Matinee
Autor: Bilbo
-No queríamos ir a la escuela. No nos apetecía. O, mejor dicho, había algunas cosas que nos apetecían más. Y, en aquella calurosa y húmeda mañana de mayo, la que más nos apetecía era ir al cine. Llevábamos planeándolo ya cierto tiempo. En la ciudad había un único cine que disponía de programación matinal. Era precisamente aquél al que queríamos acudir. No era factible hacerlo un sábado o un domingo. En esos días el cine en cuestión se llenaba de madres con niños para ver deplorables remedos, apestosamente dulzones, de conocidas películas de animación.
Hizo una pausa y tomó un sorbo de su capuccino.
-No. Si queríamos ver aquel tipo de películas había que ir a ese cine un día de semana. Y, para ello, era necesario faltar a clase. No había ninguno más en toda la ciudad que programara aquellos films. Se autodenominaban films "de arte y ensayo" pero nosotras sabíamos que eran lisa y llanamente películas de bajo presupuesto rayanas en el porno barato. Y, naturalmente, para nuestra imaginación de chiquillas a punto de ir a la universidad, con nuestros dieciocho años recién estrenados y flamantes credenciales que lo demostraban en el bolsillo, aquel tipo de cine, que se aventuraba en los vericuetos de la pornografía, no dejaba de encerrar un atractivo muy especial -continuó.
-No era común que nadie faltara a clase, pero tampoco, por ser el último año de clases, lo era el que el colegio averiguara, como sí ocurría en los niveles más bajos, la razón de la falta. No había riesgo, por tanto, de que en nuestras respectivas casas se recibiera ningún tipo de llamada comprometedora ni era previsible que nos viéramos en problemas por ello. En todo caso, decidimos que no convenía tentar excesivamente a la suerte y el día convenido nos levantamos todas a la hora habitual, nos encontramos en el camino del colegio a la hora habitual y acudimos a la primera de las clases como habitualmente.
Una nueva pausa le permitió respirar profundamente y dirigir su rostro hacia el sol por un instante, protegidos sus ojos bajo unas exageradamente grandes gafas oscuras, según la moda del momento, antes de proseguir.
-En el descanso entre dicha hora y la siguiente nos escabullimos del colegio sin ser vistas, cada una por su lado, y nos encontramos en la esquina acordada, a tres manzanas de allí, donde no llamaríamos la atención. A nuestro favor jugaba el hecho de que las alumnas de último año no tenían la obligación de vestir el uniforme del colegio, como sucedía en el resto de los grados. Esto, que nos daba un status diferenciado y superior respecto a las alumnas de los años inferiores, nos proporcionaba además, en aquel momento, la posibilidad de mimetizarnos sin problemas en el atestado ambiente de las calles céntricas de la ciudad, donde se ubicaba nuestro colegio.
Suspiró levemente y me miró a través de sus lentes tintados.
-Todo iba saliendo bien; o eso creíamos. Tomamos un autobús hacia la zona donde se hallaba el cine. Llegamos allí sin novedad. Nos bajamos y nos dirigimos hacia el edificio. Luego, la que parecía mayor de nosotras recolectó el dinero necesario y fue a comprar las entradas. Volvió al rato con una radiante sonrisa y los cuatro boletos en la mano, blandiéndolos como si de un trofeo se tratara. Las demás la regañamos, indicándole que no era inteligente llamar la atención de todo el mundo de aquella manera.
-Entramos sin que la persona que controlaba la entrada nos dedicara ni un pestañeo. Nos acomodamos en nuestros asientos, vimos la película y, cuando finalizó, salimos a la calle entre risas y bromas, celebrando el éxito de nuestra aventura.
-¿Cómo estuvo la película? -pregunté.
-De la fregada, para ser honestos -contestó, riendo de buena gana-. No valió la pena tanto esfuerzo -me dijo, tomando en sus manos el vaso de café para darle otro sorbo.
