Insólita terapia en el diván
Autor: TON (http://spankcatala.blogspot.com/)
(Dedicado a Selene)
Este relato pretende poner de manifiesto la necesidad que todos tenemos de llorar. Pertenezco a una época en la que los chicos no llorábamos, estaba mal visto, aunque las chicas sí se podían permitir esa pequeña debilidad con cierta libertad y sin ningún tipo de vergüenza. Podríamos decir que se consideraba incluso natural el hecho de que una mujer llorara de vez en cuando. Hoy también las chicas contenéis el llanto, lo reprimís. La angustia por el estrés que origina la competencia y la lucha de sexos, tan propios del campo de batalla que actualmente constituyen las relaciones laborales, llegan a convertirse en una verdadera carga, que nos acompaña en nuestro día a día. Ahora las mujeres ya no os podéis tomar esa libertad que representa el lujo de mostrar debilidad. Creo que los hombres nunca nos la hemos podido permitir. Esa necesidad reprimida puede encontrar en el spanking una salida, una liberación de las tensiones acumuladas. Y, además, puede conseguirlo sin que intervengan miedos de ninguna clase, desde el momento en que es la misma persona a quien amamos la que nos está haciendo llorar, la que nos está ayudando a prorrumpir en llanto con sus ruidosas y picantes nalgadas. Sabemos que esa persona no nos traicionará nunca, ni valorará tampoco como fragilidad nuestra descarga emocional.
La experiencia que narra el presente relato no tiene sin embargo que ver ni con el estrés ni con las tensiones del trabajo, aunque sí plantea esta necesidad de llorar, de explayar las penas. A pesar de que el método empleado para deshacernos de este peso que vamos arrastrando no haya sido reconocido como terapéutico por ninguna asociación médica ortodoxa, puedo aseguraros que es una terapia muy agradecida, sobretodo si es realizada en el diván adecuado.
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Nuria había perdido a su padre aproximadamente hacía un mes. Había soportado aquel súbito trance con gran entereza. Tuvo que ser ella precisamente quien pusiera una nota de sentido común en medio de un panorama familiar marcado por frecuentes brotes de ansiedad y de nerviosismo. Aquella situación la había obligado a mantener el tipo. No se había concedido llantos ni consuelos. Se había hecho fuerte. Había encerrado su dolor muy adentro en su interior. Pero a cada momento que pasaba se la veía más triste.
Francesc conocía y amaba a Nuria desde hacía muchos años. Había intentado apoyarla en aquellos momentos tan dolorosos y ayudarla en todo cuanto le fuera posible, pero no conseguía penetrar el caparazón que la chica había construido a su alrededor y que aprisionaba ahora por completo sus sentimientos. Con su talante alegre, no dejaba de intentar hacerla sonreír, de distraerla de la pena que arrastraba, aunque fuera sólo por unos momentos, llegando a hacer verdaderas payasadas para conseguirlo. Pero aquellas pequeñas y forzadas sonrisas, las risas robadas por sorpresa al dolor que residía en su interior, no bastaban. Ante su tristeza, que cada vez devenía más ostensible, y con miedo a que aquel bajón de ánimos pudiese derivar hacia una depresión nerviosa, o hacia cualquier otra enfermedad crónica que enrocara su melancolía, el hombre, que se pirraba por el complejo mundo de la mente humana y sus contradicciones, tuvo que acudir a su manual de terapias psicológicas inusuales en busca del mágico remedio que despejara las nubes que enturbiaban el alma de su amada.
