguió, de una agradable copa en la penumbra semivacía de un local de moda en una hora demasiado temprana, de un nuevo café... Y sobre todo, de su conversación, de sus ojos, de sus gestos, de su voz...; recuerdo haber disfrutado como nunca con aquel hombre.

* * *

Me tomó delicadamente una de las manos y conduciéndome hacia la cama me dijo con apenas un susuro:

–Ven, pequeña. Ven, cariño.

Recuerdo aquella noche como algo inolvidable. Nunca antes nadie me había hecho, y tampoco nunca después nadie me hizo, tan completa y plenamente feliz, me produjo tan absoluta y total satisfacción y me condujo a tan altas cotas de placer como aquel hombre...