-De regreso tomamos el mismo autobús que a la ida. Todo estaba previsto; la duración de la película más los dos viajes en autobús más un corto paseo desde la parada en dirección a nuestras casas, de modo que pareciera que veníamos del colegio. La casa de Karen era la más cercana al colegio y, por tanto, la primera a la que llegábamos siempre, las cuatro juntas. Estaba a mitad de camino hasta la mía y solíamos detenernos allí a tomar un vaso de agua. Ese día mejor no lo hubiéramos hecho -dijo, con aire reflexivo.
Iba a preguntar por qué pero no me dio tiempo, pues prosiguió su narración con aire distraído.
-Entramos en la casa saludando, como siempre, y nos encontramos al padre de Karen en el salón. Yo supe, desde el primer momento, que algo no iba bien. El nos preguntó: "¿De dónde vienen, niñas?"
Respondimos lo obvio: "Del colegio".
"Estuve en el colegio a buscarlas. Tenía que hacer algunos recados en el centro y pasé por ustedes con la camioneta y no las vi"
-Karen se quedó helada. Su madre, que había estado dando vueltas por el salón durante el diálogo anterior, se fue escaleras arriba hacia su habitación. Karen temblaba como una hoja.
"¿A dónde fueron?"
-El padre de nuestra amiga nos miraba amenazadoramente. Tres de nosotras contestamos que habíamos ido a un centro comercial. Ya era bastante malo haber faltado a clase para empeorarlo diciendo que habíamos ido al cine. Y precisamente a aquél cine. Mas una de nosotras, no recuerdo bien quién, no anduvo tan despierta, y contestó con un hilillo de voz que habíamos ido a ver una película, cayendo, automáticamente, en la cuenta del error que había cometido.
-Aquella confesión pareció enfurecerlo todavía más. Naturalmente, conocía de qué cine se trataba y estaba perfectamente al tanto de la naturaleza de su programación. "Así que se tomaron la mañana libre para ir a ver una de esas películas ¿eh?", gritó. "Y pensaban que iban a salirse con la suya sin que nadie lo supiera, ¿verdad?, bramó de nuevo.
-¡Cielos, me puedo imaginar la situación! ¡Qué tensión! ¿no? -dije, más por ganas de intervenir en la narración que por otra cosa.
-No. Te aseguro que no. Estoy segura de que no te la imaginas. Verás lo que sucedió después -dijo, mientras se quitaba las gafas y me miraba fijamente-. El padre de nuestra amiga, haciendo caso omiso de nuestra presencia allí, o quizás, precisamente aprovechándola, se dirigió a ella con un escueto "¡A la mesa!". Karen ahogó un sollozo y caminó hasta la mesa, tendiéndose, a continuación, sobre ella. El resto estábamos aterrorizadas. Al menos, yo lo estaba.
No pude menos que mirarla con sorpresa, sin decir nada esta vez. Ansiaba que continuara. La historia se tornaba cada vez más increíble y también, para mí, cada vez más excitante, aunque mi joven interlocutora no conociera este pequeño detalle.
-Imagino, por la celeridad con que mi amiga se colocó en posición y por el silencio que guardó, sin protestar siquiera, que aquel ceremonial se debía repetir frecuentemente. Ella esperó paciente, llorando en silencio acostada sobre la mesa, el castigo que le aguardaba. Para este momento ya todas éramos perfectamente conscientes del espectáculo que nos iba a tocar presenciar. El padre de Karen se desabrochó su cinturón, un viejo cinto de cuero marrón oscuro, ancho y pesado como cinturón de vaquero, y lo hizo deslizar hasta que lo liberó por completo.
-¡¡Bufff!! -exclamé sin perder detalle, e inclinándome involuntariamente hacia ella un poco más de lo necesario.
-Yo creo que lo hacía así, lenta y pausadamente, para que las tres que observábamos tomáramos conciencia de lo que muy posiblemente nos ocurriría al llegar a casa. Aunque no nos miraba, las tres sabíamos que interpretaba aquella danza solo para aumentar el horror que ya sentíamos. De pronto, dobló el cinturón, se volvió hacia su hija y descargó un tremendo azote sobre sus nalgas expuestas.