Un día, mientras estaban cenando en la terracita de un restaurante con vistas al mar y ya había probado sin éxito su última mueca cómica y agotado su repertorio de chistes, en un intento más para forzar la bella sonrisa de Nuria, Francesc, poniéndose muy serio de repente, preguntó a la chica si le permitiría realizar un pequeño experimento, utilizándola como conejillo de indias. Tras evitar responder todas las preguntas con que Nuria lo estuvo abrumando en relación a la naturaleza de la prueba que quería efectuar, consiguió que ella aceptara ir a pasar la tarde en su casa el día siguiente, contentando solamente su curiosidad con el ruego de que confiara en él. La chica pensó, acertadamente, que Francesc quería sorprenderla con alguno de los pequeños juegos eróticos con los que adornaban en ocasiones sus encuentros sexuales. Pero seguro que no se hubiera imaginado qué pasaría en el transcurso de aquella cita al día siguiente.
La velada se desarrolló inicialmente siguiendo una cierta rutina, una pauta que habían ya determinado las citas anteriores. Francesc hizo café y ambos pudieron disfrutar del aroma que desprendían las dos tazas humeantes, café solo para él, cortado para ella, al mismo tiempo que unas pequeñas copas de licor de menta con un poco de hielo constituían la nota más viva de color sobre el blanco mantel, que decoraba la mesita baja situada al lado del sofá. Del mismo modo, ambos iniciaron conversaciones genéricas y banales para guardar, en el caso del hombre, el secreto bajo el que quería mantener la naturaleza del experimento y, por lo qua a Nuria se refiere, como si se mordiese la lengua para no ofender a su anfitrión al pedirle que dejara de amparar el misterio que envolvía al motivo real del encuentro.
Finalmente fue Francesc quien rompió el hielo. Fijando sus brillantes ojos en los de Nuria, con una intensidad que la chica pudo captar y valorar casi como una invasión, y que consiguió hacerla enrojecer ligeramente por la pequeña intrusión que representaba, dio inicio a las anheladas explicaciones. En una exposición que dejó a la chica boquiabierta, Francesc le participó su creciente preocupación por su estado anímico y por las repercusiones que podría representar que el dolor por la pérdida de su padre permaneciera encerrado en el interior de su corazón durante tanto tiempo. Le transmitió igualmente su temor de que aquella pena llegara a enquistarse y de que la tristeza que su rostro transmitía habitualmente aquellas últimas semanas se convirtiera en crónica. Le dijo que pretendía hacerla llorar como si fuera una niña pequeña, para que sacara al exterior todo aquel sufrimiento que iba oscureciendo sus pupilas. Que no sabía exactamente el motivo, pero que estaba seguro de que, si conseguía que llorara con toda el alma, aquello la ayudaría a salir del hoyo donde la habían hundido los luctuosos acontecimientos familiares. Y que para que estallara aquel llanto sanador -y fue en este punto donde la mandíbula inferior de Nuria se quedó completamente desencajada- le azotaría el culo con todas sus fuerzas. Inmediatamente.
Anteriormente, en algunas ocasiones y como mero preámbulo a las relaciones sexuales, él ya le había dado algunos azotes sobre las nalgas, y a la chica no le desagradaba la sensación de calor creciente y el color rojo que embellecía las mejillas de su trasero cuando se daba esa circunstancia. Es decir, Nuria no era del todo ajena a esa forma de estimulación sexual. Pero ninguno de los dos había sobrepasado los límites de lo que podría ser considerado hasta entonces sólo como un juego erótico.
Como la chica no había reaccionado todavía por la sorpresa por la propuesta que le formulaba su compañero, Francesc se inclinó por actuar antes de que se disipara aquella neblina que casi había paralizado el cerebro de Nuria. Aprovechando su inmovilidad y para que ella no pudiera interrumpir el tratamiento antes de su finalización, le ató las manos a la espalda utilizando el cinturón de un albornoz, y enseguida la instaló sobre sus rodillas, de la forma más cómoda posible. El hombre se mantuvo sentado en el mismo sofá, que estaba sin embargo a punto de convertirse en un verdadero diván de la consulta de un psicólogo.