-¿La azotó delante de ustedes? -Ella me miró. La respuesta era obvia. Hice una mueca avergonzada, invitándola, con la mirada, a que prosiguiera hablando.
-Karen contuvo apenas un gritó y el resto pegamos un respingo. Aquel salvaje le iba a destrozar el trasero si seguía así. ¡Qué bruto! Pero él, indiferente, levantó el cinto y cruzó el trasero de nuestra amiga nuevamente, si cabe con más fuerza que en el anterior.
Yo miraba atónito, sin poder dar crédito a lo que escuchaba. La situación en sí ya me parecía especialmente increíble. Que me la estuvieran contando en aquella terraza, frente a dos capuccinos ya medio fríos, me resultaba simplemente irreal.
-Cada azote provocaba el mismo coro de gritos y lamentos contenidos de Karen y los gemidos de horror de nosotras. La azotaína prosiguió así un rato, sin parar. El padre de Karen golpeaba con fuerza, apuntando cuidadosamente, ya a una ya a otra de sus nalgas. Procuraba que los azotes se repartieran sobre toda la superficie de éstas visitando con más frecuencia el nacimiento de sus piernas, marcado por el pliegue de sus pantalones. Mientras lo hacía la regañaba en voz alta, como para tomar impulso en cada azote. "¿Así que pensabas salirte con la tuya e ir a ver esa basura de películas?" y golpeaba con saña. "¿Así que pensabas mentirme diciendo que habías ido a la escuela", y de nuevo el pesado cuero abrazaba el trasero de nuestra amiga de lado a lado arrancándole otro grito agudo en medio de su llanto.
Me recosté en la silla sin dejar de mirarla. Seguía sin poder creer lo que oía, pero el movimiento me ayudó a estirarme y a intentar controlar la natural reacción de mi cuerpo, que yo suponía ominosamente obvia, rogando que ella no dirigiera su mirada a ningún punto comprometido de mi anatomía.
-A ratos no sabía a donde mirar. De algún modo todas teníamos nuestras miradas fijas en el trasero de Karen recibiendo aquellos tremendos cintazos, pero, al cabo de unos diez o quince latigazos, se me hizo insoportable seguir observando aquel espectáculo sin más y busqué, sin hallarlo, algo en el salón en que ocupar mi mirada. Entonces me puse a observar a Cory. Algo en su cara era distinto de la expresión que había en la mía. Desde luego nada parecido a lo que reflejaba el gesto de la tercera de nosotras. Algo le sucedía a Cory ante la contemplación del duro castigo de Karen.
-¿Está segura? -pregunté, fingiendo sorpresa e incredulidad, aunque sabía muy bien a qué se refería y sabía que tenía toda la razón.
-Es extraño, Carlos... pero diría que Cory estaba disfrutando de aquello.
-¿Estás loca? -chillé. Y bajé la voz rápidamente, pues mi extemporánea reacción había concitado demasiada atención proveniente de las mesas vecinas-. ¿Cómo puedes decir eso? -le espeté, esta vez en voz más baja, fingiendo indignación. Me odié por ello. Ella no podía tener más razón en lo que sospechaba.
-Lo sé. Lo sé. No te enfades. Es que la observaba -continuó, con un tono de disculpa- y no podía dejar de pensar que no estaba observando aquello con horror como nosotras dos. No. Te lo aseguro. En su cara había una fascinación, un arrebolado color en sus mejillas y en su respiración una agitación que no me parecieron en absoluto normales. Hubiera jurado... -se detuvo y vaciló.
-Prosigue. ¿Qué hubieras jurado? -la animé, aunque no estaba seguro de poder escuchar lo que sospechaba que diría sin hacer una mueca delatora.
Tomé mi vaso de café intentando no mirar directamente a sus ojos. Temía que si lo hacía me descubriría, y descubriría de camino que esa sospecha, que había guardado para sí durante todo el tiempo que había pasado desde el momento del castigo, era increíblemente cierta.
-¡¡Diría que Cory desearía haber estado en el lugar de Karen!! -contestó finalmente, bajando los ojos avergonzada.
Guardé silencio un momento, para tratar de recomponerme, y cuando lo logré le dirigí una mirada que pretendía ser relajada. Ella seguía mirando la mesa y retorciendo las manos una con otra, esperando, sin duda, una airada protesta de mi parte. En lugar de eso me limité a sonreír, algo forzadamente.
-¿Qué pasó después? -pregunté para cambiar de tema. -Anda. Cuéntame el resto de la historia-. Y aún seguía sonriendo cuando ella levantó, por fin, sus ojos hacia mí.
-Después de lo que pudieron haber sido unos treinta azotes, propinados con la misma salvaje precisión que te he referido, lo que sin duda le dejó a Karen el trasero rojo y dolorido durante una buena temporada, su padre la mandó a su habitación con un regaño más. Luego se dirigió a nosotras y nos amenazó con la segura recepción de similar tratamiento al llegar a nuestras casas. Después nos ordenó retirarnos inmediatamente si no queríamos recibirlo allí mismo y de su mano. Creo que Cory vaciló un poco, pero entre las dos le tiramos rápidamente de la manga y, como si saliera de un letargo, corrió tras nosotras fuera de la casa.
Bueno, bueno, bueno... Así que así era como mi querida Cory se había descubierto a sí misma... Me puse a pensar en todo lo que había estado oyendo, hasta que la continuación del relato interrumpió el curso de mis pensamientos y le presté atención una vez más.
-De camino a casa casi no nos atrevíamos a hablar. Nos preguntábamos si el padre de Karen cumpliría su amenaza e informaría a sus familias. Nos preguntábamos también que sucedería en ese caso, aunque estábamos prácticamente seguras del desenlace. Pero, en su mayor parte, hicimos el camino en silencio y sin mirarnos.
-Y... ¿cumplió con lo que había dicho? -inquirí, sin poder reprimir la curiosidad por saber más. Ya no tenía interés en la historia en sí. Lo que deseaba saber era más detalles sobre mi querida amiga Cory, sobre su posible bautismo, sobre sus comienzos. Ella siempre me había jurado que sus padres jamás le levantaron la mano. Quería saber si era verdad.
-Naturalmente que lo cumplió. Cuando yo llegué a casa me encontré también a mi padre esperándome. Había hablado con el padre de Karen. Recibí idéntico castigo que mi amiga, solo que aplicado con una vara de mimbre que me hizo aullar de dolor. Nuestra otra amiga sufrió el mismo destino aquella noche, cuando su padre regresó a casa. A ella le dieron de nalgadas, según nos contó, sobre las rodillas de su enojadísimo progenitor.
Como guardara silencio a partir de ahí, la miré e hice un gesto de ánimo para que continuara. Lo hizo, sin demasiado entusiasmo.
-Cory, sin embargo, no fue azotada. A ella la castigaron un mes sin salir pero no recibió ni un azote -dijo, mirando hacia el suelo. Levantó sus ojos y me miró, titubeando-. Resulta extraño, después de lo que te he contado, que la única persona de la que juraría que hubiera deseado recibir aquel castigo se libró de él milagrosamente.
-No empieces otra vez -dije, mirando hacia la calle, donde miles de transeúntes se apresuraban para la hora de la comida. Miré el reloj a continuación y, fingiendo una prisa que no tenía, le dije que se me hacía tarde-. Es increíble lo que me has contado -terminé.
-Ya lo sé, Carlos, pero así pasó -me aseguró. Luego se puso de pie. La imité. Dejé sobre la mesa unas monedas, suficientes para cubrir la cuenta, al tiempo que hacía una seña imperceptible al camarero.
Me incliné para darle un beso.
-Cuídate mucho. Me alegro de haberte visto.
-Yo igual. Saluda a Cory.
Me devolvió el beso y se marchó. Y yo eché a andar hacia el estacionamiento, sonriendo divertido y trazando un malvado plan.