Francesc empezó a darle palmadas, primero sin mucha intensidad y por encima de la falda que vestía aquel día, calentando todo el trasero y la parte superior de los muslos. Después le levantó la falda y continuó propinándole azotes, siempre con su mano derecha, incrementando ahora ya sí la potencia y la velocidad de sus golpes. Finalmente hizo descender sus braguitas y dejó que las zurras continuaran cayendo con fuerza y ritmo sobre aquel culo ya completamente colorado.
Pudo entonces constatar el acierto de haber atado las manos de la chica previamente, ya que ella empezó a realizar algunos intentos para librarse del fuerte abrazo con que el hombre la tenía aprisionada con su brazo izquierdo. Nuria empezaba a sentir en toda su intensidad el dolor que el amor de Francesc le estaba haciendo sufrir y su "comodidad" era cada vez menos real. A título de demostración de que aquello ya empezaba a hacerle más daño del que estaba dispuesta a soportar, lanzó hacia arriba sus piernas con fuerza, en una tentativa de escapar a las bofetadas que seguían cayendo sobre su luna, que había ido adquiriendo un tono casi escarlata. Con la finalidad de evitar esa fuga que hubiera imposibilitado que la terapia fuera administrada correctamente, el hombre inmovilizó las piernas de la chica poniendo su pierna derecha encima de las mismas, sin parar, no obstante, en ningún momento de zurrar cada vez con más fuerza aquellas nalgas, movidas por una zarabanda infernal. En aquel preciso instante, los gemidos y los gritos de la hasta ahora silenciosa Nuria empezaron a llenar la habitación de una atmósfera de gran tensión emocional, lo que acabó de convencer a Francesc de que iba por el buen camino.
Cuando comprendió que su amada estaba llegando al límite, agarró por el talón una de sus zapatillas, y entonces ¡¡¡sí que empleó toda su fuerza!!! Unos veinte golpes después, la chica empezó a llorar. ¡Y eso que estaba aguantándose tanto como podía! A los treinta y cinco, sus gritos de rabia y de desesperación se mezclaron con su llanto. Hacia los cincuenta, bajó la intensidad de los gritos así como la tensión por la ira que le producía ser azotada, y empezaron a oírse solamente sus sollozos y algún que otro gemido. Una vez rota aquella barrera ficticia, aquel dique que había retenido durante tantos días sus lágrimas, Nuria siguió llorando como una niñita pequeña, vaciando aquel depósito canceroso, mientras él seguía golpeándola con la zapatilla. Ahora, sin embargo, los golpes caían con menos ímpetu, mientras el llanto de la chica fluía ya sin ningún tipo de resistencia, como una lluvia tranquila y suave de otoño.
Tras unos breves instantes, Francesc dio por terminada la primera parte del tratamiento. Ahora tocaba consolar a aquella mujercita a quien tanto quería, y que seguía llorando sin parar todavía encima de sus rodillas. Ya había pasado. Todo había acabado. El hombre la desató, la abrazó y la mantuvo unos momentos sentada sobre su regazo, permitiendo que terminara de llorar, que acabara de soltar toda la tensión que había acumulado, confortándola, acariciándola, queriéndola. Así se mantuvieron durante más de media hora, sin hablar. De vez en cuando, Nuria dejaba escapar algún pequeño sollozo, que hacía estremecer todo su cuerpo. Más tarde hicieron el amor, también muy tiernamente, y al terminar se quedaron dormidos, ambos completamente relajados.
La verdad es que, a partir de aquel día, los ojos de Nuria volvieron a brillar como siempre lo habían hecho con anterioridad a la muerte de su padre, y que su comportamiento fue de nuevo el de la chica alegre y feliz de quien Francesc estaba enamorado. ¡¡Y seguro que aquel cambio no se había producido por miedo a que a su hombre no se le pasara por la cabeza la conveniencia de volver a tratarla!! Ciertamente volvieron a disfrutar de algunas sesiones eróticas de spanking, pero nunca más la hizo llorar. ¡¡¡Lo que sí recordaría Francesc durante mucho tiempo y con un poco de morbo fueron las marcas que mostró el culito de Nuria durante más de diez días!!!