* * *
Leía el periódico distraídamente, sentado en el sofá, mientras Cory se afanaba en la preparación de la comida. Generalmente nos repartíamos las tareas con cierta armonía pero aquel día ella se había ofrecido, directamente, a cocinar. Iba y venía trayendo y llevando platos, jarras y fuentes con alimentos. Acomodaba utensilios, fregaba rápidamente los ya usados y los retiraba, guardándolos en cajones, yendo y viniendo de modo incansable, sin dejar de prestar atención a los dos o tres guisos que tenía en el fuego.
A ratos la observaba, por la puerta entreabierta de la cocina, atarearse frente a los fogones, removiendo aquí o probando allá lo que estaba cocinando. Cada tanto venía y acomodaba algo en la mesa, me lanzaba una mirada rápida, que yo captaba disimuladamente mientras leía, y me preguntaba algo al vuelo.
-¿Cómo estuvo tu día, cariño?
-Bien, todo bien -contesté, distraído.
-¿Algo interesante en la oficina? -volvió a preguntar en otra de sus idas y venidas.
-No -negué-. En la oficina, no.
Se detuvo justo en la puerta de la cocina y se volvió, mirándome inquisitiva. La certeza de que le iba a contar algo jugoso la mantenía allí, expectante.
-Nada interesante en la oficina. La misma aburrida rutina. Clientes que no pagan. Vagos irremediables que no trabajan... Lo mismo de siempre.
Se volvió, desilusionada por mi respuesta, dirigiéndose de nuevo hacia la lumbre.
-Sin embargo...
-¿Sí...? -contestó, deteniéndose de nuevo a observarme.
-Me encontré con tu amiga Erika en el centro.
Me miraba fijamente sin decir nada. Conocía a varias de sus amigas y no había "peligro" en que me hubiera topado con una de ellas en el centro. Pero, de algún modo, sus cinco sentidos se pusieron alerta ante la revelación.
-Iba de camino al banco. Nos cruzamos y me ofrecí a acompañarla. Luego tomamos un café juntos. Era algo tarde y no tenía ganas de volver a la oficina a pelear con empleados insubordinados.
-No me sorprende que no trabajen si ese es el ejemplo que reciben de su jefe -dijo, haciendo uso de un sarcasmo que me resultaba sospechosamente familiar. No esperaba que se fuera a enojar conmigo por haber tomado un café con una de sus mejores amigas. No, desde luego, cuando lo mejor de la conversación estaba por llegar.
-Me contó una linda historia, ¿sabes?
Bajé el periódico de modo que pudiera mirarla mientras lo decía. Una mueca de sorpresa se dibujó en su cara.
-Parece que no siempre fuiste la estudiosa y educada alumna que dijiste ser...
-¿Cómo...? No entiendo. ¿Qué es todo esto? Yo siempre fui...
-Parece, como digo -le interrumpí, alzando la voz- que no siempre fuiste una alumna obediente.
Cory callaba ahora, pero me miraba con estupefacción preguntándose, sin duda, donde iría a parar todo aquello.
-Parece que tienes una deuda pendiente con algunas de tus amigas. Parece que, en el último año de colegio, decidisteis un día cambiar las clases programadas por algunas actividades extraescolares. Solo que éstas no estaban previstas por el centro ni eran conocidas por vuestras profesoras, ¿no es verdad?
El rostro de Cory se veía ahora sorprendentemente tranquilo desde el lugar donde me hallaba sentado. Sin embargo, aún había una sombra de curiosidad en su mirada. Aún no sabía bien como acabaría todo aquello. Naturalmente recordaba el incidente, y eso explicaba su aparente tranquilidad, pero ardía en deseos de saber cualquier otra cosa que hubiera que saber, por más imprevisibles o desagradables que fueran las consecuencias.
-Parece, además, señorita que tú fuiste la única que escapó indemne de la situación. Según Erika me ha contado, para el colegio vuestra escapada pasó inadvertida. No así para el padre de una de vosotras, ¿no es cierto?
Cory continuaba mirándome con una mueca de curiosidad contenida en su, por otro lado, relajado rostro.
-El padre de una de tus amigas os descubrió cuando la acompañabais a casa y fuisteis invitadas involuntarias a su castigo, ¿eh? Y no cualquier castigo, además. No. Una buena tunda de cintazos se llevó vuestra traviesa compañera ¿no es cierto?
Cory no pudo evitar que una leva sonrisa curvara sus labios con el recuerdo de aquella escena. Debió haber sido tremendamente excitante.
-Tus otras dos amigas sufrieron similares palizas al llegar a casa, pero, por algún motivo, tú no recibiste igual tratamiento. Erika me lo ha contado todo. Como te decía, creo, cariño, que tienes una deuda histórica con tus amigas -repetí, mientras dejaba el periódico sobre el sofá y me incorporaba despacio.
No bien estuve erguido me llevé ambas manos al cinto y comencé a desabrocharlo. Cory comprendió. Dejó sobre la mesa de la cocina lo que llevaba en las manos. Se acercó al fuego de la cocina y lo apagó. Dio media vuelta y se dirigió hacia el salón nuevamente. Yo la observaba sin decir nada.
-¡¡A la mesa!! -dije cuando pasaba por delante de mí. Ella se estremeció ostensiblemente con el recuerdo de la frase que había escuchado aquel fatídico día.
Como su amiga algunos años antes, caminó hasta la mesa en silencio hasta tocar el borde con su cintura. Luego se inclinó hacia delante dejando su cuerpo descansar sobre la encerada superficie. Acomodó la cabeza, ladeándola, y extendió los brazos uno a cada lado, hasta alcanzar los bordes laterales, sujetándose a ellos firmemente.
-Cory, cariño, creo que la vida ha sido especialmente benevolente contigo todos estos años... Y toda deuda implica intereses -le expliqué, mientras me acercaba a ella-. Tus amigas recibieron el azote del cinto sobre su ropa, pero tú lo recibirás sobre tu trasero desnudo -proseguí, creyendo detectar un leve suspiro escapar de sus labios.
Cuando estuve junto a ella, ya con el cinturón doblado en mi mano, listo para castigarla, me agaché y tomando el borde de su falda con la otra mano lo deslicé hacia arriba hasta cubrir con la tela parte de su espalda. Después rebusqué por su cintura hasta encontrar el elástico de su ropa interior y la hice deslizar, lentamente, hasta que se encontró más o menos a la altura de sus rodillas. Para aumentar el deseo que sin duda sentía, procuré, mientras lo hacía, que la prenda rozara sus piernas suavemente.
Debo decir que mientras apagaba el fuego de la cocina, mientras dejaba las cosas sobre la mesa, preparándose para su castigo, mientras se dirigía hacia la mesa pasando por delante de mí, no vi miedo en sus ojos; no vi el terror habitual en quién espera recibir un severo castigo; no pude detectar ni sombra del pánico que suponía sentiría, ni noté el familiar temblor en los labios, preludio de los incontenibles sollozos que precedían habitualmente a todos los castigos. No sentí, en resumen, que temiera de ninguna manera lo que se le venía encima.
En su lugar creí notar deseo, un deseo electrizante, insoportable de ser castigada, de sentir los azotes que sus compañeras habían sufrido años antes; de ser castigada precisamente por aquello y no por otra cosa, así, sobre la mesa, como había visto a su amiga de la adolescencia, y de librarse de una vez y para siempre de aquella culpa escondida en su interior desde el día de la visita al malhadado cine de arte y ensayo.
Obviamente se trataba de una experiencia catártica para ella, de una liberación deseada, aunque no buscada, y, naturalmente, hice los honores, azotando su trasero con especial violencia, dejándolo profusamente marcado y cruzado, en toda su superficie, por delgadas bandas rojizas, consiguiendo borrar el recuerdo de la juvenil aventura impune con unos cuantos días de incómodos viajes en el autobús que tomaba a su trabajo cada mañana.


Miranda dijo
Que rico, relato! Me ha gustado mucho.
Como siempre que leo un relato de Bilbo
Gracias por compartirlo.
Por cierto tengo algunas deudas pendientes !!
Besos
31 Mayo 2009 | 08:27 AM